Hola, hola :D
Feliz Navidad y Feliz Año nuevo para todos. Espero que hayan pasado unas fechas amenas éstos días y les deseo un gran año a todos :)
Vengo trayendo el tercer capítulo del intercambio Mimato dedicado para nuestra querida embajadora: Damae :3 Espero que te guste, linda
Sin más, les dejo la lectura abierta, esperando sus comentarios que me hacen sonreír y escribir con más ganas :D
Disclaimer: Digimon ni sus personajes me pertenecen.
Summary: ¿Cuánto estás dispuesto a arriesgar por cumplir tus sueños? Era la pregunta de ambos. La respuesta era sencilla: "Porque, a diferencia de las demás personas, amamos lo que no puede verse... Sólo sentirse". / Para Damae: Espero te guste, querida :D
Aclaraciones:
Éste fanfic fue escrito para un intercambio de obras surgido del Topic Mimato (Proyecto 1-8) bajo las siguientes especificaciones:
Pairing: Mimato.
Características: Yamato es un músico que no ha tenido suerte en su carrera, se encuentra en París Francia siendo ayudado por su abuelo y teniendo un empleo que detesta para reestablecerse y volver a Japón con su padre (con quién se ha peleado) viviendo en un departamento con vecinos que no le agradan tan sólo para no importunar más a Michel Takaishi; Mimi en cambio es una joven que se encuentra en el mejor momento de su vida: es una cantante y modelo exitosa, con un novio famoso, atractivo e importante (eso lo dejo a gusto de el/la ficker quién será el novio) y como siempre teniendo una relación con sus padres muy buena. La forma en que se conocerán será a que el abuelo de Yamato recomienda la agencia donde trabaja Mimi a Yamato y así ambos se conocerán (lo demás lo dejo a criterio de quién escriba (?)).
Género: Amor/amistad y algo de drama.
Guía Narrativa.
─Diálogo.
«Pensamientos.»
Conversaciones vía telefónica.
Recomendación musical: "Somewhere only we know - Keane (Lily Allen version)".
Capítulo 3:
"Memorias infantiles; presentes turbios"
Alistó la lentilla de su cámara con toda precisión, no había mucho que se le escapara a ella, tenía un ojo muy detallista y eso se incrementaba cuando tenía una cámara entre sus manos. Sonrió satisfecha y levantó el rostro cuando los griteríos aumentaron. Había llegado el momento.
Sus pasos se dirigieron al gentío que rodeaba la entrada al Four Season Hotel, aguardando porque ella, la famosa cantante Mimi Tachikawa, cruzara delante de ellos e ingresara al hotel donde se hospedaría durante su estadía en París.
De sólo pensar que estaba a unos segundos de poder verla de frente y no en sus bonitos posters o en su teléfono celular, la hacía sonreír como tonta. La conglomeración de personas comenzó a inquietarse y con ella, comenzaron a empujarla con cierta violencia, porque todo indicaba que Mimi ya estaba allí.
A pesar de resistirse a la marea de movimientos, Hikari no era rival para la fuerza de la mayoría y su inicial posicionamiento que la dejaba a una distancia correcta del cordón que bordeaba el sendero por el que la cantante circularía, fue perdido y ella acabó saliendo del gentío, teniendo no más que espaldas frente a sus narices.
Refunfuñó molesta y a pesar de sus intentos por meterse de vuelta al interior de la conglomeración humana, sus resultados eran similares: ser empujada de vuelta afuera. Carraspeó molesta, dándole la razón, mentalmente, a su hermano mayor que le insistía en que debía de comer más fibra.
Vio a lo lejos las manos de Mimi siendo elevadas a modo de saludo. Con o sin fibra, ella vería a Mimi y tomaría la mejor fotografía. Se lo debía a Miyako, se lo debía a Jun, se lo prometió a ambas y lo cumpliría.
Sus pies comenzaron a retroceder una considerable distancia de la multitud que, enloquecida, gritaba a Mimi. Hikari se mordió el labio inferior, aspirando con profundidad. Contrajo su cámara contra su estómago y con un último pensamiento, corrió contra las personas que eran la única barrera que tenía para poder estar cerca de su cantante favorita. Sólo tenía una última oportunidad, sólo tenía un segundo para verla y tomarle la foto que deseaba para luego morir en paz.
Y lo haría.
Su cuerpo, fino y delgado, acabó penetrando la muralla humana como lo hace una flecha y fue todo lo que necesitó para avanzar a pesar de los empujones, ella no retrocedió y batalló por hincar en todos los espacios que encontraba hasta que por fin logró ver luz y ella salió de entre las personas, dando una bocanada de aire que, sin darse cuenta, contuvo durante su ardua batalla.
Sonrió con emoción y evocó una risita para sí misma, imaginándose lo que le diría su mejor amiga, Miyako, ante los métodos utilizados para lograr su objetivo. En ocasiones anteriores, ni siquiera lo hubiese pensado; de hecho, estaba segura que una vez fuera del mar de personas, ella se hubiese rendido y regresaría por donde vino. Por supuesto, en la actualidad y con la influencia de Miyako Inoue, Hikari Yagami comenzaba a implementar la afamada frase de su amiga "todo se vale en la guerra, en el amor y cuando tu cantante favorito visita tu ciudad" cuando fueron conocedoras de que París estaba entre las ciudades que Mimi Tachikawa visitaría.
Por un momento, se olvidó su verdadera labor en aquel sitio y retomó la iniciativa al ver a Mimi a tan sólo un metro de ella. Tomó su cámara en mano y lo enfocó hacia ella. La cantante sonreía con sinceridad y emoción a todos sus fans que a ella saludaban. Mimi se veía radiante en esos momentos, a pesar de que la noche estaba encima, ella parecía brillar con su sonrisa y con sus ojos.
Por un descuido, por no prestar la suficiente atención, su índice resbaló del botón de su cámara y la foto fue tomada en movimiento. Mimi cruzó junto a ella y la oportunidad que tanto había buscado, por la que tanto había luchado para conseguir se había esfumado con la misma rapidez con la que dura apretar la captura de la cámara.
Bajó su cámara con lentitud sin poder creerse que todo su esfuerzo no sirvió de nada. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando los empujones aumentaron y la alejaron del cordón hasta que finalmente, se vio libre de la compresa humana. No es que haya puesto demasiada resistencia tampoco, ya no había por qué.
Maldijo en su interior y se echó la cabeza hacia atrás con frustración. Tan cerca y a la vez tan lejos.
Su teléfono comenzó a sonar y eso la despertó de su depresión. Sacó el móvil de su sudadera roja, miró el número en la pantalla con la foto de su mejor amiga en ella; maldijo nuevamente su suerte. Atendió y antes de decir nada, el grito de Miyako tras la línea la hizo alejar el aparato de su oído.
―¡Mimi entró al Hotel! ¡Emoción, emoción en su máxima expresión! ¡Estoy dando saltitos en mi lugar! ―La voz enérgica de su mejor amiga la hizo sentirse aún peor. ¿Cómo es que habiendo tenido la oportunidad de tomarle una foto exclusiva a su cantante favorita, no pudo hacerlo y Miyako, que por cuestiones laborales no pudo asistir, pudo presenciar todo cómodamente? Maldita suerte. ―¡No sabes cómo te envidio! Has podido verla en vivo y en directo. ¡Te odio! No, mentira, te adoro, lo sabes.
Hikari sonrió con sus palabras, al tiempo en el que guardaba su canon en su estuche, se puso en marcha para abandonar el lugar con la moral por los suelos.
―No tienes nada que envidiar, Miya. Créeme que soy yo quien te envidia. ―Respondió Hikari, escuchando los gruñidos de su amiga.
―¡¿Cómo te atreves a decir eso?! Odio a mi jefe, es un cretino, de verdad; ya sabes lo idiota que es.
―Si, lo dices cada rato. ―Contestó divertida porque era cierto. Miyako, siempre que podía renegaba de su jefe, de que era un tirano, de que era intratable o que estaba obsesionada con ella por darle mucho trabajo. Claro que Hikari era muy racional y estaba segura que el presidente de la compañía de perfumes L'empereur, Ken Ichijouji, no tenía nada contra su amiga y que ella era bastante quejona cuando sobrepasan su horario con trabajos; pero qué se va a hacer si Miyako era su analista de sistemas y era la más confiable en ése ámbito para la compañía. ―A mí me pareció muy agradable cuando lo conocí en tu cena de fin de año, Miya.
―Oh, cariño pero tú eres tan dulce; jamás percibirías su alma demoniaca ni aunque estuvieras delante suyo. ―Hikari negó con la cabeza, poniendo los ojos en blanco al oír las acostumbradas acusaciones que hacía la Inoue contra su jefe. ―Ya, dejemos de hablar de él que se amarga la boca. ¿Cuéntame qué tal todo por ahí? ¿Lograste una buena toma? ¡Es obvio que sí, eres la mejor! ―Hikari disminuyó la velocidad de sus pasos cuando le hizo mención de tal detalle, recordando su depresión inicial.
―Créeme, no soy buena. ―Apremió con desánimo, buscando unas monedas para tomar un bus que la llevara de regreso.
―¿Por qué lo dices? Sacas las mejores fotografías, Hikari. ―La castaña tenía toda intención de comentarle a cerca de su fallida foto, pero la voz de Miyako la interrumpió. ―Ah, maldición… Debo colgar, cariño. El tirano está recorriendo los pasillos y si descubre que habilité mi computadora para recibir señal de la programadora, me despide.
―Sólo tú puedes jugarte el puesto de esa manera.
―Ey, ya sabes lo que digo: Todo se vale en la guerra, en el amor y…
―Y cuando tu cantante favorito visita tu ciudad. ―Completó Hikari con una sonrisa.
―Ésa es mi chica. Ahora me voy. Besitos. ―Sin más, la llamada finalizó y Hikari guardó su teléfono en el bolsillo de su sudadera. Dejó salir un suspiro cansado para aguardar por el bus que la llevaría hasta el trabajo de su hermano, por más que él no quiera que lo visite en el bar, ella lo hacía de todas maneras, aunque había otra muy buena razón por la que lo hacía.
Sonrió y sus mejillas se colorearon ligeramente.
Desde pequeña, Hikari sabía que lo suyo era la fotografía. Capturar los momentos más felices y congregarlos en la memoria para cuando el alma lo necesite. Era congelar pequeños recuerdos intangibles y efímeros en algo mucho más accesible, más eterno. Porque la memoria puede fallar, puede perderse, puede engañarse, mas las fotografías son el contrato silencioso entre el instante y el recuerdo.
Ella amaba la fotografía, como se podía amar algo intangible. Muy pocas personas podían comprender ese sentimiento; de hecho, no conoció a muchas personas que pudiesen definir sus emociones con certeza. Para muchos, el tomar una foto era sólo eso: lo tomabas y listo. No había magia, no había truco.
Para ella, sin embargo, había mucho más detrás y fue esa misma fascinación la cual la hizo atreverse a ser partícipe de concursos amateur de fotografías. No era lo suficiente buena aún, lo sabía y cada derrota la desplomaba, mas no acababan con su convicción. Tenía un hermano cuyo principal virtud y defecto era el no saber rendirse, así que tomó su ejemplo en muchos aspectos. La fotografía era una de ellas.
Y se encontraba allí, en plena ciudad de París con una historia a sus espaldas que la vinculaba con Japón, con una familia de la cual recibía constantes llamadas, mensajes, cartas; pero con un futuro que se anclaba a las calles parisinas. ¿Cómo llegó hasta allí?
Recordaba la frase de su fotógrafo favorito: «Siempre existe el peligro de prostituir los dones propios, simplemente para vivir y sobrevivir. Lo más difícil de la vida es hacer dinero trabajando en lo que a uno le gusta hacer.»
Gyula Halász, más conocido como Brassai, tenía muchos intereses y ninguno de ellos parecía señalar la fotografía. Tuvieron que pasar treinta años para darse cuenta de lo que realmente apasionaba y a pesar del tiempo, él fue uno de los más grandes maestros de la fotografía. Pensar en él la llenaba de inspiración y motivaciones para seguir.
Sacó del estuche su canon profesional, abrió la ventana del bus aprovechando que éste se hubo detenido en un semáforo; enfocó la imagen de unos cachorros bebiendo de una fuente, cuyas siluetas eran embellecidas por las luces de los alumbrados en la penumbra. La toma perfecta y el momento perfecto. Sonrió y el vehículo público continuó su marcha.
Aún recordaba la sensación que el papel de su solicitud de admisión para el Speos Paris Photographic Institute, uno de los institutos fotográficos más prestigiosos tanto en París como en Londres, brindaba a sus dedos, mientras el sabor a la incertidumbre y los nervios se acumulaban en su boca. La oportunidad de pagarse ese tipo de cursos o de viajar a la ciudad de las luces estaba lejos de su realidad; pero una beca podría hacer el cambio.
Temía decírselo a sus padres o a su hermano, pues sabía que era algo muy difícil de conseguir. Obtener una beca y más aún para un lugar como lo era ese instituto, resultaría imposible. Odiaba sentirse que estaba siendo egoísta, porque su hermano era quien debía de estarse preocupando por su carrera universitaria.
Bajó del autobús cuando reconoció la parada que correspondía a calle que debía de subir unas dos cuadras; con la cámara en mano, caminaba buscando escenas que merecían ser capturadas. Le gustaba llenar su memoria con fotografías de todo tipo, fotografías de situaciones normales, comunes, diarias. Eran las mejores, por más que muchos no supiesen darle su deberida importancia.
Vio a la lejanía el letrero que correspondía al bar de su amiga Jun Motomiya y en la que trabajan tanto su hermano como el mejor amigo de éste, Yamato Ishida. Una pequeña sonrisa se formó en sus labios con sólo pensar en su nombre y es que muchas cosas debía de agradecerle; una de ellas ―y la más importante de todas― era la decisión de haber llenado su solicitud de beca para el Speos Paris Photographic Institute.
―Hikari ―Oyó su nombre y su mirada se dirigió hasta el muchacho rubio, alto y que ahora llevaba puesto una camisa blanca con pantalones de jean cuyas puntas yacían descocidas ligeramente. Hikari detuvo sus pasos cuando reconoció al protagonista de sus pensamientos de pie a unos metros de ella, con un trapo húmedo en la mano, de seguro limpiando los vidrios del lugar. ―, no creí que vendrías.
―Ya…Yamato-san… ―Tartamudeó como una tonta su nombre y enrojeció de golpe, primero por el simple hecho de que la llamara por su nombre como también por haberse mostrado tan nerviosa frente a él. Lo vio sonreír con ligereza y calidez, algo no muy común en su personalidad fría y reservada. La idea de que sea a ella quien sonría de esa manera, le aceleraba el pulso. Bajó la mirada mientras completaba la distancia que había entre ambos. ―Sí, bueno… No quería estar sola en el departamento, así que…
―Ya veo. Tu hermano armará otro escándalo cuando te vea aquí. ―Comentó con diversión al imaginarse a Taichi en su papel de hermano sobreprotector.
―Ya me he acostumbrado a ello. ―Respondió con más naturalidad, entrando en confianza con el mayor. Yamato era una persona cuya compañía podría generar muchas emociones en distintas personas: así como algunos podrían tenerlo como una compañía poco amena por su silenciosa presencia, ella lo consideraba fascinante y divertido.
―¿Has logrado tomar la foto que querías? ―Inquirió Yamato al señalar la cámara que traía entre sus manos. Hikari se encogió de hombros con desánimo.
―Salió borrosa. Siento que he fracasado como fotógrafa. ―Lo vio esbozar una sonrisa apenada y con una mano abierta, Yamato pidió su cámara.
―No lo creo. Déjame ver las fotos que sacaste. ―La mirada de Hikari se iluminó con sus palabras y descolgándose la correa de su cámara, le tendió el aparato. Yamato ya conocía bien la cámara de Hikari, le gustaba ver las tomas que hacía la chica, puesto que el ojo crítico de la joven era, sin lugar a dudas, uno de los mejores. Ella sacaba fotos de cosas rutinarias y sencillas, pero la manera en la que lo hacía permitía darle un enfoque diferente. ―Sacas muy buenas fotos, Hikari. No te desanimes porque aquella no salió.
Hikari se mordió el labio inferior ante sus palabras, sintiendo cómo la sangre corría con frenesí por todo su cuerpo. Yamato no la veía, por supuesto, estaba muy concentrado en admirar las tomas de la menor. Hikari amaba encontrarse con una escena en la que ella hallaba belleza; apreciar las distintas facenas de Yamato, sus semblantes serios, sus miradas distraídas, la manera en la que se peinaba sus hebras rubias cuando estaba nervioso o molesto… Todo de él le hablaba de belleza. Sentía que podía estar horas y horas buscando el mejor ángulo para sacarle fotos, pero conocía el carácter reservado del mejor amigo de su hermano.
Todo parecía perfecto, hasta que el recién nombrado tuvo que hacer acto de presencia.
―Ey, Jaune ―La voz de Taichi acercándose se escuchó. ―, Jun quiere una mano en la mesa cinco. ―Al reconocer a su hermana, su ceño se frunció. ―Hikari, ¿qué haces aquí? Ya te dije que no me gusta que frecuentes éstos lugares.
―No es para tanto, Brun. ―Frenó Yamato, tendiéndole de vuelta su cámara a Hikari. ―Está con nosotros, no le sucederá nada.
―Además vine a ayudar. ―Apoyó Hikari guardando su cámara en su estuche y así acercarse a su hermano. ―Puedo ayudarles a levantar pedidos.
―Pero…
―A mí me parece bien ―Apremió Yamato dándole palmaditas a Taichi a modo de que acepte los hechos. ―. De todas maneras, Jun adora a Hikari. Eres tú contra el mundo. ―Yamato se adelantó a ambos para entrar de regreso al bar.
Hikari lo vio marcharse con una sonrisa en sus labios, hasta que se percató de la mirada ceñuda de su hermano mayor.
―Sé lo que estás haciendo ―Habló y eso fue suficiente para que Hikari se sonrojara hasta las orejas. La sonrisa en Taichi se afloró entonces, posó su mano en la cabeza castaña de su hermana con cariño. ―. Buscas cualquier excusa para estar cerca de tu onii-chan, ¿no? No puedes engañarme.
Hikari rió por lo bajo y tomó la muñeca de su mayor para entrar al interior del bar. Crea lo que crea su hermano, ella le gustaba el ambiente del bar de su amiga, le gustaba estar con su hermano y ayudarlos, como también le gustaba apreciar al amigo de éste que se encontraba tras la barra.
No podía dormir teniendo la mente sobrecargada de tantas cosas sin sentido, otras con un poco más de razón de ser. Pero estaba allí sin poder conciliar el sueño. Miró el reloj de la cocina; las diez y media de la noche. ¿A qué francés se le ocurre dormir tan temprano? Pues su estúpido médico se lo había dicho. Renegó molesto. Pedirle a un francés que duerma temprano era pedir a alguien que tapara el sol con su pulgar.
Dejó su habitación para ir a la cocina en busca de un vaso de leche fresca, deseando poder tener poderes divinos para convertir la leche en vino. Abrió el refrigerador y sacó el frasco de vidrio. La leche era buena hasta cierto punto, pero no había nada mejor dentro del electrodoméstico. Su nieto ―el muy patán―, se había deshecho de todos sus frascos de whisky y vinos que tenía en su pequeña bodega ―recuerdo de bodas, cumpleaños, aniversarios, todo―, sin interesarle en absoluto lo que tuviese que decir. Yamato decía que le estaba haciendo un favor, puesto que su médico se lo había encargado.
¿Qué sabía su médico de la vida?
Caminó hasta la sala y tomó asiento en su sofá favorito, cruzando las piernas, degustó su vaso de leche como si fuese vino tinto. Soñar no costaba nada.
Hizo una mueca de desagrado. ¿A quién quería engañar? La leche no se volvería rojo ni por nada del mundo.
Iba a seguir renegando pero sus ojos dieron con un sobre blanco que descansaba sobre su mesa ratona, olvidado y no deseado. Frunció el ceño al reconocer la caligrafía de su ex yerno en su blanca superficie. No era asunto suyo, lo sabía. Dio otro sorbo a su vaso y se recostó contra el sofá individual, exhalando un suspiro.
Michael Takaishi siempre se había caracterizado por ser una persona enérgica, juvenil y agradable. Normalmente, se levantaba con el sol y eso no cambió a pesar de llevar a los setenta sobre sus espaldas. Los días de aquellos cinco últimos años se habían acostumbrados a despertarse temprano como hacer habitue el bombardeo entre su nieto y él.
Siempre le sacaba una sonrisa verlo rojo de vergüenza o intentar mantener su semblante serio cuando su abuelo le venía con tomadas de pelo; seguía siendo un niño a pesar de sus veinticinco años, para él lo era. Era sencillo recordar a Hiroaki en él, tenía mucha semejanza con su padre y aunque Yamato no se diera cuenta, también había mucho de Natsuko, su madre, en él.
Sus progenitores habían influenciado en su hijo mayor mucho más allá de enseñanzas básicas o hábitos inconscientes. Su mirada se entristeció al recordar el día en el que Yamato tocó a su puerta hace cinco años atrás, pudiendo observar en sus azules orbes la desolación y el fracaso. Sí; sus padres ―sin quererlo― habían enseñado a su primogénito que el destino está escrito para cada uno y de que no había más por hacer que seguir el trayecto marcado por éste.
A pesar de que Yamato dijera que no, que él no pretendía seguir un sino, unas reglas establecida sin su consentimiento para su vida, estaba seguro que muy en lo profundo de su mente, él temía que fuese verdad.
Él tampoco podría hablar con claridad sobre el tema. Su vida fue manipulada de cierta manera, pero no por personas externas a él. Sino por sí mismo. Sonrió con amargura.
El sonar del teléfono lo despertó de su ensoñamiento. Tomó el tubo de teléfono inalámbrico y contestó la llamada. Entre todas las personas que creyó esperar escuchar, jamás se le pasó por la cabeza que se tratara de un viejo conocido suyo, de cuando sus canas aún tardaban en salir.
―Ey, Michael… ―Saludó la voz de un hombre tras la línea. El Takaishi trató de esbozar una sonrisa, aunque la ansiedad le ganara y sus manos, fieles delatadoras, se aprisionaron con fuerza, una contra el tubo del teléfono y otra yacía estrujando sus pantalones a cuadros de su pijama.
―¿Cómo estás, Jean? ―Preguntó a modo de cortesía, mas sentía a su garganta seca por más leche que haya surcado su conducto.
―¿Por qué tan apagado? Tu viejo amigo te llama y ¿contestas así? ―Lo escuchó reír tras la línea y Michael intentó hacer lo mismo, sin mucho éxito.
―Me has atrapado en pijamas, Jean. No espabilo del todo. ―Alegó y pareció que su amigo le tomó la palabra.
―Pero si apenas son las diez de la noche.
―Dile eso a mi médico. ―Dio otro sorbo de leche.
―Idiotas sabelotodo. Uno muere de algo en la vida, que se dejen de jodernos. ―Ambos rieron por el comentario. Michael brindó por sus palabras, no podría haberlo dicho mejor. ―Como sea, tengo una gran noticia.
―¿Gran noticia? ―Preguntó con genuina curiosidad.
―Así es. Más te vale ir desempolvando tu mejor traje, Mike, porque te quiero invitar a la inauguración del nuevo casino de mi hijo. ―La risa de Jean sonó lejana para el Takaishi, quien no sabía como tomar la noticia.
―¿Inauguración?
―Pues sí. Tiene una cadena de casinos y estuvo trabajando en la apertura de uno nuevo en el île de la cité.
―¿Île de la cité? ―Preguntó casi gritando y oyó con fuerza la risa de su amigo.
―Ya sé que odias que lugares así se coloquen en sitios históricos, pero venga, hombre… Se necesita diversión, ¿no? Es un hotel con casino, no te exasperes o te subirá la presión. ―Otra risotada más y sentía que la ansiedad en Michael crecía conforme la llamada se alargaba.
Un silencio por su parte fue suficiente para Jean Deox en reconocer que Michael no estaba siendo el mismo que recordaba.
―¿Es por Sylvia? ―Escuchar el nombre de su difunta esposa le heló la sangre, como si su simple mención le recordara más que la mujer rubia de orbes esmeraldas que fue su esposa anteriormente. ―Ya han pasado varios años… No puedes enfrascarte en el pasado tanto tiempo, Michael. Escucha, yo invitaré los tragos. Tú sólo trae tu arrugado trasero aquí y la noche será tuya, ¿qué dices?
Michael lo pensó un momento largo, bastante para él. Estaba por aceptar algo a lo que venía huyendo tiempo atrás. Quizá Jean tenía razón y debía dejar el pasado atrás.
―¿Todos los tragos? ―Preguntó y la carcajada de su amigo llenó sus oídos, teniendo que alejar el tubo del teléfono de él.
―Te enviaré la invitación; no lo olvides, espero verte mañana ¿de acuerdo?
―Ya no puedo esperar. ―Y lo decía enserio.
―Y te vas derechito al departamento. Nada de distraerse tomando fotos, ¿eh? ―Hikari rodó los ojos a las palabras de su hermano mayor cuando la acompañó hasta la salida del bar.
―Como digas, hermano. ―Ella se puso de puntillas para besar la mejilla del mayor. Taichi ablandó más su semblante y sonrió a su hermana, para revolverle los cabellos. ―Cuídate de regreso. Te quiero.
―Ey, ey, soy yo quien tiene que preocuparse por ti. ―Ella se despidió con una mano en lo alto para retirarse del bar e ir a la parada de la línea seis que la llevaría a su departamento.
Le gustaba recorrer las calles de París de noche, estaban cargadas de tanta belleza que muchas veces no podían apreciarse cuando el astro rey desfilaba en lo alto. Comprendía entonces por qué Brassai se empecinaba tanto con las fotografías nocturnas de París. Comprendía la belleza que él llegó a encontrar.
No tuvo que esperar demasiado el bus, pues al llegar a la parada éste se avecinaba. Era una suerte, en parte. Pagó el pasaje y caminó hasta la parte trasera del vehículo. Aún no era muy tarde y eso podía leerse en la cantidad de personas que habitaba la cabina de pasajeros.
Al no haber ningún asiento disponible, se sujetó de una correa para mantenerse erguida durante su viaje. No le interesaba mucho, ella se entretenía observando a sus alrededores y capturando en su mente distintas imágenes que le brindaban.
Bostezó un poco. Quiera aceptarlo o no, estaba agotada. ¿Cómo no estarlo? Si después de su trabajo en el Instituto como ayudante de cátedra, tuvo que emprender un viaje de cuarenta minutos desde el Speos Paris Photographic Institute hasta el Four Season Hotel con la línea uno, de allí aguardar hasta que sea la hora en la que Mimi Tachikawa haga acto de presencia y así sacar la foto que tanto anhelaba.
Se encogió de hombros de sólo recordarlo. Tanto para nada.
―Disculpe ―La voz de una mujer llamó su atención. Levantó la vista hasta la muchacha que no parecía ser muy mayor, quizá tenía la misma edad que su hermano, su cabello era pelirrojo y corto; tenía una sonrisa amigable y se notaba que no era parisina, sino asiática. ―, ¿sabe qué destino tiene ésta línea?
―Éste es el último tramo que lleva la línea seis. La llevará hasta … ―La observó mejor y se dio cuenta que no comprendía de lo que estaba hablando. ―Disculpe, ¿no es de por aquí, no es así? Puedo indicarle el lugar al que desea llegar.
Antes de que pudiera responder la pelirroja, una muchacha castaña se acerca a ella con una sonrisa y a pesar de que era de noche, llevaba puesto lentes de sol. Hikari enarcó una ceja sin comprender, hasta que la escuchó hablar.
―Somos turistas y estamos algo perdidas. ―Comentó con cierta diversión la castaña.
Hikari parpadeó un par de veces al reconocer su voz y su sonrisa. Sus ojos se abrieron con todo lo que sus cuencas pudieron soportar y su rostro evocó un semblante de asombro que nunca antes creyó albergar. Comenzó a tartamudear como tonta. Ya no había mucho qué decir, salvo que el tonto intento de Mimi Tachikawa de pasar desapercibida, había fallado.
Las luces, a diferencia de Tokio, no parecían encandilar la vista y contaminar el entorno como si estuvieras delante de miles de automóviles atacando con sus luces frontales. No, París hablaba con sus luces, contaba historias de romance, de desamores, encuentros y despedidas... Encontraba historias que fueron contadas un millón de veces y otras millones más que aún faltaban ser contadas. París de noche era hermosa y sombría, como una poetisa bajo la luz de un reflector, engatusando con sus versos románticos y tétricos.
Ver a París en las películas, aquella que conquistaban tu corazón y la hacían lucir como si de la ciudad más utópica se tratara, no era París verdaderamente. Ella podía decirlo, porque desde que tenía uso de razón había visto a la ciudad de las luces como si de un espejismo se tratara, como cuando aprecias una postal cuyo paisaje te sabía al sueño más idóneo jamás imaginado. Lo que París tenía era un encanto contradictorio: porque podía ser todo lo mencionado anteriormente, aquel paisaje romántico y sutil, un escenario ideal para una escena propicia... Como también podía ser el panorama de un drama en blanco y negro, un cuento de tragedia y una novela satírica. París era todo menos el París que uno espera.
Ella comenzaba a descubrirlo al haber echado a correr junto con su mejor amiga, perdiéndose entre personas que caminaban a paso tranquilo y servían de escudo para el hombre que fue contratado para velar por su seguridad. Mimi echó a reír con ganas cuando jaló el brazo de Sora al doblar en un callejón que las llevaría a una calle paralela a la que venían corriendo. Una parada de bus les sorprendió, pero no necesitaron pensarlo dos veces cuando oyeron la voz de Minamoto clamando por ellas. La línea seis llegó y ellas la tomaron deprisa, rogándole al conductor que apresurara el motor y las sacara de ese sitio.
Vieron ya a Minamoto, su guardaespaldas hacerse pequeño conforme el bus iba avanzando. Mimi rió con ganas a pesar del semblante preocupado que tenía Sora.
―Creo que te has pasado. ―Recriminó Sora a una sonriente Mimi. La castaña cambió su semblante tras el regaño de su mayor, frunciendo el ceño.
―Oye, era él quien no nos dejaba caminar en forma. Estaba llamando demasiado la atención amenazando con su mirada a todo aquel que pasaba delante de nosotras. ―Sora trató de llevarle la contraria pero Mimi tenía razón. Minamoto estaba sobreprotegiéndolas, por encima de lo que la palabra "adultas" implicaba.
Mimi dejó de prestarle atención a su amiga, concentrándose en la cabina del bus en el que estaban. Algunas miradas curiosas pero ninguna más allá de lo normal. Era un alivio.
Tomó asiento en un par de sitios libres y Sora la siguió. Vieron la ciudad por la ventana, mientras los edificios, las personas y las calles pasaban delante de ellas. La fascinación las embargaba y ninguna parecía querer mitigarlo.
―¿A dónde quieres ir? ―Oyó a Sora junto a ella.
Mimi levantó sus hombros en una muestra de indecisión sin apartar sus ojos del panorama. Con una sonrisa, dijo.
―Dejemos que las calles parisinas nos sorprendan.
Y continuaron el trayecto por un tiempo más.
Las calles cambiaban de estilos y los lugares les daban referencia de a dónde iban. Se podía notar con claridad de que la zona hotelera, la zona lujosa y exclusiva se había acabado hace varias calles atrás, pues lo que tenían delante de sus ojos era el París verdadero, el que contaba el día a día de las personas y tenía por ornamento propio el realismo en su máxima expresión.
Fue cuando Sora quiso pedir indicaciones y su plan de pasar desapercibidas esa noche, falló. Una muchacha de, quizá, veintidós años las reconoció de inmediato y su sorpresa fue inimaginable al darse cuenta que estaba delante de una cantante famosa y su abogada. Rápidamente, la silenciaron antes de que llamara más la atención y con un justo precio que no se atrevió a rechazar.
―Si quieren un lugar para apreciar al verdadero París ―giró su rostro hacia la muchacha de cabello corto y un estuche de cámara golgándole por el cuello al oírla hablar. ―, les recomiendo que visitemos el centro del distrito trece ó y podemos ir también al barrio latino. Hay más belleza e historia que los lugares turísticos que habrán visto.
―Gracias ―dijo Sora con una sonrisa a su pequeña guía. Sí, para silenciar a la niña, Mimi le ofreció que sea nuestra guía esa noche a cambio de tener acceso libre a todos los lugares a los que ella iría durante su estadía en París. Lo gracioso del asunto era que ni siquiera tuvo que mencionar lo del free pass, puesto que la simple idea de ser su guía durante esa noche, era suficiente. ―. Perdona mi indiscreción, Hikari ―Continuó hablando Sora, llamando la atención de la fotógrafa. ―, pero no eres oriunda de aquí, ¿no es verdad?
Hikari Yagami sonrió a su pregunta y negó.
―No, soy japonesa de cuna pero hace cinco años me vine a París con mi hermano mayor y su mejor amigo para estudiar en el Speos Paris Photographic Institute. ―Respondió amablemente.
―Vaya, eres una profesional, entonces ―Admiró Mimi al señalar su estuche de cámara. Hikari se sonrojó y desvió la vista al piso con pena.
―Técnicamente, sí. Pero aún sigo aprendiendo. No soy tan buena. ―Explicó junto con la foto fallida que dio aquella noche ante Mimi.
Tanto Sora como Mimi compartieron una mirada junto con una sonrisa que Hikari no supo cómo identificar. La Tachikawa pidió su cámara a lo que la menor se la brindó sin comprender mucho sus intenciones.
―Observaré tus fotografías. Si me gustan, nos tomarás una foto que compensará a la fallida, ¿de acuerdo?
―¿Y si no te gusta? ―Preguntó Hikari con algo de nerviosismo en la voz. Mimi la miró y le guiñó el ojo.
―Confía en tu talento, linda. ―Dicho esto, comenzó a ver las fotografías que tenía guardadas. Todas ellas eran tomas de cosas comunes, rutinarias, situaciones que encuentras todos los días; mas era allí donde guardaba su belleza: la manera en la que eran tomadas las fotos, las hacían lucir extraordinarias, como algo nuevo y llamativo.
Mimi levantó sus ojos a Hikari con sorpresa de descubrir que era esa pequeña muchacha la dueña de semejantes obras. Miró a Sora entonces y con un gesto, pidió que se acercara, enseñándole las fotos que más le habían gustado.
Hikari no sabía cómo tomarse esa reacción. Estaba nerviosa, no podía disimularlo, pero cuando Mimi le tendió la cámara y una sonrisa afloró en su rostro, supo que alguien más había visto la belleza desde su propia perspectiva.
―Hikari Yagami, me sentiría honrada de que me saques una foto.
Sora asintió a las palabras de su amiga, mas Hikari no podía creer lo que estaba sucediendo. Simplemente etéreo.
Colgó la llamada y dio una calada a su cigarrillo, profunda hasta donde pudo; exhaló seguidamente el humo y una sonrisa desfiló por sus labios. Miró la pantalla de su teléfono celular para luego guardárselo en su diminuta cartera. Cruzó las piernas, permitiendo que el tajo de su vestido negro se abriera y en contraste con éste, su tersa y blanca piel se hizo notar.
―Alan, cariño, deja el vehículo en marcha. ―Dijo a su chofer y éste, respondiendo con un cabeceo, volvió a encender el motor de la limosina.
Los ojos oscuros de su chofer se reflejaron por el retrovisor, buscando la mirada marina de la modelo.
―¿Consiguió la dirección que buscaba, Señorita? ―Ella sonrió como respuesta a su pregunta.
―Dirígete al distrito trece. ―Ordenó.
Su mirada fue entonces a la ventanilla abierta junto a ella, por la cual exhalaba el humo de su cigarrillo y perdía la vista. La nostalgia se acunó en su pecho al ver tantos lugares conocidos por ella, conocidos por sus pies, por su memoria. Tantas cosas vivió en París que la simple mención de su nombre, la hacía estremecer.
Pasear por las calles era completamente distinto al paseo que daba en limosina, mas la diferencia no era problema para ella, que ya se acostumbró al lujo que su profesión le brindó. Fue esa misma profesión la cual la alejó de su cuna materna, pero no se arrepentía, por supuesto.
Ser la razón por la cuál cámaras, reflectores, ovaciones se levantaban, era gratificante. Desde mucho antes sentía que lo suyo era estar impresa en portadas de revistas, en publicidades y que su nombre sea masticado por los buenos paladares del medio.
No se arrepentía, pero no por eso no podía sentir añoranza hacia el lugar que la vio crecer, que la vio ser.
El viaje no fue demasiado y pronto el ostentoso vehículo era mella de atención entre las calles del afamado barrio asiático. Como extrañaba la singularidad oriental que poseía el lugar, con tantos banderines, globos y letras en japonés, chino y coreano. Era uno de sus paseos favoritos por la mezcla de culturas que hacían a París lo que era actualmente.
Pero su verdadera admiración iba al lugar donde esperaba encontrar a dos personas muy importantes para ella. La idea del horario no resultaba ser un problema. La ciudad de las luces se caracterizaba por no pegar el sueño con facilidad, siendo que la mejor experiencia parisina era vivida de noche.
Las dos de la mañana y ella andaba buscando a dos personas en el barrio asiático. Sonrió con simpatía y su emoción se visualizó a través de ella cuando el vehículo freno tras su orden.
―¿Es aquí, Señortia? ―Inquirió curioso su chofer. Ella asintió y bajó del vehículo sin darle tiempo al hombre para abrirle la puerta como estaba acostumbrado.
―No apagues el motor, no tardaré mucho. ―Fueron sus palabras para entrar al bar.
Muchas miradas entre párpados cansados se dirigieron a su persona al entrar, pero poco caso les hizo. Estaba acostumbrada a la atención desmedida de las personas y eso no venía a cuento en aquel lugar.
Sonrió, mordiéndose el labio inferior al reconocer al barman que yacía muy metido en su labor de secar vasos y copas. Desfiló con elegancia hasta situarse en la barra y mientras aguardaba a que el hombre se dignara en su presencia, apagó su cigarrillo en el cenicero junto a ella.
―¿Qué podemos servirle? ―Lo oyó decir sin despegar la vista de su labor. Ella hizo una mueca de molestia porque aún no caía en cuenta de ella, pero lo dejó pasar.
―Vino tinto, por favor.
―¿Alguna marca en particular, señorita? ―Volvió a preguntar para levantar la mirada al fin a los ojos de la mujer.
―Tú sabes lo que me gusta… Matthew. ―Pudo ver en la mirada azulina del barman que nunca esperó encontrarse con ella allí y fue ése mismo descubrimiento el que la hizo sonreír, mientras jugaba con un mechón de cabello rubio sin despegar sus ojos de los del hombre.
―Catherine… ―Nombró Yamato, no pudiendo ocultar la sorpresa que le causaba ver a su amiga delante suyo. ―¿Qué haces…?
―¿Enserio es todo lo que dirás? ―Comentó ella divertida, apoyando su mentón sobre su mano, mientras miraba al barman sin preocuparse de nada más. ―Tu amiga de años regresa luego de dos años ¿y lo único que preguntas es qué hago aquí? Enserio esperaba un mejor recibimiento, cariño.
Yamato se sonrojó un poco ante las palabras de su amiga, comprendiendo que fue muy brusco en su reacción. Ella se echó a reír con la gracia que la caracterizaba, llamando a su atención.
―Es como si no hubiese transcurrido ni un día. ―Habló la francesa.
―Lo lamento. Es que no creí verte y menos aquí… ―Había dicho Yamato, disfrutando de verla reír. O eso fue hasta darse cuenta de un pequeño detalle. ―¿Pero cómo sabías que me encontraba aquí?
Ella desfiló una sonrisa felina en sus labios rojizos y volvió a jugar con su largo y rubio cabello.
―Tengo mis fuentes, querido.
―Y esas fuentes implican el llamar a mi abuelo y averiguar dónde trabajo, ¿me equivoco? ―Catherine rio por sus palabras, consiguiendo que él sonriera también.
Catherine iba a responder cuando Taichi se acercaba refunfuñando, dando zancadas que marcaban lo molesto que estaba. Y sí, era difícil hacer rabiar de esa manera a Taichi, normalmente es poseedor de una gracia y despreocupación infantil que le hace ver todo a son de broma. Pero siempre que toquen sus puntos clave, el hombre puede ser un verdadero manojo de nervios.
―Espero que te pese la consciencia. Allí se fueron mis doscientos francos en taxi. ―Taichi no notó la presencia de la rubia hasta llegar a la barra y percatarse de que Yamato se encontraba hablando con una mujer. Claro que la sorpresa fue grata para el moreno al reconocer a la muchacha. ―¡Cathy!
La rubia echó a reír cuando Taichi la tomó para abrazarla con fuerza, armando el alboroto que siempre hacía. Se separó tras un momento y miró a la mujer como si no pudiese dar crédito que se tratara de ella, olvidándose de la rabieta que experimentaba segundos atrás.
―Sin duda, ése es el recibimiento que estaba esperando. ―Comentó, mirando seguidamente a Yamato. ―¿Por qué no aprendes un poco de él? O terminarás congelándote, Matt.
―Le estás pidiendo demasiado, Cathy. ―Aportó Taichi, también mirando a Yamato, separándose un poco de la rubia. ―Éste hombre no conoce la palabra "demostraciones afectuosas". Sería mas efectivo comprarle una manta térmica antes de que él muestre algo de cariño.
Yamato rodó los ojos cansinamente, estaba claro que esos dos disfrutaban fastidiándolo. En esos pocos minutos, pudo recordar sus primeros días en París, teniendo como amigos a aquel par de insufribles. Trató de evitarlo, pero a veces la nostalgia podía más que su orgullo y en su rostro desfiló una pequeña sonrisa. Estaba feliz de poder sentir nuevamente los años de antes impregnándose en su presente.
―No se me hace costumbre, soy japonés hasta la médula. ―Tanto Catherine como Taichi compartieron miradas y la misma respuesta: poner los ojos en blanco.
―¿Ya empezará a recitar haikus y a mencionar los caminos del samurái, no? ―Preguntó Catherine al moreno.
―Aún no, primero hablará de su inquebrantable formación sobre etiqueta japonesa, el respeto a la mujer y acabará por lo del samurái. ―Aportó Taichi, pasando por encima Yamato. Siempre era lo mismo cuando esos dos querían molestarlo.
―Ya, ya, soy muy estirado. Lo siento. ―Concedió el rubio moviendo su mano al aire como restándole importancia. Enseguida su atención volvió a volcarse sobre Catherine. ―Mejor cuéntanos qué haces por aquí. Creí que no regresarías hasta el año que viene.
―Eso es cierto. ―Añadió Taichi. ―Tu labor como Tyra Banks te ha llevado lejos de nosotros. ¿Podrías explicarnos qué tienen ellos que no tengamos nosotros? ―Preguntó para ponerse cerca de Yamato y entre ambos mirar fijamente a la rubia. Catherine enarcó una ceja.
―¿Enserio? ¿Ahora me atacarán a mí? Como sea, ¿trabajar con modelos de Victoria's Secret no les parece suficiente argumento? ―Tanto Yamato como Taichi se miraron un momento y asintieron.
―Buen punto. ―Taichi tomó asiento junto a Catherine. ―Ahora bien, ¿cuánto tiempo estarás por aquí? Tenemos que ponernos al día. Además, de seguro tienes algunos contactos de supermodelos en ese teléfono tuyo… Hazme un favor, ¿quieres? ―Bromeó Taichi, recibiendo un pequeño golpe por parte de Yamato, asentada en su cabeza.
La muchacha se alejó un poco de la barra y miró a ambos amigos suyos, riendo a causa de la escena que montaban. Era un hecho que también ella se sentía nostálgica al rememorar tantas vivencias del pasado en tan sólo unos minutos.
―Sólo para estar segura, ¿me darán mi vino antes o después de que termine el interrogatorio? ―Yamato sonrió divertido y le concedió el punto a su amiga, caminando hacia la vinoteca que tenía a sus espaldas.
Era fácil elegir un vino para Catherine, porque para ella, el sabor perfecto era aquel donde la antigüedad se notaba en su maduración y la degustación. Optó por tomar en mano un Robert Mondavi del 68' y sin consultárselo, descorchó la botella y sirvió en una copa de boca ancha con la rapidez y eficiencia propia de él. Depositó la cola de la copa contra la madera de la mesada y con un fino movimiento, se la deslizó hasta que el cuello de vidrio acabó entre los dedos de Catherine.
―Grácil. ―Concedió la rubia guiñándole un ojo a su amigo, recibiendo una pequeña sonrisa de éste.
―Aún no puedo superarte, Catherine.
Ella desfiló una sonrisa oculta entre el vino y el vidrio que no pasó desapercibido por Yamato, aunque prefería sólo pasarlo por alto y continuar con la labor que interrumpió hace un momento.
Taichi inició el interrogatorio a Catherine para suplicio de ésta y diversión de Yamato. Comenzaba a pensar que ver esos programas de abogados, comenzaba a subírsele a su mejor amigo, pero siempre que pudiese dar un buen show –y conociendo al Yagami como lo conocía–, nunca intervenía.
―¿Al menos tengo derecho a un abogado o algo así? ―Preguntó la mujer, fingiendo hastío. Por supuesto, Taichi pasó de largo aquella petición y con una amplia sonrisa, presionó a Catherine para que comenzara a hablar. ―Demonios, creí que tendría un descanso con ustedes. Como sea, tengo que representar a Channel en el París Fashion Week, temporada Primavera/Otoño.
―Eso suena increíble, Cathy.
―Y lo es, pero ése desfile es como una competencia a muerte entre marcas. Como todos los desfiles, por supuesto. La presión es insoportable y… ―La mujer levantó los ojos a sus dos amigos y una sonrisa se mostró en sus labios. ―¡Lo amo! Es lo mejor ser parte del mundo de la moda.
Yamato y Taichi continuaron hablando con su amiga a quien no habían visto por cinco años, quien le ponía al tanto de su vida como la nueva modelo de Chanel y de sus constantes desfiles. Ninguno de los dos comprendía demasiado de lo que estaba hablando la francesa, pero al menos sabían que hacían lo correcto en asentir a sus palabras pues ella se notaba feliz de estarles hablando sobre ello.
Jun estaba despidiendo a los últimos clientes, algunos más que eran escoltados por taxis y cuya paga se las encargaba el bar. Por supuesto, el reembolso llegaba después cuando el cliente recobraba la memoria y debía de abonar los favores recibidos por parte del bar al que eran asiduos. La pelirroja volvió a ingresar al interior de su recinto y se percató de la presencia de una persona aún en la barra, hablando animadamente con Yamato y con Taichi. No le resultaba raro que Taichi ande cruzando palabras con las clientes femeninas que entraban en su categoría de "bellezas", pero era extraño que Yamato se tomara tanta confianza con una mujer que no sea una muy allegada suya.
Y fue cuando la reconoció.
Jun abrió los ojos con sorpresa y por un momento, se quedó estática en su sitio. Mas no duró demasiado aquella reacción en la Motomiya, pues ésta comenzó a avanzar hacia la barra con una clara postura de desagrado hacia la sirena que encadilaba a sus empleados.
―Catherine Çandoux. ―Tanto Yamato como Taichi se volvieron hacia Jun al oírla nombrar a su amiga, pero la aludida no se volteó a mirarla, no necesitaba hacerlo. ―Sí que tienes agallas para aparecerte por aquí.
Yamato frunció el entrecejo al oír a Jun referirse a Catherine de esa manera. Era normal que Jun buscara pleitos por sí misma y más cuando se trata de otra mujer, pero por la manera en la que hablaba, con una voz baja y amenazante, sabía que la Motomiya iba enserio. Taichi estaba con la misma sorpresa en su rostro al ver a la dueña de bar tan seria y a la vez, tan enojada; sin embargo, lo que llamó la atención de ambos hombres fue Catherine misma: no mostraba rastros de miedo, sorpresa ni nada parecido; es más, miraba a Jun con una sonrisa cínica.
―Era uno de los riesgos que debía correr. ―Fue cuando se giró para ver a la pelirroja, mostrándose ante Jun tan apacible como si no se diese cuenta de la manera en la que ésta la observaba. ―No me esperaba un desfile de bienvenida, pero por lo menos algo de calidez no estaría mal, ¿no lo crees, Jun?
―¿Quieres calidez? Ja, déjame hacerte entrar en calor. ―Amenazó con toda la intención de abalanzarse sobre ella con ambas manos convertidas en puños y lo hubiese lorgado si es que Taichi no se apresurara a sujetarla por la cintura con su brazo y usar su propio cuerpo para detenerla. ―¡Suéltame, maldición!
―¡Tranquilízate, Jun! ¡No es forma de resolver las cosas!
―¡Te dije que me soltaras! ―Volvió a rugir la pelirroja, intentando zafarse del agarre que su amigo ejercía sobre ella.
Yamato rodeó a toda prisa el bar para alisarse con Taichi en defensa de Catherine, aunque su sorpresa se halló en ver una sonrisa felina surcando los labios rojos de la francesa.
―Veo que el tiempo no hizo ningún cambio en ti, Jun. ―Habló Catherine, levantándose de su sitio con toda la gracia propia en ella. La rubia abrió su bolsón de Chanel y sacó dos tarjetas de papel, las cuales le tendió a Yamato cuando éste estuvo junto a ella. ―Pónganse en contacto conmigo para tomar un café. ―Volvió a mirar a Jun y su sonrisa prevaleció en su rostro. ―Fue un placer verte, Jun. Salúdame a Daisuke.
Y como si de alguna ofensa se tratara, Jun forcejeó con más fuerza al agarre de Taichi con clara intención de machacar a golpes a la rubia que se estaba marchando con un felino caminar. La tensión continuó impregnada en el ambiente hasta unos minutos después de que Catherine hubiese abandonado el lugar. Taichi esperó un poco más para soltar a Jun y cuando Yamato le indicó con un asentimiento a que ya era seguro bajar la guardia con la Motomiya, Taichi la soltó.
―¿Ya no tienes instintos homicidas? ―Inquirió Taichi a la dueña del bar, pero ésta sólo podía mirar por donde Catherine se marchó, como si aún pudiese verla.
Yamato observó meticulosamente las espaldas de la pelirroja, esperando cualquier ataque de ira contra ellos. Era probable, conociendo el temperamento de Jun. Fueron varias las ocasiones las que pudieron presenciar la ira de la Motomiya, así que hacerse a la idea de un desquite contra ellos, era lo lógico.
Pero nada de eso ocurrió. Jun echó un suspiro y aunque se hubo encogido de hombros, aún parecía estar muy tensa. Ella se volvió para verlos con el semblante serio y los ojos observando el suelo. En su rostro se podían leer muchas emociones entremezcladas, pero las que le resultaron indiscutibles para el Ishida fueron el dolor y la impotencia.
―Lamento que hayan tenido que ver eso. No creí que ella aparecería precisamente en mi bar… ―Habló Jun tras un momento de silencio.
Taichi miró a Yamato y éste dejó escapar un suspiro para acercarse a Jun. La muchacha lo miró y a pesar de ver su semblante serio, podía encontrar consuelo en sus orbes azules.
―No sabía que conocieras a Catherine. ―Jun hizo una mueca, dejando caer el peso de su cuerpo sobre una pierna al tiempo en el que se cruzaba de brazos.
―Si, bueno... París no es lo suficientemente grande. ―Dijo como si no fuese nada, como si no hubiese estado a punto de echarse a golpes a la francesa. ―Tuvo suerte ésta vez.
―Por su puesto. Ya hemos visto escenas peores y con mucha más sangre. ―Bromeó Taichi para acercarse también a ella, abrazando con un brazos los finos hombros de la muchacha. Ella sonrió ante su comentario, pero aún no estaba del todo recuperada. Era notorio en sus ojos.
―¿Quieres explicarnos qué sucedió entre Catherine y tú por eso trataste de atacarla? ―Preguntó Yamato alejándose de ella para ponerse enfrente y apreciarla mejor.
Jun aspiró profundamente soltando luego el aire de forma exagerada. Hizo a un lado el brazo de Taichi y los miró con su característico semblante lleno de energía.
―Tengo un saldo pendiente con esa mujer. ―Se cruzó de brazos y una sonrisa zorruna se apoderó en ella. ―No creas que eres el único hombre en mi vida, Yama-tan. Esa zorra puede ser un verdadero problema para las mujeres apasionadas como yo.
―Ey, comienzo a ponerme celoso. ―Bromeó Yamato con alivio de ver que Jun volvía a ser la misma, mas sabía que sólo estaba fingiendo para no preocuparlos más.
―Como sea, si vuelven a verla, díganle que como vuelva a pisar mi bar o entrar en mi barrio, me encargaré de desbaratar sus cirugías plásticas con mis propias manos. ―Alegó tronándose los dedos, dejando en claro que estaba hablando enserio. ―Es todo, chicos. Gracias por la ayuda de hoy.
―¿Gracias por la ayuda? ―Explotó Taichi, mostrándose ahora él como el indignado. ―¡Mis doscientos francos se fueron taxi gracias al Señor…!
―Ya te lo compensaré, Tai-chi. ―Canturreó su nombre como siempre lo hacía para molestarlo.
Yamato jaló de la chaqueta de Tai, arrastrándolo fuera de bar antes de que iniciase otra de sus acostumbradas discusiones con Jun y de esa manera, ponerse en marcha hacia sus respectivos departamentos.
Hikari no podía ocultar su alegría. Podía notarse a kilómetros de distancia la sonrisa que portaba en su rostro. ¿Cómo conseguirlo? Si había pasado una velada de lo más irreal, caminando por las calles noctirnas de París en compañía de su cantante favorita. No, ni en los mejores sueños. Giró sobre sus pies con alegría pero se silenció a sí misma al darse cuenta que ya estaba a pies de su departamento.
El sereno la miró con una ceja enarcada ante la emoción palpable en la veinteañera. Hikari lo saludó con una mano para subir por las escaleras hasta el piso que le correspondía, rogando internamente que su hermano no haya llegado aún. Miró la hora en su teléfono y ver que las tres y media de la mañana ya figuraban, la hizo estremecerse. Ella debía de ir a trabajar al Instituto a las siete. Si tenía suerte, dormiría algo, mas lo dudaba.
Volvió a reír con emoción. No, no podría pegar el ojo en toda la noche.
Mimi se colocó los audífonos que le indicaron al entrar en la sala del programa de radio. Su sonrisa no podía borrarse y el cansancio de la velada anterior parecía no tener cabida en su cuerpo. Estaba entusiasmada.
Cuando finalizó su noche de incógnito por las calles de París, gracias a su nueva conocida Hikari, regresaron al Hotel con toda la intención de dormir el resto de hora que restaba antes de que apareciera Archeny como su despertador personal.
Pero como si de un par de adolescentes se trataran, llegando de parranda a su casa y rogando por no hacer ruído que despertaran a sus padres… Sora y Mimi se metieron al lobby del Four Season Hotel teniendo a tres rostros serios delante de ellas; uno de ellos era el inexpresivo semblante de Minamoto Koji.
Sip. Volvía a tener dieciséis años.
―Ey, Mimi ―Una mujer con rastas y vestimentas coloridas pero atractivas entró a la sala. Besó a Mimi en la mejilla con familiaridad. ―. Un placer tenerte aquí. Soy Alizée.
―El placer es mío. ―Atribuyó la castaña volviendo a tomar asiento en la silla.
―Qué linda. Escucha, preciosa, estamos fascinados con tu nuevo álbum. De verdad que sí; así que las preguntas serán en torno a ellas, nada de asuntos personales, así que no te preocupes.
―Pueden hacerme las preguntas que quieras.
―Perfecto. Linda, recibiremos llamadas de algunos fans que querrán hacerte preguntas; si te sientes cohibida por alguna de ellas…
―Nada de eso. Soy un libro abierto, no tendré problema en responderles. ―La sonrisa en Alizée se ensanchó tras oírla.
―Eres increíble. De acuerdo ―Dejó su vaso de café negro en la mesa con los micrófonos y haciendo una seña a su dj, tomó asiento junto a Mimi. ―, estamos al aire en cinco.
Y con las indicaciones desde la otra cabina, unas luces led con la palabra "On Air" indicaron que estaban siendo escuchadas y no sólo por París, sino que la transmisión se realizaba vía Internet.
Alizée era fresca, tenía una esencia alegre y novedosa que cautivó a Mimi. Hablaba al micrófono como si estuviese hablando con otro conocido, con un amigo, en alguna reunión con personas que la hacían sentir cómoda. Le gustaba ese aire tranquilo y suave en ella, haciéndola entrar en confianza en seguida.
Cuando fue el turno de Mimi, la confianza se notaba en su voz y en su desenvolvimiento, hablando de sus discos anteriores y del nuevo, de cómo fue para escribir las canciones nuevas, de todo lo que influyó y del trabajo detrás de ello. Era verdad que una persona ajena a la industria de la música sólo ve el resultado, mas el proceso queda ahí, en la ignorancia.
Mimi habló de las horas dedicadas a la música, de sus pasatiempos dentro del estudio, como lo era el conversar con los demás cantantes o tomarse un café con los productores ya que en su mayoría eran personas jóvenes y gráciles con las que uno puede hablar sin esperar meter o no la pata.
Alizée reía con ganas de todo lo que decía la cantante, pudiendo notar el carácter atrevido y divertido que tenía Mimi.
Entonces el momento de las llamadas surgió y Mimi se emocionaba al oír a sus fans franceses. Llegó a conocer a muchos en otros países, pero siempre era increíble para ella saber hasta donde era conocida.
―Entonces, Monic ―habló Alizée a su interlocutor tras la línea. ―, ¿tienes una pregunta para la Señorita Tachikawa?
La llamada Monic no hablaba inglés, así que Alizée era la traductora para Mimi, quien no sabía más allá del "Merci Bocoup".
―Si, me gustaría saber cómo hace para llevar una relación a distancia con su novio. ―Fue la pregunta de Monic.
Alizée tradujo a Mimi y la castaña se mantuvo un momento en silencio, intentando no borrar su sonrisa del rostro. Alizée notó aquel cambio en la cantante así que se apresuró a escribir en su libreta "No tienes por qué responder cosas que no quieres". La japonesa sonrió con ternura a la conductora pero negó con la cabeza.
―De hecho, Monic ―Habló Mimi en inglés, teniendo a Alizée como mediadora entre ambas muchachas. ―, es algo difícil. Llevar una relación a distancia implica de responsabilidad por ambas partes, pero por sobre todo, se necesita mucha confianza en la otra persona como en uno mismo. Si es amor verdadero, no hay distancias que impliquen ser un tropiezo en una pareja.
―La adoro, de verdad. ―Dijo Miyako sujetándose el rostro, negando con la cabeza. Hikari abrazó a su amiga, compartiendo su emoción. ―¡Es decir, ¿quién podría responder de esa manera si no es Mimi?!
―Sólo ella ―Dijo Jun ahora, sumándose a la dos chicas que no podían despegarse de la laptop de Miyako. ―. Si fuese yo, hace tiempo castraría a mi novio de haberse mudado lejos de mí.
―Ey, ey, ey. Nada de violencia hacia los genitales. ―La voz de Taichi se escuchó desde la barra. Las tres muchachas se giraron riendo hacia el muchacho. ―¿Por qué crees que me vine a París, preciosa?
Jun rió con ganas ante las palabras de su amigo.
―Shu, shu que Mimi está hablando. ―Calló Miyako.
Taichi rodó los ojos y se dirigió de regreso a la barra donde yacía Yamato limpiando la mesada con esmero. El Yagami no pudo evitar mirarlo con una sonrisa divertida; a veces creía que el rubio ponía demasiado empeño en lo que su barra se trataba.
Y como siempre, Taichi apoyó sus manos en la mesada alta para hacerse de fuerza y sentar su trasero sobre la madera antigua y refinada. Adoraba hacerlo, pero eso se debía más bien a la reacción que su amigo tenía al verlo sentadote en la barra.
―Con un demonio, Brun… ―Si, allí empezaba su diversión. Miró a Yamato como se mira a un niño cuya rabieta te causaba gracia y esa sí que lo hacía sonreír de oreja a oreja.
Yamato odiaba que Taichi hiciera eso solamente para molestarlo, pero odiaba mucho más que lo mirase con esa inocencia fingida en el rostro.
―¿Por qué tan amargo, Jaune? ―Alegó divertido. Yamato rodó los ojos y se alejó de Taichi.
Eso fue demasiado fácil, admitió con desánimo el moreno, regresando su atención hacia las tres jóvenes que estaban con la mirada prendida de la notebook que pertenecía a la chica de lentes y cabello largo, las tres obsesionadas con la entrevista a aquella famosa cantante que poco caso hacía Taichi.
Fue cuando sintió a un intruso metiéndose con descaro entre sus nalgas y fue esa retorcida sensación la que lo que lo hizo pegar un salto con un grito molesto. Casi cayó de cara contra el suelo, una vez que su cuerpo dejó la barra, pudiendo oír las carcajadas de Yamato. Cuando se giró a verlo, observó a Yamato sujetando una escoba y cuya punta fue la indiscreta que osó asomarse por sus zonas privadas.
―¡Jaune! ―Bramó su nombre, recibiendo un chito por parte de las tres jóvenes que lo hizo rabiar aún más. ―¡Ya, ni que su idol fuese tan importante!
―Si yo fuese tu, cuidaría mis palabras. ―Apremió Yamato, cubriéndose la boca tratando de no hacer más evidente la gracia del asunto, pues cuando Taichi giró sobre sus espaldas, tenía a tres mujeres furiosas mirándole como si fuesen a rostizarle con los ojos. ―Tiene que ser alguien importante como para que Jun abriera antes el bar o Miyako saliera un momento del trabajo.
Sudó frío. El rubio tenía razón.
―A todo esto, ¿quién es la chica? ―Inquirió Yamato, teniendo compasión de su mejor amigo. Hikari dejó de mirarle mal a su hermano para centrar su atención en el Ishida. ―¿Fue a la que fuiste a ver ayer?
―Así es. Su nombre es Mimi Tachikawa y es una estrella en ascenso. ―Explicó la menor al enseñarle fotografías de la castaña desde su teléfono móvil.
Yamato miró con curiosidad a la joven mujer que su amiga le enseñaba: cabello castaño, largo con bucles, sonrisa angelical, ojos brillantes, piel tersa.
―Vaya, es bonita. ―Dijo Taichi al colarse en la conversación apreciando desde el hombro de Hikari las fotos. ―Más que bonita, me corrijo.
―Y no es sólo bonita, tiene una voz inigualable y parece una chica muy dulce. ―Alentó Jun desde la punta de la mesada del bar.
―Tiene que serlo. No te he escuchado elogiando a ninguna mujer desde… Bueno, desde nunca. ―Comentó Yamato con diversión, consiguiendo que Jun le sacara la lengua.
―Ya, ya. Guarden silencio que Mimi sigue respondiendo preguntas. ―Dijo Miyako dando palmaditas.
Hikari sonrió a su amiga y luego volvió su atención a Yamato. Le sorprendió observando la imagen de Mimi en su teléfono. Se veía muy concentrado, como si estuviese estudiando cada fotografía que la bandeja de google ofrecía.
―Parece que te causa curiosidad, Yamato-san. ―El rubio despertó de sus pensamientos cuando la voz de Hikari se dirigió a él; la vio sonreírle y un pequeño sonrojo afloró en sus mejillas. Le devolvió el teléfono.
―No es eso. ―Se atrevió a decir, regresando su atención hacia la limpieza de la barra. Hikari lo observó un momento más, aunque ya no con la fascinación de hace un momento. Había un pequeño malestar en su estómago pero prefirió pasarlo por alto cuando oyó a Alizée hablando nuevamente.
―Y bien, Mimi, ¿quieres despedirte de la audiencia con algo? ―La jovial conductora preguntó.
―De hecho sí. Algunos fans me han preguntado cuál es mi canción favorita dentro del nuevo álbum, así que me animo a cantarles un poco.
―¿Oh? ¡Una exclusiva! ¡Eso es genial! ¿Puedes hablarnos un poco de la canción?
―Claro. Se titula "Somewhere only we know". Es una canción que suena a una balada infantil, de esas que te transportan a las mejores memorias de tu infancia. Esa fue mi inspiración, la verdad: la niñez, porque sólo cuando somos pequeños, podemos apreciar las cosas sencillas, los pequeños detalles, aquello que en la actualidad no son más que cosas pasajeras y que nos sirve para evocar un "paraíso mental" cuando más necesitamos de un consuelo. Ayer vi fotografías que me hicieron pensar en ésta canción y me sentí feliz, porque comprendí que aún hay personas que hallan en las pequeñas cosas, asombro.
Hikari miró a la notebook por donde era transmitido el programa y por donde la voz de la cantante sonaba. Su pecho se estremció de alegría. ¡Mimi estaba hablando de ella! ¡Estaba hablando de sus fotografías!
Sintió la mano de su hermano posándose sobre su cabeza y eso la hizo girarse hacia él, encontrándose con una sonrisa por su parte.
―Pareces muy feliz.
Hikari se sonrojó y prefirió huír de la mirada de su hermano, temiendo ser descubierta. Le había prometido a Mimi y a Sora de que mantendría en secreto su recorrido nocturno. Cerró los ojos intentando contener su emoción.
―Es emocionante que encuentre asombro en las cosas sencillas. Sólo eso.
Yamato vio a los dos hermanos y sonrió para sí mismo, cuando nadie lo observaba. Había mucho que despertaba en él al verlos juntos; mucho que traía a su mente a su hermano pequeño. Se giró sobre sus pies y fue hasta una pequeña butaca donde tenía su mochila. Tomó asiento para sostenerla entre sus manos, observándola en silencio, como si estuviese estudiándolo más allá de lo que sus ojos veían.
Y fue entonces cuando, desde la notebook, la melodía en piano ―dulce, pausada, angelical― comenzó a sonar y tras un compás de cuatro tiempos, la voz de Mimi se oyó. Era una caricia, un susurro, una voz cargada de amor, cariño y pensó en el color claro. No en uno que te hace pensar en un hospital o en un piso sobrio de alguna casona antigua… No, sino en un color más cálido; claro, pero cálido, tibio.
Recordó las palabras que dijo la famosa cantante al hablar de esa canción, rememorando vivencias de la infancia. Él tenía recuerdos de tiempos pasados, de cuando era niño, de cuando sonreía a todo lo que su boca podía, riendo, jugando. Pensó en su hermano menor, en su tiempo juntos, cuando las preocupaciones no iban más allá que el compartir sus juguetes o proteger a su hermanito.
No se había dado cuenta que cerró los ojos hasta que su teléfono comenzó a sonar, despertándolo de su letargo. Fue como si rompieran la burbuja en la que estaba.
Metió la mano en su mochila y rebuscó su pequeño móvil sin conseguir demasiado. Su melodía polifónica lo comenzaba a hartar y perder la paciencia. Un rápido movimiento con la mano y su mochila cayó al suelo con muchas pertenencias suyas en el suelo, entre ellas su celular como un sobre blanco, el mismo que venía postergando su apertura desde el dia anterior.
Se acercó hasta el teléfono móvil y lo contestó casi mirar, mientras con la mano libre tomaba el sobre.
―¿Diga? ―Habló sin pensar, mirando el rectangular cuerpo de papel.
―Yamato… ―La voz de Michael Takaishi sonó y a pesar de que no tenía por qué sorprenderse, lo hizo; no sabía bien si se debía a que lo llamara de repente ―siendo que ese hecho casi no se daba porque su abuelo odiaba la tecnología y estaba seguro que le llamaba desde su teléfono móvil―, o darse cuenta que lo llamó por su nombre en tono serio, casi preocupado.
Espero que les haya gustado :D
Déjenme sus comentarios, son el pan de cada día xD
Besitos~
