¡Perdón por el retraso (otra vez)! Últimamente me paso los fines de semana estudiando como una cosaca (la dura vida del alumno) así que, por culpa de eso, es probable que este fin de semana y el que viene no haya actualización. Intentaré escribir los capítulos de todas formas, pero si veis que no los he publicado, es por eso. ¡Lo siento! Eso sí, no os preocupéis, no voy a abandonar a estos dos. Dicho esto, os dejo leer.


Dos semanas después, las cosas habían vuelto más o menos a la normalidad. Alana y Will habían hablado largo y tendido y habían dejado las cosas claras. La policía decía haber encontrado al asesino. Sin embargo, el estudiante estaba inquieto. Estaba pasando algo raro, pero no era capaz de identificar el qué. Se encogió de hombros e intentó no bostezar.

Las clases del profesor Crawford podían ser de dos maneras: extremadamente intensas y llenas de gritos o extremadamente silenciosas y, también, aburridas. La lección de hoy estaba siendo de esas últimas. Mientras Jack explicaba algo, ayudándose de una presentación en Power Point, Will miraba al infinito, hasta que unos golpes en la puerta del aula y la posterior apertura de esta le sacaron de su ensoñación. Un agente del FBI entró en la clase y Jack cerró la boca casi de inmediato. Salieron de la sala segundos después y los otros estudiantes empezaron a hablar. El de ojos azules intentó escuchar por encima la conversación de las chicas que se sentaban delante de él:

- ¿Habrá habido otro asesinato?

- Ay, tía, no sé... Lo mismo no es nada.

- Ya, pero...

- ¿Has visto lo guapo que va el de delante hoy?

El moreno dejó de prestar atención a la conversación ajena tras el cambio brusco de tema y suspiró.

Pasaron un par de minutos hasta que el profesor volvió a entrar en la sala.

- La clase ha acabado.- fue todo lo que dijo antes de volver a salir.

A más de uno casi se le escapó un gritito de alegría. Más rápido de lo que habría sido educado, los alumnos recogieron sus cosas y salieron de la sala. Will, sin embargo, se quedó un poco más. Se fijó por primera vez en la diapositiva que había proyectada: un escenario de un crimen, específicamente, el del cometido dos semanas atrás. Las flores. El moreno se quedó mirándolas. Las había visto antes, pero era incapaz de recordar donde. Prefirió no pensar demasiado en eso y, encogiéndose de hombros, hizo igual que sus compañeros.


Al ser la clase de Crawford la última del día, el universitario decidió volver a su piso compartido. Se encontró con Alana por el camino y, por primera vez desde hacía dos semanas, ella le dedicó una sonrisa. No se pararon a hablar, ya que el cielo estaba demasiado gris y ninguno de los dos llevaba paraguas. Ahora que estamos en temporada de lluvias, debería comprar uno. pensó, aunque, probablemente, olvidaría hacerlo de todas formas. Llegó a casa un rato después, y, aprovechando que estaba solo, se puso cómodo y se sentó en el sofá. Encendió la televisión y puso un canal al azar. Al ver que la programación en aquel momento era basura, hizo un ademán de apagar la televisión hasta que en el último momento, apareció una noticia de última hora. Le subió el volumen. Otro asesinato. Esta vez, la víctima era una chica, probablemente algo más joven que él. La encontraron ensartada en una cabeza de ciervo, en mitad del campo. Will tragó saliva. El campo estaba lleno de las mismas flores que había cosidas al otro cadáver. Sacudió la cabeza. No estaba seguro de por qué, pero las malditas flores parecían estar persiguiéndole. Respiró hondo y cerró los ojos, concentrándose, esta vez sí, en saber dónde las había visto antes. Sin embargo, con el sonido de la lluvia de fondo, todo lo que consiguió fue quedarse dormido.


Unas manos pálidas y suaves le estaban tocando. Primero la mano, luego el brazo, luego subía hasta su hombro. Se sentía desnudo. No podía respirar. Dolor en la cabeza, sangre cayéndole por las sienes. Las manos se multiplicaban y seguían tocándole. Una ascendía por su pecho hasta su cuello, otra sin embargo, bajaba hasta su estómago. Otra distinta le recorría la espalda. Entre todas esas manos, una cara desenfocada con unos cuernos parecidos a los de un ciervo saliéndole de la frente. Unos ojos conocidos, negros. Las manos seguían moviéndose. La del cuello había pasado hasta su boca y tocaba suavemente sus labios. La cara se acercó lentamente y antes de sus labios tocaran los de él, Will se despertó.

El corazón le latía demasiado rápido y el sudor hacía que se le pegara la camiseta del pijama a la espalda. Calmó su respiración, se levantó del sofá y puso rumbo al baño. Necesitaba una ducha fría.