¡Hola! ¡Hoy empezamos una nueva parte de esta historia! (Y yo, como siempre, con retraso. Si es que no tengo perdón de Dios xd) Dicho esto, os dejo leer. ¡Hasta luego!
No podía tranquilizarse. No con ese sabor metálico aún en la lengua, no con la sangre manchándole la cara y las manos, mojándole los labios. Pensó en relamerse, pero no lo hizo. No sería capaz de recuperar el control si lo hacía. Miró a su alrededor, y se tumbó en el suelo, justo al lado de los dos cuerpos, donde la sangre ya estaba seca, y, al cerrar los ojos, sintió que se ahogaba. Notaba el líquido rojo y viscoso pegándose a su piel, metiéndose por su nariz y su boca, recorriendo su garganta, llegando a sus pulmones, llenándolos.
Cuando abrió los ojos, no notó que le faltase la respiración. Había aire en sus pulmones, no sangre. Sacó rápidamente el móvil y tecleó de manera rápida un número.
Un tono.
Dos tonos.
Tres tonos.
- Doctor Lecter...
- Ahora mismo no puedo atenderle, llame dentro de una hora.
El del otro lado, colgó. Masculló algo, aunque más que palabras parecían gruñidos, se levantó de un salto y empezó a caminar. Pasó la lengua por sus labios húmedos, sin que le importase no poder recuperar el control, no volver a pensar como una persona, sino como un animal. Quizás, solo quizás, eso era precisamente lo que quería.
- ¿Por qué tiene cuernos?- preguntó la niña, señalando una de las pinturas que había en la sala.
El modelo la miró fijamente por primera vez. Había estado todo el tiempo allí, recorriendo el estudio mientras él posaba, pero fue en ese momento cuando empezó a fijarse en ella. Lo que más le llamó la atención de la niña fueron sus ojos. Azules, parecidos a los suyos, aunque con un brillo y una inocencia que él no recordaba haber tenido nunca.
- Te contestaré la próxima vez que vengas.- sonrió el creador del cuadro y le ayudó a ponerse el abrigo. La chica hizo un puchero y dejó que el otro le pusiera la bufanda alrededor del cuello.
- ¡Abigail!- se escuchó la voz de una mujer que esperaba en el piso de abajo. La niña le dio un beso en la mejilla a Hannibal y bajó por las escaleras, dejando a los dos hombres a solas.
- ¿Me habías dicho que era tu sobrina?- preguntó Will, pasándose la mano por el pelo.
- No exactamente. Se había separado de sus padres en un parque y la ayudé a encontrarlos. Al parecer me cogió cariño.- dijo, con una sonrisa cálida adornando sus labios. El moreno no pudo evitar sonreír también. Tiene razón, parece fácil encariñarse con ella.
- ¿Y por qué tiene cuernos?- preguntó el universitario, mirando la pintura que había señalado la pequeña.
- ¿Por qué crees tú, Will?
- Es su naturaleza.- fue lo primero que pensó.
- Exacto.
El timbre de la puerta sonó, interrumpiéndoles. Un pitido corto y agudo, cortante. El de ojos azules levantó una ceja, en una muda pregunta de "¿quién es?", que fue respondida con el rubio dirijiéndose a la entrada. Hannibal pegó la cara a la puerta para poder ver a la persona que había en el otro lado a través de la mirilla, encontrando rojo. Un rojo oscuro, granate casi parduzco, sangre seca, labios destrozados. Will se acercó a él.
- Será mejor que te vayas, Will.
- ¿Hannibal...?
- Por favor, haz lo que te digo.
Con un resoplido de fastidio y disgusto, el moreno se puso el abrigo y salió, aunque al abrir la puerta, no había nadie al otro lado.
