"GIRASOLES Y 18 CARTAS"
CAPÍTULO II
"RECUERDOS 1"
Era tiempos de guerra, en ese entonces no tenía tanta experiencia luchando cuerpo a cuerpo, mucho menos a manejar armas, se había alistado a las fuerzas militares porque creía que iba a ser divertido, equivocación obvia ya que ver morir a sus colegas no era nada divertido asesinar mucho menos, en esos instantes corría adentrándose hacia el bosque luchando por sobrevivir, pues el ejército rojo había acabado con toda su tropa, su vida pendía de un hilo y solo le quedaba correr. Mientras corría con todas sus fuerzas se maldecía mentalmente ya que sabía que no debió mentir en su edad, era apenas un adolescente pero su altura y físico le hicieron que pasara desapercibido.
Lo que menos queria era morir ese día, pero ya sus piernas empezaban a cobrar factura de haber corrido demasiado, estaba asustado, había sido la peor idea de su vida, sus músculos no pudieron más y terminó por caer frente a un árbol, como pudo se aferró a este y se escondió detrás de él para que los rusos no le hallaran, se sentó de tal forma que abrazó sus piernas, pues al detenerse de correr se puso percatar del frío del lugar y en su desesperación empezó a rezar.
Iván era el encargado de vigilar la zona sur de la ciudad, su pequeño refugio era una casita de maderas y un colchón ya roto, él era el único en esa zona y tenia ordenes de matar al enemigo que se atreviera a pisar esos lugares, pues debía proteger su casa del ejército americano que era muy fuerte. Ya había asesinado a muchos de ellos en aquel bosque. Braginski, como era conocido, era un joven de 21 años que se había vuelto popular por que podía oír a lo lejos a los soldados caminando, era bueno para proteger los límites del lugar, por eso lo tenían ahí.
Ese día no había sido la excepción, desde hacia un minuto pudo escuchar a alguien que corría acercándose a su cabaña, así que sacó su revólver y se encaminó hacia donde el ruido se hacía más fuerte, poco a poco esa persona se acercaba más, le iba a esperar y antes de que se diera cuenta "pum" caería muerto, al menos eso pensaba. Como esperaba pudo ver ese soldado que se notaba que huía horrorizado, sonrió y justo cuando iba a disparar el sujeto había caído al suelo, enseguida se acercó y le apuntó con su arma, esperaba que le diera pelea, pero ese hombre solo se tenía abrazado y parecía que lloraba.
El rubio se percato de aquella presencia, levantó el rostro, asustado miró al soldado albino vestido con el traje de los rusos, negó asustado y empezó a suplicar por su vida, Iván lo miro y le apuntó a la cabeza, logrando así percatarse que ese soldado enemigo era solo un simple niño, no valía la pena matarlo en ese momento, quizá un poco de tortura sería buena idea, veía como temblaba de miedo, se cubría los ojos rogando por su vida, una manera deshonrosa, bajo su arma y se acercó a él, sonrió maliciosamente y grito. –BANG!-
El joven se estremeció a ese grito y de igual forma gritó desesperado empezando a llorar desconsolado- ¡No me mates! Por favor…-
El albino echó una carcajada, ya que entendía y hablaba ingles, entendiendo a la perfección la suplica del joven. – ¡Párate y cállate!, vendrás conmigo, ¡vamos!- mientras le gritaba iba tomándolo fuertemente y esposándole las manos, no iba a arriesgarse con ese sumiso niño. – Viene una nevada, y no quiero morir, al menos no antes que tú-
A jalones fue llevado hacia la cabaña que estaba cerca, aun temblaba, ya no por el miedo si no por el frio, había descendido la temperatura mas de lo que recordaba, la nevada que menciono sí que se acercaba.
Iván empujó al joven al suelo, cerró la puerta y de nueva cuenta le apuntó la cara con su revólver mientras le jalaba el cabello –Si te atreves a huir te vuelo la cabeza, de todos modos no duraras afuera más de un minuto- lo soltó de forma brusca. –Aquí nos quedaremos, al menos hasta que pase la nevada, dos o tres días, y estas bajo mis órdenes, eres mi cautivo, si no quieres que te mate debes hacerme caso, ¡¿entendiste?!-
-Si…- asintió sin dejar de llorar.
-Cálmate de una vez, por el momento estas seguro- se quitó los guantes para tirar más leña que tenía en un rincón a su pequeña chimenea –Puedo notar que aun eres un mocoso, lo notó en tu rostro, ¿Qué edad tienes?- encendía la fogata.
Tratando de tomar un respiro, con nerviosismo respondió- Tengo 17 años señor-
-No soy tan grande que tú, tengo 21 años, me reclutaron a los 18, ustedes los americanos son más descorazonados, reclutando niños como tú que solo lloran por su vida-
-Mentí sobre mi edad en la milicia-
-Vaya, que idiotas son ustedes, dejarse engañar por un niño como tú- al ver que el fuego avivaba, se sentó frente a él para darse calor- Me pregunto de que morirás primero, ¿hambre o frío?, ¿Qué piensas tu?-
-Mmm….- sus lagrimas volvían a surgir, era inminente que moriría. Inclinó la cabeza y se pegó a la pared para poder acomodarse, si iría a morir que fuera de la manera menos dolorosa. Cerró un momento sus ojos y pensó en sus padres, en lo tristes que estarían cuando supieran que él estaba muerto, anhelo decirles lo mucho que los amaba y cuan arrepentido estaba.
-¿No sabes?, ni yo sé cómo- dijo como si nada y se acostó en su colchón, se acobijo en un cobertor sin dejar de ver a ese niño que veía que sufría mentalmente, por fin podía ver a un americano de cerca, siempre tenía que matarlos y jamás los veía bien. Rubio, ojos azules, una peculiar belleza natural, que se volvía exquisita al someterlo con miedo, estaba loco ya o le urgía sexo, pues empezaba a ver atractivo a aquel niño. Rió para si mismo y prefirió dormir antes de seguir dejando que sus deseos hablaran.
Había ya pasado unas cuatro horas, cuando un golpe fuerte en su pequeña ventana lo despertó, estaba algo aturdido, miró la periferia de su casa y miró a su soldado cautivo que yacía en el suelo estático, gruñó enojado y se acercó a verlo, le tomó el rostro y se percató que aun respiraba-¿Ya te moriste?, no lo creo, ven aquí- lo cargó y lo acercó a la fogata –Que mueras de frío no es mi primera opción- dicho eso le dejó ahí, buscó un poco de pan y su cobertor para cubrir al rubio. –De hambre tampoco- se sentó a su lado para poder entrar en calor. Sacó una botella de vodka y bebió directo del envase, después de dar dos tragos le ofreció. – Bebe, anda esto ayuda a no morir de frio-
El soldado americano comió rápidamente el pan y poco a poco recobraba su color, vaya que el frío de Rusia era uno de los más devastadores, ahora comprobaba las historias terroríficas de que solo los rusos sobrevivían a sus nevadas y ahora entendía porque -Gracias-
-¿Cómo te llamas?-
-Alfred Frederick Jones-
-Genial-
-¿Y tú?- Le regresó la botella.
-Iván Braginski…- tomó el vodka y bebió otro poco – Para que no mueras de frío te recomiendo que duermas, eso es lo único que puede mitigarlo, a menos que….olvídalo-
-¿A menos que señor Braginski?- tenia frío y haría lo que sea para no morir congelado.
-A menos que…- pensó un segundo, que diablos pasaba por su mente, ya tenía meses sin probar el calor de una mujer y en tiempos de frío es lo único que mataba el tiempo de espera. Ver al joven con miedo y sumiso había despertado en él algo que iba en contra de su moral, sonrió imaginando que podría hacerle, además era su cautivo que asesinaría luego, ¿Por qué no violarlo a su antojo? –A menos que me des tu calor-
-¿A qué se refiere?- Esa frase la entendió de una forma extraña y esperaba equivocarse.
-Te lo diré más simplificado y aclaro que no puedes decidir- Sorbió otro poco de vodka, se levantó del suelo, cargó al joven hasta dejarlo en el colchón y encimársele.
-¿Qué haces?, tsk…! Quítate de encima!-
-Te dije que no puedes decidir, voy a fornicarte-
-¡No!, Noooo ¡por favor no! ¡Auxilio!-
-Grita lo que quieras, mas lo disfrutare, además nadie te oirá- directamente se fue a besar su cuello y casi arrancarle la ropa.
El joven sin fuerzas se retorcíatratando de evitar que este se hiciera de su cuerpo, gritaba y pataleaba, pero sus esfuerzos eran en vano, ese hombre era más grande y más fuerte. Sin poder evitarlo esas manos frías recorrieron todo su pecho ya desnudo, pellizcando sus pezones donde después esa boca se depositó. Jamás había tenido relación carnal alguna y venia a tener la peor experiencia en su vida. Ese sujeto le quitó el pantalón para poder preparar donde iría a introducirse, todo pasaba muy rápido, su voz se cansó de gritar y solo gimió ante el estimulo de aquellos dedos que se movían en su interior, de reojo miró la cara de su agresor, tenía una sonrisa pues sabía que lo iba a desvirginar. Sin esperar, Iván envuelto en la lujuria, sacó su miembro para darse paso en aquella cavidad violentamente, para después tomar fuertemente las muñecas y empezó a arremeter sin descanso. Alfred gritaba del dolor, que poco a poco se volvía un sentimiento nuevo de placer, Iván no mintió, pues ya no tenía frío, pudo verle el rostro que estaba rojo, veía como movía sus caderas para llegar más al fondo, sentía como por dentro vibraba, sin llegar a razonar se dejaba llevar por ese coito al que fue obligado.
Extrañamente, el albino bajó a darle besos en los labios, unos muy ligeros, pero besos, de esa manera sentía que agradecía a su cautivo el placer que le estaba dando, no paraba, seguía bailando en él y a su vez Alfred seguía gimiendo para deleite de él. Al cabo de un par de minutos el mayor terminó por venirse dentro del rubio que simplemente se soltó en lágrimas al recibir por primera vez el fluido de alguien en su interior. En vez de sentir asco al respecto, se sintió lleno de placer, hasta se vino en el pecho y abdomen ajeno. Iván de la misma forma le había gustado ese sexo, estaba maravillado por que se había venido de sobremanera en el joven que se veía excitante como le corría su fluido por su piernas. Sin más le beso la frente y lo abrazo, mismo que fue correspondido por el americano que no dejaba de llorar.
Ninguno de los dos sacó cuentas de cuantas veces tuvieron sexo esos días, lo que parecía un abuso se había convertido en un pasatiempo para ambos que estaban en medio de una nevada, dos días les bastó para recorrer sus cuerpos, conocerse tan bien que jamás se dieron cuenta en qué momento se habían enamorado.
Ahí estaba Iván de nuevo, parado en la estación de la calle 42 grand central, no sabía porque había ido a su encuentro, había recordado como es que empezó su "amor", incluso al hacer memoria había olvidado que Braginski le había tomado a la fuerza la primera vez. Aun no sabía si era buena idea acercarse o no a él, pues ya tenía una familia. Decidió acercarse a este para despedirse de él para siempre, que su amor no podía seguir mas, que jamás hubo oportunidad si quiera y enterraría ese fervor hacia él. Se acercó cabizbajo con las manos dentro de su chamarra café, observó en silencio al albino y este a él, Iván enternecido por verlo nuevamente, Alfred serio para no sufrir en su despedida.
-Me violaste la primera vez-
El ruso bajó su rostro y asintió, era cierto, había vivido 18 años con esa culpa de haberlo obligado a amarlo de esa forma. –En verdad me atrajiste demasiado, pero te amo y después de esa vez nos amamos mucho-
-Porque tenía miedo de que fueras a matarme-
-Lo siento-
-No quiero que me busques más, quiero que te olvides de mí, jamás vuelvas a pensarme, mi propósito aquí es despedirme de ti-
Le sujetó de los hombros histérico, por el miedo a perderlo de nuevo -No Alfred, no seas cruel conmigo, te he llorado 18 años, ¡no es justo!, ¡no lo permitiré!, te adueñaste de mi ser y piensas que te dejare así nada más porque me lo pides-
-Olvídame…Iván por favor, te hubieras ahorrado esto si me hubieras matado ese día-
-¡No pude!...eras tan hermoso que tenía que tenerte para mí- pegó si frente a la ajena empezando a sollozar –Te he amado desde entonces, entiende eso-
-Tienes una familia, una esposa linda y un pequeño-
-Jamás he sido feliz, esa mujer no eres tú, te necesitaba a ti, me presionaron a casarme y me arrepentí. De mi hijo no me arrepiento-
-Suéltame, yo no quiero destruir lo que ya formaste con esa mujer- se arrebató fuertemente.
-No vas a destruir nada, ese es tu lugar desde al principio-
-Estás loco, ¡déjame en paz!- corrió en dirección a la calle 42 alejándose de Iván lo más rápido que podía.
