¡Concéntrate, Reina!

"—Yo nunca quise tenerte como hija. Si no hubieras nacido, me habría separado de Ryotaru cuando aún era joven y habría buscado a mi amada Ritsu para estar juntas. Tú lo arruinaste todo.

Reina se sentía devastada. Jamás pensó que esas palabras salieran de la boca de su madre. La trompetista lloraba desconsoladamente mientras sentía que su mundo se derrumbaba. De repente...".

El despertador comenzó a sonar, dando fin a esa pesadilla. La pelinegra se levantó sin ánimos. Sus ojos estaban rojos debido a las lágrimas que derramó la noche anterior. Tras tomar una ducha rápida y ponerse el uniforme, bajó a ver qué se preparaba para comer.

—Buenos días, Reina. Llegas a tiempo para el desayuno —saludó Mio tiernamente al ver a su hija entrar en la cocina.

—B-buenos días, madre —respondió la trompetista, aún con su pesadilla en mente.

—Aprovecho la oportunidad para felicitarte por tu paso a las nacionales. —Tras decir esto, la aún señora Kousaka puso en frente de su hija un tamagoyaki.

—Gracias, aunque no lo hice sola. Kumiko y mis compañeros, bajo la guía de Taki-sensei, también se esforzaron mucho por llegar hasta allí. —Una pequeña sonrisa se esbozó en el rostro de la joven.

—Veo que ya te sientes mejor, hija. Sé que no te gustó la noticia de que tu padre y yo nos divorciemos, pero créeme cuando te digo que nada va a cambiar en mi forma de tratarte.

—Prométemelo. Prométeme que no cambiarás, ni me culparás por no haber podido estar con Ritsu. —Mio se sorprendió al escuchar ese nombre, el nombre de la hiperactiva baterista que tanto amó y que no había podido ni querido sacar de su corazón.

—Te lo prometo, mi bella hija —dijo la exbajista besando la frente de la trompetista. Tras terminar de desayunar, Reina se despidió de su madre y partió a Kitauji. Sintiéndose desmotivada para montar en bicicleta, decidió tomar el metro.

Durante el trayecto, la joven pensaba en lo sucedido en las últimas 12 horas. Por alguna razón, ya no se sentía enojada. Si bien le molestaba el hecho de que le hicieron sentir que vivía en una familia feliz y unida, empezó a sentir curiosidad por el pasado de sus padres. En ese momento recordó que desconocía mucho de la vida de su madre antes de casarse. Lo que más curiosidad le causaba era esa persona llamada Ritsu. Reina estaba tan metida en sus pensamientos que no se dio cuenta de que Hazuki se había sentado a su lado.

—¿En qué piensas, Kousaka-san? —preguntó la tubista, sacando de sus pensamientos a la trompetista.

—Nada... en lo que puedas ayudarme, Katou-san —respondió la pelinegra, tratando de no sonar grosera.

—Supongo que tiene que ver con lo que tenía que decirte tu padre ayer, ¿verdad? —Reina solo asintió—. Ya verás que todo se solucionará. Quizás no de la forma que quieres, pero sí de la mejor...

—¡¿Tú qué sabes de eso!? ¡¿Tienes idea de lo doloroso que es ver a tu familia desmoronarse de un día para otro!? ¿¡Haz experimentado la frustración de no poder ver a uno de tus padres a diario, que ellos ya no convivan como pareja, sino cada uno por su lado!? —exclamó la trompetista, sujetando por el cuello del uniforme a la tubista.

—No, no tengo idea de eso. Pero es aún más frustrante no poder ver a uno de tus padres porque ya no está en este mundo —dijo la castaña con una impropia seriedad. Al escuchar esto, la pelinegra la soltó y se disculpó con ella.

Las clases transcurrieron con relativa normalidad, pero no así para Reina. Con tantas cosas en la cabeza, simplemente no podía concentrarse ni poner atención. Corrió con la suerte de pasar inadvertida cuando los profesores preguntaban algo. Pero eso no ocurriría en la banda.

Mientras tanto, en una cafetería, Mio estaba sentada, reflexionando sus hechos. Entendía el enfado de su hija; después de todo, ella y su esposo no habían sido sinceros. De hecho, Reina aún desconocía muchas cosas del matrimonio Kousaka. La exbajista quería hablarle a su hija, quería decirle toda la verdad, pero debía hacerlo con calma, ya que su historia era larga y dolorosa.

—¿Lo de siempre, Kousaka-san? —preguntó una mesera, sacando de sus pensamientos a la pelinegra.

—Sí, por favor. Y ya te he dicho que me llames por mi nombre, no por el apellido de mi futuro exesposo, Ritsu —respondió Mio. La castaña le dedicó una sonrisa antes de retirase. Mio volvió a meditar sobre los pasos que iba a dar para hablar con su hija, siendo de nuevo interrumpida por una pequeña discusión en el mostrador:

—Tomoya-san, cúbreme unos minutos.

—¿Otra vez, Katou-san? Siempre que viene esa mujer haces lo mismo.

—Ella es un cliente importante, merece una atención especial, una que solo yo puedo darle. Además, te recuerdo que soy amiga personal de Tsumugi Kawashima.

—Ya lo sé, pero eso no es excusa para saltarte el reglamento.

—¡Ay vamos!, solo serán unos minutos, Tomoya-san.

—Está bien. Pero tendrás que pagarme ¥500 por cada diez minutos.

—Eres un avaro, Tomoya-san.

—Mira quién habla. La que siempre quería cobrar cuando tocábamos en la preparatoria y la universidad —intervino Mio.

—¡Mio! ¡Deberías estar de mi lado! —exclamó Ritsu, llegando junto a la pelinegra con una taza de té y un trozo de pastel de fresa. El empleado de apellido Tomoya soltó una carcajada.

—Lo siento, Ritsu. Pero es la verdad —replicó la exbajista entre risas.

—Sí, sí. Hablando de verdades, ¿pudiste hablar con tu hija?

—Aún no como quisiera.

—¡¿O sea que ella aún no sabe tu decisión, Mio?!

—Sí la sabe. Se enteró por Ryotaru.

—Ya dio el primer paso. Seguramente se hizo pasar por la víctima.

—Es lo más probable. Anoche Reina estaba enojada conmigo por esa razón.

—Ya veo. ¿Y cómo estuvo esta mañana?

—Noté que estuvo llorando en la noche. Quise alegrarle el día felicitándola por pasar a las nacionales. Pero me hizo prometerle que no iba a culparla porque yo no pude estar contigo.

—Espera, creí que nunca le hablaste a ella de mí.

—Y aún no lo hago. Pero, como tú trataste de impedir mi boda, tal vez Ryotaru te vio y le haya dicho eso a Reina.

—Creo que no debes dejar pasar más tiempo. Habla con ella esta misma noche. Cuéntale todo sobre ti y esa farsa que tú y tu esposo llaman matrimonio. —Ritsu mostró una inusual seriedad al decir esas palabras.

Mio miró su aún llena taza de té y en ella vio el rostro sonriente de su hija. Ella era la razón por la que la exbajista mantuvo vivo su matrimonio a pesar de todo. Por su mente pasaron las palabras que Reina le dijo horas antes. Sabía que lo correcto era decirle la verdad, pero debía buscar las palabras correctas para no terminar de perderla.

—Lo haré, Ritsu. Deséame suerte —dijo la pelinegra tras tomar de un solo trago el té. Luego se levantó de la mesa, dejando en ella el dinero para pagar la bebida y el pastel. La castaña le dedicó una sonrisa y regresó a sus labores.

De vuelta a la preparatoria Kitauji, la banda sinfónica había recibido un importante anuncio: participarían en un evento caritativo a mediados de octubre, que les serviría de preparación para las nacionales. Noboru decidió que en dicho evento tocarían la Obertura de Guillermo Tell, de Rossini. Tras recibir las partituras de la obra, se separaron por secciones para comenzar a estudiarlas. La sección de trompetas le dio prioridad al movimiento Caballería Ligera, al ser en el que más protagonismo tenían.

Reina tenía la mente dispersa, a duras penas sabía lo que la banda hacía. Y eso le pasó factura, haciendo que fallara al tratar de interpretar la pieza. Kaori y Yuko veían con desconcierto este hecho.

—¿Algún problema, Kousaka-san? —preguntó la líder de la sección de trompetas.

—Nada de qué preocuparse, Nakaseko-senpai —dijo la pelinegra. Acto seguido, volvió a intentar tocar su parte, esta vez con éxito, lo que tranquilizó a sus compañeras.

Al salir de la escuela, Reina y Kumiko se encontraron y decidieron ir juntas en el metro. La trompetista puso al tanto a la eufonista de lo sucedido en ese día, incluyendo su equivocación en los ensayos. La castaña intentó confortarla diciéndole que todos se equivocan en algún momento, pero la pelinegra golpeó el estuche de su instrumento, frustrada.

—Quizás lo mejor sea que no pienses en el tema de tus padres hasta que hables con ellos —afirmó Kumiko.

—No creas que no lo he intentado, Kumiko —respondió Reina—. Pero, cuando trato de poner mi mente en blanco, todo ese problema viene de golpe a mi cabeza. Quiero saber los motivos de mi madre. Quiero que me digan por qué me engañaron. Pero, aunque suene raro, quiero conocer a esa tal Ritsu.

—¡EH! —exclamó la castaña sorprendida por las últimas palabras de su compañera—. ¿Por qué quieres hacer eso, Reina?

—No lo sé con exactitud. Pero siento que, si la conozco y hablo con ella, podré entender mejor a mi madre. Además, quiero saber por qué volvió a su vida tras 20 años de ausencia. Mientras la trompetista decía esto, el tren llegó a la estación de destino de ambas chicas. Tras despedirse de Kumiko, Reina se dirigió a su hogar, dispuesta a enfrentar a sus padres y hacer que le dijeran toda la verdad.

Continuará...