Bueno, creo que ésta vez me tardé menos que la ocasión pasada en actualizar, y eso me alivia un poco. En ésta ocasión le traje un cacho de la historia que ustedes llevan esperando por tanto tiempo y que espero sea de su agrado, porque a mí en lo personal me llega mucho la historia que tienen Lydia y Dante, pero no sé... Ya me dirán ustedes.

Capítulo 20.

Amor obsesivo. (Parte 1)

Dante había sido derrotado por esos tres monstruos, era la primera vez en mucho tiempo que le sucedía, pero aún así siempre había logrado la suficiente fuerza como para levantarse tomar a Lydia entre brazos y escapar lejos. Ahora podía moverse tan solo con un esfuerzo sobre humano, pero sabía que tenía que llegar al castillo, el cual para su alivio solo él conocía su ubicación exacta, ya que estaba muy escondido en ése basto bosque, lo cual le daría el tiempo necesario para volver a la pelea, y ésta vez ya no se confiaría.

Mirando a sus oponentes, veía como el capitán del sombrero de paja, y el hombre peli verde hablaban sobre alguna trivialidad, mientras que el capitán de los piratas de corazón traía un Den Den Mushi entre manos, probablemente intentando contactarse con los integrantes que se encontraban en el barco. Sonrió ladino debido a su suerte, y con la poca fuerza que le quedaba soltó un poco de su poder creando un camino de ilusiones, lo cual le permitiría escapar mientras sus oponentes sólo veían un cuerpo desmayado. Utilizando una rama gruesa que había a tan solo unos pasos de distancia como apoyo se había levantado con dificultad, aplicando toda la fuerza que le quedaba para arrastrar sus pies y buscar a su amada, la sangre por las cortadas en su pecho goteaba dejando un camino de sangre que por el momento no se vería, su cuerpo estaba algo chamuscado y mallugado por los otros dos individuos pero eso no detenía su caminar.

-Lydia... - Susurraba recordando a la mujer, no a la chica que había tomado prestada en ésta ocasión, sino a la verdadera Lydia antes de morir.


Ceasar ya había desordenado la cocina completamente y no podía encontrar ni los Den Den Mushis, ni las copias de la llave para abrir sus esposas de kairouseki. Maldecía a Trafalgar Law por ser tan jodidamente precavido, lo más probable es que él había repartido los aparatos de comunicación y los había puesto en cuidado de los mugiwara, y quien tenía la llave para las esposas seguramente era él también. Por otra parte, ahora se sentía estúpido por olvidar el pequeño gran detalle de que esos malditos piratas tenían en posesión su corazón, y cuando se dieran cuenta de su desaparición le iba a ir mal. Sin contar que ahora el cocinero de cejar rizadas tendría una buena razón para patearlo por haber desordenado su adorada cocina.

Desistiendo de su idea había salido nuevamente a cubierta encontrando a todos descansado tranquilamente, ya no había enemigos alrededor y parecían haberlo estado esperando todo ése tiempo, cosa que lo fastidio de sobre manera. En cuanto vieron al científico salir el primero en acercarse había sido Franky quien se había encargado de molerlo a golpes, dejándolo medio desmayado y rodando de un lado a otro debido al dolor.

-Los enemigos desaparecieron. - Dijo Brook mientras se sentaba con una taza de té entre sus huesudos dedos.

-Probablemente Luffy-dono gano. - Continuó Kinemon, mientras Momo asentía con la cabeza emocionado.

-Creo que será mejor que alistemos el Sunny para partir, en cuanto Trafalgar regrese querrá irse de inmediato.

-Sí. - Dijeron todos al momento que echaban a correr para alistar lo necesario, dejando a Un Ceasar Clown llorando en el piso con un montón de chichones en la cabeza.


Lydia había subido por las largas escaleras, para después cruzar el pasillo y adentrarse en su habitación, en donde se había sentado frente al espejo en lo que cepillaba sus ahora naranjas cabellos. Con ojos nostálgicos miraba la figura de la muchacha que había tenido la desgracia de encontrar ése collar maldito, y no podía evitar sentir impotencia por tener que mantenerse viva a costa de los demás.

-¿Estás preocupada por tus nakamas? - Preguntó al aire sabiendo que la consciencia de la muchacha podía escucharla. - Te tengo envidia. - Admitió dejando el cepillo a un lado después de atarse una coleta alta. - Me gustaría tener compañeros que se preocupen así por mí.

Por su parte Nami, desde aquella dimensión obscurecida en la que se encontraba podía observar a través de ésa pantalla, su figura reflejada en ése espejo, escuchando lo que Lydia le decía. Se sentía frustrada de no poder controlar su propio cuerpo, y lo único que podía hacer era quedarse expectante, añorando que un milagro sucediera, y Luffy fuera a rescatarla cuanto antes. La vista en la pantalla cambió cuando Lydia admiró una pintura que se encontraba encima de la cama matrimonial, el mismo cuadro que estaba en la chimenea en donde estaba una hermosa mujer al lado de Dante.

-Ésa de ahí era yo cuando estaba con vida. - Explicó Lydia a la peli naranja.

Nami observo el cuadro de ésa hermosa castaña oji verde, no recordaba haber visto a una persona con rasgos tan dulces como la que estaba representada en ése cuadro... Pero había algo que la desconcertaba demasiado, y eso era el cambio que había surgido en la autonombrada Lydia, mirando su figura en el espejo había podido observar como sus ojos carentes de emoción tenían un deje de nostalgia y rabia contenida, que nada encajaba con la mirada de aquella muchacha en la pintura, que destellaba ternura y amor. Si bien Nami estaba enfurecida con ésa mujer por apuñalar a su capitán, y totalmente avergonzada por haber tenido el descaro de besarlo justo después, por otra parte... Sentía nostalgia y una enorme tristeza naciendo en su pecho, tal vez eso se debía a que sus emociones en ése estado estaban conectadas con las de la invasora, y no podía evitar preguntarse, ¿Por qué se había vuelto tan infeliz?

El chirrido de la puerta principal hizo que los sentidos de Lydia se encendieran, y a continuación agudizo el oído para escuchar la jadeante voz de Dante quien había visto al rubio de cejas rizadas tirado en el piso, ocasionando que el hombre se alterara y dejando atrás el palo que había utilizado como soporte echara a correr subiendo las escaleras y atravesando los pasillos con dificultad para llegar a la habitación de su amada, quien no se había movido en ningún instante y seguía mirando el recuadro en la pared al momento que intentaba tranquilizar su respiración lo mejor posible, al momento que su mirada volvía a tomar ése filo asesino.

-¡Lydia! - Gritó el pelinegro jadeante entrando al cuatro en tanto miraba a su esposa parada como si nada. - Qué... ¿Qué sucedió? - Jadeo en lo que se agarraba una de sus tantas heridas sangrantes, comenzaba a ver borroso, y aún así su única preocupación era saber si la mujer estaba a salvo.

-Bienvenido a casa. - Dijo la mujer ignorando olímpicamente la pregunta del hombre, utilizando un tono de voz un tanto frío y sarcástico. - ¿Ya te deshiciste de los intrusos? - Preguntó divertida.

-No... - Su voz sonaba ronca y sombría. - Lydia... Necesito eso... - Su voz ahora tenía un toque de culpa, haciendo que la sangre de la mujer volviera a querer hervir. - Así... Así podré... Deshacerme de ellos. - Caminaba poco a poco acercándose a la mujer.

-No quiero. - Respondió ella aún más fastidiada.

-Por... Favor... - Suplicaba acercándose poco a poco.

-No. - Reafirmó sin inmutarse.

En un rápido movimiento Dante la había aprisionado en un abrazo posesivo, su cuerpo temblaba y las lágrimas habían comenzado a resbalar por las mejillas del hombre, mientras que Lydia comenzaba a sentir como un líquido caliente mojaba el vestido que acababa de ponerse no hace mucho, comenzando a teñirse de rojo y arruinándolo para siempre. Él acariciaba sus cabellos de manera dulce intentándole dar consuelo sin lograrlo.

-Por favor... - Volvió a pedir con la voz rota. - Solo así podremos estar juntos.

-¿Sabes Dante?, a decir verdad ya me cansé de todo esto. - Decía la muchacha recordando al chico rubio que había visto a través de ella y le había dado valor.

-No... No digas eso.

-Cállate. - Habló con voz sepulcral ocasionando que la sangre se le congelara al hombre.

Lydia había tomado el mismo cuchillo que había utilizado con anterioridad en contra del capitán de los sombrero de paja, y lo había enterrado en el estómago de Dante aprovechándose de la cercanía. No conforme con eso lo había empujado para después realizar otra cortada que cubría todo su pecho, provocando que el pelinegro cayera de lleno al piso soltando un grito de dolor. Él había rodado quedando boca abajo y había comenzado a arrastrarse hacia los pies de su mujer preguntando porqué, pero ella en cuanto lo vio se adelanto y le pisó la mano con sus zapatos de tacones provocando un nuevo gritó por parte del individuo.

-¿Por qué? - Escupió con voz cargada de rencor. - ¿Preguntas por qué?, ¡No juegues conmigo! - Gritó al momento que le pateaba el rostro para después jalarlo del cabello lo suficientemente fuerte para levantarlo un poco y soltarle una patada después en el estómago. -Tú... Maldito enfermo... ¿Creíste que nunca me enteraría? - Yo solo estaba esperando... Esperando el momento en que llegaras tan herido como para no poder defenderte... Aguantando las ganas de matarte, y fingiendo quererte... Todo para éste momento. - Decía soltando otra nueve serie de golpes intentando sacar su frustración. - ¿Ayudarte?, ¡No me hagas reír!, ¿Quién querría ayudarte?, tú... Tú me arruinaste. - Gritaba lo más fuerte que su garganta le permitía.

Flash Back.

En el North Blue, se encontraba una acogedora isla llamada Sula, ésta abarcaba una considerable extensión de tierra y estaba rodeada de un rico contenido en sábana, aquí podías encontrar toda clase de animales que en general no representaban un verdadero peligro. Sula estaba habitado por toda clase de personas, desde campesinos, o indigentes, hasta personas de la alta sociedad. Aunque por supuesto la ciudad estaba dividida conforme a la cantidad de dinero que uno tuviera.

Lydia era una preadolescente hija de nobles, que tenía tan solo 12 años de edad. A ésa edad era una chica sumamente inteligente gracias a los estudios con sus maestros privados, sabía bastante de literatura antigua y soñaba con convertirse en escritora, sin embargo era comúnmente subestimada debido a su posición como mujer, ya que en ése tipo de sociedad machista las mujeres no tenían fuerza de opinión. Todos lo decidían los hombres, ya fuera con quién debía de casarse, o con quién debía juntarse y con quien no, desde cierta edad a las mujeres se les asignaba un prometido sin pedir su opinión y al momento de casarse a la familia del esposo se le daba un dote que era el precio que debía de pagar una mujer para ganarse su valía.

Lydia era una chica de castaños cabellos ondulados tan suaves como algodón de azúcar, tenía unos ojos color esmeralda que fascinaban a cualquier ser viviente en la tierra, su piel tan blanca como la nieve parecía tan delgada, tan tersa y frágil, que ansiabas querer protegerla en cualquier momento, sin duda parecía una muñeca de porcelana, de ésas que coleccionabas y cuidabas arduamente en una repisa de cristal, atento a que no tuviera ni un solo rasguño. Ella tenía una sonrisa encantadora que enamoraba a quien la viera, era alegre, inocente, y sobre todo amable.

La oji verde nunca había estado de acuerdo en la manera de ser de sus padres, ya que éstos eran unos seres egoístas, cegados por el dinero, que siempre estaban buscando la manera de contactar con familias de alto prestigio para ofrecer a su hija en matrimonio, ya que ella era una valiosa joya, que fascinaba a todo mundo, por lo tanto muchos peleaban por su mano. Y claro... Sus padres no desaprovechaban la oportunidad para sacarle provecho a la situación, por tanto había cambiado de prometido en más de una ocasión, cosa que la aburría, ya que no necesitaba a nadie, lo único que ella quería era volverse escritora.

Asqueada por el constante cuidado de los guarda espaldas, quienes tenían estrictas ordenes de no dejarla siquiera correr por temor a que se hiciera una sola herida en la piel, se escabullía de vez en cuando, convirtiéndose en una experta en escapar de la mansión que tenía como hogar. Un buen día había burlado la seguridad y se encontraba paseando por la ciudad observando a los nobles pasear con sus hijos, o sacando a pasear a sus mascotas, algo muy común. Ansiaba que un poco de adrenalina corriera por sus venas y estaba tan cansada de lo cotidiano por lo cual había ido a la salida de la ciudad y sabiendo que no la iban a dejar salir sin la supervisión de un mayor se había metido en un barril para salir con la carga que sería llevado a uno de los tantos barcos en la costa.

El escape había resultado exitoso, puesto que el barril había estado lleno de agua, aunque claro, antes de cerrar la tapa se había asegurado de sacar la suficiente cantidad de líquido como para poder sacar la cabeza y respirar. De ésa manera había salido cuando estaba en la costa, y los trabajadores impresionados de que una noble se hubiera infiltrado de ésa manera, habían querido capturarla a sabiendas de que si la familia de la muchacha se enteraba de lo ocurrido la culpa recaería en ellos, y de ninguna forma convenía fastidiar a los ricos.

Lydia con gran agilidad se había escabullido de sus captores y ahora se encontraba caminando en un pequeño camino de tierra que dirigía al pueblo de los campesinos. Aún más entusiasmada había corrido para poder apreciar con sus propios ojos de todo aquello que se había estado perdiendo. Llegando a una humilde aldea veía como las personas caminaban de un lado para otro cargando madera, o demás instrumentos e introduciéndola a establecimientos.

Adentrándose a la ciudad había visto como ésta, aunque mucho más pequeña que su lugar de origen, era bastante amplia llena de pasillos y callejones a los cuales se había introducido sin saber que podría ser peligroso. Corriendo y riendo había llegado a la calle principal donde se encontraba un mercado. Mirando la enorme cantidad de frutas, verduras y demás alimento, se había aburrido prefiriendo observar mejor los artefactos tallados a mano, al igual que la sencilla ropa que nunca en su vida se había probado debido a su posición social.

Se encontraba mirando unos caballitos de madera que le parecían de lo más encantadores, y estuvo a punto de comprarlo cuando un grito se escuchó demasiado cerca. Curiosa se había levantado volteando a la dirección donde se escuchaba el alboroto, encontrándose con un chico un poco más grande que ella correr desesperado, con un trozo de pan y unas cuantas frutas en brazos.

-¡Ladrón, alguien deténgalo! - Gritaba un hombre robusto intentando alcanzarlo al momento que levantaba un palo en la mano dispuesto a darle su lección al mocoso.

Angustiada había corrido hacia el niño tras ver como éste se tropezaba y comenzaba a ser golpeado mientras éste defendía con frustración el alimento, como si se tratara de un valioso tesoro. A ella nunca le había gustado la violencia, y tenía la buena o mala costumbre de siempre interferir cuando una escena que consideraba injusta se suscitaba frente a ella, por lo cual sin pensarlo demasiado había empujado al hombre que abusaba del menor y se había colocado enfrente del chico extendiendo sus brazos y piernas haciendo de barrera con su cuerpo.

-¡¿Qué estás haciendo mocosa?! - Gritó el hombre a punto de abofetearla, cuando ésta hablo.

-Te ordeno que dejes a éste niño tranquilo. - Habló con voz segura, digna de cualquier persona de la alta sociedad.

-¿Quién te crees que eres? - Gritó aún más fastidiado cuando otro hombre grito.

-¡Espera Oberto!, mira la ropa de la chica.

Fue entonces y solo entonces cuando el rechoncho se dio cuenta de que ésa mocosa se vestía demasiado bien como para ser una campesina más. Aquél vestido costoso junto a esos peinados extravagantes, y esa tinta de niña consentida era la pista suficiente para darse cuenta de que pertenecía a la nobleza, pero por si fuera poco, en su vestido tenía colocado un pequeño parche con la heráldica de su familia, cosa que hizo que el hombre se estremeciera, y diera unos pasos hacia atrás.

-Cualquier cosa que haya robado, responderé por él. - Decía al momento que tiraba una bolsita pequeña y tirándola al piso ocasionando que al caer ésta se abriera mostrando un montón de monedas de oro.

-Eso es... - Las personas alrededor se vieron tentadas a agarrar el dinero cual animales salvajes pero la única razón por la que no hacían era porque no querían hacer enojar a una hija de un noble, ya que si le hacían daño o la hacían enojar, ésta podría decirle a sus padres y entonces los mandarían a matar.

-Rápido, ve y dame la comida equivalente al dinero que te estoy dando.

El hombre tras unos segundos intentando carburar su cerebro, había echado a correr para después traerle un costal repleto de todo tipo de alimentos. En todo ése tiempo el niño peli negro sólo se había dedicado a mirar a su salvadora con confusión, y es que hasta ahora siempre había odiado a los nobles por tener la vida arreglada, y ahora una de ellos le estaba brindando ayuda, no sabía si agradecer o sentirse humillado por tener que caer tan bajo debido al hambre.

-¿Estás bien? - Preguntó la muchacha agachándose para estar a la altura del chico.

Él levantó aquellos ojos rojos que asustaban a más de una persona, topándose con aquellos enormes ojos verdes cargados de inocencia. Parpadeando un par de veces había observado más cerca el rostro de la muchacha sonrojándose cual tomate al notar que era una completa belleza. Aturdido había aceptado la mano de la chica para levantarse, y luego ella le había pedido ayuda para cargar la comida que acaba de adquirir, y de ésa manera caminaron juntos alejándose del pueblo, mientras las personas ahora sí se abalanzaban sobre el dinero.

-¿Qué harás con toda ésta comida? - Había preguntado el pelinegro un tanto fastidiado al recordar su odio hacia los nobles.

-¿Yo?, pero si es tuya ahora.

-¿Qué? - Había preguntado sorprendido al momento que la miraba desconcertado. - Pero...

-Considéralo un regalo para un amigo. - Lydia estaba entusiasmada al decir ésas palabras, ya que hasta ahora no había podido tener un amigo verdadero. Puros prometidos engreídos que no le agradaban en absoluto y nadie con quien pudiera tener una conversación sobre cosas triviales, ya que eran demasiado estúpidos.

-¿Amigo? - Preguntó confundido.

-Sí, ¿Quieres ser mi amigo? - Preguntó con un brillo cargado de anhelo al momento que acercaba su rostro peligrosamente hacia el chico, quien había desviado la mirada al ver tanta hermosura en un solo ser.

-E... Está bien.

La chica había comenzado a gritar entusiasmado al momento que daba vueltas sobre su propio eje festejando su nuevo logro, su vestido verde claro bailaba junto a ella y debido a los bruscos movimientos los cuales normalmente no hacía al estar tan reprimida habían ocasionado que se despeinara, lo cuál le hizo darse cuenta de que aún traía ésas horribles trenzas amarradas en un chongo alto que tanto detestaba, por lo cual había comenzado a quitarse los pasadores, y listones del cabello en lo que el chico tras quedar momentáneamente fascinado había volteado a ver la bolsa llena de comida, y sin pensarlo dos veces sacó un poco de pan, y queso, comenzando a comer de manera desesperada, mientras le daba a la vez una mordida a una manzana, empezando a saltar gruesas lágrimas de frustración en el proceso, ya que había pasado demasiado tiempo desde su última comida decente.

Lydia lo miraba sorprendida, ya que en su pequeño mundo nunca había tenido la oportunidad de ver como las personas sufrían de hambre, eso era algo que no había experimentado, pero al ver las reacciones del chico podía saber que debía ser horrible. Lo seguía mirando mientras se destrenzaba el cabello hasta el punto de dejar su cabello totalmente suelto.

-¿Sabe bien? - Preguntó curiosa mientras ladeaba la cabeza, y al ver que el niño se limpiaba rápidamente las lágrimas, había soltado una suave sonrisa ocasionando que al pelinegro se le oprimiera el corazón por unos instantes. - ¿Por qué me ayudas?

-¿No habíamos quedado en que éramos amigos?

-¡No!, pero... Tú eres...

-¿Una noble? - Suspiró cansada. - Yo soy diferente. - Admitió orgullosa. - Tras soltar una pequeña risa, que al chico le soltó como el mismo cielo, ella lo miró nuevamente para después preguntar. - ¿Cómo te llamas?, yo soy Lydia.

-Dante... - Respondió un tanto tímido.

-Mucho gusto. - Dijo extendiéndole nuevamente la mano. - Llevémonos bien de ahora en adelante.

-Sí... - Respondió Dante tras sonreír y apretar la mano de la muchacha sellando aquél lazo de amistad.

Tras pasar un tiempo jugando había regresado a su casa siendo regañada por sus padres al volver, quienes no le habían puesto ni un solo golpe para no dañar el producto, el cuál debía de estar intacto para su prometido. Aún cuando la habían encerrado en su habitación ella no estaba para nada arrepentida, y deseaba poder hablar mucho más con Dante, por lo cual no dudaría ni un instante en escabullirse las veces que fueran necesarias con tal de verlo.

Así había comenzado la rutina de Lydia, quien se escapaba continuamente para ver a su amigo, enterándose de la vida que éste había estado llevando desde siempre. Naciendo en una familia pobre había tenido que trabajar desde muy pequeño, pero sólo había terminado siendo explotado, su papá lo había abandonado cuando éste tenía 7 años de edad, dejando a su madre enferma, a la cual había intentado proteger robando dinero o comida para mantenerla a ella, y a su pequeña hermana de 5 años de edad. No tenían dinero para comprar los medicamentes y su madre había muerto a su edad de 10 años, tiempo después había seguido trabajando por el bien de su hermana pero ésta de igual manera había fallecido de inanición. Todo eso había ocasionado que Dante se convirtiera en una persona frívola a la cual le costaba confiar en los demás, pero que sin embargo había logrado abrir su corazón hacia Lydia, quien era demasiado dulce y lo trataba siempre bien.

Los días se convirtieron semanas, las semanas se convirtieron en meses, y los meses se convirtieron en años, y así el tiempo fue transcurriendo de manera rápida, afianzando la amistad de ambos, amistad que no tardó demasiado a transformarse en amor. A Lydia no le importaba estar supuestamente comprometida, lo que ella sentía por Dante era lo único que le interesaba, y aún con todas las protestas por parte de sus padres jamás aceptaría el destino que la querían obligar a seguir. Él era amable con ella, siempre que paseaban supervisaba el camino para que ninguna roca se le atravesara a la muchacha y ésta no tropezara, le preguntaba constantemente como se sentía y le ofrecía agua, hacían descansos constantes debido al frágil cuerpo que ella poseía, en ocasiones incluso la llevaba cargando. Corrían de un lado a otro como los adolescentes que eran, ella tenía 16 años, mientras que él había cumplido ya los 18.

Todo ése tiempo Dante se había esforzado por trabajar, y gracias a Lydia había dejado de robar, ya que ésta lo había ayudado en aquellos tiempos difíciles, ayudándolo a caminar por el camino de la rectitud nuevamente. Ahora él quería pagarle todo aquello que le debía pero ella siempre se negaba diciendo que con su compañía era más que suficiente. Con todos los acontecimientos que el peli negro había vivido desde su niñez, había colocado todas sus esperanzas en aquél ángel que llego de pronto, solo confiaba en Lydia y en nadie más, y aunque ella lo regañaba por no querer realizar más amistades a él poco le importaba, ya que con Lydia le bastaba.

-Dante. - Dijo la muchacha un buen día cuando se escabullo de casa, y se encontraba sentada en el pasto junto a su amigo. - Quiero escapar de aquí.

-¿Escapar? - Preguntó curioso para después sonreír. - No estaría mal. - Confesó.

-Nos iremos a un lugar donde mi familia no me encuentre, donde pueda escribir mi libro y tú explorar el mundo.

Si un sueño tenía Dante, ése era explorar el mundo entero, buscar tesoros perdidos, y vivir aventuras, un gusto que él y ella compartían. Una vida alejada de todo lo demás no sonaba para nada mal, vivir sin ataduras, sin nadie que los reprimiera, luchando por ésa libertad que tanto deseaban.

-Sí... Nos iremos.

Con ésa promesa realizada Dante comenzó a ahorrar el suficiente dinero para huir, negándose a que Lydia robara algo del dinero familiar, ya que él no quería que su adorable amiga ensuciara sus manos de ésa manera, además de que según él, ésa era su manera de agradecerle por todo lo que ella le había dado.

Un día cuando ella regresó a casa sus padres ya la estaban esperando como se había hecho ya costumbre. Sin decir palabra alguna se había sentado en una silla frente a ellos, mirando a sus progenitores con ése rostro sonriente que sugería de manera sarcástica que no había hecho nada malo, lo cual no había hecho más que enfurecer más a sus padres.

-Lydia, estamos cansados de que nos desobedezcas todo el tiempo. - Habló la mujer con tono de voz autoritario.

-Madre, te tengo dicho que no me interesa heredar el estúpido negocio familiar, ni tú dinero, así que digas lo que digas haré lo que me plazca, puedes sacarme del testamento si así lo deseas.

-¡No seas insolente!, ¿Tienes idea de lo que nos estás haciendo?

-Sí... Lo sé perfectamente. - Respondió fastidiada mientras miraba a su padre quien hasta el momento escuchaba todo como un tercero, acción que de alguna manera le ocasionaba escalofríos. - Lo único que a ustedes les interesa es casarme con el hijo de un conde, para aumentar su fortuna, para ustedes no soy más que un objeto de intercambio que no pueden remplazar debido a tu imposibilidad de procrear más hijos, madre. - Sonrió dulcemente.

-¡Qué mal educa...

-Lydia. - Habló por primera vez su progenitor. - Hasta ahora me he mantenido al margen con la esperanza de que recapacitaras pero veo que eso no sucederá, así que voy a ser claro contigo. - Hizo una breve pausa para tomar aire. - Sabemos que has estado saliendo con un campesino en la aldea de al lado, mandé a unos hombres a seguirte y ya tenemos toda la información de ése engendro que te llevó por el mal camino.

-¡Él no es ningún engendro! - Se levantó asustada al momento que fulminaba con la mirada a su padre. - ¡Tú lo eres! - El hombre le soltó por vez primera una bofetada en el rostro marcando su blanca piel con su mano, dejando el lugar afectado rojizo.

-Si sabes lo que te conviene será mejor que no lo vuelvas a ver, eres mi hija y harás lo que yo diga, si vuelves a desobedecerme ése muchacho morirá.

Lydia echó a correr a su habitación llorando descorazonada, y es que ésas personas que se hacían llamar sus padres nunca habían demostrado siquiera considerarla como un ser humano, ni siquiera como su hija, lo único que les interesaba era utilizarla hasta que ya no pudieran sacarle más provecho, sólo les importaba mostrar una buena imagen ante la sociedad, a ella le repugnaba ése ambiente superficial, cargado de personas hipócritas que hacían llamarte amigas, mientras que a tus espaldas te criticaban y envidiaban dependiendo de a qué familia pertenecieras.

Al salir de ése mundo y conocer a Dante había podido experimentar algo nuevo, había podido comprender lo que las personas comunes sufrían día a día, había aprendido a ser humilde, había conocido lo que era la verdadera amistad, lo que era la honestidad, había visto como Dante se esforzaba como loco por trabajar en más de un lugar, solo para que le pagaran una miseria, y ella sin embargo tenía todo en bandeja de oro. Se odiaba por haber nacido noble, lo odiaba profundamente, lo único que quería era estar con aquél solitario peli negro de ojos rojizos al que pocas personas comprendían, quería acompañarlo y hacerle saber que no estaba solo, que ahí había alguien que le quería.

Lo había decidido... Renunciaría a su posición de noble, escaparía junto a Dante, viviría libremente como quería, sin nadie que la atara a ninguna parte, le diría a su amigo lo que sentía por él desde hace ya un tiempo, y estarían juntos. Ya estaba harta de vivir en ésa lujosa jaula, como si se tratara de un animal exótico en exhibición, solo a la espera de ser vendida por la persona más rica. Inclusive había escuchado hace unos días, que habían cancelado nuevamente el compromiso arreglado con otro duque, debido a que querían ofrecerla a un tenryuubito; ¡Ni loca se quedaría a esperar como la vendían cual mercancía!

Decidida había empezado a empacar sus cosas, solo sus prendas favoritas, junto con otras cosas absolutamente necesarias. No se quedaría ni una noche más, sentía que si no escapaba en ése momento, se quedaría ahí para siempre y la sola idea la aterraba. Por supuesto se había encargado de guardar todo con extremo cuidado para no hacer ruido y alertar a los demás. Había guardias custodiando las puertas de su habitación pero poco le importaba, ya que hace un año y medio aproximadamente había encontrado un pasadizo secreto el cual la llevaba afuera, al parecer aquella casa había sido diseñada con varias salidas secretas para escapar en caso de emergencias, solo que nadie se había enterado hasta el momento.

Paciente espero hasta altas horas de la noche, había apagado la luz y se había quedado callada esperando a que los guardias estuvieran completamente seguros de que ella dormía tranquilamente en su habitación, Y cuando estuvo segura de que el perímetro era seguro, tomó con sigilo la maleta, y se dirigió a la chimenea al lado de su cama y tras bajar una pequeña palanca, había empujado la pared dentro de la chimenea la cual se movió llevando a unas escaleras secretas, las cuales empezó a bajar, cerrando de nuevo la chimenea para que en caso de que se enteraran de que había escapado, no supieran por donde lo había hecho.

Al salir de la casa se había tapado con una capucha, y había caminado la fría ciudad por la noche, mientras poco a poco el ave se escapaba de la jaula, para nunca volver. Mirando por última vez hacia atrás había soltado una sonrisa, antes de echarse a correr entusiasmada buscando al que sería su próximo prometido, aún sin saber que los próximos años serían los más felices de su vida, para después convertirse en una verdadera pesadilla.

Continuara...

Agradecimientos:

livewhileyoucan: Espero que lo disfrutes, ya puedo sentir el final de éste fic esperando a la vuelta de la esquina, y mientras tanto disfrutaré escribiendo lo que queda.

Luffy Ketchum: Sii, tuve que pensar mucho creando las características de la fruta del diablo, la verdad fue un verdadero dolor de cabeza pero al final creo que pude cumplir con el objetivo y quede conforme. Que bueno que no te haya dejado con tanta intriga en el capítulo anterior porque siento que en éste si lo haré, muajajajaja, ¡Soy malevola!, Ok no... La verdad yo tenía planeado terminar el flash back en éste capítulo pero como de costumbre mi inspiración llegó mágicamente, y terminé alargándolo demasiado por lo que me vi en la necesidad de dividirlo. Espero que te haya gustado la continuación. :3

Tomoyo: Bueno, ¿Que te digo?, ¡Aquí está la continuación!, creo que esta vez no me tarde tanto... ¿O sí?, bueno por lo menos fue más poco que la ocasión pasada y con eso me basta. Tenía la intención de acabar con lo de Dante y Lydia en éste episodio pero bueeeno... No se pudo (Como de costumbre), ahora puedo enfocarme en Mugiwara Boys, intentaré acabar el capítulo que también promete quedarme jodidamente largo TT-TT, y después actualizaré "Reaching the sky", y así me la llevaré poco a poco. PD: Por que me convenciste de subir el nuevo fic ahora tendré más trabajo en actualizar. xD

Kaoru likes One Piece : No sabes cuanto me alegra que te hayan gustado las peleas TT-TT me tardé una eternidad en pensarlas, pero ahora que todo eso quedó atrás me siento más aliviada y por fin puedo darles a conocer la historia de ésos dos, la cual espero sea de su agrado. Por cierto lo de la interacción de Law y Zoro me salió de manera espontánea, no sé... De repente se me ocurrió a esos dos peleando y me pareció muy divertido, por lo cual me dije a mí misma, ¿Por qué no?, y supongo que te di lo que querías... Han torturado más a Dante. xD

solitario196: Solo Luffy podría entender con explicaciones tan tontas y carentes de contexto, eso es lo que adoro de él. Tienes razón en que ya se está acabando el fanfic, cada vez siento el final más y más cerca y sé que cuando lo acabe tendré una ola de emociones revueltos, entre la satisfacción por haber acabado un trabajo, y la nostalgia por saber que ya no habrá más, pero hasta que ése momento llegue, disfrutaré los capítulos que faltan.