Yo aquí de nuevo... ¿Alguien aún se acuerda de mi fic?, lo sé, lo sé, hace años que no actualizo. Todo fue culpa mía, puesto que debo la materia de matemáticas, y pues... Tengo que pasarla en extraordinario (es horrible T-T) de manera que me metí a un curso en las mañanas al cual asisto diario. Después de eso me iba a la escuela a cursar mis materias, y pues, todo eso me dejaba sin tiempo para escribir. Los fines de semana luego no escribía porque lo único que quería hacer era dormir, pero entre tiempo y tiempo fui formando el capítulo poco a poco y por fin lo tengo aquí.
Disculpen si el final del capítulo suena un poco forzado, pero es que estaba desesperada por terminar y actualizar de una vez por todas, pero de todas maneras no se preocupen, que en el próximo capítulo haré una breve explicación de lo sucedido en donde tocaré el rompimiento de Lydia y Dante más a fondo por si les quedó alguna duda de la razón de su locura, o del funcionamiento del collar, y esas cosas.
Capítulo 21.
Amor obsesivo. (Parte dos)
Caminando por la calle de noche, del cielo había comenzado a caer gotas de lluvia las cuales caían sobre la suave piel de Lydia quien disfrutaba de la sensación, tras haber volteado atrás por última vez a su casa, había sonreído para después mostrar su lengua de manera burlesca, y ya no miró atrás nunca más. En medio de la noche, se había liberado de las cadenas que su familia le había impuesto, y al igual que las gotas de lluvia que caían de manera libre, ella había decidido echar a correr hacia la casa de Dante para irse de inmediato.
Las calles estaban desoladas, a ésa hora todos se encontraban durmiendo menos los guardias que de vez en cuando pasaban caminando charlando entre ellos, mientras ella se escondía en los callejones para que no la vieran. En todo ése tiempo había agarrado una tremenda agilidad para escabullirse, por lo cual no le había resultado difícil salir de la ciudad, llegando a aquél sendero que llevaba hacia el pueblo. Ella seguía corriendo sin importarle que aquél delicado blusón blanco que llevaba puesto estuviera ahora empapado y lleno de rastros de lodo arruinándolo por completo. Tampoco le importaba ir descalza al haberse cansado de usar todo el tiempo esos fastidiosos tacones, ni le interesaba que su cabello fuera un completo desastre, no le interesaba el frío que sentía, ni el cansancio por el trabajo físico, a decir verdad ella se sentía mejor que nunca.
Llegando a una humilde casa apartada de las demás había sonreído para después comenzar a tocar con insistencia en lo que llamaba a su amigo. Después de unos momentos llamando se había escuchado el sonido de algo seco cayendo en el piso, cosa que la desoriento por unos instantes. Después el chico había abierto la puerta con los ojos desorbitados, y su negro cabello alborotado a la vez que la miraba como si estuviera loca.
-¿Te caíste? - Preguntó divertida.
-¿Lydia, qué haces aquí? - Respondió ignorando la anterior pregunta para después mirarla de arriba hacia abajo. - ¡Estás empapada! - Al momento la jaló de la muñeca obligándola a entrar. - Cámbiate ésa ropa o te enfermarás.
Dante empujaba a la muchacha dentro de una de las habitaciones ignorando las replicas de Lydia quien quería explicarle la situación pero al parecer el hombre la estaba ignorando por completo. Cuando la chica estaba dentro de la habitación se había girado por fin para enfrentar al muchacho pero éste ya se había alejado y ahora se encontraba en otra habitación buscando algo dentro de un baúl.
-¿Dante? - Preguntó entre enojada y desesperada. - ¿Me estás escuchando?
-¿Dónde estaba eso? - Decía en voz alta Dante mientras tiraba varias prendas tras de él.
-¿Dante? - Repitió dirigiéndose hacia él. - ¡Dante! - Gritó ahora un poco más enojada.
-¡Aquí está! - Exclamó feliz. - Toma, póntelo.
El pelinegro le extendía un hermoso vestido blanco con verde y encaje negro. Ella se había quedado maravillada con aquella prenda y la había tomado en sus manos ignorando por completo su enojo momentáneo. Él también le había extendido un corset blanco para que se lo pusiera debajo, y ahora se encontraba buscando los zapatos conjuntos, cosa que la hizo regresar a la normalidad.
-Dante, esto es muy grande para mí. - Había dicho confundida mirando la prenda. - Además de que es demasiado precioso para que yo lo use.
-No digas eso. - Se apresuró a corregir el pelinegro. - La isla entera está enamorada de ti, y todavía tienes el descaro de decir eso.
La castaña ante eso no había podido evitar que sus mejillas tomaran un adorable tono rosa. Avergonzada había abrazado el vestido clavando la mirada en su amigo buscando alguna señal de duda en los ojos de éste, pero lo único que encontró es que éste seguía buscando los zapatos, pero ahora tenía un pronunciado rubor en el rostro e intentaba no verla a los ojos.
-Ése vestido era de mi madre. - Había dicho con un tono de melancolía para después ver a Lydia a los ojos. - Conservo algunas de sus prendas y...
-¡No puedo usarlas! - Había dicho tremendamente apenada. - Algo tan importante... Yo no.
-Precisamente porque eres tú, quiero que las uses. - Había dicho Dante sonriéndole de una manera que la tranquilizaba enormemente.
-Pero... Esto.
-Tienes razón. - Había interrumpido mientras acariciaba su barbilla echándole otra vista a la prenda. - Es demasiado grande para ti. - La quitó de sus manos. - Además es de noche, ¿En qué estoy pensando?, necesitas una prenda para dormir, buscaré algo más apropiado.
-¡Dante! - Había dicho nuevamente exasperada por sentirse ignorada. - Escape de casa.
-Sí, ya me di cuenta. - Había dicho despreocupado buscando más y más prendas femeninas.
-¡Es enserio, ya no volveré!
-¿Qué? - Había preguntado ahora sí prestándole su completa atención. - ¿De qué estás hablando?
Lydia comenzó a contarle lo que había sucedido esa tarde tras regresar a casa. Dante le había dado otro vestido sencillo color hueso. Ella se colocaba la prenda tras secarse el cuerpo con una toalla mientras le contaba la anécdota. Dante escuchaba todo sentado en la sala obligándose a no espiar.
-Por eso decidí marcharme de una buena vez, ya no soportaba estar ahí encerrada ni un solo día más... - Lydia guardo silencio por unos instantes para después salir de la habitación y observar a su amigo quien se encontraba sentado en el sillón mirándola embelesado por su belleza. - Dante... Vámonos lejos. - Había dicho con tono suplicante sin apartar su mirada de los de Dante.
El pelinegro se había levantado ya sin poder seguir soportando su ansiedad y se lanzó a abrazar a la castaña, era cierto que él quería irse de ahí estando mejor preparado, habiendo juntado el dinero necesario para poder darle a la muchacha una vida tranquila, pero llegados a ése punto debían de marcharse de inmediato. Él no estaba asustado por las amenazas que los padres de ésta le habían hecho, ya se esperaba que ése día llegaría tarde o temprano. Lo único que sabía es que si para estar con Lydia tenía que robarla, entonces así sería, lo haría por las malas, la haría de villano con tal de poder estrecharla entre sus brazos tal como en ése momento.
Dante se apresuró a empacar solamente lo necesario dentro de unas mochilas, un poco de ropa incluida las de su querida madre, provisiones y demás objetos para limpieza personal. Salieron de la casa en la madrugada, el sol todavía se encontraba oculto y costaría un poco de trabajo moverse en mitad de la noche, sobre todo porque había estado lloviendo y ahora la tierra se encontraba fangosa. Él había ofrecido cargar a su amiga para que ésta no tuviera que volver a mancharse los pies pero ésta se había negado ya que no quería ser una carga. Por otra parte ella tenía sumo cuidado en levantar aquél vestido blanco para que no se manchara con el lodo, ya que tras saber que era una de las prendas de la madre fallecida de Dante no quería que se maltratara ni tan solo un poco.
De ésa manera había comenzado su viaje, Dante y Lydia se la pasaban vagando de pueblo en pueblo, pasando por lugares humildes, por grandes ciudades, o cualquier lugar al cual sus pasos los llevaran. Al principio no encontraban un lugar fijo en el cual quedarse, ya que después de todo estaban escapando manteniendo su identidad oculta para que los padres de la castaña no pudieran encontrarlos. Al principio habían sobrevivido con los ahorros de Dante y el dinero que Lydia había traído consigo, sin embargo conforme el tiempo pasaba éste se iba agotando paulatinamente, por lo cual antes de que quedaran en bancarrota tenían que empezar a generar mucho más dinero.
Habían llegado a una ciudad grande, en ésta transitaba montones de personas a diario por lo cual no era extraño que llegaran personas nuevas o que éstas se marcharan. Ambos se hospedaban en una pequeña choza en la que podrían habitar el tiempo necesario siempre y cuando pagaran la habitación cada mes. Dante había comenzado a trabajar en diferentes lugares, ya fuera de carpintero construyendo mesas o demás muebles, o cualquier otra cosa para la que tuviera tiempo y en la cual se utilizara el trabajo físico al cual estaba tan acostumbrado desde que era tan solo un niño.
Lydia quería ayudar también, quería ser útill y trabajar en lo que fuera para aportar algo, ya que Dante había renunciado a su vida en la aldea, todo por sacarla de su prisión y ella quería devolvérselo de alguna manera. Lastimosamente en el ambiente en el que había sido criada no se le había enseñado sobre el trabajo manual, ya que sus sirvientas lo hacían todo por ella, y más al ser ella su única hija y su muñeca de porcelana, nunca la habían dejado jugar libremente por temor a que se dañara. Lo único que la castaña podía hacer por el momento era escribir, deseando que alguna vez una compañía estuviera dispuesta a querer publicar alguno de sus libros, puesto que la literatura le había gustado desde siempre.
La atracción entre Dante y Lydia era tanta, que solo fue cuestión de tiempo en el que al estar viviendo juntos, aquellas emociones que hasta el momento habían estado ocultando salieran a flote. Todo había ocurrido una noche en la que Dante había llegado bastante cansado de trabajar, y Lydia se encontraba esperándolo con la cena preparada, ella había estado practicando mucho, y aunque al principio no podía preparar nada sin que la cocina terminara hecha un desastre y la comida terminara con un sabor extraño, al final podía cocinar algo que estuviera mínimamente comestible, y aunque el sabor aún dejaba mucho que desear Dante nunca se había quejado.
Ése día Dante había traído una botella de buen sake, no había nada que celebrar, tan solo quería pasar un rato más con la muchacha ya que desde que habían huido no habían podido estar demasiado tiempo juntos debido a que tenía que trabajar. Él había convencido a la muchacha de que tomara con él, y tras mucho insistir ésta había terminado por aceptar, pero al tener nula resistencia al alcohol no había tardado en caer borracha, por lo cual ella se había desinhibido por completo, y había comenzado a seducir al mayor, pero no paso a mayor de unos cuantos besos puesto que él no quería aprovecharse del estado de la chica.
No tardaron en comenzar a salir, bromeaban y paseaban como la pareja de adolescentes que eran, y no les había costado ningún trabajo integrarse al lugar, habían hecho amigos, se habían familiarizado con los alrededores, cada sábado ellos viajaban por la ciudad buscando algún nuevo restaurante para degustar sus delicias, y solo dejaron de vagar hasta encontrar uno en particular el cual simplemente los había fascinado.
Pudieron tener una vida tranquila por unos tres años antes de que llegara un hombre bastante sospechoso a tocar a su puerta, había sido Lydia quien le abrió, ése día Dante había salido antes del trabajo y se encontraban comiendo, eran alrededor de las 5:20 pm, el cielo estaba en un tono naranja bastante hermoso.
Parado enfrente de su hogar se encontraba parado un hombre alto con una gabardina café y sombrero que observaba fijamente, cosa que la había intimidando pensando que era uno de los tantos detectives privados que debió de haber contratado su padre tras su desaparición y que ya la habían encontrado. Asustada había intentado llamar a Dante, cuando el hombre hablo.
-¿Usted es Lydia Standfield? - Había preguntado el sujeto en lo que ella retrocedía unos cuantos pasos. - Por fin podemos localizarla. - Continuó para después quitarse su sombrero y mirarla directamente a los ojos.
Oh no, por fin ella y Dante tenían una vida normal, ya se encontraban en un estado financiero estable, tenían amigos, ella había logrado publicar ya unos pocos libros y tenía trabajo, eran felices, y si realmente los habían encontrado eso significaba que tenían que escapar nuevamente, empezar desde cero otra vez. ¡Eso no era justo!, estaba por reclamarle a la persona enfrente se ella, pero se detuvo al ver una inusual mirada de compasión en sus ojos.
-Señorita Standfiel, lamentamos informarle que sus padres murieron en un accidente.
-¿Cómo? - Preguntó impresionada. - Eso es imposible... Yo.
-No habíamos podido informarle antes puesto que no teníamos conocimiento de su localización.
Dante había salido al notar que la chica no regresaba y había podido escuchar la noticia, por lo cual se había apresurado a llegar al lado de la castaña para rodear sus hombros con su brazo. Ésta parecía bastante consternada, era cierto que ella podía tener varios rencores contra sus padres por ser tan materialistas, y por no haberla dejado tener una infancia plena, pero él sabía que ella no los odiaba, sabía que ella en el fondo de su puro e cálido corazón, deseaba que algún día sus padres entendieran, que la aceptaran como era.
-Como... ¿Cómo paso? - Preguntó comenzando a temblar.
-Cuando usted desapareció sus padres contrataron a muchas personas a seguirle el rastro, pasaron meses intentando localizarlos pero al no obtener información, éstos terminaron por desesperarse y empezaron a buscar por cuenta propia, pero el carruaje en el que iban fue atacado por unos bandidos, se cree que fueron contratados por alguna familia que tenía rencores con sus padres, no estamos completamente seguros.
Lydia dejo de escuchar las explicaciones del hombre frente a ella, por lo cual Dante tuvo que escuchar toda la información en su lugar, mientras que ella se alejaba del pelinegro para adentrarse en la casa. Atrás de ella solo se escuchaban las voces de ambos hombres hablando sobre algo que ya no le interesaba.
Es cierto que ella se sentía enjaulada dentro de ésa mansión, era cierto que detestaba que nunca había podido ser libre puesto que siempre se encontraban vigilando cualquier mínimo movimiento que hacía, era cierto que los había detestado cuando éstos amenazaron a Dante, podían no ser unos muy buenos padres, pero aún así eran las personas que la habían traído a la vida y ella simplemente no podía odiarlos. Ahora se había enterado que éstos habían sido atacados por haberla estado buscando, ya sea si la estaban buscando porque la querían o porque les preocupaba su herencia, ella no lo sabía, solo sabía que la habían estado buscando, y que debido a su fuga ellos habían muerto, y eso era algo que jamás se perdonaría.
Lydia regresó a la mansión junto con Dante, sus padres nunca habían borrado su nombre del testamento, por lo cual ahora ella era la única heredera de la fortuna familiar. Ya no los estaba persiguiendo nadie por lo cual podían quedarse a vivir en ése lugar, pero Dante sabía que Lydia no quería vivir allí puesto que esa había sido su cárcel, y porque además ésta le traía demasiados malos recuerdos sobre sus fallecidos padres. Por un tiempo la castaña había entrado en un estado de depresión, no quería comer, apenas hablaba y no miraba a Dante directamente a los ojos. En ése tiempo ella había tenido que encargarse de todos los tramites necesarios, la habían ido a visitar un montón de personas, amigas de la familia, a las que Lydia ahora miraba con desconfianza y desprecio pensando que entre alguno de ellos podría estar la persona que mando a matar a su familia. En ése tiempo Dante se había hecho pasar por su mayordomo puesto que la muchacha no había comentado nada respecto al tema y porque él no quería ocasionar problemas.
La castaña estuvo en depresión por poco más de año y medio, en el cual Dante se encargó de cuidarla, él le preparaba la comida, él le compraba ropa, él la sacaba a pasear, la hacía comer aunque ésta no quisiera, la llenaba de palabras de amor y de muestras de afecto. Lo único que él quería era volver a verla sonreír, volver a ver a su cielo brillar.
En un principio Lydia había querido permanecer en la mansión como una manera de auto castigarse puesto que ella se echaba la culpa de todo, pero gracias a las atenciones de su novio había empezado a salir de ése estado poco a poco, y por fin había accedido a salir de ésa ciudad. Habían empacado todas sus cosas y se habían ido de viaje alrededor del mundo, habían zarpado hacia el mar en busca de aventuras, habían visto ciudades desiertas, algunas islas de invierno, otras paradisiacas, unas con una abundante fauna y flora. Vagaban por el mundo, buscando aquella libertad que les fue arrebatada, intentando llegar nuevamente a ése estado de felicidad y gozo.
En uno de sus tantos viajes se habían encontrado con una isla llamada Borneo, esta estaba deshabitada, tenía un extenso y hermoso bosque, además de una cantidad considerable de animales y frutas. Ambos se habían adentrado en al espesura del bosque y habían caminado por horas hasta encontrarse con un campo abierto en el cual había varias flores lilas, amarillas y rojas que dejaban una vista envidiable. No habían tardado en enamorarse de la tranquilidad del lugar, habían decidido vivir ahí, y haciendo uso de la fortuna que se le había dejado a la muchacha habían construido una mansión la cual se convertiría en su nuevo hogar.
Cuando la mansión estuvo finalizada, Dante y Lydia habían festejado con una enorme fiesta que no solo celebraba la inauguración de su hogar, sino que había sido también el festejo por la boda de Dante y Lydia, quienes lo habían decidido desde hace ya bastante tiempo, pero hasta ahora no habían puesto fecha, ¿Y qué mejor momento de hacerlo que ése?
La comida había sido deliciosa, la música encantadora, habían bailado toda la noche, y qué decir de ésa noche, había sido el momento más feliz en la vida de ambos individuos, se habían entregado el uno al otro y se habían transformado en un solo ser. Los invitados por supuesto habían dormido en las otras tantas habitaciones y se habían quedado de huéspedes por un tiempo.
Un día Dante había invitado a Lydia a probarse el mismo vestido verde que le había ofrecido aquella noche en la que escaparon juntos para ver si éste ahora le quedaba mejor, y se sorprendió al notar que éste le ajustaba a la perfección, casi parecía que ése vestido había sido diseñado para ella. Aquél hermoso verde hacía resaltar aún más los ojos esmeralda de su esposa, al igual que ésa piel lechosa y ésas adorables pecas que adornaban su rostro. El vestido ajustaba a la perfección con sus curvas, y su cabello ondulado caía como cascada por su espalda.
Dante estaba fascinado, tenía a un ángel enfrente de él, y ése ángel era su adorada esposa, la única mujer a la que había amado y a la única que querría sin importar las circunstancias. Tan preciosa se veía que uno de los huéspedes que era pintor se había ofrecido a hacer un retrato de ella y Dante. Éste había aceptado y había corrido a su habitación a ponerse algo de ropa elegante, para después situarse junto a la muchacha, éste tenía su largo cabello negro atado en una media coleta, la ropa negra resaltaba lo blanco de su piel, y aquellos misteriosos ojos rojos tenían cierto brillo que con el tiempo se vería opacado en tristeza y desesperación. Lydia eran el Yin y el Yang, totalmente diferentes y aún así se complementaban el uno al otro. Ése retrato había quedado inmortalizado en pintura y ahora se encontraba colgado en la chimenea de la casa.
En una ocasión Dante se había enterado sobre un rumor acerca de unas ruinas encontradas en un país desértico, cosa que había despertado su curiosidad al máximo, ya que él era fanático de los tesoros y pensaba que si iba de expedición podría encontrar algo. Había llevado a Lydia consigo, aunque ésta había decidido esperarlo en un lugar habitado, puesto que la idea de caminar bajo los intensos rayos del sol, no le parecía una idea grata. Habían pasado horas, días en los cuales su esposo estuvo ausente y en los cuales ella empezó a socializar con los habitantes de la aldea, haciendo amistades, aprendiendo su cultura, su modo de alimento y descubriendo el buen corazón que ésas personas tenían.
Cuando el pelinegro regresó, éste había encontrado varios tesoros, pero el que más destacaba era un hermoso collar de oro con un dije de corazón de lo que parecían ser diamantes, éste tenía varios detalles antiguos y tenía un aire misterioso. Por supuesto Lydia había quedado fascinada con él, y había volteado a ver al chico con ojos de cachorrito para que se lo regalara, pero ni siquiera hizo falta pedírselo puesto que desde un principio él lo había traído para ella. Lydía se había agarrado el cabello permitiendo que el pelinegro le pusiera el objeto, el hermoso color rojo del colgante brillaba como ningún otro y competía en belleza con la muchacha, por eso mismo le quedaba de maravilla.
Después de eso habían regresado a casa, pero cada que se aburrían volvían a salir de viaje puesto que ya no podían quedarse en un solo lugar por mucho tiempo.
El tiempo transcurría lentamente, y cuando se supone que la vida debía de sonreírles de ahora en adelante, ésta había preferido darles una bofetada. Lydia había comenzado a enfermar repentinamente y el pelinegro no entendía a qué se debía su repentino desgaste. Ella siempre había sido una chica con una tremenda vitalidad, pero ahora ya no tenía ganas para hacer nada, no tenía energías y no quería comer, había entrado de nuevo en ése estado en el que estaba tras la muerte de sus padres, con la única diferencia de que ahora la depresión no tenía nada que ver. Ella adelgazaba a una velocidad insoportable, había llegado al punto en que tenía que quedarse en cama todo el día, y lo único que ella quería hacer era dormir.
Dante había mandado a llamar a doctores de todas partes para que cuidaran a su esposa, pero ninguno de ellos había sabido diagnosticar su enfermedad, por lo cual lo único que él podía hacer era ver como poco a poco el cuerpo de su amada Lydia se iba destruyendo. Las mejillas de ella ya no mostraban el mismo rubor natural, ahora estaba tan pálida como las hojas de papel de los libros que escribía, su mirada se veía cansada, débil y opaca, su cabello había perdido sedosidad, ella estaba prácticamente en los huesos, estaba tan delgada que cuando él la cargaba apenas si sentir el peso.
Él no soportaba verla así, no soportaba ver como su vida se desvanecía a pasos apresurados, sin piedad. Él nunca había creído en Dios, pero estaba tan desesperado, tan angustiado que incluso se había postrado a rezar como último recurso. Él quería devuelta a su esposa, quería devuelta a la mujer que solía regañarlo día a día, quería volver a ver su sonrisa, volver a probar su comida por mala que fuera, volver a escuchar su melodiosa voz, no aquella voz ronca que ahora tenía. Lo único que ahora podía hacer era sentarse a su lado, contarle historias sobre libros en voz alta como si fuera una niña, alimentarla en la boca puesto que ella ni siquiera tenía la fuerza suficiente para hacerlo por sí misma, mentirle diciendo que todo iba a estar bien cuando ni siquiera él mismo estaba seguro de ello, y lo que más le dolía es que Lydia se la pasaba sonriendo todo el tiempo intentando aparentar que se sentía bien para no preocuparlo.
-Dante... - Lo llamó una ocasión a lo que él de inmediato fue a su lado y tomo sus manos entre las suyas. - Prométeme que seguirás adelante.
-¿Eh?, ¿De qué estás hablando?
-Dante, los dos sabemos que estoy muriendo, dejemos de mentirnos el uno al otro.
-¡Eso no es cierto! - Gritó desesperado. - Tú te pondrás bien Lydia, superaras la enfermedad y entonces nos iremos de viaje de nuevo, ¿Recuerdas ése restaurante que tanto nos fascino?, podríamos ir de visita, yo haré la reservación. - La chica negó con la cabeza a lo cual de los ojos de él comenzaron a salir gruesas y abundantes lágrimas. - ¡No te des por vencida! - Grito desesperado. - No puedes darte por vencida, tú... Tú eres a la única a la que he querido... Lydia yo, te entregue mi vida... Solo a ti, yo no podría seguir sin ti. - La voz de Dante cada vez se cortaba más y más.
-Tú estarás bien. - Se esforzó por sonreír. - Le dije a uno de los doctores... Que mandaran a un abogado. Ya escribí mi testamento y cuando muera todo esto será tuyo.
-¡No me jodas! - Gritó lo más fuerte que pudo. - ¿Crees que me interesan todas éstas cosas?, lo único que me interesa eres tú.
-Siempre igual. - Dijo poniendo su mano en la mejilla del pelinegro acariciándola gentilmente. - Te amo Dante, gracias a ti pude saber lo que era vivir... Tú le diste sentido a mi vida.
-No hagas eso. - Volvía a suplicar cayendo de rodillas al piso para después apretar con más fuerza la mano de la muchacha comenzando a besarla para después pegarla a su frente. - No te despidas... Esto no es el final.
-¿Me amas? - Preguntó.
-No lo diré... Si lo digo sería como si me estuviera despidiendo, ¡No lo diré!
-Dante... ¿Me amas? - Preguntó con insistencia mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos. - Por favor... Responde.
-Yo... - Estaba por replicar nuevamente pero vio los ojos cargados de determinación de su esposa por lo que resignado respondió. - Ya te dije que has sido la única a la que he amado.
-¡Qué bien! - Sonrió lo mejor que pudo. - Soy tan... Feliz.
En ése momento la muchacha cerró los ojos y su mano perdió fuerza, su corazón había dejado de palpitar, había muerto con una hermosa sonrisa en los labios, parecía tan feliz que era imposible de creer que estuviera muerta. Simplemente no podía ser verdad, el mundo no podía arrebatarle a ése ángel, no podían mostrarle un pedazo de cielo para después arrebatárselo de la manera más cruel posible. Ni siquiera tuvieron la oportunidad de planificar un hijo, y él había deseado tanto tener una familia, en su niñez le había sido arrebatado todo, y él quería crear una nueva familia, quería poder otorgarle a sus hijos lo que él nunca pudo tener, quería empezar de nuevo, pero nuevamente su felicidad le había sido arrebatada, nuevamente estaba solo.
De ésa manera Dante se quedó completamente solo en ésa mansión que había construido junto a su esposa, el había apartado a todo ser viviente, no quería estar al lado de nadie. Si no estaba con Lydia no quería estar con nadie, no quería volver a acercarse a nadie porque siempre que pasaba algo bueno en su vida, esto se derrumbaba, sus esperanzas se habían roto en millones de fragmentos tan diminutos que no podía ni siquiera volver a levantarlos en intentar reconstruirlos. Él había muerto junto con Lydia, sin ella su vida ya no tenía ningún sentido, ella se había robado su aire, sus ganas de vivir, ahora tan solo se asfixiaba en su soledad, sintiendo como su corazón se desgarraba y sangraba violentamente.
Había querido quitarse la vida, pero recordaba que Lydia había querido hasta el último momento que él continuara con su vida y al final se veía sin valor para hacerlo. Un año había pasado, dos años habían pasado, 5 años, 7 años. El tiempo transcurría de manera lenta y tortuosa, y Dante se quedaba ahí como un mueble lejos, saliendo tan solo de vez en cuando a la isla vecina para comprar provisiones y seguir viviendo en su miseria. Lo más extraño de todo eso era que por mucho que los años transcurrieran Dante se veía exactamente igual, se veía igual de joven, pero él estaba tan deprimido que ni siquiera se había dado cuenta de eso.
En una ocasión había llegado una forastera, ésta se había visto involucrada en un ataque pirata, y había huido en un barco de emergencia. Había estado deambulando por mucho tiempo y por fin había llegado a esa isla. Ella se encontraba muy asustada pero sobre todo hambrienta, por lo cual se había adentrado en el bosque intentando buscar algo de alimento, y en el camino se había topado con aquella mansión, la cual en un principio se había visto tan llena de vigor pero ahora parecía la escena perfecta para una película de terror.
Un tanto asustada se había adentrado, caminaba dudosa, encontrándose a un hombre sentado en una silla de madera con la mirada gacha, éste parecía una estatua, no se movía por lo cual ella había pensado que estaba dormido, sin embargo tras acercarse y observarlo con mayor detenimiento, se había dado cuenta de que éste tenía los ojos abiertos pero se encontraba con la mirada clavada en el piso. Ella lo había movido levemente porque al parecer éste ni siquiera había notado su presencia. Dante la había mirado pero la había ignorado por completo.
-Disculpe... ¿Se encuentra bien? - Preguntaba sin obtener respuesta.
La chica había estado bastante tiempo insistiendo pero después de unos minutos se rindió y se metió en el interior de la mansión buscando algo de alimento. Le costó un poco de trabajo encontrar la cocina debido a lo enorme que era la casa, pero cuando lo hizo se sintió aliviada al notar que sí había comida, y si no fuera porque se estaba muriendo de inanición habría regresado con el tenebroso sujeto a preguntarle si podía tomar algo de su comida.
Cuando ésta había llenado su estómago había soltado un suspiro aliviado, y había levantado la cabeza dándose cuenta de que aquél pelinegro de ojos rojos la había estado observando, aunque no estaba segura desde cuando. Había querido disculparse pero no decía nada ya que se sentía un tanto nerviosa con ése sujeto observándola, y más por ése extraño color de ojos que éste poseía.
-¿Quién te dio permiso de tomar mi comida? - Atacó fastidiado.
-Es que... Llevaba días sin comer... Y usted no respondía a mis llamados así que...
-Ah... No importa. - Le restó importancia mientras él revisaba el refrigerador para ver si le había dejado algo puesto que también le había dado hambre.
La chica tan solo seguía con la mirada cada uno de los movimientos del misterioso pelinegro, éste se veía totalmente desgastado, tenía unas enormes ojeras marcadas, el cabello desordenado y la expresión medio muerta. Parecía ser el tipo de persona que se encontraba inmersa en una depresión enorme, y eso no hacía más que aumentar la curiosidad de la muchacha, quien era una persona energética y alegre por naturaleza.
El nombre de ésa muchacha era Ada, era una chica de estatura media, cabello castaño y ojos azules, tenía alrededor de unos 21 años. Ella se había quedado en la isla, puesto que no quería volver a zarpar debido al trauma de haber estado varada en medio de la nada, y por lo menos por el momento no tenía intención de volver al mar. Dante no le había dicho nada, es más la ignoraba olímpicamente, y eso a Ada le ocasionaba mucha incomodidad, le tenía un poco de pavor al hombre debido a su actitud frívola, y aún así tenía mucha curiosidad, quería saber porque éste había decidido aislarse en ésa isla.
De manera que Ada se encontraba observando la rutina de Dante en secreto, no era difícil pasar desapercibida debido a que el hombre se la pasaba ignorando a todo lo que le rodeaba, su rutina consistía en despertar alrededor de las 12 de la tarde, de no ser que más tarde, si se le antojaba comía, y si no se la pasaba hasta las 4:00 sin comer, se bañaba a veces sí, a veces no, se la pasaba leyendo el día entero, o perdido en su mente, caminaba arrastrando los pies y solo cuando su estómago gruñía pidiendo alimento se levantaba a picar algo. Después se perdía en el bosque a hacer quien sabe qué, regresando a altas horas de la noche para después encerrarse en su habitación en donde sabía se desvelaba hasta altas horas de la noche.
Ella después de haberse quedado una semana, le había pedido a Dante ayuda para regresar a casa, ya que el pequeño barco en el que había llegado no le serviría de nada. Éste fastidiado, había aceptado llevarlo a la isla más cercana en cuanto se acabara sus provisiones y tuviera que ir a buscar más. Aunque realmente lo que éste tenía almacenado eran cosas para picar, unas cuantas papas, agua y demás verduras, huevos, y jamón, entre otras cosas con las que no podría alimentarse de verdad.
El hambre había obligado a Ada a aventurarse al bosque para cazar algo y poder preparar un platillo con carne y demás cosas que encontrara en la naturaleza. Afortunadamente había nacido en un campo, y estaba acostumbrada a ése tipo de cosas. De ésa manera se las había arreglado para preparar una comida sustanciosa, por supuesto le había ofrecido bocado a Dante, pero éste había alegado no tener hambre, y había vuelto a picar algo, para después encerrarse en su cuarto.
Una noche Dante había bajado de su habitación, él había estado haciendo todo su esfuerzo para evitar a la castaña, a decir verdad estaba por perder la paciencia y llevarla a la isla vecina de una vez por todas, solo no lo había hecho porque ella no se metía en su vida, es cierto que últimamente lo estaba invitando a probar bocado de lo que ella preparaba, pero hasta el momento la había estado rechazando. Después de todo seguía bastante lastimado, y él pensaba que debía de mantenerse alejado de los demás para así ya no salir lastimado nuevamente.
Ésa noche sin embargo su estómago lo había estado molestando, estaba bastante delgado, ya que había estado comiendo mucho menos de lo normal, y sin poder evitarlo se había dirigido hacia la cocina en donde encontró el guisado de carne con verduras que había preparado la muchacha.
¿Cómo se las había arreglado para hacer eso?
Se había preguntado, y estaba a punto de pasar de largo, pero su estómago volvió a gruñir, por lo cual tras ver a ambos lados asegurándose de que la chica no estuviera cerca, tomó una cuchara y probó un poco quedando maravillado con el sabor. Hace tanto que no probaba una comida decente, y cuando menos se lo esperó ya se encontraba calentando la comida para servirse un poco. Mientras esperaba a que el fuego realizara su trabajo, se dedicó a mirar la habitación, dándose cuenta de que ésta estaba bastante limpia, un poco confundido se había asomado rápidamente a la sala dándose cuenta de que toda la mansión se encontraba de la misma manera.
¿Ella estuvo limpiando todo el tiempo y no me di cuenta?
Preguntó en su mente, dándose cuenta de que incluso parecía que ya no tenía los pies puestos sobre la tierra. No se daba cuenta de nada de lo que pasaba a su alrededor, a decir verdad ni siquiera recordaba el nombre de la chica a pesar de que ésta se lo había dicho el día que llegó. Tampoco le había puesto atención a sus facciones, por lo cual no podía siquiera recordar del todo su rostro, cosa que parecía ridícula ya que había estado quedándose en su casa. Regresando a la cocina, había esperado un poco más antes de apagar la lumbre y servirse en un plato, para después comenzar a devorar el alimento, sabía delicioso.
¿Hace cuanto que no comía algo decente?
¿En qué momento había comenzado a auto castigarse por la pérdida de Lydia?
Estaba tan entretenido comiendo que no se había dado cuenta del momento en que Ada había entrado a la habitación y se había quedado parada en el umbral observándolo complacida de que éste disfrutara sus delicias. No lo había llamado ya que no quería que éste dejara de comer al verse descubierto, por lo cual tras observarlo un poco más, había regresado sobre sus pasos y había comenzado a subir las escaleras con sigilo, no sin antes echar un nuevo vistazo hacia atrás para después llevarse una mano hacia el pecho, justo donde se encontraba su corazón. Éste había comenzado a latir fuertemente por alguna razón, y es que se encontraba bastante entusiasmada de que por primera vez desde que llegó, hubiera visto algún rasgo de humanidad en ése atractivo hombre.
A la mañana siguiente Dante había dejado que la muchacha le preparara unos huevos con jamón, ella había encontrado un árbol de limones por lo cual había cogido unos, y había preparado una deliciosa agua de sabor y se la había servido al pelinegro. Él no había querido decir porque de pronto aceptaba las atenciones de la muchacha, pero ella tampoco había preguntado ya que no quería incomodarlo.
-¿Cómo dijiste que te llamabas? - Había preguntado sin mirarla a la cara.
-Ada- Respondió para después regalarle una sonrisa. - Mi nombre es Ada, ¿Y el tuyo?
En ése momento el pelinegro había caído en cuenta de que en ningún momento se había presentado.
-Dante. - Contestó sencillamente y continuó comiendo. Ada ya no hizo más preguntas.
De ésa manera ambos comenzaron a convivir más, él ya no la ignoraba tanto, y en cuestión de días había comenzado a charlar un poco más con ella, cosa que hacía a Ada verdaderamente feliz. El día en que Dante iría a la isla vecina no había tardado en llegar, como era de esperarse ella lo había acompañado, pero contrario a lo que ella le había pedido en un principio, le había pedido poder quedarse un poco más de tiempo con él.
Dante en un principio estaba confundido, y había querido rechazarla de inmediato, pero tras ver ésos ojos suplicantes no había podido negarse, y de ésa manera ésa chica había comenzado a vivir con él. Ada se había asegurado de ir sacando a Dante de ésa rutina desastrosa, lo obligaba a salir a pasear con ella, a jugar juegos de mesa, a salir de vez en cuando a pasear con su barco. Ada era pintora, por lo cual había comenzado a enseñarle al hombre, para que éste pudiera tener algún pasatiempo, y a decir verdad Dante se entretenía demasiado dibujando los bocetos. Incluso había regresado a la ciudad una vez más para comprar pintura, papel, pinceles, y demás cosas que necesitaran.
Todo parecía estar yendo bien, y Dante poco a poco comenzaba a ganar peso de nuevo. Había llegado un momento en que la compañía de Ada se había vuelto en parte de su rutina, y aunque él nunca había querido contarle nada acerca de su pasado, ella le contaba absolutamente todo sobre su vida en el campo, sobre su familia, sobre las mascotas que llegó a tener, su comida favorita, quien le enseño a cocinar, entre otras cosas. Ella había comenzado a gustar de Dante, y hacía su máximo esfuerzo por querer ser correspondida, pero ella sabía que él evitaba ése tipo de contacto, sabía que no la miraba con esos ojos, sabía que no se sentía de la misma manera, y que él amaba a alguien más. No sabía como estaba segura de que él quería a alguien más, pero de alguna manera saltaba a la vista.
Un día fatídico en que Ada se encontraba ordenando la habitación de Dante, quien tras mucho tiempo de estar negándose, había aceptado que ésta entrara e intentara ordenar un poco. La única condición que el pelinegro le había pedido es que no se atreviera a tocar más de lo necesario cualquier cosa que se encontrara dentro de la misma.
Ada había empezado por acomodar los libros que se encontraban en el escritorio del mayor, los había acomodado en un estante, había guardado los bocetos que éste había preparado no sin antes revisarlos para ver su progreso, había limpiado las mesas, tendido la cama, había comenzado a barrer y trapear. Todo iba bien hasta que un resplandor había llamado su atención. Curiosa había volteado hacia su izquierda encontrándose con un hermoso collar rojo en forma de corazón, colgado en un clavo al lado del espejo.
El collar de alguna manera había terminado por hipnotizarla, era bastante bonito y brillante, había recordado a Dante diciéndole que no toque nada de sus cosas personales, pero en ése momento su curiosidad había terminado por ganar. Con sumo cuidado había tomado el objeto y tras acariciarlo había notado que éste comenzaba a brillar con mayor intensidad, por lo cual sin pensarlo demasiado se lo había colocado en el cuello observándose después frente al espejo para ver como le quedaba.
-Ada, ¿Terminaste? - Había preguntado Dante entrando a la habitación justo en el momento en que la oji azul se encontraba mirándose en el espejo. - ¡¿Qué estás haciendo?! - Había gritado furioso al darse cuenta que se había puesto el regalo de su amada Lydia. - ¡Te dije que no tocaras nada!
-¿Dante? - Había preguntado la castaña confundida.
-¡Quítatelo ahora mismo! - Había gritado dirigiéndose hacia ella dando grandes zancadas.
-¿Qué está pasando? - Preguntaba la chica tocándose su rostro con desesperación a la vez que abría los ojos a lo máximo que podía. - ¿Quién es ésta?, ¿Por qué no me veo en el reflejo? - Preguntaba desesperada tocando el espejo para asegurarse de que no hubiera ningún estampado.
-¿Eh?, ¿De qué estás hablando?
-Dante. - Se había volteado sobre sus pasos para después tomar entre sus manos el rostro del pelinegro y ponerse de puntillas para verlo mejor. - ¿Por qué estoy viva? - Preguntó confundida mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos. - Pensé que no volvería a verte...
El pelinegro estaba bastante confundido, su enojo se había desvanecido por completo y ahora intentaba procesar la información. En un principio había querido alejarse de inmediato al sentir como Ada se acercaba peligrosamente a su rostro, pero algo en su interior se lo había impedido, ya que de alguna manera ése rose le resultaba demasiado familiar, ésa delicadeza con la que la chica tomaba su rostro, ésa manera en donde acariciaba su mejilla amorosamente con su dedo pulgar, ésos ojos llenos de amor combinados con ésa nostalgia, ésa sensación de que todo iba a estar bien, solo había una persona que lo hacía sentir de ésa manera.
-¿Lydia? - Preguntó desconcertado.
-¿Qué le paso a mi rostro? - Volvió a insistir.
En ése momento Dante observó el collar, y sin pensarlo demasiado se lo arrebató a la chica. Al momento Ada comenzó a ver a su alrededor confundida, parecía perdida y no recordaba lo que había estado haciendo. Aún más confundido le había vuelto a colocar el collar solo para asegurarse, y nuevamente ésta se encontraba comportándose igual que su esposa.
Desconcertado y sin saber que pensar había tomado el collar entre sus manos y había salido de la casa ignorando los constantes gritos de Ada quien le preguntaba por qué de repente había comenzado a comportarse tan extraño. Él había caminado hasta llegar al acantilado bajo el cual se encontraba el mar, tenía el objeto entre los dedos pensando si debía de tirarlo o no.
¿Por qué Lydia regresa cuando alguien se coloca el collar?
Se preguntaba una y otra vez. Eso no tenía ninguna lógica, rememorando en su pasado había recordado que cuando fue en busca del tesoro de aquellas ruinas antiguas. Habían surgido rumores; Rumores que decían que a quien se atreviera a robar los tesoros que ésta contenía, se le lanzaría una maldición.
-¿Maldición? - Preguntó en voz alta mirando el objeto, recordando que Lydia comenzó a enfermarse en el momento que le dio el collar. - ¿Fue culpa de esto? - Preguntó aterrado dando unos pasos hacia atrás mientras su rostro se desencajaba en agonía. - Yo... ¿Yo mate a Lydia?, no puede ser, ¡No puede ser! - Gritaba con todas sus fuerzas cayendo al piso derrotado.
Gritando lo más fuerte que podía había comenzado a llorar como no había hecho en mucho tiempo, y había empezado a golpear su cabeza contra el piso de manera desesperada. Saber que él había sido el responsable de la muerte de su esposa era peor que la muerte, todo ése tiempo había estado culpando a su destino por ser tan cruel con él, por no dejarlo ser feliz, por arrebatarle todo lo que alguna vez había amado. Pero ahora se enteraba de que el único culpable de que su amada ya no estuviera a su lado era suya.
-Si tan solo no hubiera traído esto, si tan solo no se lo hubiera regalado, ella seguiría a mi lado. - Decía perturbado observando el collar nuevamente. - No... - Negó de inmediato. -¡Todo es culpa de éste endemoniado collar! - Gritó levantándose dispuesto a lanzar el objeto pero deteniéndose segundos antes.
¿De verdad tenía que tirar el collar?,
Ése collar tenía el alma de Lydia dentro, ése collar permitía a la chica regresar cuantas veces quisiera. Tal vez no la tuviera en cuerpo, pero si alguien más se ponía ése collar podría tener a su esposa en esencia, podría vivir a su lado nuevamente, y entonces él no estaría solo. Lydia no tenía la culpa de su estupidez e ignorancia, ella tenía derecho a vivir la vida que se le había arrebatado de manera injusta, ¿No es así?
En ése momento a Dante se le había zafado un tornillo, el dolor que había sufrido en sus días de infancia, sumando a los años de tortuosa soledad que había estado viviendo, el miedo, la desesperación y la culpa de haber matado a su amada se habían juntado hasta el borde de llevarlo a la locura. De manera que, en su distorsionada manera de ver al mundo, había llegado a la conclusión de que podía vivir al lado de su amada nuevamente, ¿Qué importaba si le arrebataba la vida a alguien más?, lo único importante para él era Lydia, ya que ella era su mundo, su todo, sin ella él no era nada... La vida de Lydia era mucho más importante que cualquier otra cosa.
De ésa manera, había regresado a la mansión, y con la sonrisa más inocente que pudo poner en el rostro le había regalado el collar a Ada, quien lo atesoró pensando que era el fruto de sus esfuerzos por cuidar al pelinegro, ignorante de que ése collar sería la que la condenaría de por vida, sin saber que éste se robaría su cuerpo para entregárselo a otra persona, sin saber que jamás podría volver a ver la luz del día, y que tendría que vivir el resto de su vida dentro de una habitación obscura viendo como una extraña tomaba su lugar.
Lo que Dante no sabía es que lo que realmente hacía el collar era tomar la vida de aquél que osara usarlo, y como Lydia había sido la primera en probárselo, el alma que había absorbido era el de ella. Lydia se había negado rotundamente a vivir la vida de otra persona, pero aún con todas sus peticiones no podía convencer a Dante, quien rogaba que se quedara a su lado, la chantajeaba mostrándole lo patético que era sin ella, apelando a su compasión para que no se fuera. Sin embargo el collar seguía absorbiendo la vida de la propietaria, por lo cual el cuerpo comenzaba a desgastarse de la misma manera en la que Lydia había perdido la vida.
El cuerpo de Ada duró unos cuantos meses antes de descomponerse por completo, esos meses fueron de extremo dolor no solo para ella, sino también para Lydia, que aunque no era su cuerpo, su consciencia se encontraba en el mismo, por lo cual podía sentir lo mismo que Ada sufría. No bastándole a Dante con matar a Ada y quedarse nuevamente sin Lydia, había buscado a una nueva chica, y cuando el cuerpo de ésa chica pereció, busco a una nueva, luego a otra más, y así consecutivamente, haciendo que Lydia sufriera la agonía de la muerte una y otra, y otra, y otra, y otra vez.
Lydia no quería hacer eso, estaba cansada de sufrir, había intentado destruir el collar incontables veces, no soportaba la idea de arrebatarle la vida a otras personas debido a la locura de su esposo, tampoco soportaba tener que vivir en eterno sufrimiento solo por sus caprichos. Pero Dante nunca la había dejado hacerlo, siempre se encontraba vigilándola las 24 horas del día, a veces ni siquiera dormía solo para asegurarse de que ella estaría siempre a su lado.
Fin de Flash Back.
-Dante... Tú me obligaste a volver una y otra vez, solo para sufrir. Me haz matado tantas veces que ni siquiera puedo contarlas, me haz obligado a tomar la vida de otras personas, ¡Me convertiste en una asesina! - Decía mientras caminaba de un lado para otro jugando con el cuchillo. - Sin embargo yo aún así no podía odiarte, aún cuando te volviste loco, aún cuando me torturabas, yo seguía creyendo en ti, creyendo en ése niño solitario que solo quería amor... ¡Yo creía en ti hasta ése día! - Gritó cabreada mientras enterraba el cuchillo en la mano de Dante ocasionando que éste gritara de agonía. - Todos esos años estuviste buscando más información sobre el collar, ¿No es así?, encontré todos los papeles con los datos de tus investigaciones.
-No, no... - Repetía una y otra vez mirándola a los ojos. - Todo lo hice por ti.
-Mentiroso. - Escupió. - Ése anillo que llevas lo encontraste en las mismas ruinas. - Dijo señalando el objeto de plata que el pelinegro llevaba en su dedo índice de la mano derecha. Mientras que el collar absorbe la vida del poseedor, el anillo sirve como un recipiente en donde conserva todos los años arrebatados y se los da a quien lo usa... Ósea tú. - Lo miró con toda ésa rabia contenida. - Mientras te excusabas que todo lo hacías por mí realmente lo hiciste por ti... ¿Qué grato es vivir eternamente a costa de la vida de otros, no es así?, ¡Eres repugnante!
-Eso... No es verdad, ¡No lo hice por eso!
-Eres un cobarde, mientras a mí me obligabas a regresar a éste putrefacto mundo, tú le tenías miedo a la muerte, es por eso que preferiste obligarme a vivir por tanto tiempo, en lugar de terminar con tu vida... Tú ya no eres el Dante que amaba, solo eres un asesino. - Dijo poniendo sus dedos en el anillo de plata dispuesto a arrebatárselo.
-Aún así... - Susurro mirándola a los ojos con la mirada más cálida que pudo poner. - Yo te he amado todos estos años, Lydia. - Dijo antes de que el anillo le fuera arrebatado y su cuerpo comenzara a envejecer a una velocidad impresionante, consumiéndolo en polvo.
Continuara...
Bueno una aclaración solo por si no lo recuerdan. En el capítulo anterior Dante le estaba pidiendo a Lydia "eso", para que él pudiera volver a levantarse y pelear. Lo que quería era tomar años de vida de Lydia, o mejor dicho de Nami, para que las heridas que le ocasionaron Luffy, Zoro y Law sanaran, pero eso significaba transmitirle todo el dolor a Nami, y hacer que su cuerpo pagara en consecuencia, una verdadera tortura que le ha obligado a hacer una y otra vez por muchas décadas.
Agradecimientos:
Luffy Ketchum: Ups... Perdona por ser tan mala y dejarte picada, no era mi intención. xD Hace mucho que quería acabar con todo éste embrollo de Dante y Lydia pero como leíste arriba he estado bastante liada, y es por eso que no había podido publicar, pero (si sigues leyendo ésta historia porque creo que cada vez me tardo más y más) al final lo hice. ¡Me siento genial por haber podido terminar por fin el capítulo!
Kaoru likes One Piece: Que bueno que te haya gustado, solo espero que la segunda mitad sea igual de interesante y que todo el concepto del collar y el anillo haya quedado por lo menos entendible, porque a decir verdad siento que no lo expliqué con todo lujo de detalle. Pero es que ya me estaba quedando demasiado largo el capítulo y estaba desesperada por actualizar de una vez por todas. De cualquier manera me aseguraré de que en el siguiente capítulo haya una breve explicación sobre todo el concepto tratado en éste cap para que quede más claro. Y lamento por dejarlo a la mitad :S, no fue mi intención. xD
Solitario196: No te preocupes, yo agradezco que me dejes reviews, enserio ustedes son los que me animan a continuar con la historia, porque no voy a negar que de vez en cuando me entra flojera escribir, y para mí sería bastante sencillo dejar la historia a medias, pero pienso en las personas que siguen el fic y sé que no sería justo dejarlos con la intriga. (Mucho menos cuando ésta historia está tan cerca del final), así que gracias a que ustedes me apoyan, yo sigo esforzándome en sacar mi inspiración aunque ésta no quiera.
Tomoyo: ¿Ya puedes morir en paz?, jajajaja, no sé si era lo que te esperabas, la verdad espero haber cumplido con tus expectativas, porque como te habrás dado cuenta no fui ya tan específica con el final puesto que ya quería terminar con el capítulo. Pero creo que al fin de cuentas se entendió que Dante estuvo torturando todo el tiempo a Lydia hasta el punto en que terminó rompiéndola, tantos años de tortura hicieron que su mente se destrozara.
Hamalasestus1990: Tú ya me mandaste el comentario por privado pero aún así siento que debo contestarte aquí también. Entiendo perfectamente ése sentimiento de decepción cuando un autor no termina las historias y tú te quedas plenamente enganchada, así que no te preocupes, tu lee cuando te sientas a gusto. (Porque tienes razón aún no he terminado Mugiwara Boys), en todo caso a ti ya no te tocó esperar tanto como a los demás, pero aún así me disculpo. Y en lo personal yo no me puedo olvidar de las historias que me dejan picada aún cuando están abandonadas, muestra de éso es que de vez en cuando reviso si sacaron un capítulo de un fic que yo esperaba desde el 2011 , sí... La esperanza es lo último que muere. En fin, espero que te haya gustado el capítulo.
