Para Ann (guest): Primero que nada, te agradezco enormemente por todo. Me lees desde hace bastante, me haz mencionado muchas veces lo mucho que te gusta mi historia y eso me hace muy feliz:'D En serio te agradezco a ti, y a cualquiera que sigue la historia. Sencillamente me dan más motivos para continuar y mejorar. Claro que no te lo había dicho y eso; pero lo agradecía siempre... mentalmente:3 (?)
Y para responder tu pregunta (que de seguro varias personas también tienen) La duración de esta historia... ... Es un secreto-3-
Muajaja! -Feel like Hussie.-
Eso era todo. Quédense con la duda:3 ¡Las quiero! y les agradezco por seguir leyendo este buen intento de drama extraña:*
Ahora si, venga el capítulo.
Enciende con desdén la centelleante luz proveniente de la lámpara. Se queda quieto, sentado sobre su cama, viendo algún punto perdido de la nada. Lleva ambas manos a su rostro y lo talla bruscamente, solo para dejarlo de hacer inmediatamente y abrir los ojos de a poco. La luz lo encandila a pesar de ser tan tenue y un frío aflige su cuerpo. La ventana se encontraba abierta por su propio descuido, lo ha notado ya, pues comenzaba a sentir una ligera brisa. Se levanta de su cama con el propósito de cerrar dicha ventana, y una vez lo hizo, se quedó viendo a través de ella. El clima regresaba a ser lluvioso, y a pesar de serlo en menor medida que en días anteriores, esto igual no parece agradarle. Hace una mueca de insatisfacción y cierra la persiana, haciendo que ni la luz del exterior ingrese a su habitación. Su reloj marcaba ya las 6:37 AM y eso, en comparación de lo que normalmente acostumbraba, ya era tarde para comenzar su rutina y prepararse para ir a la escuela. La idea le disgustaba, pero el solo pensar en levantarse de su cama, la idea de regresar a convivir con un mundo de gente, lo molestaba. No quería hablar con nadie, no quería ni tenía ánimos de hacerlo. Consideró la gran idea de faltar a clases, pero la omitió con el saber de que su padre no se lo permitiría. Ese hombre sencillamente no lo dejaba y ni siquiera fingir algún malestar lo salva, pues aún estando enfermo, Robert* (su padre) no le permite faltar. Suspira cansado y avanza hacia el cuarto de baño. Se asea y se viste con lo primero que logra tomar de su armario.
(N.a:*Haciendo uso del nombre del padre de Damien Thorn, de la película "La profecía".)
A pesar de no querer hacerlo, baja a la cocina y toma una manzana. Se sentía hambriento pero no deseaba quedarse a conversar con el hombre que recién despierta un poco apresurado para precisamente alcanzar a conversar con el muchacho. Toma la mochila que reposa en el sofá de la sala y sale por la puerta principal, solo para avanzar a través del patio, atravesar la reja que delimita la propiedad y encaminarse a la escuela. Como una costumbre, se coloca los auriculares y reproduce la lista de reproducción que el mismo creó para momentos en los que no se sintiera del todo bien pues cierto era, que era de su gusto que el género musical coincidiera con su humor, en este caso, un tanto deprimente.
Si, se sentía triste, pues no sabía que iba a pasar con Christophe. ¿Era cierto cuando le dijo que ya no iría a la escuela? Tiene la esperanza de que eso no sea así. Ni siquiera se le ocurría como toleraría estar quieto y sentado por varias horas, con Chris esas horas eran hasta agradables en todos los sentidos. ¿Era verdad que el chico se iría el día próximo al actual? Con solo pensarlo cierra los ojos con fuerzas para que esa idea no crezca más. No quiere aceptarlo, no quiere que el otro se aleje. Cambia el estilo de música para animarse un poco, pero a pesar de eso, sus dudas ante la idea de una despedida definitiva no logran desaparecer. Y el cielo nublado y amenazante a una nueva lluvia tampoco ayuda mucho. ¿Desde cuando los días nublados lo entristecen? El adora los días así. El aroma, la sensación del aire recorriendo su cabello, sentir la brisa en su piel... ¿Por que, entonces, todo parecía tan sombrío? Oh, claro. Desde que esos días le hacen recordar a Christophe. El castaño ama ver un cielo claro rebosante de nubes, y él ama que el otro lo ame. ¿Y ahora? ¿Con quien se supone que compartirá un buen paseo por el bosque? ¿Con quien correrá bajo la lluvia? ¿Con quien compartirá besos y caricias? No se le ocurre ni un solo candidato o candidata para ello. No, no. No puede pensar en nadie más. El está seguro que no conocerá nadie similar al francés en el resto de su jodida vida. A pesar de ser meses los que convivieron juntos, solo meses, se aferra a la idea de que parecía que ambos fueran conocidos de toda la vida, pues se comportaban como ello desde el primer día en el que se conocieron. Ese día, esa tarde en la que lo encontró en aquel parque su vida había dado un giro total, y no lo había notado. ¡Por supuesto que no! Si ese sujeto llegó tan repentinamente que no alcanzó ni siquiera a considerar que las cosas terminarían así... ¿Y realmente, han terminado ya?
Atraviesa la puerta del edificio y solo entra al aula que le corresponde. No, aún no habían iniciado las clases, pero él ya no quería saber nada de nadie. Solo tomó asiento y se quedó allí, escuchando su música que de nuevo regresaba a ser un poco sombría.
...
En el pasillo, un chico rubio detuvo todo lo que estaba haciendo solo para ver como Damien entraba al salón rápidamente. Entró con la cabeza agachada y avanzaba apartando a cualquiera que no notara su presencia; portando una sudadera gris, jeans y tennis, como siempre. Sin embargo, esa vez se notaba como su ropa estaba un poco descuidada, siendo que a pesar de que no lo dijera y lo negara, Damien cuidaba un poco el como se veía. Phillip terminó de guardar lo que sea que guardaba en su casillero, y dudo un momento si sería buena idea ir a hablar con el otro. Lo menos que quería era incomodar más de lo que de seguro ya se sentía el otro. Se mordió un labio. En serio quería ayudar un poco, pero conocía a su amigo; el era terco, y si el no deseaba hablar, no lo haría y punto. ¿Era buena idea arriesgarse? Lo pensó un minuto más de la cuenta y avanzó hacia el aula. Ni siquiera le tocaba la primera clase con él, pero que más daba, eso no tiene importancia alguna, realmente.
...
Se quitó uno de los dos audífonos solo para distraerse un poco. Una vez, no creyó el hecho de que alguien puede recordar a alguien con simples estrofas en versos, pero joder, si, si que se puede. Aquella canción fue suficiente para rechazara la bizarra idea de olvidarse de él... otra vez. No, ya no importaba intentarlo, pues lo quiere en serio, y uno sabe que es así cuando deseas olvidar a alguien y es un fracaso total. Un nudo en su garganta se formó, en serio quería desahogarse de alguna forma. Pero no podía llorar. No debía llorar. En cuestión de minutos el lugar se llenaría de odiosas personas y lo menos que quería eran miradas sobre él. ¿Quien dice que los chicos no deben llorar? No lo sabe, pero el muy idiota de seguro no tuvo a alguien lejos de su persona. Lejos a la persona que quería. ¡Maldición! Si Chris estuviera allí, de seguro se hubieran puesto a sacar teorías locas sobre quien dijo eso, solo para después contradecirlo con argumentos raros y burlarse del muy desgraciado. Si estuviera allí, de seguro estarían riendo por lo que sea, como si de dos niños pequeños se tratara. Si estuviera allí, el otro estaría sentado en el suelo mientras él permanecía en la silla, solo observándose en silencio y una sonrisa en el rostro. Si estuviera allí, de seguro hubieran tomado el riesgo de besarse una vez más, a pesar de estar separados de todos por solo una puerta, y lo hubieran disfrutado como nunca, con un delicioso toque de adrenalina. Si estuviera allí, de seguro esa traicionera lágrima no estaría recorriendo su mejilla sin consideración alguna; de seguro no estaría recordando las cosas buenas y considerando su compañía; de seguro, absolutamente seguro, todo sería mas simple, mas sencillo, y sin duda, mas alegre. Pues eso había logrado Christophe, había logrado que una alegría invadiera el corazón del pelinegro, sin buscar algo a cambio, todo sin condiciones.
Escucha como la puerta se abre lentamente, y casi por acto reflejo, limpia su rostro con la manga de su sudadera y se recuesta en sus brazos. Fingiendo descansar sobre el mesa-banco. Su respiración se agita y su mente lo hace considerar que quizás se trate de quien tanto anhela. Se muerde un labio y cierra los ojos al escuchar como la puerta se cierra y en seguida, pasos lentos. Se imagina a Chris avanzando hacia él, con cierta delicadeza y, no sabe porque, temor. Los pasos se detienen cerca de él; siente una presencia, alguien observándolo. Trata de regularizar su respiración y se relaja. Una mano acaricia levemente sus cabellos, su cabeza. Abre los ojos sorprendido, aquello era demasiada coincidencia. Solo Chris hacía eso, solo Christophe hubiera entrado de aquella forma, solo Christophe...
Levanta la mirada rápidamente hacia la presencia que lo tocaba, un tanto desesperado y apresurado.
La otra persona lo mira con total sorpresa, el acto brusco del otro es lo que no esperaba.
En sus ojos, en seguida se pudo notar una enorme decepción y lo observó directo a los ojos. No era él. ¿A caso podía ser más ingenuo?
Posa ambas manos en su regazo y gira la vista hacia abajo, un tanto culpable, por algún motivo. La fría mirada del otro le bastó para saber que de seguro algo hizo mal. Se acomodó su bufanda, solo esperando la reacción del otro.
Se molestó. Se molestó consigo mismo. ¿Como era posible creer que en cualquier lugar y a cualquier hora se toparía con él? Es tonto siquiera considerarlo. Cerró sus manos con fuerza.
-¿Que quieres, Phillip?- Habló disgustado.
-Pretendía hablar un momento contigo, y a-ayudar si hacía falta, pero ya no se si estuvo bien.- Levantó la mirada para enfrentarse con la de el de ojos rojos quien, como esperaba, lo veía disgustado.
-No me vuelvas a tocar así ¿Me oíste? No se te ocurra repetirlo.
El tono de voz empleado preocupó al británico. Una voz profunda, y hablaba despacio, como si cada palabra quisiera imprimirla permanentemente en su mente. Lo observó con dureza ocultando su temor de que algo malo haya pasado, y asintió una vez con firmeza. No comprende la petición del otro. Bien, sabe que no es algo muy "normal" sentarse a su lado y tranquilizarlo un poco (porque notó como este se apresuraba a recostarse sobre la mesa) acariciando su cabeza como si de alguna mascota se tratara, sin embargo ¿Porque esa actitud hacia el gesto cariñoso? Eran amigos, ¿Cuál era el problema?
-Bien.- Se recostó de nuevo sobre sus brazos girando su rostro al contrario de Pip. -Largo.
-Damien, ¿Qué sucede?- Preguntó tranquilamente. Para mala suerte de cualquiera, el timbre resonó por toda la escuela.
-Nada. Solo vete.- Cerró los ojos con fuerza y hundió su rostro entre sus brazos.
-Hey, sabes que puedes decirme lo qu...
-¡Solo déjame solo!
Phillip, ante tal grito solo lo veía molesto y desaprobatoriamente, a pesar de que el pelinegro no pudiera verlo. Lo observó en silencio por un par de minutos más y se paró de la silla indignado. Se fue del aula, sin cuestionar más y sin querer hacerlo pues era demasiado obvio que el otro no se dejaría ayudar en ese momento. Cerró la puerta con fuerza tras de sí, y avanzo hacia cualquiera que fuera la clase que le tocara. Sabía perfectamente que el moreno no hablaría sin asistirle un rato, y eso es exactamente lo que haría. De seguro en la salida lo obligaba a hablar, y mejor aún, le diría a Gregory, el es el rey de la insistencia, de seguro ayudará con gusto. Y a todo esto ¿Dónde estará Christophe?
...
Escuchó como la puerta se cerraba con fuerza, y solo para comprobar lo obvio, levantó la mirada de nuevo. Estaba solo de nuevo. Se dejó caer en el respaldo de la silla y suspiró. ¿Era mucho pedir que nadie lo interrumpiera en las situaciones menos apropiadas? Aparentemente si, pues cuando estaba a punto de suspirar de nuevo, la puerta se abrió de nuevo, entrando por ella unos cuantos chicos. Se recostó de nuevo en sus brazos, tratando de ignorando a las personas que entraban, sin embargo, éstas gritaban en lugar de hablar como gente mas o menos normal. El ruido incrementó y de a poco el silencio regresó. Una voz carrasposa se escuchó y se levantó, de a poco, de sus brazos. La clase había comenzado y precisamente ese día todos parecían estar felices, contentos y despreocupados de la vida... no pudo sentir mas repulsión ante ello. ¿Qué? ¿A caso todos se habían puesto de acuerdo para recalcarle que estaba solo? ¿Era parte del plan joderle la vida a Damien? Seeeh, de seguro son así las cosas.
Giró su vista hacia su izquierda, y se topó con la escena de un mesa-banco vacío. Cerró los ojos con fuerza y volvió a girar su rostro hacia enfrente, temiendo y aceptando, que de seguro no volvería a ver ese lugar ocupado por la misma persona.
La alarma de su teléfono celular fue lo que lo despertó casi de inmediato. Entreabre los ojos solo para desactivar dicha alarma y volver a cerrar los ojos. Se dio la media vuelta, acomoda las sábanas (que estaban a punto de caerse de la cama) sobre su cuerpo y se acurruca de nuevo. De a poco y de nuevo, comienza a quedarse profundamente dormido y pierde noción del tiempo, hasta que una música suena de nuevo, despertándolo. Se talla la cara y decide omitir el quitar la alarma, al fin y al cabo la canción era de su agrado y siempre lo animaba un poco escucharla de vez en cuando. Se sienta rápidamente, pues es consciente que su segunda alarma es la que ha sonado, avisándole que eran ya las ocho y treinta de la mañana. Lo menos que quería era no alcanzar a hablar con su madre.
Se puso de pie, sintiendo un escalofrío recorrerle el cuerpo, pues se hallaba descalzo. Caminó hacia el armario y se vistió un poco más decente, quitándose de encima el pantalón pijama. Jeans, tennis, una playera blanca sencilla... ñee, esto era decente para él. Arregló un poco la cama y demás. Bajó las escaleras con calma, tratando de lucir normal, a pesar de que por dentro se desataba una guerra con falta de coherencia. Porque estaba a punto de hablar con madre, a punto de ser informado a cerca de todo lo que se le permita saber y con algo de suerte, quizás, solo quizás se le ocurra cambiar de planes y no salir del pueblo. Quizás decida que Beauvais no es tan buen lugar como parece, y decida que Colorado no es tan mal lugar como parece. Con algo de suerte será así, pero ¿Cuando su suerte ha sido buena? No recuerda una ocasión donde la suerte haya estado totalmente de su lado. No, la suerte no es buena con él, sin embargo cree en las casualidades ¡oh! ¡Pero claro que cree en ellas! porque ¿A caso Damien no había sido una? Confía plenamente en la casualidad de haberse conocido, y de haber sido "buena" suerte, no estarían a días de separarse. De solo recordarlo un sentimiento de tristeza lo invadía y provocaba que sintiera ganas de regresar a su cama, a reposar y solo pensar. Pero debía ser fuerte. Cualquier cosa, cualquier expresión fuera de lo relativamente normal, sería notado al instante por ella. Ella no era para nada ingenua, es muy lista como para fingir que estaba bien. Se detuvo justo antes de bajar por completo por las escaleras, y respiro hondo; inhaló y exhalo... debía permanecer neutro, no mostrarle debilidad. De ser así, solo lo ignoraría y no hablaría, y él necesitaba que hablara.
Retomó su paso, confiando en sí y en que su rostro no expresara nada; debía olvidar, de momento, todo lo malo. Giró hacia la derecha; un par de metros más y atravesar el umbral. Dio directamente con la sala que a su vez, tenía dos puertas más: una en la pared opuesta, justo delante de él tras avanzar por en medio de la sala; la otra en la pared de su derecha. Camino hacia enfrente, entrando por la primera puerta mencionada. Esta, tenía un marco de madera, y vidrio en ella. Se acercó lentamente y giró la chapa lentamente. Entró a la habitación en silencio.
-Llegas tarde.
La voz de la castaña era firme. Se encontraba sentada en un banco sencillo color negro, haciendo juego con el piano de pared que se encontraba allí mismo: el estudio. Además de ello, allí también había un escritorio con muchos hojas de papel desordenadas encima, floreros en unas cuantas mesitas, y al fondo, una gran ventana con la cortina cerrada.
Christophe se sentó en un sillón frente al escritorio, quedando así a espaldas de su madre, quien parecía estar muy concentrada acariciando las teclas blancas y negras.
-No sabía que había un horario que cumplir.
-No. No lo hay.
-Entonces como dices que...
-Shht.
Con ese simple ruido, Chris guardó silencio al instante. Frunció el ceño ligeramente, pues le molestaba la facilidad con la que la mayor lo hacía obedecer; le tenía mucho respeto como para tratar de enfrentarla en serio. Unos momentos de incómodo silencio se hicieron presentes, momentos en los que el chico no podía hacer más que verse las manos o observar los largos cabellos de su progenitora... lo que fuera menos aburrido.
-Haz descuidado tus clases de piano, ¿no es así?
-Sin una maestra que se dedique a hacerlo no puedo avanzar mucho.- Dijo refiriéndose a la mujer.
-Debiste insistir.
-Debiste escuchar.
Se quedó en silencio, solo para que repentinamente, comenzara a tocar el fragmento de una pieza de nivel medio-superior. Ella era hábil en lo que se proponía. El solo se dedicó a escuchar. Un par de minutos después, al momento que la sonata terminó con sonidos graves consecutivos, giró sobre el banco para quedar frente a frente con su hijo único. No estaban a más de metro y medio de distancia.
-A lo que sé, conoces la canción y la dominas ¿Correcto? Dime el nombre.
-Moonlight Sonata. - respondió simplemente. Sus miradas se cruzaban, comenzando a luchar absurdamente entre si, en un infantil juego de miradas. La más dura y fuerte, es la que ganaba aquí.
-¿Compositor?
-Beethoven.
-¿Duración original?
-ahh...
-¿escala?
-...
Se quedó en silencio, y agachó la mirada. Joder, ¡hacía eso a propósito! Cuestionarlo cruelmente para intimidarlo y que perdiera él... ¡menuda madurez! Según ella le hacía un favor, y él no logra entender a lo que se refiere.
-No solo es memorizar la canción, Christophe. La teoría importa también.- Sonríe victoriosa.
Vuelve a subir la mirada, y antes de alcanzar a prestar atención en la diminuta sonrisa burlona de la contraria, ella se pone de pie para comenzar a ordenar la numerosa cantidad de hojas blancas y sin quedar totalmente de frente al muchacho, claro.
-¿Sabes donde viviremos desde ahora?
-Beauvais. Así me ha dicho usted.
-Está a menos de cuatro kilómetros de París, por lo que es una ciudad grande, creo yo; llevo años sin estar allí.- Hace una pausa, en la que termina totalmente de acomodar los papeles, y después de meterlos en un portafolios sencillo, vuelve a sentarse en el banco del piano, de frente a Chris.
-Esta ciudad cuenta con su propio aeropuerto, y es una lástima que no haya un vuelo directo desde Estados Unidos... por lo menos no desde Denver. - El chico le prestaba toda su atención, y ella se recogía el cabello al par que seguía hablando. - Por eso, debemos tomar dos aviones. Uno, desde el aeropuerto internacional de Denver hasta el aeropuerto John F. Kennedy de New York. Otro, de New York hasta el aeropuerto de Beauvais-Tillé. Y precisamente por ellos pasarás mañana por la noche.
-¿Por qué yo voy casi dos días después de ti?
-En necesario. Para asuntos especiales con El Jefe.
El castaño frunce el ceño. ¿Que no estaba ya lo suficientemente grande para enterarse él mismo de las cosas? Estaba arto de ser tratado como un infante ante el asunto.
Su madre hace caso omiso a esta reacción del chico.
-Tu avión sale a las nueve de la noche, me parece. Debes de estar en el aeropuerto por lo menos una hora antes. El camino por carretera entre el pueblo y Denver no es mucho, llegarás pronto. Alguien pasará por ti y se hará cargo del boleto, equipaje, etcétera. Debes de estar listos antes de que él te indique que se dirige aquí; al rededor de las siete de la tarde, supongo.
Se queda en silencio, esperando alguna respuesta del menor. Este solo asiente con la cabeza, viéndola con firmeza.
-Bien.
Se para, y toma el portafolios, casi pareciera dispuesta a irse ya. Sale del estudio, seguido en silencio por el muchacho y en contraste a como pensó, solo se dirige a la cocina a través de la segunda puerta de la sala, antes mencionada.
Se sirve agua en un vaso de cristal y se recarga en la barra. El castaño solo la observa.
-No estoy segura del tiempo de viaje, pero lo más probable es que llegues en la mañana del día miércoles.
-¿Es totalmente necesario que yo valla?
-¿Qué?- Lo mira incrédula, sin creer que el niño hablara en serio. Deja el vaso sobre la mesa ahora manchado con brillo labial color vino y no totalmente vacío.
-Lo que escuchaste: ¿Debo ir?
-No estarás pensando que te dejaría solo al otro lado del globo. Ni que tuvieras tanta suerte.- Habla seria y se endereza. El otro frunce el ceño.
-¿Y que más da si es así? Yo no quiero ir.
Sus miradas regresan a ser duras y amenazantes. Chris se esfuerza por no perder esta vez, no podía hacerlo, no podía arrepentirse de su acto.
-Christophe, esto te beneficiará más a ti que a cualquiera. No se que es lo que podría...
-¿Beneficiar? ¡¿Beneficiar?!... ¡¿En qué?! ¿En mi francés? ¿Voy a ir a estudiar idiomas? ¡De seguro es eso!- Se molesta y habla un tanto sarcástico. La mujer frunce el ceño.
-No me levantes la voz. Vamos a ir, y punto. No cuestiones más.
-¡¿Pero cuál es el jodido problema de quedarme yo aquí?! Me quedo en casa, recibo dinero de ese Jefe o trabajo ¡Yo que se! ¡Pero no quiero...!
-¡Christophe! ¡Ya basta!
-¡No! No quiero, carajo... ¡no quiero!
-¿Estás haciendo un berrinche? ¡Ya cálmate, por Dios!
-¡A él ni lo menciones! Solo quiero quedarme aquí. ¡¿Es mucho pedir eso?! ¡¿Por qué necesito ir yo?!
-¡Porque él te quiere a ti!
Ante ello, Chris se queda en completo silencio, prácticamente impactado por lo que gritó. Ella suspira cansada y cierra los ojos. Ya lo había dicho, ya no había vuelta atrás. Sabía que lo había dicho lo suficientemente claro, y no puede esperar que su hijo no haya entendido. Él estaba de pie, frente a ella misma, con la mesa de intermediario. Ella se pasa una mano por el cabello y su rostro regresaba a ser neutro. Chris la miraba algo aturdido y confundido, podía notarlo en su mirada. Se sienta en una de las sillas altas de la cocina, y el joven la imita.
Aparentemente era la hora, y no había forma de dejarlo pasar. Ni siquiera le habían marcado aún, diciéndole que en minutos llegaría el auto que la llevaría a Denver; no podía poner eso de excusa para evitar hablar. El niño la observaba con atención, y solo le da por soltarse los cabellos, dejándolos caer sobre sus hombros y pechos, cubriendo parte de la blusa formal que portaba, haciendo juego con las zapatillas y bolso que había dejado en algún lugar del recibidor. Lo mira con seriedad y comienza a elegir las palabras que usaría, al fin y al cabo no es algo simple.
El ya no era un niño, se había dado en ese momento. No era un niño, no era inocente, y sin embargo, no tenía experiencia ni conocimientos. Se enfrentaría a su destino inminente, de la que ni ella es capaz de liberarse, aún.
Camina por el pasillo desolado con desdén. Hace diez minutos habían tocado el timbre que los dejaba huir a casa como niños despavoridos en busca desesperada de su mantita y leche tibia, y el solo se había dedicado a sentarse un rato por allí, esperando estar un momento a solas después de un día "conviviendo" con la gente; entre comillas, ya que realmente solo los ignoraba. Pero su simple presencia dejaba deseando al pelinegro en querer hacer lo que sea para callarlos y salir huyendo a su casa, solo para poder hacer algo mejor y perder menos el tiempo.
Su mochila colgaba de su hombro y su cabello estaba algo despeinado. Un repentino sonido repetitivo se escuchó de repente, y debido a la falta de alumnos, hasta con algo de eco. Giró su cabeza sin detenerse para ver de qué se trataba y tal como teorizó, se trataban de pasos firmes que lo seguían y cuando él detuvo su andar, el contrario también lo hizo. Suspiro con pesadez y dio la media vuelta, para quedar de frente al otro. Lo miró con molestia y cansancio.
-¿Ahora qué, Phillip?
El chico lo observó con disconformidad; cruzó los brazos. Era acompañado por Gregory, quien los observaba con un gesto neutro.
-Sabes bien lo que deseo. ¿Por qué no acabamos con esto de una buena vez?
-¡Ya te dije que no me pasa nada! Llevas toda la mañana con eso, detente ya.
-¡Joder, Damien! ¡¿Por qué no te dejas ayudar?!
Se quedó en silencio, observándolo con frialdad, con una dureza y sin ningún sentimiento agradable en su mirada. Sus ojos carmesí parecían obscurecerse y en los labios que en algún tiempo siempre había una leve sonrisa, ahora solo demostraban seriedad pura, pues no se mentía cuando pensaba que todo aquello le parecía irritante.
-Damien, hace rato...
-No. Tú no te metas, Gregory. Lo menos que quiero es que tú también comiences a molestar.
-Yo te dije alguna vez que todo lo relacionado con Chris me incumbía, así que...
-¿Y por qué metes a Christophe?
-No me interrumpas.- Hizo una breve pausa. Lo observó con la misma dureza que el otro le dedicaba. -Hace rato él me mando un mensaje. Dijo que fuera a su casa, que era muy importante. Si lo meto a él en el asunto, es por qué se que el tiene algo que ver. ¿Te hizo algo o te dijo algo que no te agradó?
-¿Y que cosa podría hacerme él, eh?
-Damien, créeme que estoy enterado de su... convivencia. A mi no me jodes respondiendo mis preguntas con preguntas.
El pelinegro abrió los ojos sorprendido. Estaba jugando, ¿no es así? Pues sus palabras casi se escucharon como si él supiera lo de él y Chris... ¡Mierda! ¡¿Y como se enteró él?!
Agitó la cabeza y dejó de pensar es ello, aunque, para su desgracia, la imagen del castaño regresaba a su mente.
-No. No hizo nada.- Dijo neutral. Dio la media vuelta e iba a irse de allí, pero por supuesto que el menor de los tres intervino, jalándolo de los brazos para que se detuviera.
-¡No! Tú te quedas.
-¡Suéltame, Pip! ¡Déjame!- Gritó enojado tratando de liberarse inútilmente.
Forcejeaban. El rubio lo había tomado con ambas manos por el brazo, y el otro trataba de liberarse con desesperación. Desesperación que creció con rapidez en su interior desde la mención del castaño. ¿Era mucho pedir que no se lo recordaran? Le dolía. En serio le dolía en saber que no lo vería, que no escucharía su voz, que no podría estar a su lado. Ahogaba un nudo en la garganta con palabras y gritos que pedían su libertad que no se le era concedida. Gritaba por que el otro lo soltara y realmente no aplicaba mucha fuerza en hacerlo por si mismo, pues no se sentía capaz de hacerlo; sus fuerzas se desvanecían a medida que las ganas de llorar incrementaban. Pero no lo mostraba, pues ocultaba todo con supuestos enojos: esa era la verdad.
-¡Carajo! ¡Solo te pido que hablemos! ¡Q-quédate quieto!
-¡Phillip! En serio ¡Suéltame ya! ¡Suéltame!
-¡Damien, ya cálmate!
-¡No intervengas tu, Gregory!
El menor resistía, no estaba permitiendo que el otro se escapara. Greg, por su parte, se movió a espaldas del pelinegro y lo tomó por los hombros, tratando de que este se tranquilizara causando solo que maldiciones salieran de la boca del muchacho. De un momento a otro, logró liberar uno de sus brazos (ya que Pip tomaba de ambos). Estaba dejando de pensar del todo claro, de hecho, siendo sincero con el mismo, duda que alguna vez lo haya hecho del todo, pues de haber sido así, quizás algo más hubiera sucedido y sus noches no se perturbarían con atroces pensamientos que parecían desearle que nunca se olvidara los buenos momentos, y eso a su parecer, no era muy bueno ¿Cómo ser buenos si esos mismos son los que te recuerdan que probablemente no los gozarás de nuevo? En un rápido movimiento, levantó e impulsó su brazo hacia atrás al tiempo que cerraba su mano con fuerza. Sin embargo y a tiempo, el mayor tomó del brazo y lo jaló hacia atrás, logrando así evitar que este llevara a cabo su acto.
-¡¿Que diablos te sucede?!
Se impactó por el acto del contrario y del propio. ¿En verdad iba a golpear a su amigo por algo así? En su momento parecía mejor idea.
Y ya no forcejeó más. Se quedó estático y agachó la mirada, sintiéndose algo culpable por todo. Greg lo soltó lentamente y se calmó, al igual que Pip, quien permanecía asombrado por lo que sea que pretendía el azabache hacia él.
-Si piensas que solo estamos molestando porque si... deberías considerar otras razones.- Mencionó Phillip.
Otro silencio de parte de los tres. Damien suspira cansado.
-Si no les digo nada, es porque solo quiero ignorarlo. No quiero ayuda porque me recuerda al problema. Y no necesito que se enteren de mis problemas.
Y dicho esto, sencillamente dio media vuelta, y avanzó hacia la salida del instituto. Los otros dos solo veían como se alejaba a pasos lentos, y en sus rostros se dibujaban muecas de preocupación o resignación ante la situación.
-Damien, visitaremos a Chris esta tarde... ¿Puedes acompañarnos?
El azabache se detiene, pero habla sin girar a verlos.
-No.- Se talla los ojos evitando que cualquier fluido emane de nuevo. El par mira como avanza por el resto del pasillo, para así, desaparecer de su vista.
Regresa a pararse frente el armario, tomando con aburrimiento las últimas playeras que colgaban de los ganchos y agachándose para después tomar un par de zapatos. Dio la media vuelta, y guardó prácticamente lo que restaba en la maleta que permanecía abierta sobre su cama. Se quedó observando a la nada un momento, ido en sus pensamientos, y al instante, sacudió la cabeza para cruzar mirada con la de su amada Dior. La tomó entre sus manos y la enderezó correctamente, solo para de a poco, recostarla sobre el pequeño espacio restante de dicha maleta. Cerró y dejó sobre la cama el equipaje. Bajó a la cocina, abrió el refrigerador y se sirvió algo de comida: un poco de pollo, recalentado gracias al microondas. Un té helado acompañándolo y fue suficiente para él.
Un sonido proveniente de su celular lo sorprende, avisándole la confirmación de Gregory respecto a su invitación. Suspira y limpia un poco la cocina, y los pocos artilugios que quedaron en ella; ya después se encargarían del resto de la inmobiliaria de la casa. Los sillones cubiertos con lo que parecían eran sábanas, el estudio totalmente vacío al igual que gran parte de la sala, baño y la habitación de su madre. La mayoría de las luces apagadas y cortinas abajo, dándole al sitio un toque sombrío y deprimente, y a pesar de tener la opción de modificarlo, solo no le daban ganas de hacerlo; estaba sintiéndose a gusto con el ambiente, pues comenzaba a sentirse así.
Solo restaba esperar, e informar la noticia a la única persona a quien se lo diría, además de Damien, claro.
Ese chico... ¿Si quiera consideraría verlo antes de partir? El solo considerarlo lo mataba. ¿Qué tal si solo todo fue un juego? Algo así como un juego bien jugado, pues había cedido ante él, ante su persona, ante su mirada y labios. Joder, de solo recordarlo le dan ganas de llamarse a si mismo 'marica', no sabía que fuera tan cursi. Es que, ¡carajo! ni siquiera sabía que era homosexual. Espera... ¿era propio decirse así a sí mismo? Que mas da, de todas formas no le daban ganas de "experimentar" con nadie más, pues el pelinegro le llenaba el pensamiento, sin creerse a si mismo la posibilidad de querer a otra persona. Consideraría lo de la sexualidad en cualquier otro momento, ese no. Mierda, lo quería demasiado como para que las ganas de tirarse y hacer berrinches como un niñato surgieran, estando en contra a los miles de kilómetros que debería recorrer en menos de 24 horas.
Comenzaba a obscurecer un poco, y duda que el azabache llegue. Cierra los ojos cansado, pues no ha dormido casi nada últimamente, y el solo pensar en todo lo que le pasaría hacía de su mente un horrible licuado. Se sienta en el piso. Justo en medio de lo que era el comedor, cruzando las piernas y cierra los ojos. Minutos pasaron hasta que su momento es interrumpido con el sonido del timbre. Habían llegado.
Se levanta sin ganas, y camina hacia la puerta. No sabía como se lo diría a su amigo, así que solo lo haría, justo como lo hizo con el otro. No quiere ni imaginarse del discurso que el inglés le arrojaría, más sin embargo ya no importaba, pues estaba seguro que no lo escucharía realmente, el solo lo daría a conocer. Abre la puerta y no se encuentra con uno, si no con dos cabezas rubias, con su rostro reflejando obvia preocupación. Y solo los deja pasar.
Volteó a ver al reloj una vez más. No, en definitiva no se movería de allí. Por mas que lo deseaba no podía salir de casa. En primer lugar, su padre no lo dejaría, debido a que notó como la noche anterior llegaba a obscuras a casa; le dijo que la próxima no lo dejaría ir a ninguna parte. Y en segundo lugar, de seguro los jodidos rubios estaban con él, y no se dejaría mostrar con ellos allí porque no lo haría después de que les dijo que no, y no se quedaría quieto teniendo al castaño a un lado. Puede que no le importara que el par lo supiera, pero no se pondría muchos límites si de algún modo no tuviera otra ocasión, y estaba casi seguro de que el otro tampoco.
Gira de nuevo en su cama para quedar viendo al techo. Gira de nuevo para ponerse de lado. El sol comenzaba a ocultarse y el aire corría con más fuerza, pues sus persianas comenzaban a hacer un molesto ruido cada vez que chocaban entre ellas.
No sabía que diablos iba a hacer. ¿En que momento lo vería? ¿En la mañana? ¿En la tarde? El no sabía.
Activó una alarma para que sonara dentro de un par de horas. Tenía sueño, pero tenía ganas de desvelarse haciendo lo que sea.
Cerró los ojos. Dormir lo relajaba, lo alejaba un momento de la realidad. Buscaría soluciones en cuanto despertara, y por mientras, solo reposaría un rato.
Subió a la habitación y se acostó empujando con los pies la maleta al suelo. Se cubrió con una frazada y bufó enfadado. Acababa de ver la hora: 9:24 PM. Le restó importancia y cerró los ojos buscando dormir un rato, y a pesar de sus horribles intentos, no lo consiguió.
Se paró y entró a hurtadillas al cuarto de su madre. Sabía que no estaba, sabía que podía hacer lo que quisiera, pero sentía como alguna clase de costumbre con solo acercarse al lugar. Avanza entre muebles vacíos y llega a un ventanal lo suficientemente perfecto para lo que necesitaba. Lo abrió y se recargó en el barandal. Sacó de su bolsillo la cajetilla de cigarrillos y el encendedor. Se dedicó a hacer lo que se hacía con aquellas cosas.
El aire bastante fresco se llevaba el humo, imposibilitando que se impregnara en sus ropas o en la misma habitación. Daba caladas tranquilas y mantenía los párpados abajo. Relajaba el cuerpo y sentía como sentía más ligero.
No era un total adicto, pues no lo hacía todo el tiempo, más sabe que no podría dejarlo permanentemente. En fin, uno de vez en cuando no afecta gravemente, ¿no?
Se acabó el primero, y no dudó en encender un segundo. Se limitaría al tercero y luego iría a dormir esperando lo mejor en lo que le espere.
Despertó. El cielo estaba totalmente obscuro. Su celular marcaba las once de la noche.
Tomó su Móvil y de rápidamente comenzó a teclear esperando una respuesta rápida. Se sentó y encendió la luz de la lámpara, una de sus manos recorrió sus cabellos y se quitó la playera sin prisa alguna. Se paró y se deshizo de los Jeans, solo para después ponerse el pantalón pijama y dejar su torso desnudo. Caminó hasta su baño y lavó sus dientes. Se escucha un sonido no muy escandaloso.
"Claro Damien, sabes que puedes pedirme lo que sea; aunque sospecho de que se tratará. Ya nos contó todo."
Saca algún block del cajón de su escritorio y con un lapicero comienza a bocetear lo que al principió fue algo y terminó en otra idea espontánea. Hace una pausa para responder el mensaje, explicándole con todo el detalle que podía. Y luego, se dedica a sombrear, delinear y difuminar con especial cuidado. Pasaron un par de horas y una vez terminado, solo guardó todo, satisfecho con el resultado final.
"Veré que puede hacer, aunque lo mas seguro es que si me permitan hacerlo. ¿Planeas avisarle? ¿Entonces faltarás mañana a la escuela? En fin, te aviso mañana por la mañana."
Escribió una respuesta y envió. Ya era bastante tarde, pues debía aceptar que a pesar de poder dibujar, se tardaba mucho por los detalles y el gusto de que quedara bien. Se levantó de su silla y bostezó. El sonido también se escuchó al cabo de unos minutos.
"De acuerdo. Entonces, hasta mañana. Buenas noches."
Bajó a la cocina y bebió agua. Y una vez acostado de nuevo en su cama, decidió ya no responder. Esa noche, durmió pacíficamente.
Su mañana solitaria transcurrió como siempre, desayunando monótonamente, dando vueltas por su casa sin buenas razones para ello, durmiendo en el sillón, piso y en todas partes. Llegada la tarde, comenzó a arreglar los últimos detalles: dejando instrucciones sobre papel sobre que deberían hacer con algunas cosas importantes, terminando de equipar sus últimas pertenencias, cerrando cada ventana perfectamente. Todo debía hacerse al pie de la letra, y esta era una letra exigente.
Recibió la tan esperada llamada. Le indicaron que en veinte minutos llegaría el auto... sus últimos veinte minutos en esa residencia. Suspira pesadamente como tantas veces en un pasado cercano. ¿Qué debería hacer ahora? Arrepentirse no podía, pues ni él había tomado la decisión; no podía seguir durmiendo, eso sería demasiado en una forma exagerada; no podía lamentarse porque ¿De que serviría de todas formas? ¿Seguir los pasos de depresivos sin remedio? No gracias. Si iba a hacer depresivo de alguna forma lo haría a su manera: mandando a todos al mismísimo carajo. Pero total, ¿Que no había hecho ya ambas cosas?
Llámese suerte, llámese desgracia, el auto llegó justo a tiempo, si no es que más temprano. Pudo escucharlo llegar, y el mismo abrió la puerta justo antes de que el hombre llegara a tocar el timbre. Este hombre, tenía un ligero acento francés, lo distinguió en seguida; vestía de traje y al verlo se presentó formalmente. Chris, solo correspondió con un movimiento de cabeza en señal de afirmación. El de cabellos plata, ayudó al muchacho con su única maleta (su madre ya se había llevado gran parte de sus cosas), ya que el resto de sus pertenencias prefirió guardarlas en una mochila de dos asas que ahora colgaba de sus hombros. Dio un último rápido recorrido por su casa, tanto en la planta superior como en la inferior con el propósito de revisar que todo estuviera en orden para cuando llegaran, y lo menos que quería era recibir críticas malas de su madre. Y, con un aire de resignación, le dijo al hombre que estaba listo.
Salieron por la puerta principal, y Christophe cerró con las correspondientes llaves, la cerradura de la misma. Atravesaron el patio hasta un elegante auto de color descriptible a ojos del inexperto como azul turquesa oscuro, de cuatro puertas. Entró y se sentó en la parte trasera, y el otro al entrar, solo le pidió que se pusiera el cinturón de seguridad. Chris obedeció.
El camino... ¿Que se puede decir de un camino por carretera? ¿Que se puede decir de un viaje de dos horas en auto y casi doscientos kilómetros? Se pudiera hablar de los diferentes paisajes que se apreciaron a través de los vidrios polarizados, o de como las nubes parecían incrementar a medida que llegaban y se adentraban a la ciudad, o como de repente todo parecía incrementar en número, desde edificios hasta de personas; pero no, realmente no podía describir sobre lo que vio pues realmente no puso atención en nada de eso. No, en el camino solo eran él y su mente. Veía los edificios y la gente caminando por las calles, sin embargo no las observaba. Notaba como la gran ciudad se alejaba para terminar en un aeropuerto, pero no le daba importancia.
Revisó la hora. Se hacía muy tarde.
Se estacionaron, y el hombre entregó las cosas al muchacho, pues su trabajo terminaba una vez que lo dejara en el lugar indicado y diera pequeñas informaciones respecto al boleto y equipaje. El seguía solo.
Entró a través de puertas dobles de cristal y divisó al instante las grandes cantidades de gente. En serio se había acostumbrado a lo pequeño del pueblo, meses viviendo en donde residen apenas otras mil personas, te llega a sorprender cuando estás en un sitio casi sobre-poblado. Avanzó hasta donde el hombre le había indicado, observando arte extraño por murales y gente de diferentes partes del mundo, al fin y al cabo es un aeropuerto internacional. Y justamente, en el segundo en el que pasó por el lado de filas de sillas color gris, pareciera que todo el mundo bajara el volumen de sus voces y se quedaran quietos, pues justo en ese segundo, escuchó su voz, de forma tan clara que extrañaba, como si lo tuviera muy cerca; de forma tan quebrada que se notaba que se había esforzado por decirlas.
-¿De verdad pensabas irte sin que me despidiera?
Giró rápidamente, fue toda una sorpresa. Hablaba un tanto sarcástico. Al observarlo sentado allí, descansando su pierna sobre la otra de la forma "común" en hombres, vistiendo una camisa color gris azulada y tennis blancos, viéndolo solo a él entre tantas personas, y aunque mantenía una expresión seria, el notaba que realmente no era así, su mirada lo delataba. Sonrío sin desearlo y avanzó los metros que los separaba. El contrario sonrió también, pues no creía que el otro realmente se sorprendiera, y a la par que Christophe se acercaba, el se paró, para quedar ambos de frente. Y se quedaron en silencio, sin realmente no saber que decir, sin saber como empezar. Sus sonrisas se deshicieron. Una severa tristeza se notaba en ambos, y aunque intentaran disimularlo, la misma situación no se los permitía. Sus respiraciones se agitaban y algo aplastaba su pecho. Un revoltijo en su estómago y su mente comenzaba a plantearse la posibilidad de abrazar al otro sin motivo, solo por el gusto de tenerse entre los brazos. El pelinegro agachó la mirada, pues comenzaba a sentirse débil ante todo.
La gente pasaba sin tomar importancia a lo que sea que no fuera sus propios asuntos, el reloj avanzaba restándole su tiempo ante lo inminente.
-Pov Damien-
El puso la mano cuidadosamente sobre mi hombro y en ese instante levanté la cabeza. Lo voltee a ver directo a los ojos. El me observaba con la misma intensidad de siempre, con una mirada penetrante que me hipnotizaba, con un tono intenso que anhelaba; pero esta vez en sus ojos, en sus hermosos ojos cafés, pude notar gran cantidad de tristeza. Me mordí el labio inferior, pues no sabía ni como reaccionar o actuar. Lo sospechaba y sabía bien es lo que seguía.
-Ni siquiera consideraba irme sin ti...- Hace una pausa. Me sorprende de sobremanera su comentario, y pasa sus dedos por mi mejilla. -Es una lástima que yo ni lo decida.
Aprieto los ojos con fuerza y agacho la mirada de nuevo... me sentía tan cansado. Sentía como mis ojos se humedecían cada vez más, cada vez que pensaba en lo que sea que pasará, en los futuros días sin su compañía. Convertí mis manos en un par de puños, pues me sentía tan impotente. Si había algo que no había experimentado era una cruel impotencia, y en ese momento y sin esfuerzo alguno, el ya lo había hecho, así no más. No tenía el poder de cambiar las cosas, solo era un espectador del cruel juego que la vida me arrojaba sin piedad.
-¿Si quiera lo intentaste?
Sentí un abrazo de repente. Un fuerte abrazo de la persona que tenía enfrente. Cada vez que lo hacía me sentía protegido, me sentía... tan bien. Con un brazo rodeó mi torso y con la otra, con su mano, acariciaba mi cabello obscuro. Correspondí de inmediato a dicho abrazo con aquella misma fuerza o quizás con aun más aún. Cerré los ojos y me hundí en la sensación. Inhalaba de su aroma profundamente, tratando de no olvidar nunca ese perfume, y a pesar de que Chris negara usar alguna de esas cosas "maricas", era el mejor que conocía en toda la jodida existencia. ¡Y es que olía tan bien! Le daba ese toque masculino extra que tanto y siempre me fascinó del chico. Y el hecho de sentir los brazos de él, rodeándome por la espalda... esos brazos... bien marcados (aunque sin exagerar), lleno de pequeñas cicatrices y moretones... eran mi perdición. Todo él es mi perdición.
-¿Tu crees que por ti me rendiría fácilmente?
Dijo el con voz baja, revolviendo mis cabellos con suavidad.
Sostuvimos durante pocos minutos aquel hermoso abrazo del cual no queríamos ver terminar. Ambos sollozábamos ligeramente, alcanzaba a escucharlo a el también. Y la gente no nos importó: estábamos los dos, parados a vista de cualquiera que prestara atención. La gente pasaba y seguía pasando, preocupados por sus maletas y horarios. Voces en todos lados y el ruido de un avión despegando a lo lejos se hacía presente. El altavoz anunciaba el siguiente vuelo que se iba en la noche: el vuelo con destino a New York.
Besó mi mejilla sin romper el abrazo y yo solo me quede quieto, con la mirada perdida; no me movía y no deseaba hacerlo. No quería actuar, no deseaba en lo absoluto soltar el abrazo porque después vendría la despedida y el horrible 'adiós'. No deseaba quedarme solo de nuevo, sin compañía. Y sobre todo no deseaba perderlo a él, y aunque no estuviera del nada seguro, yo lo consideraba ya como algo así como el llamado 'amor de vida'.
-Damien...- lo oigo que me llama entre un pequeño suspiro.
Y me aferro más a él. Sujetando su camisa con fuerza, como si de eso dependiera todo lo demás.
-Es hora. No puedo llegar tarde.
El de repente se separa y me toma por los hombros con dureza. Me mira a los ojos y me siento débil a su lado, débil si me comparaba con él. Sus ojos estaban tan irritados como los míos y no puedo evitar temblar un poco. Podía observar en su mirada que el estaba tan destrozado como yo, sin embargo, el se mostraba tan fuerte... el fingía tan bien. Agacho la cabeza para dejar de verlo. A pesar de que quisiera observar sus ojos todo el tiempo, no tenía el valor en el momento para sostener una mirada y mucho menos si se trataba de la suya. Con su mano levanta mi mentón para clavarme la mirada una vez más y, de nuevo, susurró "Es hora".
Lloré. Dejé caer la cabeza en su hombro y sé que alguna lágrima imprudente mojó su camisa... allí mismo. Allí entre tantas personas. Jamás pensé que lo haría, llorar en público jamás me lo permití; me haría quedar mal conmigo mismo. Y ahora, ahora lo hacia casi sin estribos. Yo ocultaba mi rostro en su pecho y llevaba mis manos a mi rostro, para tratar de secar aquella delincuente que recorrió mi mejilla. Rodeó mi cuello con sus brazos, y sentía delicadas palmadas en mi espalda; deseaba que me calmara...
-Tu no puedes dejarme ¡tu no puedes dejarme así nada más!
Triste es que realmente su intentos no funcionaban.
Gritaba entre sollozos. No conocí su reacción, y no se si tenía ganas de conocerla. No supe si se molesto, no se si le incomodó, o si se puso mas triste... no lo dijo. No lo mostró. No pregunté. Me sentía con temor, y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando escuché de nuevo aquel horrible parlante hablar. No entendía lo que decía, estaba perdido en mi mismo como para tomar conciencia de los alrededores. Y él... él se separó de repente. Notaba su respiración acelerada, notaba sus húmedos ojos. Suspiró, y su voz delicada fue lo que me hizo reaccionar.
-Je reviens, mon amour.
Cada palabra pronunciada a la perfección. Un francés envidiable, un acento encantador...
-No... Joder, ¡No! no puedes...
Mi voz tímida buscando intentar arreglar un caso perdido...
-Lo prometo.
-Pero...
-He dicho.
...Y él sellando el destino de ambos.
¿Todo aquello si quiera valía la pena? Ya lo había olvidado. Si valía la pena estar allí, lo mas seguro es que hiciera lo correcto. Pero estaba tan concentrado en nada que no fuera su persona, que me olvidé de mi mismo y el mundo. Tanto era mi amor y mi deseo de conservarlo a mi lado, que sencillamente no me importaba los alrededores.
Correspondí con su mirada y ni cuenta me di cuando ya no estaba cercano a mí. Sequé mis lágrimas ya inexistentes de mis mejillas y el se alejó otro pequeño paso hacia atrás.
-Por lo que más quieras, Christophe... Cuídate.
Me sonrió. Una sonrisa triste, pero el ver una silueta delinear sus labios fue suficiente para que yo hiciera lo mismo. Y de repente, agacha él la mirada. Sus coloreadas mejillas eran notables, y a mi punto de vista, adorables. Mucho.
-Siempre lo hago. Y tú cuídate también.
Subió la vista para volver a vernos. Mi sonrisa se deshace, con solo verlo a él y una lágrima a punto de escapar. Me acerco de nuevo a él tomando la excusa de ser yo mismo el que levante su mochila del suelo, donde él la había dejado en algún momento. Le hago entrega, y me sonríe de nuevo. Me sobre-esfuerzo para no comérmelo a besos en ese instante. Alzo mi mano para limpiar esa misma lágrima de su rostro, y el me detiene, para hacerlo rápidamente por su cuenta. Le resto importancia. Me observa de nuevo y sonríe, de una manera un poco más alegre.
-Te quiero.
Y sin darme ni tiempo de responder, da media vuelta. Al principio me sorprendo por la acción, y luego... me doy cuenta de que se trata de Chris, y que eso no debería preocuparme, y no importa, pues no necesita que lo diga para que él también sepa que le correspondo. Me enderezo y lo observo caminar con algo de prisa hasta lograr perderse entre gente, entre pasillos y puertas.
Ver su cabello café revolotear con las corrientes de aire, su mochila en su espalda y lo demás en mano, pasos firmes; pasos decididos, dirigiéndose hacia quien sabe donde, él solo... esa fue mi última imagen de él, antes de perderlo de vista.
Me muerdo un labio con fuerza, y cruzo los brazos en mi pecho, aprisionándome por la fuerza. Mi mirada delataba todo. Mis piernas pedían a gritos salir corriendo tras de él, y mi mente solo decía que ya era tarde, pues pasó lo que pensaba. Lo que se tenía avisado, lo que puede tenía que pasar. Había sucedido lo que me jamás me imaginé... Se había ido.
...
-Pov Chris-
Y no podía seguir viéndolo así, simplemente no podía. Me rompía el corazón verlo y sentirlo así, pues temblaba un poco. ¡Y todo aquel drama por mi culpa! ¡Toda! Damien recargaba su cabeza en mi pecho y yo resistía el ceder frente a él. Y solo rodeé tímidamente su cuello con mis brazos, para después dar delicadas palmadas. Joder, ni siquiera sabía lo que hacía... ese chico me tenía hecho un desastre. Y es que... sentía temor, he de aceptarlo. Verlo en aquella situación jamás me lo imagine. No se si en algún punto fingió como yo, pero a pesar de todo, el siempre me pareció tan impenetrable en situaciones delicadas... tan frío, a pesar de todo lo que habíamos pasado.
-Tu no puedes dejarme ¡Tu no puedes dejarme así nada más!
Su voz me preocupaba y me incitaba a hacer hasta lo imposible con tal de arreglarlo... pero era tarde.
El altavoz dio el anuncio de nuevo. Mi avión estaba a punto de despegar y no había otra opción, debía ir. Me separé de él cuidadosamente, sin soltar uno de sus hombros. Suspiro pesadamente. Nadie me había dicho que esto sería tan difícil.
-Je reviens, mon amour.- dije con suma delicadeza, separando mi mano de su Hombro.
Tomé una gran bocanada de aire buscando calmarme...
-No... Joder, ¡No! no puedes...
Cada palabra perforada en mi mente. Odiándome por hacerle daño...
-Lo prometo.
-Pero...
-He dicho.
...Sellando una promesa sin estar seguro de como lograrla.
En el fondo solo deseaba escapar y no aceptar lo que me esperaba, huir de todo para olvidar todo un momento y a pensar de realmente desearlo en algún punto, él me hacía abrir los ojos y darme cuenta que por él, el mundo ya no parecía tan malo, por lo menos mi mundo. Pero debía seguir... Me alejé un par de pasos, sabiendo perfectamente lo que ya estaba pasando.
-Por lo que más quieras, Christophe... Cuídate.
El solo comentario es suficiente para hacerme sonreír. ¿Por qué le importaba tanto? El saber que el otro era algo sobre protector conmigo me agrada mucho. Y agacho la mirada un poco avergonzado. Cada recuerdo reaparece en mi mente, y estos mismos me atacan por la espalda haciéndome saber que ya no los gozaría más.
-Siempre lo hago. Y tú cuídate también.
Muerdo uno de mis labios con solo considerar lo mucho que lo extrañaré. Joder, de seguro no tengo ni idea de cuanto lo haré. Y antes de ser más sospechoso vuelvo a subir la vista, para clavarle la mirada una vez más. Su sonrisa se deshace y eso se contagia, pues mi expresión ahora delataba preocupación. Se acerca, toma la mochila del suelo, y no puedo evitar pensar en lo lindo que se ve. Sonrío. Acerca su mano a mi rostro y lo detengo, pues no noté cuando mis propios ojos se humedecieron; y aunque sentir su piel de nuevo era lo que más deseaba... no podía dejarlo hacerlo; no puedo ser tan débil... no con lo que me esperaba. Limpio mis ojos por mi cuenta y trato de compensar el acto un poco brusco con otra sincera sonrisa.
-Te quiero.
Se lo digo de corazón. No miento, nunca le mentiría; no sería capaz de ser aún más cruel con lo que sea que a él le esperaba.
Y sin pensarlo mucho, giré y comencé a caminar. Se acababa el tiempo, se nos acabó el tiempo. En mi mano, mi maleta. En la espalda, mi mochila. Y a el... a el lo había dejado solo. Mil veces consideré regresar y aprisionarlo contra mí, mil veces me dije que siguiera caminando, pues de regresar, la despedida sería aún peor. Pero el momento era ahora o nunca. Debía retirarme en ese instante si quería alcanzar el vuelo y solo lo hice.
Gente amontonándose en todos lados, buscando llegar a tiempo. Gente que ni siquiera nota su alrededor. Multitudes monótonas. Multitud moderna. Caminé entre ellas, adentrándome más entre pasillos y demás. Trataba de respirar despacio y concentrarme en lo que hacía, a pesar de que era inútil... yo no podría olvidarle. Una desagradable sensación en mi pecho, un nudo en mi garganta. Pasó lo que pensaba. Se lograría lo planeado. Sucedió lo peor que pude haber imaginado: me había ido.
uhm, yeap. Allí esta el doce.
Adelante, deja un review, yo se que tienes que decir algo al respecto.
