No suelo hacer esto pero... lo creo necesario.
* Soundtrack sugerido: Dansbanan -Detektivbyran *


-Pov Christophe-

Y a pesar de a penas poder descansar, debido a los incómodos sillones, debido al hecho de no estar tranquilo, se ha completado ya el aterrizaje. Y siendo alrededor de las siete de la mañana, mi cuerpo aún pesa y toda luz me molesta. ¿Tengo opciones? Naah.

New York estuvo... agh, bueno, ni siquiera salí del aeropuerto; eso fue algo injusto. Nunca he visitado la ciudad y mis deseos de hacerlo no quedaron satisfechos. Como a eso de la una de la mañana llegué; lendo, ¿no? Y no estuvo tan mal. No hubo complicaciones, no hubo problemas y yeap, dormí en todo el trayecto de NYC hasta aquí. ¿Qué otra cosa hubiera hecho, de todas formas? La comida en la madrugada y películas en francés (supongo, que para "emocionar" mas a los que viajan) no iban a entretenerme mucho, de todas formas.

Me acomodo en el asiento y me tallo los ojos. Frunzo el ceño casi por costumbre propia y doblo mi cuello y muñecas sin cuidado alguno logrando así, que mis huesos crujieran. Me quedo observando como la gente sale avanzando por el largo pasillo alfombrado, y cuando considero que es el momento, me levanto, llevando a cuestas mi mochila. Camino, camino, más gente, más gente. Extranjeros, maletas, y residentes. Termino en medio de la parte principal del aeropuerto; en medio del barullo, del estrés. En medio de todo el lugar, punto de encuentro, a un lado de sillones y sillas donde personas esperan su vuelo mientras leen cualquier revista o conversan con el de al lado. En medio de mas gente, hablando en voz alta, principalmente, mi hermosa lengua natal.

Los ventanales lejanos me permiten ver un poco del exterior: Francia, Beauvais... tan bella como siempre. Llegué mas rápido de lo que se me hubiera ocurrido. Prácticamente dormí todo el tiempo de ambos vuelos y en cualquier caso, hubiera preferido eso, pues no hubiera gustado escuchar a aeromozas ofrecer bebidas artificiales. Otro ventanal, al lado contrario del primero, mostraba parte de la pista de aterrizaje de los múltiples aviones que llegaban constantemente.

Busco el sitio, y recibo mi equipaje, según lo indicado. Y con la maleta en mano, solo me da por ir a donde anteriormente había observado la 'sala de espera', por llamarla de alguna forma. Me siento. Me han dicho que alguien se encargaría de localizarme y recogerme, por lo que solo tengo que esperar a cualquier hombre empleado del el Jefe y me iré de este lugar. Levanto mi vista y observo a las personas, todas se parecen. Es decir ¡Jodidas modas! Nadie se salva de ellas, aparentemente, pues noto que es la misma la situación a pesar de estar en un continente distinto. Estoy yo, sentado en una hilera de sillas sencillas de color rojas, a mi izquierda se acaba la hilera, a mi derecha un espacio vacío, seguido de un par de hombres vestidos casualmente. Uno de ellos lee un folleto, el otro escribe en su móvil. Detrás de mi, mas personas sentadas, y delante, gente caminado. Dior, no es que haya tanta gente como en el aeropuerto de New York, pero aún es molesto, pues cierto es que Beauvais es una ciudad bastante poblada. No tanto como París, lógico, pero lo suficiente para sentirte rodeado todo el tiempo.

Pasan minutos y minutos, y cuando menos me lo espero, un hombre de traje gris aparece ante mí. Un hombre ya mayor, que si tuviera que calcular su edad respondería 'Alrededor de los cincuenta y cinco'. Cabellos color plata y piel muy clara con ojos color olivo.

-¿Christophe De'lorne?- hablaba con sutileza y elegancia. Delicadeza y firmeza.

-oui...- respondo secamente.

-Por favor, acompáñeme.

Extrañamente, me habla en el segundo idioma que domino, seguramente para darme comodidad de alguna forma; Hace años que no hablo únicamente francés para comunicarme. El acento de aquél hombre mayor era muy pronunciado, por lo que supongo que no hace mucho debió aprender el idioma. Avanzo detrás y no muy lejos de él, mientras el sujeto carga mi maleta, mientras yo sigo observando los altos techos del lugar; hasta que llegamos a lo que es la entrada delantera. Caminamos hasta el exterior, y después estar sofocado de gente y horas en un sitio cerrado, por fin respiro aire fresco. Suerte que me decidí por conservar el abrigo gris que previamente me puse, el viento no corría pero se podía apreciar el frío clima a la perfección. El olor del lugar también es distinto al que acostumbro, aquí no huele a humedad y madera... huele a ciudad súper poblada. En definitiva esto no es como el pueblo al cual ya me había adaptado. Observo indiscretamente a las personas que pasan caminando deprisa por delante de mí, caminando con alguna cámara en la mano, a los edificios que se aprecian en la lejanía, y a todo lo demás.

A orilla de la banqueta, un lujoso auto color cobre con vidrios polarizados muy obscuros con cuatro puertas, y una de ellas, mantenida abierta por el hombre. Me observa en silencio, esperando que reaccione a su acto. Unos segundos más viendo y observando mis alrededores, afirmo con un movimiento de cabeza e ingreso. El hombre cierra la puerta después de que entro por completo. Me quito mi mochila y la dejo en el asiento opuesto. Giro para observar por el vidrio trasero, para notar como el anciano guarda la maleta en la cajuela y camina hacia el lado del conductor. Me reacomodo en mi lugar y me pongo el cinturón, estando seguro de que igual el señor me lo pedirá. Sube él y se dispone a conducir con calma, en marcha al lugar indicado, sin dirigirme la palabra, y sin duda, eso no me disgusta.

Cada edificio viejo está en su lugar, nuevos edificios a la escena; todo ha crecido bastante desde mi niñez. Mas gente, mas tráfico, mas turistas, mas edificios, mas de todo. Miro uno que otro restaurante conocido, miro alguna que otra intersección familiar. Miro la misma gran catedral de la ciudad y observo al sujeto que conduce: tan serio como siempre. Las ramas de los árboles bailan al son de alguna melodía estilo musette. Veo pájaros que vuelan por allí al ritmo de los acordeones y mujeres andando con Piaf como acompañamiento. Y no puedo evitar sentirme bien de alguna forma. Siempre amaré a mi país, por más que lo niegue ante cualquiera. He visitado las mayores ciudades de Francia y todas me parecen espectaculares a su modo. No hay forma en la que me desagraden las costumbres y la gente suele no molestarse mucho por lo que sea. Oh si, este lugar es lo mío.

Y después de pasar por el centro de la ciudad y sus lugares mas conocidos, los boulevares se convierten en sencillas calles y los edificios en residencias comunes; salimos de a poco de la ciudad. El trayecto me parece mas largo de lo que recordaba, ¿o es que en serio no reconozco ya a la ciudad? Comenzamos a avanzar por un camino empedrado, que pronto se convierte a uno de cemento. Se divisa un gran campo verde sobre llanuras y el sol comienza a resplandecer en lo alto, siendo acompañado sutilmente por nubes inofensivas. Las casas desaparecen por algunos tramos y árboles contornean el camino. Bajo la ventanilla y el aire me despeina. Sonrío ligeramente sin considerarlo, ya podía reconocer el lugar. El auto de pronto se desvía hacia un camino empedrado por la izquierda y comienza a conducir más lentamente.

Por varios metros más eran más árboles, tapando ligeramente la luz, y de repente, se detiene. Subo mi vidrio y miro como un enorme portón de rejas negras se abre. El auto ingresa avanzando metros y mas metros de camino hasta la entrada principal de una gran casa, mansión o como a cualquiera se le ocurra llamarle. Cuatro plantas, color vino en su exterior con numerosa cantidad de ventanas, todas o la mayoría cubiertas con cortinas. Enredaderas colándose en algunas esquinas de las paredes y se apreciaban balcones en varias habitaciones. Tejados obscuros y una gran puerta de madera genuina justo en frente y en medio de todo el edificio. Por otra parte, estaba el patio exterior: cuarenta metros de frente y mucho, mucho espacio libre; Se podría construir otra casa del mismo tamaño en él. Una fuente delante a la puerta, solo dando espacio para que un auto pase por allí, siendo usada como una glorieta. Vigilancia en todos lados, desde en él portón de entrada, en una cabina de seguridad, como en el resto de la zona libre. Hombres que andan allí, uniformados, solo asegurándose de que el sitio esté despejado de cualquier extraño.

El hombre apaga el vehículo y alguien abre la puerta del auto, otro buen mayordomo. Salgo, sin preocuparme de mis pertenencias, avanzo algunos pasos hacia la entrada. Recordaba ese lugar a la perfección, sabía perfectamente donde estaba. En este sitio solía jugar de niño, corría por estos grandes patios empastados y me mojaba en la fuente delantera. Jugaba con una pelota de béisbol por aquel rumbo y paseaba en los columpios del patio trasero. Estaba, como algunos dirían, en casa. Y a pesar de que este lugar no pertenece a ningún familiar de sangre, en este sitio pasé gran parte de mi tiempo de infancia, si no es que todo, pues mis padres me dejaban aquí cuando trabajaban, o sea, todo el tiempo.

Camino hasta las puertas dobles que conforman la entrada principal, subiendo por un par de escalones enmarcados a los lados con algunas plantas sencillas, y otro hombre, mas joven que el que me recogió, me abre la puerta; agradezco el gesto asintiéndole con la cabeza, aunque mi rostro muestre seriedad. Puedo apreciar la recepción de la mansión, y me quedo un momento analizando: todo como lo recuerdo. Aparentemente no se habían preocupado mucho en renovar la decoración, pues muchas de las cosas seguían en su lugar. Floreros sobre mesas iguales (¿o eran las mismas?), cortinas con similares estilos a los anteriores, paredes del mismo color. Cuadros, pinturas y fotografías ampliadas sobre los mismos sitios, y alfombra del mismo color carmesí. Casi podía distinguir el mismo aroma a limpieza, aromatizantes, y flores naturales que en parte caracterizaba al lugar. Casi podía sospechar que nadie había movido nada de su lugar en años para darle gusto al Jefe, quien gustaba enormemente de conservar costumbres y de mantener todo ordenado y en su lugar.

De sorpresa, otro hombre se me acerca. Este aparenta estar a plena flor de la vida, pues su rostro casi totalmente de cualquier arruga o imperfección que lo revela. Y a ese hombre lo recuerdo: es uno de los hijos de los guardias mas apegados a Beaumont. Llegó a jugar conmigo cuando era un niño, pues si mal lo recuerdo, no nos llevamos por más de quince años.

-Beaumont lo espera en su oficina, De'lorne.

Ya veía venir ese mensaje, informándomelo con un tono serio. También habla en el idioma, creo que ya todos tenían sus órdenes de que me hablaran de esa forma. El acento no es muy marcado, pero si notorio. Le sonrío.

-Te lo agradezco, Aubriot.

Distingo de inmediato su rostro de sorpresa. Asiento con la cabeza y corresponde. Se retira con una diminuta sonrisa, de seguro no esperaba que lo reconociera.

Poso mi vista las imponentes escaleras del lugar. Justo delante de la entrada, a unos diez metros de la puerta. Son innecesariamente amplias, siete personas podrían pasar en hilera horizontal y al mismo tiempo. Cada escalón forrado de la parte media con más alfombra y barandal de madera pintada de blanco marfil. Camino con pasos firmes hacia arriba, deslizando mi mano por el barandal, llegando así al segundo piso. Un largo pasillo horizontal a la escalera es con lo que me topo; mas cuadros en las paredes, varias puertas y una dama limpiando delicadamente unos floreros. Aquí, las paredes parecen de madera pura de tonos obscuros y bien barnizados, me sorprende la limpieza. El piso tiene una alfombra café y se aprecia muy bien el candelabro que reluce al entrar a la casa. Giro a la derecha. No tengo prisa al caminar. Paso algunas puertas y paso la escalera que lleva al tercer piso. Reconozco una estatua de alguna especie de ángel sobre una mesa, reconozco el gran par de puertas al final del pasillo. Esta puerta tiene vidrio incrustado en él, y un hombre y una mujer vestidos similares y armados haciendo guardia a esa entrada. Con solo verme me saludan con algún ademán elegante y toman las perillas, para al mismo tiempo, incrustarle una llave a cada perilla y abrir las cerraduras. Y con una pose firme, abren las puertas al par de la contraria, retirándose ambos del camino, abriéndome paso y vista al interior de la gran oficina.

No les menciono nada a los guardias, y camino unos metros más. Como todo lo demás, la habitación está alfombrada y adornada con estatuillas y pinturas. De fondo se escucha discreta música instrumental, algunas plantas en las esquinas del lugar y un ventanal abarcando toda la pared de fondo e iluminando todo. Un gran y elegante escritorio lleno de documentos y más decoración. Un pequeño recibidor con un par de sofás y otro par de sillas delante al escritorio. Aroma a incienso y té humeante sobre la mesa. Ante mí: la oficina personal y principal de Joseph Beaumont.

Un hombre mayor, de cabellos grises y piel blanca, de algún costoso traje azul marino y corbata del mismo color, ojos azules y facciones refinadas, sentado detrás del escritorio, leyendo algunas cuantas hojas con cuidado. Está acompañado por una dama de vestimenta muy elegante y cabellos castaños recogidos totalmente a excepción de algunos mechones que se colaban frente a sus orejas. Joyería de toda clase sobre su piel y supongo que porta alguna clase de calzado con tacón, pues no recuerdo haberla visto antes tan alta. Ella veía bastante tranquila mientras observaba como el hombre leía los documentos. Se encontraba justo parada a un costado de él, y el señor parecía estar satisfecho con ello, pues Annette De'lorne, mas que alguna clase de secretaria o asistente, era ahora como su mano derecha.

Madre siente como la observo y gira a verme, esboza una pequeña sonrisa ante mí. Sin dejar de verme, ella posa su mano en uno de los hombros de Beaumont y ahora él es quien levanta la vista. Prácticamente se le ilumina el rostro al verme y sonríe ante mi presencia. Por mi parte, mi rostro sigue neutro y sin muchos cambios, pues predecía las acciones de ambos.

El hombre se para de su sillón-silla, y abre los brazos, como si estuviera viendo o admirando algo realmente asombroso, como si presentara o presenciara una gran obra.

-¡Christophe!

La sonrisa del hombre es egocéntrica, la de mi madre, de sorpresa o satisfacción, ambas con un toque de malicia, pues, estoy seguro, que mi llegada es como la navidad para ese sujeto. Mi llegada es la llegada de otro juguete al equipo de su compañía, la llegada de otra cabeza a quien poder dar órdenes para cumplir caprichos. Me estoy condenando. Estoy cayendo en su trampa y estoy consciente, pues me ha orillado a no tener opciones, a ser este mi destino.

No devuelvo sus sonrisas tétricas y en cambio, me paro con mas firmeza y llevando mis pulgares al los bolsillos de mis jeans.

-Por favor... llámeme: Le Mole.

Su sonrisa se ensancha aún más y de a poco regresa a posar sus manos en el escritorio. Annette regresa a tener una sencilla y pequeña sonrisa, aunque sus ojos muestren superioridad. Mi voz seria demostrando que iba en serio, no dejándome ver como alguien débil ante ellos.

Sellando un trato no escrito sobre papel, sellando y continuando con una cadena interminable de errores. Y aquí, aquí es uno de los comienzos del fin: Un fin impredecible tras un comienzo esperado. Irónico.

He de decir que haré lo que sea necesario, y obedeceré a mis superiores con la intención de poder superar a aquellos que me oprimieron, a aquellos que me separaron de mi antigua existencia. He de decir que si acepto es para poder renunciar algún día, y si los respeto es para poder gritarles algún día. He de decir que si me reprimí tan fácil, fue para lograr volverme fuerte con el tiempo, y si hago eso, es para poder derribarlos a su tiempo. He de decir que no pienso olvidarlo, y que esperaré lo necesario para poder ver su regreso. Y debo decir que lo quise y que lo quiero, y ni siquiera se si estamos destinados, pero haré lo posible por que así sea, pues no mentí cuando le prometí que regresaría, y derramaré sangre si es necesario, por que así sea.

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