La primera parte es un seguimiento directo al capítulo anterior; después, se vuelve un estilo "flashback".
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II: Complication
Se detuvo al borde de la llanura desolada de hielo. La caminata sería larga, y una vez iniciada, no habría vuelta atrás hasta arribar a su destinación. Exhaló, vaciándose de dudas, temores y remordimientos. Dio el primer paso, y meditaba sobre algunas cosas en el camino.
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Recordaba, entretenido, que los entrenamientos no eran sesiones de riguroso combate o lecciones exhaustivas sobre el idóneo control del cosmo todo el tiempo (de igual manera, disfrutó esas partes del adiestramiento, en cualquier caso): los maestros permitían la variación en sus métodos como recurso invaluable en el proceso de instrucción de los caballeros que tenían bajo su responsabilidad.
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Eran dos todas las mañanas. Seis días de siete bajaban a satisfacer sus obligaciones como guerreros al servicio de una divinidad que juró en tiempos fuera de memoria proteger la Tierra; el séptimo estaba a la disposición de los jovencitos para usar a su libre albedrío.
Uno de ellos había viajado bastante para llegar a su destino—desde la Francia—y se encontró con dificultades adicionales a la prueba que había de superar, que no le eran, de ningún modo, gratas: a la sensación de soledad se le sumaba la ignorancia del idioma local. En contraste, el otro niño era natal de la misma Grecia, por lo que conocía bastante los alrededores del santuario. Era una de sus caras más conocidas, y dado que ya llevaba varios años merodeando por cada rincón en las proximidades, era una de las presencias más bienvenidas en el pueblo.
El primero era pelirrojo; el segundo, rubio. El galo era callado; el griego, extrovertido. El primero más dado a lo intelectual, regido por valores como sabiduría y el honor; el segundo, un hombre de acciones con aspiraciones a grandeza mediante fuerza y gloria. El menor de ellos por unos meses, llamado Camus, tenía la piel blanca, pulcra; el otro, de un bronceado permanente, tenía por nombre Milo.
Y había, por encima de todo lo demás, dos cosas que seguido atraían la atención de la gente. La primera, que ambos tenían los ojos azules—turquesas pálidas y fáciles de leer el uno, zafiros oscuros indescifrables el otro. La segunda, que a pesar de naturalezas tan diferentes, eran mejores amigos.
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Esa mañana se toparon con Aioria en su descenso. A pesar de ser sumamente egoísta de su tiempo juntos, a Milo no parecía molestarle demasiado la presencia del caballero de Leo—quizá porque nunca lo consideró como una amenaza directa en contra de lo que había entre él y Camus.
El pequeño francés notaba cómo eran tan preocupantemente similares en demasiadas cosas, carácter inclusive. Aioria tenía un complejo y severo caso de hermanitis que le hacía depender demasiado de la aprobación de Aioros...y Milo había venido desarrollando un caso muy parecido con Camus.
...Y aunque no lo admitiría, el galo, en su interior, se regocijaba por ello.
La conversación animada de ambos niños griegos lo mantenía a una orilla, como espectador. Después de cierto punto, cerraba sus oídos a la cacofonía de argumentos. Asentía donde y cuando necesario; comentaba si requerido; pero de ahí en más, no le nacía interactuar. Por educación—y consideración a Milo, sobre todo—ponía atención.
Para cuando él había llegado, Milo y Aioria llevaban tiempo ya de conocerse; por esa razón, quizá, no se sentía con derecho a encelarse por esa amistad. Afortunadamente, aunque en ocasiones se sentía incómodo y se acomplejaba al recordar que los dos griegos tenían más cosas en común, al final siempre era confortado por la preferencia que Milo le mostraba tan abiertamente y con harta frecuencia sobre todos y todo lo demás...y se aseguraba de que el galo lo supiera.
Los observaba desde una moderada distancia de unos pasos, paciente. No se cansaban de hablar. Jamás. 'Otra vez discutiendo.' Por todo alegaban. Ocasionalmente lo exhortaban a interceder por uno u otro como árbitro en las discusiones interminables. Daba un veredicto, siempre imparcial y sólo después de haber escuchado a ambos, y se limitaba a observar cómo peleaban otra vez. Lo mareaba la dinámica.
Aioros salió del templo de su hermano menor, tomando un momento para apreciar y comentar sobre el cielo despejado, y Aioria acudió a formarse a su lado. Los guardianes de los templos octavo y onceavo saludaron respetuosamente al mayor, y él sonrió, conmovido por la imagen de los dos amigos que no dejaban de parecerle un par de ancianos por su inmutable rutina matutina.
Tras intercambiar cortesías, Milo y Aioria encontraron un nuevo pretexto para discutir. A Camus no le molestaba tanto ahora que estaba Aioros en las cercanías para mantener a los dos rufianes en línea cuando las cosas amenazaran con divergir de lo placentero.
En esta ocasión, iban los dos niños griegos adelante, sin decir nada, pero enterrándose el codo en las costillas por turnos, y se podía apreciar que pronto saldría de control el juego.
Atrás, Camus exhaló cuando escuchó el primer quejido. Aioros optó por ignorarlo de momento, mejor volteando a atender al muchachito que iba a su lado. "Mm?"
"No aprenden," bufó Camus, aburrido.
Aioros devolvió su atención a los dos frente a él, meditabundo. "Mm."
Camus le estudiaba, mientras: jamás parecía perder la sonrisa el tipo, pensó. 'Probablemente morirá con ella en los labios.'
"Todo lo contrario," opinó Aioros en voz alta repentinamente, sacando al pequeño de su análisis de carácter. "Todos los días aprenden algo nuevo."
Camus hizo una mueca, escéptico. "¿Qué aprenden ellos de llevarse así todos los días cuando siempre terminan—"
"AAAH! ¡Desgraciado!"
"...peleando..."
Aioros bajó la mirada, riendo discretamente. "Veamos. Todas las mañanas este par se encuentran y se saludan, y no pierden tiempo en agarrarse de los cabellos¿no as así?"
Camus afirmó lo obvio.
"¿Y de verdad crees que no aprenden nada de ello?"
Camus parpadeó, sin acabar de entender la pregunta.
Aioros levantó su dedo índice al aire, señalando su ojo, después a su cabeza. 'Observa. Piensa.' Disponía de la entera atención del pequeño.
"Muchachos."
Se detuvieron enseguida, puños en el aire, y atendieron a Aioros. "El entrenamiento de hoy será un poco diferente. Estén listos." Distraídos de momento de su altercado, caminaron tranquilos un rato, conjeturando sobre lo que les esperaba al llegar a su destino. Pasada la tregua, retomaron donde habían dejado las cosas.
"Apuesto a que soy más rápido que tú."
"Pff. Por favor. Hasta crees."
Hubo una pausa. Voltearon a verse uno al otro. Comenzaron a correr cuesta abajo como si sus vidas dependieran de ello.
Curioso, Camus sólo atendía al mayor. "Cuando lleguemos," habló Aioros, sin voltear a ver a su compañero, "convenceré a Saga a movilizarlos a todos al campo abierto para el ejercicio de hoy." Sonreía sospechosamente. No dijo más hasta que llegaron donde el ojiverde.
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"Bien," comenzó Aioros, "serán dos equipos. Los caballeros de Cáncer, Piscis y Capricornio conformarán uno. Mu, Aioria, Shaka, Milo, Camus: el otro."
"El concepto es bastante sencillo," intercedió Saga. "Pelearán ustedes," dijo, indicando con la mano abierta hacia los menores, "contra ellos," los restantes, "con la intención de derrotar hasta el último hombre. Para ello, se valdrán de todos los mecanismos de ataque y defensa que han aprendido hasta ahora. La única regla implementada será la prohibición del uso de fuerza letal."
El pequeño de cabello lila levantó una mano tímida para pedir la palabra. Saga cedió con una ligera inclinación de la cabeza.
"¿Tres contra cinco?" preguntó, pareciendo ser el único que notaba la discrepancia en el número de integrantes.
"Así terminamos más rápido," se encogió de hombros Aioria.
"Estoy de acuerdo," expresó el italiano del otro bando, con una sonrisa maliciosa en el rostro.
Saga dirigió su atención a la tercia. "¿Qué edad tienes, Shura?"
"Trece años, Maestro," respondió enseguida.
"¿Afrodita, Deathmask?"
"Doce," contestó el primero. "Trece," el segundo.
Pareció considerar las respuestas por unos momentos. Caminó hasta una roca que había en medio del lugar, recargando su peso mientras estudiaba a los otros cinco. "Y, si mal no recuerdo, todos ustedes tienen la misma edad, sumando o restando unos meses de diferencia¿no es así?"
"Diez años," confirmó Aioros, cruzado de brazos.
"Como verán," continuó Saga, "los números parecen favorecerlos a ustedes...a primera impresión," aseguró el custodio de la tercera casa, grave. "Han analizado la situación de manera incorrecta."
Milo rodó los ojos y gruñó, enfadado. Los orbes esmeraldas aterrizaron sobre él enseguida; pero aunque el gesto de Saga era serio, su mirada le consideraba cálidamente.
"Son tres de ellos, y cada uno les aventaja con dos, tres y dos años de experiencia," dijo, indicando a Shura, Afrodita y Deathmask, respectivamente. "Son cientos de sesiones de prácticas con las que ustedes no cuentan, tiempo en que ellos han tenido la oportunidad de perfeccionar—a los ojos de ustedes, cuando menos—los pormenores de sus técnicas, hasta encubrir o suprimir completamente cualquier debilidad que pudiera emerger."
El geminiano pasó por donde Aioria. Se detuvo, sin voltear a verlo. "Y yo no dije que pelearían en equipo."
"...Ah," fue lo único que Milo dijo.
Aioros sonrió al ver la reacción del grupo menos experimentado. 'Pero no dijo que no pueden hacerlo, tampoco.'
Saga caminó hasta el lado del caballero de Sagitario, evitando a toda costa que se le contagiara la sonrisa de su amigo. Se dio la vuelta y tomó su lugar debajo del único árbol en el área. "Bien," exhaló, manteniendo la careta de serenidad. "Comencemos."
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N/A
Oh, noes!
¿Qué tipo de adversidades esperan a nuestros protagonistas? Las podrán superar? Descubra todo esto y más en el siguiente capítulo de...Closer :D
