No tuve contratiempos para editar este capítulo ni el que sigue.

Continúa donde quedamos la vez anterior. Mucha, eh...acción?

Enjoy!

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III: Survivalism

'El problema con estos chicos,' pensó Aioros, algo desalentado al ver al cuarto alumno caer, 'es que ponen atención a todas las cosas equivocadas.' Se acercó para ayudar a Mu incorporarse, para guiarlo hacia donde ya lo esperaban Deathmask, Shaka, y Afrodita. Se disponía a retomar asiento, cuando escuchó una colisión estrepitosa a sus espaldas, a lo que reaccionó encogiéndose y con los ojos cerrados. Exhaló. Volteó hacia donde su hermano yacía y sólo le hizo un gesto con la mano indicándole que se apresurara a salir del campo de pelea.

Shura observó a los dos menores frente a él, sin delatar nada con su expresión.

"Parece que nada más quedamos nosotros," anunció Milo, jadeando.

Camus, algo retirado de ambos, asintió.

"Oh. Mierda."

Si había algo que el galo admiraba y repudiaba de su amigo con la misma intensidad—

'No me voy a reír. No puedo reír. No me voy a reír. No puedo...'

—era su extremadamente inoportuno sentido del humor.

Camus se mordía el labio inferior por dentro, intentando a la vez, sin mucho éxito, no soltar la carcajada y regular su respiración en la breve intermisión. El cansancio complicaba las cosas. Cerró los ojos, inhalando profundo.

Shura encontró la entrada que necesitaba. No hesitó en lanzarse en su dirección, aprovechando el descuido para sacar de combate a un oponente más. La mirada de Milo se fijó en su amigo, aterrado. No alcanzaría a darle la voz de advertencia.

Sin pensar demasiado en los resultados, corrió.

Camus apenas levantaba la mirada, cuando sintió que alguien tiraba de su antebrazo y le forzaba a bajar su cabeza. Segundos después registró que era Milo, agachado a su lado. Lentamente, el peliazul le soltaba para asomarse cuidadosamente por encima de la roca para ver a su contrincante.

Silbó de manera apreciativa, bajando con la espalda recargada contra la piedra. Sus ojos turquesa lucían enormes.

"¿Estuvo cerca?" preguntó Camus, como reflejo.

Milo asintió vigorosamente. "Bastante cerca."

El francés permaneció con la boca semiabierta, la pregunta en la punta de su lengua pero no lista para ser articulada. No acababa de entender por qué el muchachito griego había actuado de la manera en que lo hizo. Sabía de sobra que Milo era competitivo y, sobre todo, egocéntrico en cuanto se trataba de este tipo de ejercicios: siempre estaba listo para aprehender la oportunidad de sobresalir sobre sus congéneres. No hubo tiempo para que Camus lo cuestionara en ese momento.

"Si permanecemos aquí," dijo Milo, recuperada la compostura, "nos liquidará al mismo tiempo con el siguiente ataque," advirtió, escuchando por los pasos del rival.

"¿Camus?"

"Mm?"

"¿...Sientes miedo?"

Inseguro sobre las repercusiones de la respuesta, evadió la pregunta.

"¿...Tú?"

"Un poco. Estoy temblando, heh," rió nerviosamente.

"Yo también," admitió enseguida el otro. Buscaba algo que agregar. "Si fallamos, lo peor que nos puede pasar es que nos duela un poco," razonó, a manera de consolación. "No nos va a matar o algo así."

Milo se asomó por encima de su hombro, sin salir demasiado de la sombra de la piedra. "Sí, bueno...Eso díselo a él," replicó, no muy convencido, pensando en los efectos de la guillotina de carne y hueso que cargaba su verdugo.

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Camus notó que se mordía el labio inferior. Eso significaba que la cabeza de Milo trabajaba miles de ideas a la vez. Consideraba cuidadosamente, entonces, el siguiente paso a dar. "Si salgo," dijo finalmente, "puedo quizá distraerlo bastante como para crearte una oportunidad."

Camus negó con la cabeza vigorosamente, capturando la muñeca de su mejor amigo y apretándole con fuerza un poco excesiva.

"Ow," el griego hizo un gesto. Intentaba liberar con pequeños jaloncitos su mano del agarre de su amigo. No tenía ganas ni paciencia para alegar. "Tienes que—"

"No," interrumpió el galo, de una manera que no permitía lugar para cuestionarlo. "Hay otra alternativa." Milo regresó su atención al perfil del francés, intrigado al escuchar la imprevista convicción en su voz.

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Los participantes que habían quedado fuera de combate observaban el enfrentamiento desde la orilla. Intentaban descifrar lo que parecían estar planeando los dos muchachitos detrás de la roca que les ofrecía asilo temporal.

Saga inclinó su torso un poco más hacia el suelo, desconcertado. Aioros no entendía todavía lo que pretendían.

"¿Qué...?"

Los dos mayores silenciaron inmediatamente la pregunta incompleta de Afrodita.

'¿Qué demonios están haciendo?' No lograban entender el propósito de los dos refugiados.

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"Espero que esto funcione."

Camus se paralizó. "Hey, creí que dijiste que estabas 'cien por ciento seguro' de que tu plan sería exitoso."

Sin voltear, sabiendo que un par de zafiros lo deseaban muerto, contestó. "Uh...Mentí."

Milo y Camus retrocedían de la roca, arrastrándose. A un par de metros de distancia de su punto original, se pusieron de cuclillas. El galo levantó las dos manos a la altura de su pecho, con las palmas hacia afuera. Saga podía advertir que algunas moléculas de aire frío comenzaban a condensarse frente a él, sin hacer el menor ruido. La mente de Aioros se negaba a acreditar lo que sus ojos veían.

Saga apreció como se iba formando una delgada pared de hielo, y sonrió con satisfacción al reconocer una forma modificada de la técnica del caballero de Aries.

Milo acercó su boca al oído de Camus para murmurar unas últimas instrucciones, señalando hacia la derecha. La cara del francés revelaba intensa concentración, y no era necesario que dijera absolutamente nada para aclarar que había entendido. El griego apretó su hombro, exhalando aliviado por tener en ese momento un compañero con nervios de acero. O la habilidad de fingirlos perfectamente.

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'Me es difícil pensar en Shura como presa,' meditó Aioros, fascinado por los hechos, 'pero ver es creer...supongo.'

'Dos jóvenes,' sonrió Saga, contemplando el fascinante potencial de ambos, 'pero muy, muy astutos lobos.'

Shura, en todo este tiempo, no se había movido del mismo lugar. Precavido, decidió no actuar hasta no intuir mejor lo que tramaban los menores. Esperaría a que uno de ellos perdiera la paciencia y actuara con imprudencia para así despacharlo con facilidad. Mucho de esto, bien sabía, era guerra psicológica. El que flaqueaba primero perdía.

El tiempo se detuvo.

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...Continúa.