Aquarius no Kari: Siento haberles abandonado así. Pero, en esas ando!! Voy a dar el update por allá!!

Un gusto leerte por estos lugares. Saludos!

Ginji: Gracias por leer. Disculpa por haber tardado tanto en subir el update...pero va a la de ya!! D:

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...Lo prometido es deuda.

Aquí de nuevo hay un brinco: un par de años después de lo sucedido en el capítulo anterior.

La primera parte sucede poco tiempo antes de la partida de Camus (primer capítulo). La segunda, después (un par de años; un poco antes de que suceda lo relatado en el one-shot 'All Apologies').

Nota adicional: La aparición de ese 'caballero enigma' se pospone hasta el siguiente capítulo :s.

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VII: The Greater Good

Llevaba la mitad del día encerrado, sentado al escritorio. Hacían ya dos horas de que había dejado de siquiera fingir que había algo que valiera la pena cometer a tinta. Estaba hastiado de letras y con un importuno dolor de cabeza. Se talló un ojo con la base de la palma de la mano, y colgó la cabeza hacia atrás en el respaldo, exhalando.

Tocaron la puerta. Asumió una posición que diera la impresión de estar invertido en alguna lectura. Sin voltear, le permitió pasar. "Adelante."

Entró el caballero de Escorpión. Cerró la puerta detrás de sí y se recargó en ella, limitándose a observar al dueño de la habitación por detrás, en silencio. No le saludó.

"Camus," inició. "Tenemos que hablar."

El pelirrojo se heló. Jamás había escuchado al griego tan sobrio: mesurado y coercitivo en su petición. Llamó su atención inmediatamente—bastante eficaz. La frase tan particular que eligió no mejoraba el panorama en la perspectiva del caballero de Acuario. Mortificado, fingió demencia. "¿Ah?"

"Sí. Pero necesito que pongas atención," advirtió el griego, acercándose.

"Te estoy escuchando," dijo el otro, sin quitar los ojos de la página.

"Camus," insistió el primero, sujetándole del antebrazo con fuerza. Relajó su mano, pero no le soltó. "Por favor," dijo, casi una súplica.

'Lo peor de todo,' pensó el galo, sintiendo el corazón descender hasta el estómago, 'es que creo saber ya a dónde va esto.'

Milo tenía un sorprendente sexto sentido. Y, aunque no le proporcionaba detalles, le indicaba cuando había de atender a ciertas situaciones. Camus se llenó de nervios.

'No sabe nada aún. Nadie a excepción del Patriarca lo sabe. No es posible que sepa que me voy,' decidió. 'No. No es eso.' Pensó en otra posibilidad.

Y entonces tuvo un muy, muy mal presentimiento.

Milo tenía la tendencia de recurrir a medidas...un tanto drásticas en ocasiones de desespero. Camus no dudó ni un momento que se tratara de algo un poco más delicado.

Llevaban dos años de que las cosas no habían sido igual.

Se encontraban como todas las demás mañanas, afuera del templo. Un 'buenos días' casi inaudible, y poca conversación durante el descenso. Los entrenamientos se habían vuelto sesiones de verdadera brutalidad donde a ninguno de los dos le interesaba medirse. No se dirigían la palabra especialmente entonces. Eran, a fin de cuentas, dos perspectivas chocantes en juego: uno buscando asilo en sus inseguridades, mientras el otro las combatía tratando de llegar a una resolución favorecedora para ambos. Si un ataque lograba hacer daño, no había disculpas, sólo retribución en la misma moneda. Los demás adolescentes se limitaban a contemplar sin osar comentar al respecto. Terminada la práctica, se retiraban a lados opuestos del coliseo sin darse la mano como era costumbre entre los jóvenes del rango, como señal de buena fe.

Al caer la tarde, cercana la hora de retornar a sus respectivos templos, era una de las raras instancias donde se les veía en las proximidades del otro. Nadie diría que se evitaban por miedo. El mundo estaba convencido de que se detestaban irremediablemente.

El ascenso era silencioso. Caminaban a unos centímetros de separación del lado del otro, pero parecía haber un muro invisible imposible de superar. Ambos iban con la mirada en el suelo; uno con las manos agarradas a su espalda, el otro tronándose los dedos. Una vez que alcanzaban la casa del Escorpión, musitaban un apresurado e ininteligible 'buenas noches' y el joven de Acuario seguía su camino solo.

Las cosas habían cambiado, definitivamente.

Todo, absolutamente todo...

...por un beso que casi se dieron dos años antes.

Cerró el tomo frente a él. Impasible, se empujó en la silla hasta situarse a unos pasos del escritorio, apuntándola hacia el hablante. Esperó pacientemente a que su amigo se explicara. El silencio opresor del momento que siguió convirtió la habitación en un lugar sofocante, pequeño e incómodo.

Milo abrió la boca para comenzar a hablar, y Camus interrumpió. "¿Puedo decir algo yo primero?"

"...Sí," accedió el rubio, desconcertado. Se arrepintió de inmediato. Todo por dentro—la conciencia, el instinto—gritaba que era imperativo que le impidiera hablar antes que él. No se atrevió a retractarse.

"Gracias," inclinó la cabeza el francés, cortésmente. La calma con la que se dirigía hacia él escalaba el desasosiego en el griego.

Jamás esperó lo que le escucharía decir.

"...Eres mi amigo, antes que nada," dijo el galo, sencillamente.

Fue todo.

El corazón lo sintió petrificarse. 'Eres mi amigo...antes que nada.' No quiso imaginárselo¿Supo, desde un principio, de lo que le iba a tratar? Deseaba con todo su ser que no fuera el caso.

Pero Milo no era el tipo de persona que solía engañarse a sí mismo con éxito. O por gusto.

'Exacto. Eres mi amigo. Antes que nada. Y después de todo también¿no?' refutó en silencio. En ese tiempo, ninguno de los dos había quitado los ojos de los del otro.

'¿Esa es la excusa que piensas usar de escudo, eh?' pensó, sardónico. 'Bien.'

"Respeto eso," mintió de una manera convincente, terminando con la pausa en el diálogo, y la conversación en sí.

El rubio sonrió de una manera forzada, y desvió la mirada a otro lado, como si algo hubiese llamado su atención de momento. Se dio la media vuelta, y partió.

No se sentía obligado a dar más explicaciones.

Bajo la entrada del templo, sin darle la cara, levantó una mano en despedida.

Camus exhaló, fatigado, mientras le veía descender hasta la casa de Capricornio.

"Eres...mi amigo...antes que nada," repitió para sí, sin saber la razón por la que lo hizo.

'Sí, Camus. Síguete diciendo lo mismo. Quizá eventualmente te convenzas de ello.'

Desapareció la silueta de Milo...pero escuchó su voz.

'Atente a esas palabras.'

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"Entra."

"Patriarca," dobló una rodilla, cargando su casco bajo un brazo, bajando la mirada al suelo.

Le indicó que se pusiera de pie. "Normalmente soy yo quien convoca estas audiencias," observó, curioso. "Dime¿qué se te ofrece?"

El guerrero se había incorporado mientras le hablaban. "He venido a pedirle autorización para ausentarme abreviadamente del Santuario, su Alteza."

La voz tardó unos segundos en reponer. Milo hubiera dado lo que fuera por saber qué pasaba detrás de esa máscara. "¿Por?"

El rubio no titubeó. "Quisiera tomar un par de semanas para viajar a Siberia."

Nuevamente, una pausa. "¿A qué se debe?"

"Quiero hacer una visita al campo de entrenamiento de Camus, Alteza."

La mano que descansaba sobre uno de los recargos se apretó. "¿Y de qué carácter es esta visita, Escorpión?" inquirió en una voz moderada, pero llena de aprensión.

"Sólo para asegurarme de que mi colega está bien," admitió Milo, sin pretender esconder el motivo. Era la verdad.

'Já. Bienestar de mi colega,' repitió el rubio en su cabeza, mordaz. 'Seguro.'

...Más o menos.

"¿Es un caballero dorado¿no es así?"

"Lo es, Alteza," respondió, con cautela.

"¿Por qué no habría de estarlo, entonces¿Sabes de algo que ponga en riesgo inmediato a su persona?"

"No, Maestro," respondió, incómodo.

"Tienes, Caballero de Escorpión, una razón imprescindible por la que estás aquí¿no es cierto?"

"Sí, Maestro."

"¿Es cuidar del Caballero de Acuario esa razón?"

"No, Maestro."

"Entonces dime, Caballero de Escorpión, porque estoy confundido en cuanto a tu lista de prioridades."

"Obedecer la voluntad de Atena."

"Advierto que vistes la armadura sagrada, pero no el casco. Póntelo, si me hicieras el favor."

El ojiazul miró perplejo a su superior, sin moverse.

Interpretándolo como un acto de desafío, el hombre se levantó del trono, imponente. "Hazlo."

Complació la orden de mala gana. Tomó la pieza entre sus dos manos, y sin levantar la mirada del pie de los escalones que llevaban hasta el asiento del delegado, la colocó sobre la cabeza.

"Bien," dijo. "Ahora, repite para mí, Caballero, tu misión."

"Obedecer la voluntad de Atena."

"No te escucho."

"Obedecer. La voluntad. De Atena," dijo entre dientes, enloqueciendo por la humillación de la que era víctima.

"Perfecto," decretó, pacificado. "Ahora sí me ha sonado convincente." Tomó asiento nuevamente. "Te puedes retirar," dijo, sin más. (4)

"Patriarca," volvió a decir como al principio, en una voz muy baja, con una pequeña inclinación de la cabeza. Se dio la vuelta y salió de la sala.

-

Descendía las escaleras, enfurecido y frustrado. Irradiaba intenciones homicidas con el cosmo.

Cuando hubo llegado hasta la salida del templo de Acuario, se detuvo.

Contemplaba, embelesado, como si se tratase de la primera vez que lo hacía. En ocasiones, aún se perdía en la magnanimidad de las milenarias ruinas a las cuales consideraba hogar y trabajo. Ellas, sin dudarlo, atestaban por generaciones incontables de guerreros como él, hombres que habían lidiado con problemas bastante mundanos aparte del deber que les tenía ahí.

No sería el primero. Y, desde luego, tampoco el último.

Estudiaba las afueras del edificio, y su atención de repente se concentró en el sigilo en la piedra principal por encima de su cabeza.

Bajó la mirada, disgustado. Sentía las vísceras arder, y quería creer que sólo se debía al descontento que el Patriarca la había hecho pasar con su negativa a la sencilla petición.

...No.

'Eso no es. Y lo sabes.'

Hizo el mayor esfuerzo por ignorar la voz de la razón.

'...Ya no lo defiendas, Milo.'

Restregó desdeñosamente el dedo pulgar por su pómulo, borrando el único, inconcebible rastro que evidenciaba su debilidad.

Apretó los dientes y empuñó las manos. Su ira escaló desmedidamente cuando se descubrió tan vulnerable y estúpido como para dejar que algo tan...insignificante le afectara a tal magnitud.

"Eso, Camus," aseguró, "no vuelve a suceder."

-

Sentado a la mesa, descansaba con la cabeza recargada sobre sus brazos, dormido. Había algo de su cama que no le permitía conciliar un sueño normal de unos años para acá. Por esa razón, usaba la cama para descansar en raras ocasiones, y dormía en lugares extraños, en posiciones bastante incómodas, durante algunas partes del día, cuando se diera la oportunidad o el cansancio lo alcanzara.

En esa ocasión, había estado leyendo algo antes de quedar adormecido. Los orbes amatistas se abrieron de inmediato al escuchar el sonido de unos pasos. Acomodó el marco de sus anteojos, volteando hacia el centro del templo de Capricornio sin mucho interés. No percibía una amenaza, pero sí agresividad, aunque no orientada a su persona.

Una vez que el intruso había atravesado la décima casa, se quitó los lentes y se levantó de su silla. Caminó hasta la entrada, y le vio marchar cuesta abajo.

"Hn."

Bostezó, llevando una mano a su cara. Regresó a la mesa, y tomó una manzana de la canasta casi vacía que servía de frutero. La puso en su boca y la sostuvo con los dientes mientras caminaba hacia su cuarto.

Se detuvo en la entrada. Observó la cama. Las sábanas estaban como las había dejado desde la última vez que se acostó en ellas, un par de meses atrás. Desviando su mirada, estudiaba el resto de su alcoba, analizando. Juntó algunas de sus posesiones, las puso en un pequeño morral, y salió de su templo.

Aprovechando el voto de confianza que el Patriarca le extendía por hacer repetida honra a su título como el caballero más fiel a la Diosa, se tomaría una libertad bastante arriesgada.

Era hora de que alguien hiciera algo al respecto.

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N/A

(4) ¿Queeé leee paaaaasaaaa? Já! Habrá un one-shot derivado de esta escena!! Garantizado!! XD

Duda: A dónde irá nuestro amargado favorito? D: