Desenlace. Vaya que tardé.

Sigue al capítulo anterior y toma lugar justamente después del one-shot 'All Apologies'.

(...Woah. Inconsciente—y descarada—mente le hago publicidad a mis otros fics. Arderé por mi insolencia.).

Gracias por leer. Más gracias aún por las opiniones, observaciones, consejos, quejas y reviews.

Nos leemos.

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X. Closer

Camus estaba de vuelta en el Santuario. Había regresado exhausto del viaje, y como recibimiento tuvo una confrontación física con el mejor amigo que no había visto en edades.

Superado el malentendido que los distanció por tanto tiempo, resumieron con sorprendente naturalidad la amistad que los marcó a ambos desde pequeños. Se dirigieron al onceavo templo con la noche bastante avanzada.

Esperó mientras que su anfitrión abría la puerta a su alcoba. Milo quedó inmóvil por un tiempo, asaltado por una inoportuna nostalgia al recordar la última vez en que ambos habían estado bajo un mismo techo—en ese cuarto, precisamente.

Camus bajó la enorme caja de armadura y se estiró, rotando los hombros que descansaban por primera vez después de una caminata sumamente larga con la armadura a cuestas. Encendió la luz y se dirigió al fondo de la alcoba, donde dejó caer sobre su cama la pequeña mochila en que había llevado y traído algunos efectos personales durante su estancia en Siberia. Se giró para dirigirse a otro cuarto antes de notar el libro que salió del morral.

Milo reaccionó cuando vio a su amigo desaparecer por otra puerta. Exhaló ruidosamente, y llenó de nuevo sus pulmones de aire. Contuvo la respiración y maldijo debajo de su aliento cuando encontró que no pudo entrar.

"Hazte cómodo," se escuchó la voz de Camus enseguida, como si hubiese observado el dilema de su amigo. "Estás en tu casa," le recordó.

Milo murmuró su agradecimiento y se mantuvo junto a la puerta tras cerrarla.

"Dame un momento," pidió Camus desde otra habitación.

Aburrido, buscó algo con qué mantenerse distraído. Si permitía vagar a su mente, se concentraría en el dolor de los golpes que había recibido de parte de Camus. O, peor aún, en las explicaciones que el galo aún le debía.

Dio un par de pasos y notó la libreta que salía del bolso sobre la cama. Se movió a recogerla, y consideró un momento el volumen de papeles que guardaba entre las hojas del cuaderno. Mientras las ordenaba, creyó haber leído su nombre sin querer en alguna de ellas.

"¿Te molestaría si me doy un baño primero?"

Lo había sorprendido un poco. "Ah...No, no." Metió algunas hojas sueltas apresuradamente, y en su descuido dejó caer una fotografía. Perplejo, arqueó una ceja y la recogió.

"Será rápido," aseguró Camus.

Milo sacudió la cabeza, sin estar del todo conciente de que no se percataría Camus del gesto. "No te preocupes por ello," dijo, estudiando el retrato, absorto. "Tarda lo que quieras."

-

Había hecho lo necesario para defenderse. Solamente un golpe de los que arremetió—el último—se consideraría una verdadera ofensiva, y fue lo que dio por terminado el combate. No distaba mucho el nivel entre las habilidades de uno y otro; pero el descuido le había costado a Milo.

El galo llevaba media hora sobre un pequeño banquito de madera, de vez en cuando estirando una mano hacia sus herramientas. Milo, sentado a la orilla de la cama con el torso completamente descubierto, se limitaba a seguir las instrucciones de su paramédico improvisado. Cuando Camus requería que hiciera algo para permitirle mejor acceso con el bálsamo y las vendas, se lo indicaba con gestos de la mano o miradas. No hablaron en el transcurso de la curación.

El francés sabía que el silencio no duraría, pero lo prolongaría tanto como pudiera.

Al principio lo molestó la noción de que inevitablemente uno de los dos rompería el silencio. En ese justo momento, sin embargo, Milo hacía un intento inconsciente (y por ello laudable) que más temprano que tarde forzaría a su congénere a iniciar la conversación.

...Estuvo cerca, de cualquier manera.

"¿Cómo está Siberia?" inquirió el rubio, tanteando el terreno primero.

"Fría."

"Hn." Un segundo intento. "¿Tu pupilo, Hyoga?"

"Vivo." No ofreció detalles.

"Ah."

Se reinstauró el silencio.

En vez de sentirse pleno, se disgustó consigo mismo por su descortesía hacia con su amigo; y aunque lo suyo no era el arte de la conversación, optó por enmendar su falta.

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Sí, deseaba saber qué había sido de la vida de su amigo en ese tiempo en que no supo nada de él. Sí, el maldito alumno ese fue parte de esos dos años. Sí, quería saber los detalles. Pero nada de lo que le había revelado le decía lo que de verdad quería saber, lo que lo había motivado a desaparecer un día de la nad—

'Tranquiiiiiiiiilo, Milo.' Se recordaba una y otra vez que no debía perder la paciencia. 'Hey, lo esperaste varios años. Una hora más no te matará.'

Terminaba (...esperaba Milo) de contarle sobre Hyoga, recién declarado recipiente de la armadura de Cygnus, a quien había entrenado en la tundra esos años que estuvo lejos de su usual base de operación en tierras helénicas. Expresaba sus reservas en cuanto a las posibilidades de que fuese un aspirante adecuado para heredar la armadura de Acuario.

"Es el único pupilo que tengo, y fuera de él parece que no hay más de donde escoger. Preferiría esperar." Suspiró. "Que alguien más lo decida después."

"Es astuto y determinado," continuó, "cauto...cuando quiere. Y aunque no es voluble, la pasión que lo controla en cuanto se refiere a su madre es un arma de dos filos: es la clave de su fuerza, y su única—y quizá fatal—debilidad. Temo que sea lo que lo termine condenando a una muerte prematura."

El caballero de Escorpión escuchaba con una solemnidad poco característica. La fragancia del médico, tan cerca de él, jugaba con su cordura.

"...Se parecen mucho, tú y él, Milo."

"Huh?" Volteó a ver al locutor, sorprendido, creyendo haber escuchado mal. Encontró que Camus sonreía, a pesar de que sus orbes de zafiro delataban algo del orgullo y del dolor que su alumno suscitaba en él.

Enfocó su atención al hilo de conversación, tratando de ordenar los fragmentos que absorbía sin poder procesar.

"Es...extraño, Milo," bajó la mirada deliberadamente. "Cuando lo veía dormir, juraba que eras tú. Algo de esa imagen de serenidad," rió, como apenado ante su inverosímil elección de adjetivo, "parecía evocar a gritos a los fantasmas de mis propios recuerdos. Cuando me perdía en mi propio mundo, creí encontrarme frente a un bizarro espejo vivo que me transportaba al pasado, y de nuevo hablaba y respiraba, reía y enojaba, conviviendo con el reflejo de alguien que dejé atrás años antes."

Lo consideró por un tiempo. "...Me gustaría conocerlo," dijo Milo, como cortesía simplemente.

Camus asintió. "Alguna fuerza del destino con un sentido de ironía bastante perverso decidió invertir un poco de la esencia tanto tuya como mía para formar la contradicción que es ese niño, Milo. De verdad."

Milo levantó el brazo derecho para permitirle atender su costado. "Despertó el lado maternal del estoico caballero de Acuario. ¿Quién lo hubiera pensado?"

Ambos rieron, contemplativos.

Observando a Camus, se tornó serio. "Sabes," empezó, neutro, "no me pareció justo el hecho de que te fueras de esa manera." 'Ya está.' Nunca le había gustado andarse con rodeos.

"¿Quieres una disculpa?" respondió Camus con un poco de sarcasmo benigno.

"No."

"Bien. No serviría de nada. El tiempo perdido no lo recuperaríamos, en cualquier caso," razonó, encogiéndose de hombros ligeramente.

La sangre de Milo había empezado a hervir. Camus evadía las preguntas importantes; y encima de ello las ignoraba deliberadamente. El que fueran condescendientes con él era una de las cosas que Milo odiaba genuinamente.

Giró su torso lo suficiente para capturar la mano derecha de Camus con la suya. "Hey," gruñó en advertencia, apretándole.

Camus detuvo su tarea, observando con desapego como la mano que sostenía el rollo de vendaje era inmovilizada, mientras su izquierda quedó suspendida en el aire, a centímetros del cuerpo que atendía. Bajó la mirada, sacudiendo la cabeza en desapruebo. Estaba cansado; y sabía de antemano que aunque lo discutieran hasta la mañana siguiente, jamás llegarían a alguna resolución. Lo más molesto de todo es que sabía que Milo estaba perfectamente justificado en su actitud, y esta vez era él quien estaba siendo irracional.

"Mira, Milo..." comenzó, su enfado evidenciado en el tono de su voz.

"No," le interrumpió. "No. No, no." Intentaba con toda su fuerza de voluntad mantener la calma, pero entre más que se concentraba en ello y la tarea frente a él, más difícil se volvía. " mira, Camus. Cállate y escucha, que me toca hablar."

Hubiera preferido ver sorpresa abierta reflejada en el rostro de Camus, pero sabía bien que el francés siempre supo mantener la compostura. Por la manera en que le miraba, sin embargo, estaba seguro de que contaba con toda su atención.

"Alguien aquí está en todo su derecho de estar enfurecido, Camus, y ese soy yo. Si bien las opiniones de los demás nunca me han importado, sabes perfectamente que eres la excepción: siempre he buscado, siempre he pedido tu consejo," espetó, visiblemente alterado.

"Si en algún momento quedé corto de tus expectativas," siguió, "si en algún momento fallé—como amigo, como hombre, como caballero—ante tus ojos, esperaba que me lo hicieras saber, por encima de cualquier otra persona." Pausó. "Tú y nadie más," le repitió en un murmullo apenas audible.

Se detuvo un momento, a respirar profundamente. Con ello disipó la mayor parte de su enojo.

"En vista de que nos conocemos de más de una década," continuó, hablando con más calma, "creo que es la única obligación a la que te ata esta amistad, y algo que me veo con derecho a reclamarte, cuando jamás he pedido algo a cambio." No había sido su intención, pero hacia el final fue imposible esconder que estaba dolido.

Se dio la vuelta para sentarse en otra parte de la cama, dándole la espalda a Camus. Sacudió la cabeza, sin saber decir más.

El galo entrelazó sus dedos y aguardó en silencio por un par de minutos, considerando.

-

Te debo la mayor de explicaciones, Shura bien lo dijo. Y como mi primer y más leal amigo, no puedo robarte de lo que tienes merecido.

Huí, como bien adivinaste. Es doble la razón detrás de ello, sin embargo.

Tuvo que ver en parte con mi deber como caballero y la muerte de Aioros.

Hubo demasiados detalles que no salieron a relucir, como bien sabes; y dejando de lado las inconsistencias, siempre me molestó el hecho de que el Patriarca nos los ocultara aún después de haber eliminado al supuesto caballero traidor. Tú mejor que nadie entiendes el afecto y profundo respeto que siento hacia el difunto santo de Sagitario, sobre todo por lo que hizo por nosotros desde que éramos simples aprendices que aspiraban a las armaduras que con el tiempo nos hicimos merecedores. No entendí en ese entonces—ni puedo respaldar ahora—las acciones del Patriarca en cuanto concierne a Aioros. Jamás lo haré. De enterarse que pienso de esta manera, seguro que el Patriarca no dudaría en pasar sentencia sobre mí.

Alguna vez consideré la posibilidad de hablar con Shura sobre lo sucedido aquella noche, pero opté en contra de ello; y Saga, lamentablemente, no estaba alrededor como para debatir racionalmente con él mis sospechas sobre el drástico cambio en la actitud y filosofía del Patriarca. Como no contaba con detalles suficientes, decidí no confiarte nada de lo que sentía. Algún día haré el tiempo para planteártelo todo, como quizá debí haberlo hecho desde un principio.

Decidí irme, entonces, para no formar parte activa en el drama en el que obviamente nos vemos envueltos como incautos títeres.

...Pero hay más detrás de mi partida, debo confesar. Está nuestra...amistad. Nuestra...relación, siendo honesto, porque en realidad mejor define el lazo que nos une desde que nos conocimos.

Nuestra amistad dio frutos de la noche a la mañana. No se dio en el terreno más propicio—y a pesar de ello, creció y se fortaleció desmedidamente en muy poco tiempo en cara de adversidades. Mis sentimientos por ti se volvieron más exigentes, como una planta parasítica a la que no le basta una pequeña ración del jardín, que no se conforma con lo que le toca, y codicia todo lo que pueda acaparar.

Escapé de todas estas complicaciones, de los miedos, de la posibilidad de caer más bajo en el abismo de mis emociones. Lo peor de todo es que, no sabiendo a dónde me conducirían, tomé la decisión de no arriesgarme a echar lo nuestro a perder.

Cada gesto trae una nueva ola de recuerdos. Con cada inflexión en el timbre de tu voz me recorre un nuevo escalofrío por la piel. No quiero pensar en lo que sucedería si nuestro contacto fuera prolongado.

¿Cómo explicarte esto, Milo? Cómo remediar el mal que he hecho sin dañarnos más?

-

"Sólo contéstame una cosa, Milo."

El rubio movió la cabeza un poco para mirarle apenas de soslayo, indicándole que le escuchaba.

Camus se permitió un momento bastante humano—y poco característico—de flaqueza, mordiéndose el labio inferior sin estar conciente de ello. Apreció que Milo no le veía bien, y agradeció que de cierta manera eso le facilitaba iniciar algo que le era imposible hacer, bajo cualesquiera que fueran las circunstancias. Poco a poco se convencía de ser totalmente honesto con Milo de una vez por todas. Inhaló entrecortadamente. "¿Por qué te molestó tanto que me fuera?" preguntó antes, por segunda ocasión esa noche, sin haberlo premeditado.

No le respondió. Cuando Camus se disponía a comenzar con su confesión, el griego contestó repentinamente.

"...Porque me dio miedo," admitió.

Se había erguido hacia delante, con los codos recargados sobre sus muslos, la barbilla sobre manos entrelazadas. "Por un tiempo pensé que no volverías. Que algo te pasaría allá afuera; o peor, que simplemente no querrías volver. Que no había motivos que nacieran de ti para hacerte volver, fuera de tu obligación como caballero."

'No dista mucho de la verdad,' el francés bajó la mirada. Decidió no decirle nada a Milo sobre el llamado del Patriarca. En caso de ser confrontado, diría que fue coincidencia.

"Y sentí coraje. Impotencia, incredulidad, confusión, nostalgia, y bastante, bastante coraje, porque me sentí traicionado. Traicionado por la única persona en quien tenía confianza que jamás lo haría. Pero por encima de todo eso, sentí...miedo."

'Miedo. Milo, miedo,' repetía Camus para sus adentros. Levantó la cara para poder reconciliar la incongruencia de dicha revelación con quien tenía enfrente. 'Ha cambiado,' concluyó en silencio, asombrado. Esperaba que dijera más, pero Milo no esclareció.

El rubio se dejó caer sobre la cama con los brazos abiertos, exhalando, en un gesto que hizo bastante para desarmar la tensión. Parte de la cabeza le colgaba por el borde del colchón, cerca de Camus, pero veía alguna parte del techo mientras hablaba. "Odiaba contemplar la posibilidad de tener que resignarme a que me hubiera sido robada la oportunidad de verte una última vez...que pudiera haber aprovechado para hacer muchas cosas."

Camus frunció el ceño y rió, confundido. "¿Como echarme en cara lo mal amigo que soy y someterme a la paliza de una vida?"

"No."

"¿No?" dudó, y levantó la mirada para encontrarse con su homóloga.

Los brazos de Milo cobraron vida, tomando los mechones de cada lado de la cara de Camus, acercándolo hasta sí. "Habría hecho esto," murmuró apenas el griego, como si pensara en voz alta.

La vista del pelirrojo se opacó, y los párpados le pesaban. Podía sentir el aliento cálido del otro en su cara, y cerrándose al mundo, sólo recordó intentar de alguna manera evitar delatar su deseo por acercárselo en cuanto antes. Su propio cuerpo comenzó a responder.

Deslizó su pulgar por la mejilla del rubio, embrujado por la suavidad de la piel dorada castigada cada mañana durante años por el sol griego. Cometía a memoria las sensaciones que le provocaban las manos de Milo que, recorriendo sin descansar, pretendían cubrir cada centímetro de piel de Camus a su alcance. Le acariciaba los párpados, la sien; bajaba a la barbilla y volvía a subir, tomándose su tiempo, con cautela y adoración la vez, como si se tratase de una epifanía que se esfumaría sin aviso ante la excesiva apreciación.

Los labios experimentaban, tentativos, listos para dar el retroceso a primera seña. De ambos lados el contacto fue tímido al principio, cuando ninguno estaba muy seguro de qué esperar.

Sin desperdiciar tiempo, se familiarizaron a profundidad con la fisiología del otro, perdidos en el acto del estudio. Nadie puso atención a nimiedades como quién fue el que primero cedió a la exploración, o quién tomó la iniciativa para indagar más. Exigían y recibían en un círculo que, dioses mediante, no parecía tener un fin cercano.

Indecisos, se separaron lentamente, abriendo los ojos por grados. Ninguno lucía ni un poco sorprendido por los hechos del pasado reciente. Hubo una intermisión en la que permanecieron en silencio, sólo observándose. Ninguno de los dos sabía qué hacer.

"Gracias por darme la oportunidad para aclarar eso," Milo bromeó, aliviando la tensión en ambos.

Camus rió. "¿Algo más que recuerdes que habrías hecho, que quedó pendiente?"

Milo fingió considerarlo, torciendo la boca y frunciendo el ceño. "Ya te eché en cara lo mal amigo que eres, y ya me diste la paliza de una vida. No," se encogió de hombros, "creo que ya es todo."

Camus agachó la cabeza, riendo ante la desafortunada elección de Milo de arruinar el momento. "Por favor recuérdame por qué te he tolerado todo este tiempo."

"Porque en el fondo siempre has sabido que yo te tolero por la misma razón."

"Que esss..." presionó el francés, esperando.

El griego se cruzó de brazos, desafiante. "Te necesito tanto como tú a mí," declaró, seguro de sí.

'Ja. Bastardo presuntuoso,' pensó el galo, sorprendido por una carcajada genuina. Alzó una ceja. "¿Seguro de eso?" En la privacidad de sus pensamientos, Camus escuchó su propia voz. 'Estás aquí de vuelta ¿no es cierto?'

Una sonrisa amplia cubrió el rostro de Milo. Se enderezó y tomó asiento propiamente frente a Camus. Le ofreció un libro y se encogió de hombros de nuevo.

Estupefacto, el galo acercó sus dos manos para aceptar el volumen. Cuando lo hubo retirado, Milo detenía una foto entre su pulgar e índice. No hacía falta decir más.

Reconociendo, de buen humor, el golpe de gracia en ese último acto, rió a pesar de lo vulnerable que se sentía con la verdad tan obvia. Se acercó hasta el pie de la cama, donde Milo ya lo esperaba sentado.

'No importa por cuánto hagas pasar a una amistad, Camus...'

"Touché, mon ami."

Camus fue quien inició la segunda ronda de caricias. Tocó con un par de dedos la nuca del rubio, atrayéndolo hacia él, cubriendo su boca en un beso que, aunque lento y experimental, evidenciaba hambre. El griego permaneció quieto por una vez en su vida, complacido, disfrutando de las atenciones.

'...Siempre estará esa persona ahí, donde y cuando lo necesites.'

Las palmas del galo descansaron sobre los pectorales de Milo, quien siseó al sentir el contacto gélido. Sonrió, perdiendo su mano por detrás del cuello, entre los cabellos rojizos. Acercó su rostro al níveo pecho y, haciendo la boca hacia arriba al último momento, sólo raspó su barbilla por él. Tocó sus labios a la base del cuello justo cuando el galo pasaba saliva, y peleó consigo mismo para no morderlo. Pasó su nariz por la garganta, hacia arriba, y una vez de frente, lo besó ligeramente. Se acomodó encima de él, y volvió a cubrirle la boca. El toque de Camus había sido cálido, paciente; el de Milo, húmedo y exigente.

Las manos del griego hervían, y quemaban conforme se arrastraban por el vientre, el abdomen, luego el pecho del galo, para cerrarse una de ellas alrededor de su cuello. Levantó la mirada, enajenada, una última vez para verlo.

'Al final del día...'

Con un movimiento inconsciente de la pelvis, habló por ambos. No hacía falta consentimiento expreso entonces. La fricción entre los dos cuerpos amenazaba con llevar las cosas a un nivel más intenso del que no habría vuelta. El griego apretó los dientes, y se hundió en su trabajo, cerca de perder los estribos por completo.

Se detuvo. Jadeaba, pero logró retirarse del pelirrojo. Camus no sabía si fingir sentirse aliviado o indignarse abiertamente. Se quedó en silencio, confundido. Vio al rubio caminar hasta la puerta, y se le hizo un nudo en la garganta. Nadaba en confusión. 'Lo he echado a perder,' supuso angustiado, comenzando a levantarse.

Milo puso candado a la puerta.

La duda quedaba reflejada en la cara del francés. El rubio caminó de regreso, y se detuvo cuando vio un recipiente que captó su atención en el suelo. Recogiendo el bálsamo que había usado el galo en él, se mordió el labio, pensativo. 'Algo pendiente...'

Le sonrió, resumiendo su paso. "Esta vez creo que de verdad te enfadarías si alguien nos sorprendiera haciendo lo que tengo planeado."

-

Sin saber lo que yo mismo pretendo, hago espacio con mis dedos entre tu piel y las vendas que acabo de terminar de ponerte hace sólo unos momentos. Me busco un camino, metiendo mis manos exitosamente y deslizándolas hasta tu espalda, y admiro como trabajan los músculos, incesantes y furiosos, debajo de mis palmas. Casi una hora de trabajo tirado a la basura.

...No pareces estar en más dolor, en todo caso.

Entiendo tantas cosas hoy.

Mantenerte a un brazo de distancia, sin dejarte ir. Atándote a mí con una gravedad de la que estoy conciente emano. Por cobardía o egocentrismo, no importa. Te tengo donde quiero.

...Donde te necesito, lo admito.

Vulgar en la abierta admisión de mi elemental deseo de mantenerte ahí, donde no estás seguro querer permanecer. A mi discreción siempre, jamás a tu disposición.

Eres el vivo reflejo de todo lo que no me puedo admitir que quiero. De todo lo que es bueno, esperanzador...nocivo y destructivo a la vez. Devoción y lujuria, todo a la vez.

Soy un débil orador. Cada palabra es un tropiezo, por más bien intencionada que sea, y no sé de qué otro medio valerme. Entonces me resigno a tus métodos. Me adapto a ti, a tu sexo, a tu caza, a tus juegos psicológicos, y me vuelvo instinto, alguien que vive por el enfrentamiento de voluntades y pasiones, y que se convierte en algo más al dejar atrás tantos otros complejos inservibles.

No te moverás de donde te he dejado. No te alejarás. Lloraré, reiré, enfadaré, viviré. Años han de pasar, y no me permitiré asombrar por el hecho de haberte encontrado en el mismo lugar.

Inmutable ante el dolor. Imperturbable ante tempestades de tiempo y circunstancia.

Esperándome.

Por amor, algunos hacen tonterías. Por orgullo, otros hacen cosas peores.

¿Sé a dónde va esto...Lo sabes tú? Sientes alivio o confusión de que esté de vuelta en este lugar? Me guardas rencor? No tengo la menor idea.

...Prefiero detenerme mientras tengo la ventaja.

Puedo dormir tranquilo esta noche sin tener todas las respuestas.

-

Abrió los ojos y levantó la cabeza de la almohada. El rubio descansaba a su lado, con una mano posesiva sobre el abdomen del galo. Tenía los ojos cerrados, pero sabía que no seguía dormido.

Camus descansó la cabeza hacia atrás. Palabras que escuchó lo que parecían ser eternidades atrás le vinieron a la mente. 'Y a la mañana siguiente.' Sonrió.

"Camus," escuchó su nombre, inquisitivo. Sintió que su compañero se movía, quitándole su peso de encima. "Sé que no hablamos mucho ayer..." dijo, serio. El pelirrojo giró de lado, observándole con atención.

"Pero...sí sabes...que..." Milo desvió la mirada, titubeando.

El galo sintió una enorme presión alrededor del corazón, tenso ante lo que suponía que saldría de la boca del rubio.

"Sabes que...algo de lo que hicimos en el transcurso de la noche constituyó sexo oral¿verdad?" dijo, una enorme sonrisa creciéndole en el rostro conforme hablaba.

Camus le dio la espalda y cerró los ojos, exhalando. Escuchó la risa benévola de Milo, que deslizaba un brazo por encima, tratando de abrazarle. El pelirrojo se debatía la posibilidad de tumbarlo de la cama.

"De verdad que te eché de menos," escuchó un suspiro.

El galo estaba de buen humor. Más tarde le cobraría su imprudencia.

"A veces estaba a punto de convencerme de que de que no volverías," reveló el griego en un susurro.

Solemne, Camus se giró para verle de nuevo. "¿Y por qué no renunciaste...a la posibilidad?" Había estado a punto de decir 'a mí.' Se detuvo a tiempo.

"...Lo intenté, viejo amigo. Cuando no dabas indicios de hacer el menor intento de tu parte, es difícil no perder la fe. Y, sin embargo..."

"¿'Sin embargo'...?"

"No pude," murmuró. "No en ti. En Aioros, en Saga, Aioria...En cualquier otro. En la Diosa, incluso. Pero no en ti."

Conmovido ante la imprevista muestra de vulnerabilidad en su amigo, sonrió. El gesto se disipó de su rostro casi enseguida. El corazón le dolía por más de un motivo. "...Me lo pregunté varias veces, Milo."

"¿Qué?"

"Si ya había hecho suficiente como para destruir los bloques en los que se cimentó esta amistad, que tardamos años en forjar," confesó. 'Mi apetito por la autodestrucción es un hábito deplorable,' pensó amargamente.

"No, no años. Fueron momentos, Camus." Contemplaba el techo de la recámara en silencio. "...Uno en particular," agregó, acercándose de repente para esconder su cara en el cabello del galo.

Camus se hizo para un lado, distanciándose para escucharle. "Mm?"

Compartiendo la almohada del francés, Milo recargó la cabeza sobre su propio brazo, y pasaba el dedo pulgar por su mentón, recordando. Sonreía, sin mirarle. "Cuando llegaste, que no conocías el idioma. Por meses, nos dábamos a entender por señas de las manos y gestos," dijo, "y jamás tuvimos un malentendido," explicó, ante la inevitable duda del pelirrojo. Levantó la vista, y las orillas de su boca subieron un poco más. "Fue cuando supe que había dado con algo único."

Camus evitaba a toda costa contagiarse por esa sonrisa. Falló. Sacudía la cabeza. "No tiene sentido." Se detuvo, y le miró a los ojos. "Pero has sido elocuente," admitió, entretenido. "Concuerdo, entonces."

Milo rió, acercándose a la boca del galo. "Sí sabes que..." empezó otra vez.

"Sexo oral. Lo , lo . Ja-ja," rezongó Camus, volteándose a su lado nuevamente. Apreció que el griego se movía en la cama, acercándosele. Milo alcanzó por encima de su brazo, hasta tener su boca a un roce de su mejilla.

"Eres la singular cosa más importante para mí en este mundo," escuchó en su oído.

El pelirrojo sonrió. "Parlez-vous trop," dijo, dándole la cara.

"¿Qu—" No tuvo la oportunidad para preguntarle. El galo lo había atraído del cuello y le cubrió la boca a tiempo.

Lo soltó. "Creo que hay que volver a nuestras raíces, mi estimado Veneno," reflexionó con un falso suspiro, bromeando.

Alzó una ceja ante el inofensivo nombre. Habían pasado bastantes años desde la última vez que había escuchado ese apodo. No recordaba la ocasión. "¿Y cuáles son esas, mi arrogante Témpano?" inquirió, en turno.

"Señas y gestos," se burló, y apretó los labios para no reír.

"Concuerdo," le remedó el griego, acercándose a su boca con malicia.