Conforme pasan algunos minutos el recinto se vacía. Gale, la madre de Katniss, Prim, Madge y la familia de Peeta entran al Edificio de Justicia en busca de la última despedida.
Vacilo en ir a donde Katniss y Peeta, pero veo a Reid sentado en una banquita, esperando a que vaya por él.
—Reid—le digo y alza feliz la vista—. ¿Todo bien?—le dije y asintió. Le tomo la mano y caminamos buscando a mamá entre la poca multitud.
—Estoy feliz y triste al mísmo tiempo—dice y me suelta la mano para secarse el sudor. Sus ojos azules brillan bajo la luz de la tarde.
—¿Por qué?—me da la mano de nuevo y se detiene un poco a pensar.
—No te perdí. Eso me hace feliz—aprieta mi mano, como guardando algo muy valioso—. Pero el 12 perdió a personas importantes, personas a las que todos valorábamos—dice y camina más despacio aún. Analizo cada una de las palabras que dijo, creo que ambos teníamos aprecio por los dos que se han ido.
—¿Sabes?, esta vez la suerte sí estuvo de nuestro lado—comento. El asiente— Pero, no sé qué pienses tú, pero puede ser que ella vuelva. Él es muy noble, te aseguro que daría la vida por ella. Es más probable que ella vuelva—le comento mientras caminamos.
—¿Por qué lo dices?—pregunta ávido, como siempre.
—¿Te cuento un secreto?—le pregunto. Él asiente y me jala hasta que mi boca está junto a su oído— Él está enamorado de ella—me despega y sus ojos se abren como paltos. Sonríe ampliamente, pero después vuelve a una expresión seria.
—Por eso moriría por ella. Pero tú estás…—pongo un dedo en sus labios.
—Hey… A veces la suerte no está siempre de nuestro lado— me encojo de hombros y le sonrío. Él sabe cada uno de mis sentimientos, pero no los divulga. Es mi confidente, mi hermano, mi mejor amigo. Él me jala y seguimos caminando, bajo la sombra de nuestra complicidad.
Caminamos lentamente, bajo la luz rojiza del atardecer y, al no encontrar a nuestra madre, dicidimos ir a casa. Una nota de ella está en la mesa, dice que salió a vender las flores. Agradezco que se fuera durante un rato después de la presión de hoy. Tendré que buscar una forma para conseguir mejores entradas económicas si quiero que Reid no entre de nuevo tantas veces en la cosecha.
Busco una olla, algunas verduras y las pongo a calentar en agua. Reid se quita la ropa que llevaba y se viste con la ropa cotidiana: un pantalón desgastado de franela vieja, una camisa vieja sin mangas y unos zapatitos rotos que me regalaron en El Quemador. Se sienta en una silla, cruza los brazos y descansa la barbilla sobre ellos. Espera a que la puerta se abra y llegue mamá, supongo.
—Reid, ¿puedes poner la mesa?—le digo y se levanta por los platos. Los acomoda de manera perfecta: un plato hondo, un cuchillo, una cuchara y un tenedor.
Da pequeños saltitos y vuelve a aparentar la edad que tiene. Es tan pequeño y tan frágil. Sus deditos se asoman entre los agujeros de los zapatos y, de vez en cuando, tropieza a causa de ello.
—Oye, pequeño, ¿mañana piensas hacer algo?—le pregunto y arquea una ceja. Piensa por unos segundos, lo cual me causa gracia.
—Pues, mañana llegarán Peeta y Katniss al Capitolio. Saldremos pronto de la escuela, si lo recuerdas. ¿Por qué? —dice curioso. Me alegra que poco a poco se relaje, después de todo el ajetreo de hoy.
—Claro, lo recuerdo—me rio un poco—. Bueno, pensaba que podrías acompañarme a comprar unas cosas, claro, si mamá no se gasta hoy todas las ganancias de las flores—ambos nos reímos con ese comentario. Sabemos cómo es mamá y su impulso por mantenernos bien alimentados, aunque sea sólo una vez en el año, y quizá hoy sea su oportunidad.
—¡Por supuesto! — dice él y sigue acomodando— Cuando quieras, Aster.
¿Cuándo fue que el mundo se volvió así? Deseo de verdad que todo esto termine, que sea sólo una pesadilla y mi vida fuera como en los sueños: una casa en el campo con mi pequeña familia, viviendo de lo que nosotros mismos producimos, con niños corriendo y jugueteando con Reid. Simplemente, aunque todo siguiera como ahora, desearía que no existieran los Juegos del Hambre.
Todo lo que tengo es Reid, todo por lo que vale la pena luchar.
—Aster—su vocecilla está cerca de mí. No lo vi moverse— ¿Tú y… El chico del pan…?—suelto una sonora carcajada por su pregunta.
—No, Reid—le sonrío levemente y siento que mis mejillas se tornan rojas—. Ya te lo he dicho. Ahora, dejate de preguntas tontas y pásame la sal—y se mueve obediente.
Mamá aún no llega,pero tenemos una sopa decente de verduras. Reid aún no tiene hambre, y la verdad es que yo tampoco, así que quizá podamos esperar a mamá. Tenemos un estómago fuerte, después de todo. Son las cuatro de la tarde, una hora más o una hora menos, ¿qué más da?
Nos sentamos en nuestro intento de sala.
—Aster, ¿vemos TV?—dice brincoteando de un lugar a otro mientras yo reviso sus notas de la ecuela.
—Lo que tú quieras, enano—le sonrío—. Aunque ahora no verás más que la repetición de acontecimientos importantes de los juegos pasados.
—¿Crees que pongan la coronación de Johanna?—se estremece al recordarlo. La verdad es que yo también lo hago, pero no tan notorio.
—Seguramente. Ha sido de las mejores estrategas en los juegos.
—Lo sé. aunque da un poco de miedo—dice levemente asustado. Yo me río por su expresión y él hace un mohín y se cruza de brazos.
—Creeme, no sabes lo que es miedo de verdad—su expresión se suaviza, pero aun sigue cruzado de brazos.
—¿Por qué?—siempre curioso.
—Nunca has visto a Enobaria y sus afilados dientes. En los 62° Juegos destrozó con sus dientes el cuello del último tributo. Así fue como ganó—le digo. Me divierto de su expresión pálida.
—Y... ¿de qué Distrito es?—pregunta.
—Del 2. Ya sabes, profesionales—me encojo de hombros—. Bien, basta ya de hablar de Enobaria. Ponte a ver la TV mientras vengo, iré a darle comida a las gallinas—asiente y se sienta donde yo estaba. Salgo por la puerta trasera de casa, tomo una cubeta y meto suficiente alimento para los animales.
Voy haciendo sonidos para que se acerquen y corretean junto a mis piernas desnudas por el vestido. Lavo el espacio en donde están y vuelvo a entrar a la casa. El tiempo se va rápido, son las seis de la tarde de nuevo el cuaderno de Reid y llega mamá con un gran bolso de papel, él sigue metido viendo repeticiones de los Juegos. Seguro pasarán pronto los Juegos de Enobaria.
—¡Hola a todos!—está feliz. Jamás nos saluda así. Seguro vendió bien.
—Hola, madre—le respondo y se acerca hasta donde estoy a besar mi mejilla.— ¿Te ha ido bien?—.
—¡Excelente!—dice y se le ilumina el rostro— He conseguido algo de carne decente. Quería pan, pero, tú sabes...—lo sé. Peeta se ha ido, y lo más probable es que jamás regrese.
—¡Lo sé!—le grito sin querer. Mis ojos se llenan de lágrimas, pero me contengo y mantengo la voz firme. Gracias a la mayor parte de oscuridad que hay en casa por la caída de la tarde y las luces apagdas no se ve mi expresión facial—Lo sé, es terrible—intento disimular—. Deben estar terriblemente mal los Mellark, pero más aún las Everdeen.—se ecucha un sonidillo de las gallinas afuera—. Uhm, yo voy—le digo a mi madre y salgo antes de que pueda decir nada.
Trepo en el árbol y ahogo sollozos mordiendo la manga de mi suéter. Desde donde estoy puedo ver la casa de las Everdeen: las luces están encendidas porque, por supuesto, hoy se transmitirán las cosechas de los Distritos, lo cual empezará en un rato más. Sigo observando, y veo a la Sra Everdeen abrazando a Prim, ambas llorando y viendo, como mi hermano, la repetición de varios Juegos.
Imagino que estoy con ellas y las acompaño con lágrimas silenciosas. Me pierdo en el mar de dolor que las embarga también a ellas y pierdo la noción del tiempo.
—¡Aster!—Reid me busca. Me asomo entre las ramas y lo veo buscandome. Ahora está oscuro. Supongo que serán pasadas de las siete.
—¡Aquí arriba!—le sonrío y le llamo, no sin antes sacarme las lágrimas. Él sube y casi resbala cuando llegaba conmigo, pero le sostengo de manera que le doy soporte y logra subir.
—Está lista la cena. Mamá me envió por ti, sabía que si ella te llamaba no irías...—dice y columpia los pies.
—Entiendo. Supongo que nuestra relación no es tan buena. ¿Has visto la repeticón de Enobaria, o la de Johanna a caso?—cambio radicalmente de tema.
—Oh, sí. He visto de nuevo la de Johanna. Una mujer espléndida de verdad. Y, también he visto la de Enobaria. ¡Vaya que sí da miedo!, ahora Johanna me parece sólo una niña—me causa gracia lo que acaba de decir.
—¿Una niña? Oh, no, Reid. Son asesinas profesionales ahora. Después de los Juegos nada vuelve a set igual—señalo con la cabeza la casa de las Everdeen, que siguen sollozando.
—Imagino que sí—hace una larga pausa—. ¿Bajamos?—dice y asiento.
Mamá ha servido un poco del extraño guiso que preparó. Me cuenta todo lo que hizo para vender las fue hasta la casa del Alcalde para venderle algunas flores, lo que no esperaba era que le diera la carne y algunas monedas para las flores.
—Entonces, ¿cuánto has ganado?—le pregunto.
—Oh, yo no he ganado nada. Tú hiciste el trabajo difícil. Yo sólo toqué tres puertas—me sonríe ampliamente y, por un momento, le devuelvo la sonrisa—. Creo que con lo que me ha dado podríamos comer hasta tres semanas—me atraganto con el bocado por lo que acaba de decir.
—¿Tres semanas?—le digo perpleja.
—Como lo escuchas. Tres semanas—pienso en todo lo que podremos hacer con ese dinero. Mamá, Reid, y yo podremos tener algunas prendas completamente nuevas, aunque mi prioridad es él.
Reid está alegre por la noticia de mamá. Ella me entrega la bolsita con las monedas,las cuento y es una buena cantidad. Le doy un par de ésas a Reid y guardo el resto, seguro le durarán dos semanas,
—Mañana después de la escuela llegaremos un poco tarde—le digo a mi madre, pero esta distraída por la televisión y los presentadores televisivos de los Juegos. La repetición de las cosechas está ahí.
—Uhm... Eh, sí. está bien. ¿A dónde irán?—sigue atenta mientras ve la Cosecha del Distrito 1. Los Profesionales. Siempre luciendo sonrisas largas y ofreciéndose voluntarios. Se supone que es ilegal prepararse para ir a los Juegos, pero ellos lo hacen. Aunque en el 1, 2 y 4, por ser los Distritos mejor acomodados, siempre son los Profesionales. Hacen alianzas con algún otro Distrito sólo si hay alguna cualidad en especial, aunque se deshacen de ellos fácilmente y pronto.
—Debo comprar unas cosas para la casa—miento.
—Puedo hacerlo yo…—dice ella, que despega los ojos del televisor y me analiza.
—No, no te preocupes. Yo lo haré, pero quiero llevarlo conmigo. ¿Cierto, pequeño?—le digo y él asiente sonriente.
Mi madre asiente también y vuelve los ojos al televisor.
Cuando terminamos la cena nos sentamos de nuevo en el intento de sala, y sigo con los ojos pegados al cuaderno de Reid. Todo que deseo es escapar de nuestra realidad, no quiero que mis ojos se topen con los de Katniss en nuestra Cosecha, o con los de Peeta, que sería igual o más doloroso. No sé por qué a Katniss la aprecio tanto, sólo lo hago.
Reid se sienta conmigo en el sillón. Se saca los zapatos y pone su cabeza en mi regazo, mientras yo sigo entretenida con sus apuntes y dibujos. Siempre ha sido como yo: un completo desastre, distraído. Somos lo contrario de lo que mamá podría esperar de nosotros. Algún día yo tendré que casarme con un hombre de la Veta, o, si me va bien, con un hombre de la Ciudad. Tal vez podría casarme con un Agente de la Paz y mi familia no sufriría, pero ellos están dedicados por completo a su oficio, por lo tanto no forman una familia. Creo que la opción más segura será la de casarme con un hombre de la Veta. Pienso en el destino de Reid. Él se casará con una mujer de la Veta, porque las mujeres de la Ciudad buscan un buen partido. Y, ¿qué podrá hacer un minero contra eso? Ojalá me equivoque y salga adelante. Lo ayudaré, cueste lo que me cueste.
—Y bien, para concluir tenemos la Cosecha más conmovedora de los 74° Juegos del Hambre—dice uno de los hombres en la pantalla. Quiero salir corriendo, pero si lo hago de nuevo mi madre me buscará, y lo último que quiero es llorar en su regazo. Recuerdo que lo hice hace años. Reid era un pequeño recién nacido y yo tenía sólo dos años. Papá nos golpeó a él y a mí ese día, estaba borracho. No como Haymitch, no divertido. Era un patán. Cuando mamá llegó la golpeó también y se fue de casa. Ella lloró desconsolada y, cuando quise unirme a ella para llorar, me golpeó también. "Todo ha sido tu culpa", aún recuerdo sus palabras, "tú has sido la culpable de todo esto". Hoy en día sigo sin comprenderlo, pero desde entonces no derramo una lágrima frente a ella. En sí, finjo quererla—. Una joven Tributo de 16 años se ofreció como voluntaria en reemplazo de su hermana. Es un acto memorable, ¿no lo crees?—pregunta el hombre a otro que hay con él.
—Así es. Un acto de valor y amor. Veamos las imágenes que hace apenas unas horas conmovieron al Distrito 12 y, que estamos seguros, también conmoverán a todo el país de Panem—concluye el hombre y la grabación comienza con Effie dando pasitos hacia el micrófono. Hago todo lo posible por desviar mis ojos y pensamientos del acto. Me vuelvo a los apuntes de Reid. Me intereso en uno en el cual habla sobre los Días Oscuros y me pierdo en su relato. Cuando levanto la vista el escudo y el Himno de Panem están en la pantalla. Miro a un viejo reloj, aún con más edad que yo, y son las diez de la noche.
—¿Qué han dicho?—le pregunto a Reid.
—¿Qué no has estado aquí, Aster?—dice mi madre y se remueve incómoda en su sillón. Yo simplemente me limito a mirarla. No quiero discutir en un día de tantas emociones.
—Ven, Reid. Vamos a la cama. Mañana habrá escuela y tenemos que levantarnos pronto. Recuerda que después de eso debemos salir—le tomo la mano y él me sigue adormilado.
Mi madre sólo nos ve alejarnos y sigue frente al televisor.
Muchas veces no la comprendo. Su amor es incondicional por nosotros, pero siempre estamos en segundo término. Principalmente yo. Y eso no tiene que volvérmelo a decir.
Reid y yo compartimos habitación. Después de todo, lo he criado yo. Dormimos en una pequeña litera. Él en la de arriba y yo en la de abajo. Aún escucho la televisión y los pasos de mi madre. La luz no faltará en absoluto durante estos días, porque las transmisiones de los Juegos serán durante las 24 horas del día.
—¿Aster?—la voz de Reid me llama antes de dormirme.
—¿Reid?—mantengo los ojos cerrados. Estoy demasiado cansada para abrirlos, así que sólo escucho.
—Sabes que te quiero, ¿cierto?—lo que me ha dicho hace que abra los ojos y asome mi cabeza hacia afuera. Veo su cara por el resplandor de la luz del pasillo.
—Tú, ¿sabes que te quiero?—le pregunto.
—Sí
—Entonces yo sé que me quieres—sonríe y vuelve la cabeza a la almohada.
—Buena noche, Aster.
—Buena noche, Reid.
Cuando despierto aún está oscuro. Tomo una ducha fría con poca agua y me preparo para ir de nuevo a la escuela. Reid se levanta poco después y preparo el desayuno para ambos.
Mi madre no da señales de que vaya a despertar en muchas horas, así que nos encaminamos a la escuela. Cuando llegamos, los amigos de Peeta tienen un reflejo de tristeza en el rostro. Madge, la amiga de Katniss, está sola de nuevo. Y Gale… ¡Oh, Gale!
—Reid, ve a tu clase. Te veo cuando salgamos.
—¿Sabes a qué hora será eso?
—Sobre las diez de la mañana. Te veo aquí, ¿vale?—él asiente y entra por el pasillo a su aula.
Yo camino hasta donde está Gale. Fue su último año en la Cosecha pero, por la expresión de su rostro, pareciera que toda su vida se irá en Cosecha tras Cosecha.
—¡Gale!—mi voz es un chillido. Me aclaro la garganta y vuelvo a intentar gritar su nombre— ¡Gale!—bien, ahora sí me ha escuchado. Busca con sus ojos grises hacia todas partes quién le ha llamado. No logra verme hasta que casi estoy frente a él y agito las manos.
Su expresión es gélida. Sus labios son una línea fina apretada. Sus ojos me siguen hasta que estoy frente a él. ¿Y ahora qué?, ¿a qué he venido?
—¿Cómo estás?—es todo lo que puedo decir. Alza una ceja a modo de cuestionamiento. Algo como un "¿quién se supone que eres?".
Hay un silencio incómodo. Más para él que para mí.
—Soy Aster Hornung…—espero una respuesta, pero no la hay, así que estiro mi mano en modo de saludo. Él me corresponde.
—Supongo que debería presentarme, pero ya sabes mi nombre—dice con aires de prisa.
—Sólo… quería saber cómo estabas…
—Bueno, si ya te has dado cuenta, no estoy nada bien.
—Discúlpame—todo lo que hago es bajar la cabeza. ¿Por qué lo hago? No puedo ponerme a discutir con alguien que ha perdido a su mejor amiga, así que es todo lo que se me ocurre— Yo sólo… Olvídalo…
Me doy la vuelta y camino hacia mi salón de clases, pero Gale regresa y me toma del brazo, lo cual me sorprende.
—Lo lamento, pero es difícil acoplarse…
—Descuida. Cuando se te pase, quizá quieras hablar. Vivo junto a la casa de los Milton.
—Entonces, tu padre era Levitt Hornung…—asiento ligeramente, pero mi expresión ahora es tal como la de Gale— Sí, quizá después hablemos. ¿Has ido al quemador?
—¡Por supuesto que he ido!—sonríe un poco perplejo.
—Pensé que Catnip… Katniss—aclara— era la única chica que entraba al lugar.
—Mi familia necesita comer, Gale. Yo debo entrar a ese lugar, aunque no me guste. Pero no puedo negar que la sopa de Sae es excelente. Ustedes dos cazan muy bien…
—Cazabamos. Ahora sólo soy yo…—se encoge de hombros y de nuevo no sé qué decir.
Ahora el silencio es incómodo para ambos.
—Hoy iré al Quemador, por si es que acaso pasas por ahí. Estaremos saliendo de aquí—le digo.
—¿"Estaremos"?
—Sí. Mi hermano Reid y yo. No acostumbro llevarlo, pero debo comprarle algo de ropa.
—Entiendo.
—Bien. Entonces, ¿nos vemos luego?
—Claro, Aster.
—Bien, hasta luego, Gale.
Me despido con la voz temblorosa y corro hasta mi salón de clases. Todos hablan acerca de Katniss ayer. De Peeta. Katniss resulta ser una heroína ahora, mientras que cuando estaba aquí la despreciaban, la marginaban. Aún peor de lo que marginan a los animales que les proveen huevos y leche para que tengan alimento diario. La buena carne era traída por ella y Gale. Ahora sólo Gale la traerá.
Las pocas clases que hay son lentas y monótonas, como cada día. Nos recuerdan cuán importante es el Capitolio para nosotros, cuánto lo necesitamos y cuánto debemos agradecerle. Casi insinúan que deberíamos hacer reverencias ante Snow por permitir que mantengamos la cabeza sobre los hombros.
Como cada año, nos comunican que la Última Generación (la generación de Gale) ha concluido sus estudios. Que ellos podrán comenzar con los trabajos para los que se les ha preparado. Pienso en el futuro de Gale: las minas.
Hay un nudo en mi garganta cuando pienso en cómo fue la muerte del padre de Gale. Según recuerdo también el padre de Katniss murió en la explosión de las minas. Así, facilmente el Capitolio podría crearun "accidente" y deshacerse de algunos rebeldes. Sacudo la cabeza cuando pasa por mi mente la palabra "rebeldes". Sería imposible, casi, que en nuestro tiempo los Distritos se revelaran.
Me muevo inquieta en mi asiento. No es normal que yo piense en la guerra. Un levantamiento de Distritos. Rebeldes. Rebeldes. Saboreo cada letra, cada sílaba que conforma el cuerpo de la palabra y mis entrñas se retuercen con un sólo sentimiento: simpatía por el dolor del Capitolio.
—¡Señorita Hornung!—escucho el grito de la profesora y vuelvo a la realidad. Noto que tengo el puño cerrado y astillas de mi lápiz roto encajadas en la palma de mi mano— ¿Está bien?
Asiento en silencio y todos me ven. Suena el timbre y salgo lo más rápido que puedo. Camino entre la multitud y corro a donde tenía que estar con Reid cuando saliéramos. Ahí está, sentado en un viejo tronco muerto con los pies colgando. Cuando me ve baja de un brinco, tal como le enseñé a hacerlo en el árbol de casa.
—¿Listo?—le pregunto. Asiente entusiasmado y nos encaminamos hasta El Quemador.
Reid se detiene en seco cuando estamos frente a las puertas de la bodega. No puede ocultar la sonrisa en su rostro y da avanza con pasos firmes y alegres hasta estar dentro. El olor de la sopa de Sae invade el ambiente. El puesto de alcohol tiene casi todas sus reservas, con Haymitch fuera las ventas bajan considerablemente.
Más al fondo está ropa usada. O ropa robada y nueva. De acuerdo a cuánto dinero tengas puedes permitirte alguna prenda.
—¿Quieres algo de comer? —Reid asiente y nos dirigimos hasta donde Sae. Ella atiende con la sonrisa siempre en a boca y su cabello despeinado, las manos grasientas y la frente sudorosa: —Dos platos, por favor.
Ella acude inmediatamente y sirve dos platos para nosotros. Reid come alegre. Hacía mucho que no había tanta luz en su rostro. Le gusta éste lugar, ésta gente. Le gustan tanto como a mí.
De nuevo viene a mi mente el pensamiento que tuve durante las clases. Rebeldes. Las letras revolotean una a una y pienso que los rebeldes nos llevaron a estar como estamos. Pero, ¿qué hubiera pasado si no sólo el distrito 13 se hubiera levantado?, ¿qué habría pasado con el Capitolio? El Distrito 13 fue el causante de los días oscuros, pero el Capitolio lo desapareció del mapa, y así como los esfumó a ellos podrían hacernos a nosotros si sigo con el pensamiento. Eso no sucederá. No habrá una guerra si alguien con suficiente poder e imagen la comienza.
Veo a Reid y me tiemblan las manos al pensar qué sería de su vida bajo los estragos de una guerra. ¿A qué bando se uniría: rebeldes o Capitolio? Me estremezco y dejo caer la cuchara dentro del plato. Salpico la mano de mi hermano y éste se ríe, tomándolo como un juego de mi parte, y simulo que lo es. Nunca debe saber qué pasa en mi cabeza. Nunca.
—Aster—escucho mi nombre en una voz gruesa y masculina. Me vuelvo y veo a Gale acercándose. No recordaba que había quedado con él, pero de cualquier manera me alegra que hay aceptado mi propuesta.
—Hola, Gale—Reid arque las cejas hacia mí, con una expresión de "creí que no lo lograrías". Golpeo ligeramente su brazo y ambos reímos. Esperamos a que Gale llegue y se sienta con nosotros.
—Provecho—dice él y asiente.
—¿Quieres un poco?—le pregunto.
—Oh, no. Gracias. Creo que debes guardas ésas monedas por si las necesitas.
—¡Oh, vamos, Gale! No se me caerá un brazo invitándote un palto de sopa.
—Entonces debería invitarla yo—arquea una ceja y yo le devuelvo el gesto.
—¡Otro plato, por favor!—le grito a Sae desde mi lugar y ésta asiente. Trae un plato de sopa caliente para Gale y pago. Él se sonroja un poco, pero creo que ese plato lo necesita aún más que yo. Él se quita el pan de la boca para dárselo a sus hermanos pequeños y a su madre. Él es el hombre de la casa después de la muerte de su padre. Y es increíble la fortaleza que tiene.
—Y, ¿a qué vienen por aquí?—dice él—No es muy común que alguien quiera entrar aquí. Ya sabes…
—Lo sé—respondo—. Reid necesita ropa, así que hoy vinimos a eso. Pero generalmente sólo vengo yo. Es peligroso para él aún.
—¿A eso vinimos? —su pálida carita se alegra. Sonrío y Gale nos observa. Nunca antes lo había visto sonreír, pero sus ojos empequeñeciéndose por agrandar su sonrisa son hermosos.
—Sí, a eso vinimos—acaricio el cabello de Reid y él se concentra de nuevo en su sopa.
—¿Cómo es que nunca te vi? —dice Gale.
—Uhm… Bueno… Suelo pasar desapercibida para la mayoría de las personas. A ti te veo desde hace ocho años entrando aquí. Después venías con Katniss. Siempre observé cada movimiento que hacías aquí dentro. Tenía miedo, pero aprendí rápido—me encojo de hombros y el alza una ceja.
—¿Espiabas mis movimientos? —me río y el rubor sube a mis mejillas.
—Yo no lo llamaría así. Aprendí mucho de ti—le digo.
Cuando los tres hemos terminado nuestra comida, nos levantamos y nos dirigimos hacia los puestos de chucherías para buscar algo de ropa. Encontramos ropa suficiente para que Reid pase el año, porque seguirá creciendo, y no tenemos asegurado qué pasará en la próxima Cosecha. La próxima Cosecha. Me detengo en seco. El tercer Vasallaje de los Veinticinco. Cualquier cosa puede pasar el próximo años, pero, sea lo que sea, no se llevarán a Reid.
Las risas de Reid y Gale me jalan de regreso a la cruel realidad. Ambos se ponen sombreros roídos claramente por las polillas y unas bufandas de plumas también roídas por polillas.
—Tenemos todo el estilo del Capitolio—juguetea Gale y camina con pasitos ridículos hacia mí. Reid lo imita y algunos de los que están alrededor nuestro ríen. Yo no logro contener la risa más tiempo y estallo en carcajadas.
—Soy Effie Trinket—balbucea Reid y lanza la bufanda hacia atrás y desparpaja algunas plumas. Ambos dejan las cosas donde las encontraron, muy disimuladamente y corren a la salida.
Corro tras ellos y río como una loca con la mochila apretada de ropa para Reid. Cuando los encuentro están bajo un árbol frondoso descansando y carcajeándose. Los observo y pienso en lo afortunados que son los hermanos de Gale.
—¡Hey!, ven a sentarte con nosotros—grita Gale y camino hasta donde están. Me siento junto a Reid y tomo aire después del esfuerzo que hice para alcanzarlos.
—Gale, ¿quieres venir a ver las entrevistas con nosotros?... A casa—dice Reid. A ambos nos toma por sorpresa la propuesta de Reid. Gale me mira y yo no sé qué responder.
—Creo que sería inoportuno ir a tu casa sin antes haber pedido permiso a tu madre—le dice Gale y pseudo-golpea la quijada de Reid. Éste ríe y aparta la mano de Gale.
—Aster—y los ojos suplicantes de Reid se vuelven hacia mí—, ¿Gale puede ir con nosotros?
No sé qué responder. Tartamudeo un poco y le respondo: —Tú sabes que por mí no hay ningún problema. Pero mamá es el verdadero problema.
—Oh, vamos. Mamá llegará tarde, como todos los días.
Gale y yo intercambiamos miradas.
—Está bien. Si él quiere, adelante—sonrío y me siento aliviada de descargar la responsabilidad de la invitación en Gale.
—Entonces, iré—dice él decidido. Me alegro de que haya aceptado. Quizá eso lo distraiga un poco, aunque verá a Katniss de nuevo y su estado de ánimo, levantado por lo menos una hora, caerá de nuevo.
—Bien. ¿Vienes desde ahora, o irás a tu casa primero? —pregunto.
—Iré primero con mi familia. Avisaré para que no estén preocupados—dice él. Sus ojos grises brillan y toman diferentes tonos mientras mueve la vista bajo la sombra del árbol.
Cuando hemos descansado, Gale se dirige a su hogar y nosotros al nuestro. Reid golpea con el pie una piedra y me la pasa, después yo la pateo y se la paso y repetimos eso hasta llegar a casa. Como siempre, mamá no está. Envío a Reid por algunas verduras del pequeño huerto que hemos sembrado ambos y preparo algo de comida con unas pocas de las sobras de ayer.
Reid me cuenta sobre su día en la escuela. Cómo todos hablaban de Katniss y de Peeta. Apostaban por quién regresaría. Todo era un desastre, ambos pensábamos lo mismo, pero nos manteníamos al margen de los comentarios estúpidos de la gente.
—Hoy pensé mucho en una palabra…—dice él— Rebeldes…
Escucho con atención y paro de cortar las verduras. El agua hierve y Reid juguetea con una cuchara de madera. Se vuelvo con la expresión seria hacia él y deja de mover su ahora juguete.
—Nunca repitas esa palabra con nadie más—me acerco hasta él y lo sacudo por los hombros—, ¿entendido? ¡Nunca!... ¡No sabes lo peligroso que es!... Si no es conmigo, no lo repitas, ¿de acuerdo?— en sus ojos hay miedo y confusión, pero simplemente asiente. Lo abrazo y lo pego a mi pecho— No quiero perderte. Esa palabra es un desafío a las normas del Capitolio. No quiero… No quiero perderte…—susurro en su cabello y el asiente. Cuando nos despegamos sus ojos se fijan en los míos y sé que entiende por qué actúe de esa manera.
Vuelvo a mi actividad anterior y Reid enciende la T.V. En cualquier momento los Agentes de la Paz asomarán la cabeza por nuestra ventana para saber si vemos la transmisión de la llegada de los tributos al Capitolio. Y, como lo dije, una hora después ellos están en la ventana metiendo sus cabezotas.
Ahora transmiten el arribo de varios Distritos. El 1, 5, 3, 8, 4, 9… Hasta que llega el Distrito 12. Peeta saluda a la audiencia desde la ventana. Su cabello rubio se asoma y sus hermosos ojos azules resaltan en la pantalla, pero Katniss no aparece. Después, las cámaras los siguen hasta bajar y subir al transporte que los lleva al Centro donde estarán la próxima semana. La semana anterior a los Juegos.
Inmediatamente que se van los Agentes de la Paz, Peeta y Katniss desaparecen de la pantalla, y entonces la cabeza de Gale está en la ventana.
—¡Oh, no me digas que me he perdido la llegada de esos dos al Capitolio! —dice divertido.
—Así es, mi querido Gale. Te lo has perdido todo. Aunque hubo más Peeta que Katniss en pantalla. Y, como siempre, Effie robando cámaras—ambos nos reímos—. ¿Qué esperas ahí afuera?, ¡entra!
Va a donde Reid y se sienta con él. Yo sigo preparando la comida y, cuando está lista nos sentamos a la mesa. Devoramos todo, pero dejamos algo guardado para mamá.
Pasan las horas y las repeticiones de los mejores momentos de otros Juegos están en la pantalla. Los tres discutimos acerca de los Juegos y de si deberían existir o no. Y caemos en un rotundo no.
Cuando entra la noche, los tributos están listos para salir.
Pasan con los trajes de siempre. Distrito 1, 2, 3… la monotonía de siempre. Y de pronto, de entre la oscuridad y las llamas aparecen Katniss y Peeta con trajes simulando fuego y carbón. Claro, somos un distrito minero. Y ahí están, todos sorprendidos, boquiabiertos.
El miedo está en los rostros de Peeta y Katniss, pero lo disimulan muy bien. Gale aprieta mi rodilla. Entonces lo veo: Peeta y Katniss van tomados de la mano. La ovaciones por parte de los presentadores es masiva, al igual que la del público. Siento que el corazón se sale de mi pecho cada vez que veo que las llamas ondean junto a las manos entrelazadas de los tributos masculino y femenino de mi Distrito. Nuestro Distrito.
La ceremonia termina cuando el Presidente Snow termina de dar su discurso. El Escudo del Capitolio aparece en la pantalla y el Himno de Panem suena. La transmisión se termina y Gale y yo seguimos sentados ahí, fríos. Sin palabras.
—Gracias por venir—lo acompaño hasta la puerta cuando dice que es hora de irse.
—Gracias por invitarme.
—Cuando quieras—ambos sonreímos.
—Quizá cuando sea la presentación de los Tributos, el día antes del inicio de los Juegos. Tal vez mañana— dice él y se encoge de hombros.
—Cuando gustes, Gale.
—Bien. Hasta luego, Aster. Un gusto—me dice— ¡Hasta luego, Reid! —le grita a mi hermano camina hacia nuestro dormitorio, soñoliento. — Buenas noches—concluye y desaparece en la oscuridad.
Quedo impresionada con las llamas en los trajes de los Tributos. Y es en todo lo que puedo pensar durante mi noche de insomnio.
