Primero que nada, una disculpa por los dos meses y días en los que me desaparecí. Ahora conseguí un trabajo y estoy en clases particulares de solfeo y eso consume casi todo mi tiempo. De cualquier manera les traigo mas de 11,000 palabras en un solo capitulo, asi que espero que lo disfruten muchisimo :).

Una vez más se me dificultó escribir este capítulo, pues no soy del tipo conformista (mas bien soy algo perfeccionista)

Se que les había dicho que habría cosas MUY interesantes en este capítulo, pero después me lo pensé mejor y creo que aún faltaban cosas por mostrar antes de la "ACCIÓN" (nótese las múltiples maneras de resaltar la palabra), asi que no se me desesperen, a diferencia de las ultimas veces que he subido capítulo ahora ya tengo empecé el otro asi que no me maten :P

Este capítulo me costó trabajo, pues tuve que meterme en la piel de Edward y viví un par de días frustrada ajaja Si! es extraño como uno puede ser empático con sus propios personajes y acabo de vivir esto con Edd.

Y sobre todo discúlpenme de nuevo por la ausencia… de plano mi imaginación me abandonó.

Disfrutenlo mucho, es sobre un Edward más humano... más hormonal ajajj

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AVISOOOO!

Acabo de dejar el prologo oficial de la historia en el primer cap, por si gustan pasar a leerlo :)

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::Twilight no me pertenece ni sus personajes, solo esta historia::

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Capítulo 9: Human VS Monster

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Edward POV

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La observé con devoción.

Se veía tan vulnerable… sus ojos permanecieron unos segundos abiertos con asombro, para después parpadear repetidamente. Su corazón latía frenético.

Me atreví a respirar por la boca un poco, solo un poco. Incluso sin olerla podía sentir su sabor en mi lengua. Haciendo caso omiso a mi conciencia, me atreví a acercarme a ella. ¡Ah! Mi cuerpo vibró de placer al sentir su esencia tan cerca de mí. Su cuello se encontraba a centímetros de mi boca. Podía ver los vellos de su piel erizarse, podía sentir como se estremecía con mi gélido aliento.

–No te me acerques… no te quiero cerca de mí. –susurré, disfrutando de la exquisita cercanía que nos rodeaba.

Un sonido repetitivo llenó mis oídos. Prácticamente podía sentir su pulso golpeando mi rostro como invitándome a probarlo. Frente a mí, la vena principal de su cuello se exhibía bajo su delicada piel.

Reaccioné por algún escaso segundo. Había abierto la boca solo un poco, exponiendo mis filosos dientes, que se encontraban cerca de su cuello. Lo suficientemente cerca para inclinarme unos milímetros, rozar levemente su piel con mis colmillos y dejar que la sangre brotase naturalmente, esperando por mi…

Solo unas gotas… solo un poco… no, no… sal de ahí.

No, no podía dañarla.

Sal de ahí ahora. ¡Aléjate de ella! ¡Le harás daño!

Y, juntando la poca fuerza de voluntad que me quedaba, salí de mi recámara lo más rápido que mis pies me lo permitieron. Me detuve en el pasamanos de las escaleras amoldando su forma a mis dedos. Desesperado, llené mis pulmones de aire limpio y por fin pude pensar de forma estrictamente racional. Esta vez no había sido una situación tan ardua, por lo menos no la había asesinado. Ella estaba sana y salva, y yo no tenía las manos llenas de sangre inocente.

El alivio era tan extenso que reí eufórico. Ella no estaba muerta, ella estaba bien. Me alegró el hecho de que de alguna manera me hubiera sensibilizado, lo suficiente como para detenerme a mí mismo.

Eso quería decir que quizá si podría estar cerca de ella.

Si bien no me sentía del todo bien, jamás me había sentido tan fuerte. Lo que fuese que me brindaba Isabella era el sentimiento más poderoso que jamás había sentido en mi vida, lo suficientemente poderoso como para dudar si realmente me podría llegar a quererla.

Suspiré pesadamente, me erguí y caminé hacia la ventana con ambas manos en los bolsillos del pantalón, reconociendo la fascinación creciendo dentro de mí. ¿Podía ser posible? ¿De verdad podría querer a aquella hermosa y delicada criatura? Y sobre todo… ¿ella podría quererme a mí?

Entonces me vi reflejado en el vidrio de la ventana y todo se desmoronó a mi alrededor. Mi pálida y fría piel, mis ojos inhumanos y una serie de cosas más me hicieron darme cuenta de la horrible realidad. Yo era un monstruo, y ella jamás podría amarme. Jamás podríamos estar juntos. Con cada fibra de mi ser, anhelé ser un hombre normal, así podría sostenerla entre mis brazos sin arriesgar su vida. Así podría ser libre de tejer mis propias fantasías, fantasías que no terminarían con su sangre en mis brazos, con su sangre brillando en mis ojos.

Todo era aún más confuso porque nunca me había sentido tan humano en toda mi vida. Ni siquiera cuando era humano, tanto como podía recordar…

Y fue cuando escuché un leve sollozo, acompañado de un leve olor a sal. Mi cuerpo se tensó de golpe y en un segundo me encontré frente a la puerta de mi habitación con la mano cerca de la puerta, la cual retiré inmediatamente.

¿Enserio? ¿Había estado a punto de romper la puerta para tomarla entre mis brazos y suplicarle su perdón? ¿Decirle que no volvería a ocurrir y que en realidad sentía algo por ella lo suficientemente fuerte para sacarme de mis cabales?

Di un paso hacia atrás espantado por mi nueva actitud, una que desconocía, una que jamás se había presentado en mí. Caminé silenciosa pero rápidamente de un lado a otro. Era demasiado estúpido sentirme ansioso por que una chica lloraba desconsoladamente… por mi… ¿culpa?

Perfecto. Simplemente perfecto.

No solo le había mentido, atacado, odiado, intimidado y despreciado, sino que también le había hecho llorar. Mas imbécil no podía ser…

No. No debía sentirme así al respecto.

Halé mi cabello desesperado. ¿Y que si lloraba? Era por su maldito bien. La alejaba de mí precisamente por eso, para que no terminara como un cadáver drenado, aun que el simple hecho de pensarlo me helara los huesos.

No quería verla inmóvil, sin su corazón latiendo rápidamente como el batir de las alas de un colibrí y sin que sus mejillas se tornaran en aquel adorable rojo carmesí. ¿Qué iba a hacer entonces…?

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Una hora había transcurrido. Yo aún me encontraba fuera de la habitación escuchando como los leves sollozos al otro lado de la puerta se iban tranquilizando hasta convertirse en una acompasada respiración.

Me planté por enésima vez frente a la puerta, con la mano cerca de la perilla, retirándola de inmediato.

Esto era absurdo… más que absurdo…

Pero quería verla… por lo que acerqué la mano a la perilla de nuevo, retirándola al segundo siguiente.

Esto no era absurdo… ¡era estúpido!

Pasé una mano por mi cabello con la intención de calmarme. Por supuesto que no funcionó...

Una risa burlona se escuchó al otro lado del pasillo.

Con aspecto relajado y divertido, Carlisle yacía recargado en la pared con ambos brazos cruzados sobre su pecho, que subía y bajaba por sus risas.

– ¿Hace cuanto que estás ahí? – siseé en voz baja claramente irritado, y a la vez avergonzado.

– Deberías ver tu expresión, Edward – se burló entre una nueva oleada de silenciosas risas. Rodé los ojos, suficiente era tener que estar lidiando conmigo mismo como para soportar las burlas de Carlisle. – Está bien, está bien – me tranquilizó, tratando de contener su risa – Me gustaría que me acompañaras a dar un paseo. – sonrió, para después saltar por una ventana abierta hacia la noche.

– Tú y tu manía con el cielo, Carlisle… – susurré al verlo observar el cielo desde la rama más alta de un abeto, él esbozó una sonrisa.

Subí fácilmente hasta donde se encontraba. El paisaje era hermoso y tranquilizador. Una ráfaga de aire sopló hacia mi rostro e inhalé con devoción el olor del bosque.

– Es lo único que ha permanecido constante desde mi transformación. – se defendió con cierto deje de nostalgia. Después, se sentó sobre la gruesa rama en donde antes se había encontrado de pié y recostó su cabeza sobre el tronco principal. Sus ojos volvieron a viajar al pasado a la vez que un montón de recuerdos al azar llegaron a su mente y por ende, a la mía también. – La posición de las nubes esta noche… y el color del cielo… me recuerdan un poco la noche que encontramos a Esme…

Reí sin humor. Si bien yo sabía de primera mano que para Carlisle el haber aceptado su condición no había sido nada fácil. Con múltiples suicidios fallidos y casi un siglo de soledad la vida de mi ahora padre se había tornado monótona. Entonces aparecí, muriendo de influenza.

Me encontraba solo en este mundo. Sin mi padre y mi madre.

Quizá entre los deseos de Carlisle no figuraba el tener una familia, pero su manera de pensar cambió un poco cuando descubrió en mí el amor que podía tener un padre hacia un hijo.

Nuestras mentes viajaron simultáneamente a aquella época…


1921…

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Esa noche el viento soplaba tranquilamente y la luna iluminaba las calles de Minnesota, en el hospital central. Por lo general en la madrugada no había tanta movilización, sin embargo era la única manera de salir a la calle… de parecer normales. Carlisle caminaba distraído por su pequeña y cómoda oficina, tarareando alguna canción no reconocible. Yo, por mi parte, me encargaba de llenar una montaña de expedientes que se suponían que estarían listos para el día siguiente.

Edward – me llamó Carlisle. Levanté la vista con pesadez del papel que sostenía entre mis manos y le miré interrogante. – A ese paso jamás vas a terminar… – se quejó, aunque con una sonrisa burlona en sus labios.

No sabes lo aburrido que es esto… – murmuré entre dientes.

Si quieres ser un buen médico es fundamental que puedas hacer de todo, inclusive llenar expedientes. – dijo con una sonrisa tranquila. Yo resoplé en respuesta. – Es importante tener buenas bases.

Desde que Carlisle me había salvado le tomé el gusto a la medicina, así que ahora iba en mi primer año de estudios. Habíamos esperado a que la etapa de neófito pasara, aunque aún así, el olor de la sangre seguía quemándome la garganta como si un hierro caliente se deslizara por mi garganta…

De cualquier manera… esto es muy aburrido… – insistí. Carlisle suspiró.

Eres joven hijo, es una lástima que te la vivas aburrido. ¡Tienes toda la eternidad por delante! Aprovéchala.

Hice una mueca y bajé la mirada. Tenía ya veinte añosde existencia y tres como vampiro. El pensar solo en que viviría para siempre resultaba un tanto aterrador. ¿Qué más podía hacer ahora?

Mis sueños se habían ido a la basura.

Mi madre ya no estaría al pié de nuestra casa con alegría al ver que yo volvía de la guerra sano y salvo. Jamás me llenaría de besos, jamás acariciaría mi cabello de esa forma tan suya de tranquilizarme. Mi padre jamás palmearía mi espalda y me diría lo orgulloso que estaría de mí, ni tampoco vería sus ojos zafiro resplandecer de felicidad.

Ahora los dos yacían bajo tierra desde hacía tres años… en aquel lúgubre cementerio que me juré a mi mismo jamás visitar.

¿Qué me quedaba entonces? Sólo Carlisle. Mi padre, mi amigo, mi hermano.

Unos golpes insistentes en la puerta me sacaron de mis pensamientos. Carlisle se acercó a velocidad normal a la puerta y la abrió, revelando a una de las pocas enfermeras en turno que luchaba por mantener el aliento.

Doctor Cullen, le necesitan en urgencias… – dijo apresurada, sin detenerse a mirarme, para después cerrar la puerta con prisa. Pude oír con claridad sus pasos alejarse con rapidez por el pasillo.

¿Qué ha pasado? – me preguntó Carlisle, sabiendo que yo podía escuchar.

A estas alturas el controlar mi don era más fácil.

Aún podía recordar aquel fático día en el que desperté, justo tres días después de haber comenzado a sentir aquel horrible dolor, escuchando voces en mi cabeza, las voces de los vecinos… a dos kilómetros de distancia de mi entonces nuevo hogar. Asustado, me había levantado de la cama en la que me encontraba, había corrido a un rincón de mi entonces nueva habitación y le había suplicado a Carlisle, sin saber ni recordar ni quien era, que las voces se detuvieran…

Solo entonces unas semanas después supimos que poseía un don. El odioso don de leer mentes.

Encontraron a una joven en Disftless*, a los pies de un barranco… – dije lentamente, concentrándome en los pensamientos de la enfermera.

El rápidamente se colocó su bata y tomó el estetoscopio del escritorio. Caminó rápidamente y se detuvo en la puerta, para después mirarme con duda.

¿Me acompañarás?

Era un hecho que había sangre de por medio.

Yo… no… no sé si… – balubuceé nervioso.

En el poco tiempo que llevaba en el hospital, Carlisle me había expuesto al olor a la sangre con la esperanza de que me sensibilizara a su olor. Si bien podía estar cerca de una persona cubierta de sangre sin atacarla, tampoco podía mantenerme mucho tiempo ya lo habíamos comprobado y dos personas habían muerto en el acto.

El instinto aún llamaba.

Pero Carlisle jamás se daba por vencido y una y otra vez me ayudaba con palabras de aliento que hacían que de alguna manera u otra soportara la sed flameante que se presentada cada vez que la sangre se exponía frente a mí.

El cruzó la distancia que nos separaba y se plantó frente a mí.

Puedes hacerlo – dijo con seguridad, poniendo una mano en mi hombro. – Te has sensibilizado de una manera increíble; ni siquiera yo tenía el autocontrol que tu posees ahora. – hizo una pausa – ¿Lo harás, cierto? La paciente nos necesita…

Asentí lentamente, el sonrió. Ambos salimos de su oficina, controlando que no caminaramos lo suficientemente rápido para levantar sospechas. Carlisle caminó lejos de mí y abrió la puerta de la sala de urgencias. Y el olor a sangre me golpeó.

Son personas, no son alimento. Alguna vez fuiste como ellos… repetí en mi mente.

Poco a poco mis músculos fueron relajándose y traté de no respirar. Con el aire que quedaba en mis pulmones era suficiente para hablar por un minuto o dos.

Al entrar a la sala se pudo sentir la tensión en el ambiente. Carlisle se detuvo súbitamente al encontrarse frente a frente con la paciente.

No es posible… pensó con sorpresa. Le miré interrogante pero él, nervioso y a la vez confundido, desvió la mirada sin decir nada.

Al acercarme a la camilla, mis… nuestros ojos no daban crédito a lo que veían.

Una mujer, de veinte y muchos, de facciones delicadas y cabellos color caramelo yacía postrada en la camilla… con la espina dorsal rota. Su cuerpo se encontraba contorsionado en una posición extraña sobre la misma, su rostro, piernas y brazos presentaban múltiples rasguños y horribles hematomas.

Dos enfermeras revisaban sus signos vitales, yo traté de encontrar alguna identificación entre las pertenencias que habían venido con ella, y Carlisle… él simplemente se quedó estático junto a la camilla.

Carlisle – le llamé. Sus pensamientos volaban sin orden alguno. – ¡Carlisle! – le dije de nuevo. El se giró hacia mí, con los ojos llenos de sorpresa… y temor. – ¿Qué ocurre? – le pregunté lo suficientemente bajo para que la conversación se desarrollara solo entre los dos.

El abrió la boca, con indecisión, y antes de que pudiera decir alguna palabra el Dr. Richards entró a la habitación.

El hombre, moreno y robusto y de expresión monótona se acercó y observó a la joven con aburrimiento. Una mueca surcó sus labios y suspiró pesadamente.

– Un intento de suicidio, mal hecho por supuesto... –murmuró. – Declara al paciente, muchacho – dijo en voz alta, dirigiéndose a mí. – Y después llévala a la morgue. – pidió con autoridad, antes de girarse sobre sus pies y prepararse para irse.

¿Disculpe? – le llamó Carlisle visiblemente ofendido. – La paciente aún está viva. – ignorando las instrucciones, él se volvió a una de las enfermeras. – Adminístrele cinco miligramos de morfina vía intravenosa. Edward, necesito gasas y alcohol. Trata de traer suficientes…

Doctor Cullen está usted perdiendo el tiempo. – le interrumpió. Carlisle estaba perdiendo la poca cordura que le quedaba. –Esta paciente no tarda en morir, así que no es necesario que gaste gasas y alcohol en vano…

Ella aún vive – insistió – Compruébelo por sí mismo, y luego déjeme trabajar. – le dijo Carlisle, tajante.

El Dr. Richards entornó los ojos y sin colocarse bien el estetoscopio lo puso en el pecho de la joven unos segundos. Carlisle y yo nos miramos. Por supuesto que podíamos escuchar el débil latido proveniente de la joven.

¿Lo ve? Ella ya ha muerto. – levanté una ceja a Carlisle, y el negó con la cabeza. El doctor se giró hacia mí – Declara al paciente muchacho, y después llévala a la morgue. – repitió. Miré a Carlisle, inseguro de que hacer realmente. El sólo asintió.

Hazlo, después nos haremos cargo de ella en cuanto se largue…

Hora de muerte… 02:33 a.m. – dije titubeante. Comenzaba a quedarme sin aire.

Debe de aprender que no siempre debemos de salvar a los pacientes doctor… hay veces donde uno ya no puede hacer nada y simplemente tenemos que dejarlos ir. – dio en par de palmaditas en la espalda de Carlisle, que tenía ambas manos apretadas en puños. – Bueno, yo he terminado mi turno, buenas noches Carlisle, Edward – se despidió sin siquiera voltear a vernos, y luego desapareció de nuestra vista. Las enfermeras le siguieron después de algunos segundos con la pena pintada en sus rostros.

Imbécil, ignorante, poco ético y sin vergüenza… – murmuró entre dientes – ¡ni siquiera se colocó el estetoscopio en los oídos!

No vale la pena… – le tranquilicé. – Por ahora hay que concentrarnos en curarla.

N… n… no – murmuró una voz a nuestras espaldas.

Ambos nos giramos, asombrados. Ella nos miraba fijamente, tratando de mantener los párpados abiertos.

¿Aún así podía seguir hablando, después de haber sufrido tantas heridas de gravedad? Carlisle se acercó a la joven y acarició su cabello con la intención de calmarla.

Todo va a estar bien señorita. Yo voy a quitarle ese dolor… – murmuró solemne.

N… no… – insistió ella – Ma… máta… me…

Míreme – le pidió. Con las pocas fuerzas que le quedaban ella abrió sus ojos desmesuradamente, como reconociéndolo – La salvé una vez… déjeme hacerlo de nuevo…

Esos ojos... no, no es posible... pensó ella, confundida.

Soy yo, Esme – susurró, acariciando su rostro. – Soy Carlisle...

En la mente de Carlisle . El caminaba hacia el trabajo por un camino de terrasería, cuando se pronto, detrás de un árbol, escuchó unos leves sollozos. al acercarse él pudo ver a una pequeña y hermosa joven con lágrimas en los ojos y sujetándose la pierna con dolor. Carlisle vendó su pierna con delicadeza. Ella era muy joven, a lo mucho dieciséis años.

Un intercambio de miradas. Un par de sonrisas...

Toda una tarde pasó en compañía de ella. Ni siquiera se había preocupado por haber faltado al trabajo.

Un hombre llegó a su lado, diciendo ser el padre de ella y exigiendo una explicación que le fue dada amablemente por Carlisle.

Jamás lo olvidaré, Carlisle, le dijo ella, acariciando su rostro en algún momento que su progenitor no los vio.

Y después se alejó en brazos de su padre, diciéndole adiós con la mirada.

Había sido amor a primera vista, pero ella era tan joven en aquel tiempo. Él no se sentía con el derecho de arrebatarle su humanidad en aquella tierna edad. Pero ahora la tenía frente a él, a punto de morir.

La había perdido una vez, y no la perdería de nuevo…

¿Qué piensas hacer? – pregunté horrorizado, adivinando el hilo de sus pensamientos.

Me ignoró, tomó la camilla y la empujó por el pasillo hasta llegar a la morgue. Le igualé el paso a los pocos segundos, cerciorándome de cerrar bien la puerta e inmediatamente le tomé del brazo, el se zafó de mi agarre con facilidad. Ambos nos miramos, furiosos.

No te atrevas Carlisle… – le amenacé.

Está muriendo Edward… – susurró con la voz rota.

Ella quiere morir, la has escuchado…

No puedo permitirlo.

Deberías tener la decencia de preguntarle si quiere seguir viviendo… – dije fríamente.

Carlisle me observó sorprendido. Yo jamás le había hablado de esa manera, pero igualmente seguía sin importarme. Ella debía de tener la opción de escoger, la misma que yo no tuve y que mi madre había tomado por mí.

Él se acercó a ella, tomó su mano y la contempló unos segundos.

No te queda mucho tiempo… – le recordé.

El asintió ausente. Ella abrió sus ojos suavemente y le miró con una ternura inexplicable.

Car…li…lisle… – murmuró casi sin aliento. Entonces esbozó una sonrisa – yo… sabía… que te… volvería a ver…

Tan hermoso... como aquella vez...

Esme… – susurró él con devoción, besando los nudillos de su mano. – No me hagas perderte de nuevo…

Ya no me… quedan… mo…tivos… para seguir… viviendo… – dijo ella. Una lágrima se deslizó por su mejilla, la misma que el secó con sus dedos.

Quédate conmigo para siempre. Juro hacerte feliz… – prometió Carlisle con desesperación. – Nada te va a faltar y podrás contar conmigo para lo que quieras… pero no me dejes, no de nuevo.

Ella le miró con indecisión, y después me miró a mi. No pude hacer nada mas que ofrecerle una sonrisa, ella me sonrió igualmente.

Para siem... pre… es demasiado… tiempo…

Ella simplemente no entendía nada. ¿A que se refería aquel hombre que había conocido hacía diez años atrás, el cuál no tenía rastros de haber envejecido?

¿Estás dispuesta a vivirlo conmigo? – preguntó él, acariciando su rostro. Ella cerró sus ojos y asintió suavemente. – Para siempre… – murmuró Carlisle, para después clavar sus colmillos en su cuello..

Desde aquel momento que Esme observó a Carlisle cuando su transformación culminó, el supo que todo estaría bien a partir de ese momento; y levantó la vista al cielo, por primera vez en toda su vida, con esperanza desbordándose de sus ojos dorados...


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– A pesar de todo, no me arrepiento de haberla salvado… – murmuró Carlisle, sacándome de mis pensamientos.

– Bueno, yo hubiese hecho lo mismo – confesé, recargando mi cabeza en el grueso tronco del árbol.

La noche comenzó a hacerse cada vez más fría. De pronto el cielo fué cubierto por una gruesa capa de nubes negras. Carlisle no dijo nada mas. Sus pensamientos aún se encontraban en aquella época.

– ¿Y si hubiera sido Bella? – me preguntó de pronto.

Perfeeeeeeecto, golpe bajo.

– Ella estaba tan débil… – prosiguió – que por un momento consideré transformarla.

La rabia me invadio en ese momento ¿Transformarla? ¿Convertir a un ser tan puro en un monstruo sin alma?

– Carlisle, dime la verdad. ¿Qué pensaste en llevarte a Isabella a vivir a casa? ¿Acaso pensaste que no los iba a descubrir?

– Hemos vivido con humanos por años – se excusó.

– Pero no bajo nuestro techo.

El pareció pensárselo.

– Bueno, no la iba a dejar sola... – me dijo en un susurro.

– Pudiste dar aviso a las autoridades y que ellos se hicieran cargo de ella.

– No – dijo rotundamente – Edward, no la iba a exponer a que el infeliz que le hizo esto volviera por ella.

– De cualquier manera… – protesté, el me interrumpió.

– Edward ¿exactamente que tienes en su contra?

No respondí. ¿Qué se supone que tenía que decir? No tenía absolutamente nada en su contra, todo el asunto era conmigo.

– Te conozco desde hace casi un siglo… si no fuera por la escenita que montaste hace un rato, yo diría que…

– No hay nada Carlisle – le corté. Me observó fijamente, como tratando de descifrarme. Aparté la vista. – Fin del asunto…

Carlisle suspiró pesadamente, se levantó de su lugar y se plantó frente a mi, con los brazos cruzados sobre su pecho.

– Iré directo al punto, ya es hora de que sepas de una vez lo que pasó. – Le observé confudido. – ¿Qué sabes de Bella, hasta ahora?

– Solo que la encontraron en el bosque, y que no recuerda nada – respondí automáticamente, recordando lo poco que había 'oído' de ella desde que había llegado aquí. – ¿Tenemos que hablar de ella? – pregunté incómodo. Pasé la mano por mi cabello en actitud nerviosa.

– Tienes que saberlo – insistió. Rodé los ojos. – Es de vital importancia, ya que el asunto nos concierne a todos.

Todo esto se empezaba a tornar extraño hasta cierto punto. ¿Que sabían los demás que yo no? Había estado en casa menos de dos días, había escuchado pensamientos ir y venir y jamás había sobresalido algo sobre Bella, al menos no algo de vital importancia. Alice, por ejemplo, pensaba en Bella como su mejor amiga... me sorprendía el grado de cariño que mi hermana favorita le tenía. Jasper y Emmett la veían como una hermana menor a la cual debían de proteger a toda costa. Esme y Carlisle ya la consideraban como una hija más. Y Rosalie... Rose veía en Bella lo que ella hubiera querido ser. Un par de mejillas teñidas de un exquisito rubor, un pulso acelerado, el dormir, el soñar... casi me dolió el hecho de que mi hermana hiciera con Bella lo que ella no podía hacer con ella misma. Lo que nosotros ya no podíamos ser...

– No es como si me importara... – dije encogiéndome de hombros, tratando de restarle importancia.

Pero él no se daría por vencido tan fácilmente.

– ¿Me harías el favor de escucharme?– preguntó Carlisle cauteloso.

Y luego el me miró de esa manera... con sus ojos amables y nobles como suplicando...

Suspiré pesadamente y asentí.

Carlisle sonrió en agradecimiento...

Un puñado de recuerdos ajenos me invadieron, luché por prestar atención a cada uno de ellos.

Y través de los ojos de Carlisle, pude ver lo que pasó ese día...

El bosque. Mis hermanos corriendo al lado de Carlisle. Alice deteniéndose abruptamente, con la mirada frágil cuerpo yacía sumergido en el agua a excepción de su cabeza. Su piel poseía un débil tono azulado, sus labios se encontraban agrietados y de un horrible color morado. Los brazos de Carlisle la sujetaron cerca de su cuerpo, cubriéndola con una chaqueta. Entró en nuestra casa y la depositó en el sofá, donde pudo examinarla de cerca. Los rasguños que cubrían todo su cuerpo eran profundos, algunos ya estaban cicatrizados. Lo que más le sorprendió… fue una mordida en una de sus costillas, debajo de sus pechos. Una herida que solo podía ser provocada por alguien de nuestra especie…

– ¡Basta!– grité a golpe de pulmón, provocando un eco en el bosque. – ¿A qué te refieres?– jadeé horrorizado. – ¿Ella fue expuesta a la ponzoña?

No podía ser. Era imposible. ¿Mi Bella? ¿Mordida por un vampiro?

Sentimientos encontrados se apoderaron de mi. Por una parte me aterraba la idea de que ella sufriera. Yo mismo sabía lo que se sentía el dolor agonizante llenando cada célula y la ponzoña extendiéndose a pasos agigantados por cada rincón de mi cuerpo. Jamás querría ese dolor para ella.

Por otra, una actitud posesiva se adueñó de mí, al pensar en el simple hecho de que alguien la tocara tan íntimamente, que alguien pudiera rozar sus labios en su piel y probar su exquisita sangre.

De verdad que todo esto era enfermizo...

La mirada de Carlisle reflejó dolor. Su pequeña había sido herida y el no había podido hacer nada para encontrar al responsable. Suspiró antes de volver a hablar.

– Todos lo saben, sólo que se mantienen al margen de ello. – la rama de donde me encontraba sostenido se convirtió en un puñado de astillas. Él lo ignoró. – No sé hasta qué punto le hicieron daño en cuanto al nivel de ponzoña que tenía en su cuerpo, pero es obvio que la sacaron antes de que se extendiera.

– ¿Por qué no me lo habías dicho? – pregunté en un susurro.

– No se había presentado la oportunidad – dijo sencillamente, encogiéndose de hombros.

– ¡¿No se había presentado la oportunidad? – grité furioso. Me levanté y caminé por la rama, dejando mis huellas marcadas por donde pasaba. Finalmente de una patada volé parte del tronco. – ¡Ella ha pasado por tanto Carlisle! – mis manos se convirtieron en puños. Mi voz se fue tornando rota y melancólica – ¡Y encima estuve a punto de matarla, y herí sus sentimientos hace unos minutos! ¿Cómo pudiste haber esperado tanto para decírmelo? – le recriminé, dolido. El me observó confundido.

– Al principio pensaba que no te importaba. – se disculpó – Quiero decir… se del problema que tienes con Bella pero no sabía que te preocupaba de un modo más… personal…

– ¡Por supuesto que me preocupa! – solté sin pensarlo. Mi voz se quebró melancónicamente en cuanto terminé la frase.

Carlisle me miró atónito. Sus pensamientos volaban buscando una razón a mis reacciones.

¿La amas? Inquirió, incrédulo.

– No – susurré, dudando realmente de mi respuesta.

– De otra manera no te preocuparía tanto. – explicó. – Ya era hora que el Edward noble que conozco desde hace casi un siglo apareciera por aquí. – dijo palmeando mi hombro –

– Carlisle – susurré. – Es tan difícil… cada segundo que paso cerca de ella ideo diferentes formas de asesinarla. Diferentes formas de tomarla entre mis brazos y escapar de la vista de todos ustedes. – confesé avergonzado de mi mismo.

– Pero a la vez una parte de ti no quiere hacerle daño. Además de que eres un vampiro, eres un hombre Edward…

Le miré incrédulo, adivinando el hilo de sus pensamientos.

– De acuerdo… quizá sea demasiado rápido para sacar conclusiones. Manejaré todo esto del modo más discreto posible. – prometió, regalándome una sonrisa. – Confío en ti y sé que independientemente de lo que sientes, harás lo correcto.

– Gracias Carlisle… no se qué haría…

Un grito ensordecedor interrumpió nuestra plática. Un lamento doloso, proveniente de nuestra casa. Me envaré en mi lugar, sintiendo una sensación extraña en el pecho.

Bella...

– No de nuevo… –murmuró Carlisle.

– ¿Qué sucede? – pregunté confundido. Carlisle bajó del árbol y comenzó a correr en dirección de nuestra casa, en dos segundos le igualé el paso.

No es grave, pero necesito estar ahí con ella… en algunas ocasiones se lastima involuntariamente…

– ¿A qué te refieres? – pregunté, asustado. El me miró pero no me respondió.

Los segundos se me hicieron eternos.

A pesar de todo, y tenía que reconocerlo, ella si me importaba… del modo más personal posible…

...

Al plantarnos frente a la puerta un puñado de sollozos envolvieron el ambiente. Rose y Emmett se encontraban sentados en un sillón con las manos entrelazadas, claramente preocupados y Alice caminaba como un león enjaulado por toda la sala. Los gritos a golpe de pulmón se escuchaban en la planta alta, en mi recámara.

– ¿Que ha pasado? – el tono de mi voz se escuchaba desesperado. Por suerte nadie prestó atención, pues otro grito captó la atención de todos. – ¿Y bien? – pregunté nuevamente, nadie respondió.

– No lo vi venir… – se disculpó Alice con mi padre. – No alcanzó a lastimarse… Jasper y Esme están con ella.

Carlisle asintió y subió rapidamente a su estudio por su maletín médico.

Alice me observó seguido, con el rostro descompuesto en una mueca triste.

Sube...

Al llegar al tercer piso pude observar a Esme en el umbral de mi recámara, com ambas manos en el pecho y los labios fruncidos en una mueca preocupada.

– ¿Qué ha pasado Esme? Espero que tu si puedas decírmelo, en vista de que nadie aquí quiere informarme – pregunté a mi madre en voz baja. Esme tomó mi brazo y me guió al otro lado del pasillo.

¿Para qué informarte de algo que no te importa? Preguntó Rosalie con desdén desde el primer piso. La ignoré.

– Casi todas las noches pasa esto… – explicó apenada – Bella muy a menudo tiene pesadillas bastante vívidas. Algunas veces se provoca daño a si misma, se cae de la cama… o agita los brazos, golpeándose con los muebles. Jasper es el único que puede calmarla… – suspiró pesadamente – pobre de mi pequeña…

Dejé a Esme y caminé hacia mi recámara. Con leve empujón abrí la puerta, y lo que vi rompió mi alma en mil pedazos...

– Tranquila, tranquila… todo está bien… – decía mi hermano, tratando de tocar a Bella. En cuanto su piel hizo contacto con su hombro ella le miró aterrorizada.

– ¡Dejame! ¡Sueltame, no me lastimes! – gritó histérica.

Engarrotada y encogida en un rincón de la recámara ella lloraba aterrorizada.

– Bella, soy yo… soy Jasper – suplicó mi hermano.

– ¡No me toques!

Mientras ella trataba de forcejear, ella corrió hacia la puerta y se refugió en el primer sitio que encontró: en mis brazos.

Simplemente no sabía qué hacer. Ella rodeó mi torso con sus delicados brazos aferrándome a ella como si no hubiese un mañana.

– Sácame de aquí, sácame ahora. Tú me prometiste que lo harías… tu me lo prometiste… – murmuró rápidamente, escondiendo su rostro en mi pecho.

Y yo estaba a punto de matarla… de nuevo…

– Bella, cariño – le llamó Carlisle, plantándose frente a ambos y sujetándola por los hombros. Ella se tensó.

– Car… ¿Carlisle? – musitó confundida.

– Pequeña, será mejor que sueltes a Edward.

Ella se tensó en su agarre y lentamente fue levantando la vista hasta toparse con mi mirada. En el reflejo de sus ojos pude ver unos ojos negros sedientos. Bella soltó su agarré y dio un par de pasos atrás, asustada. Bella ya había despertado completamente.

– P… perdóname Edward… – murmuró a la vez que su voz se iba quebrando –No lo haré de nuevo. No me volveré a acercar a ti… te lo juro.

Su voz se tornó un gemido lastimero, a la vez que cayó de rodillas en el suelo. Jasper alcanzó a tomarla por los brazos antes de que se lastimara con el impacto.

– Jasper – gimoteó ella, bañada en lágrimas – ¡Perdóname! Ya no puedo más… ya no puedo… – dijo desesperadamente, a la vez que se lanzaba a los brazos de mi hermano.

– No es tu culpa… no lo es… –susurró él en su oído.

El tratar de controlar a Bella, mi sed y encima a un idiota celoso ya es bastante...

– Edward – llamó Esme, tomándo mi brazo y halándolo a la salida – Cariño, vamos... vamos...

Solo entonces me di cuenta de que mi cuerpo se había agachado, tenso como un león apunto de acometer.

Sin dejar de mirar a Bella me aparté de Esme.

Jasper aún sostenía a Bella sobre su regazo como si fuese una niña pequeña. Aún así, a mi hermano le estaba costando trabajo concentrarse y no clavar sus dientes en su cuello.

Su cabello enmarañado caía por sus hombros mientras sollozaba en silencio, al parecer un poco más tranquila. Y levantó su rostro, para encontrarse con mi mirada.

Abrió los ojos con sorpresa… y miedo. Mi hermano volvió a usar su don en ella y poco a poco se fue calmando, hasta que cerró los ojos con pesadez, cayendo en un profundo sueño.

Ella me temía, lo sabía por sus ojos aterrorizados que me observaban como si fuese a matarla en ese mismo instante. La observé unos segundos, con dolor… el dolor del rechazo.

Di un paso hacia atrás.

Era mejor de esta manera… era mejor que ella me temiera, así podría estar a salvo de mí.

Di media vuelta y caminé lejos de ahí.

Bajé los escalones en silencio y despacio, ignorando los llamados de Esme y caminando al lado de Carlisle quien sin decirme nada se hizo a un lado para dejarme pasar, para luego salir por la puerta trasera e internarme en el bosque.

.

Bella POV

...

No te muevas…

No me toques… –amenacé con la voz rota, aunque bien sabía que no serviría de nada.

Solo será una vez, una sola vez y dejaré a tu madre y a tu amigo en paz.

Nos… ¿Nos dejarás libres?–balbuceé.

Si. –prometió con una sonrisa amistosa y un par de ojos desbordando deseo – solo déjame probarte… una mordida pequeña, con eso bastará… – di un paso hacia atrás, asustada. El me tomó gentilmente de los hombros y depositó un beso en mi hombro desnudo. – Confía en mi…

Se hincó lentamente, prolongando los segundos. Me tomó de la cintura con sus frías y ásperas manos, levantando mi vieja y rota blusa con una delicadeza inhumana. Cerré los ojos, mientras las lágrimas de terror caían por mis mejillas y mojaban sus cabellos dorados.

Hueles bastante dulce, Isabella – susurró, antes de atravesar mi piel…

– ¡Bella!

Un par de toques impacientes se escucharon en la puerta. Abrí los ojos repentinamente, aturdiéndome con la luz de un nuevo día.

Me moví estirándome en la mullida cama e inspiré con devoción. El aire que se coló por mis pulmones me trajo de vuelta a la realidad.

Aún estaba en la habitación de Edward… ese delicioso olor era irreconocible.

– Bella, ¿estas bien? – preguntó Alice desde el otro lado de la puerta.

– S… si. Estoy bien – respondí aturdida. Tuve que aclararme la garganta – Pasa, porfavor.

La puerta se abrió, revelando a una Alice enfundada en una máscara de preocupación. Sus cejas casi se tocaban y un gracioso puchero se mostró en sus labios. Intenté tranquilizarla con una sonrisa, mas no funcionó.

– ¿Segura? – asentí levemente con la cabeza y palpé la cama a mi lado. Alice se deslizó por debajo de las sábanas conmigo.

– Solo fué un mal sueño… – musité en voz baja.

Alice me observó como queriendo leerme. Sus labios se curvaron hacia abajo y, titubeando, abrió la boca un par de veces antes de continuar.

– ¿Quieres hablar de ello?

¿Quería? En realidad no sabía. Volver a revivir cada uno de esos tristes y dolorosos recuerdos era demasiado para mi. Cada uno de mis sueños eran tan vívidos que casi pareciera que fuesen reales. En especial donde veía a aquella mujer de cabellos claros y ojos amables,

Y el recordar a mi madre solo hacía que el hueco en mi pecho se fuera abriendo cada vez más.

Llevé una mano por debajo de mi blusa a mi cintura, donde toqué ese espacio de mi cuerpo con una temperatura diferente. Extrañamente frío…

– Él me mordió – dije simplemente.

Alice pareció no oírme. Ella solo cerró los ojos fuertemente y suspiró fuertemente, como tratando de borrar algún mal recuerdo. Y entonces abrió sus ojos y me miró con una ternura inexplicable.

– Te entiendo, Bella – dijo con una media sonrisa – Entiendo por lo que estas pasando, porque yo misma pasé por lo mismo hace ya muchos años…

Dicho esto se sentó en la cama y ante mis ojos expectantes subió su blusa de seda hasta debajo de sus pechos.

Mi quijada se desencajó. Inconscientemente llevé mi mano hasta donde estaba mi cicatriz y la tracé con los dedos y par de veces. La cara de Alice se mantenía sin expresión, a la espera de mi reacción que al parecer nunca llegaría.

– ¿Por qué tenemos la misma cicatriz? – murmuré.– ¿Qué significa?

Ella tomó los extremos de su blusa y la bajó hasta quedar en su lugar. Inspiró profundamente y se dejó caer entre las mullidas almohadas.

– Yo, al igual que tu, no puedo recordar muchas cosas de mi vida – comenzó. – Recuerdo que tenía una familia y un hogar…

No recuerdo muchas cosas de ellos, ni siquiera sus nombres.

Mis padres y una pequeña hermana era todo lo que tenía. Ambos eran arrogantes y orgullosos. Papá estaba orgulloso de que yo hubiese sido, como el decía, una combinación perfecta entre ambos. Tenía el cabello azabache de mi madre y los ojos de mi padre. Mi padre era un hombre imponente, de cabello castaño claro y ojos azules. Mi madre, en cambio, era dulce y frágil, poseedora de un cabello y ojos negros que hacían contraste con su piel de blanca. Mi pequeña hermana había heredado los rasgos de la familia de mi padre, y era por eso que mi madre la prefería a ella.

Yo comencé a tener visiones a muy temprana edad. Quizá mucho antes de que pudiese tener memoria. ¿y que podía hacer? Contarle a mi madre, por supuesto. El problema fue cuando ella dejó de pensar que esto era un simple juego infantil, como ella le llamaba.

Después años de visiones y predicciones mi madre comenzó a ignorarme y dejé ser el objeto de adoración de mi padre; siendo solamente una molestia, una carga, una vergüenza para la familia.

Pero yo estaba sola ya en ese entonces.

Habia aprendido a convivir todos los días con imágenes muy poco claras y concisas que llegaban a mi mente.

Y cuando cumplí quince años fue la primera vez que vi a Jasper…

Después de eso solo recuerdo lágrimas, una mirada despectiva hacia mi de parte de mis padres al alejar a mi hermana pequeña de mi, que se debatía en brazos de mi padre para que no me alejaran de ella.…

Muchas lágrimas, y gritos. Pidiendo… suplicando que no me abandonaran…

Después, solo fue oscuridad…

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Su voz se fue convirtiendo en un murmullo sin emoción, hasta que me miró.

– Y de ahí en fuera no recuerdo nada más.

Su voz se extinguió, al igual que la mía que por más que trataba no podía encontrarla.

Entonces ambas nos miramos. Yo con lágrimas en los ojos y Alice sollozando quedamente.

Fue entonces que nos fundimos en un abrazo. Un abrazo de comprensión y cariño en el que nos refugiamos por un tiempo indefinido. Alice me aferró aún mas a ella sin hacerme daño, y entonces me dí cuenta de que en este punto nuestra amistad se había fortalecido.

– Gracias por escucharme – susurró, una vez que se alejó de mí.

– Gracias a ti por compartirlo conmigo. – le dije. Alice rió levemente.

– De nada. – musitó con una radiante sonrisa. Una sonrisa de alivio.

Seguía examinando de cerca aquella extraña mordida.

Era una media luna que se extendía desde uno de los costados de mi cintura hasta un poco mas debajo de mis pechos. Poseía un color más pálido que el resto de mi piel y una temperatura escandalosamente fría.

Suficiente pensé, cerrando el grifo de la llave.

Tomé una toalla del perchero y me envolví en ella, al momento que salí del baño y entré al closet.

Me detuve en el enorme espejo, observándome.

Mi piel se veía un poco mas sonrosada, y mi cuerpo un poco más relleno. En mi estadía aqui mi estado de salud había mejorado notablemente. Las heridas en mi cuerpo y en mi entrepierna ya habían sanado con ayuda del don de Carlisle, por lo que ahora eran unas simples manchas tenues en mi piel.

Colocándome un par de jeans, una blusa negra y un par de zapatillas deportivas bajé a toda prisa por la escalera, sin ser consciente del momento en que mis pies se enredaron estúpidamente y mi cuerpo fue cayendo torpemente…

Mas sin embargo en lugar de sentir el suelo en mi rostro, sentí un tacto frío. Justo en mi cintura.

Me dio la vuelta con una agilidad sorprendente, la misma que hizo que terminara mareada y mis piernas desfallecieron ante el mareo, dejando de sostener mi cuerpo.

Un brazo me sujetó contra un pecho duro y frío y otro se deslizó por debajo de mis rodillas, levantándome del suelo y pegándome a su cuerpo.

– ¿Quieres tener más cuidado, porfavor? – susurró una voz furiosa en mi oído. Me estremecí con su gélido aliento.

Levanté la vista lentamente.

Unos ojos color topacio miel me observaron.

Pero sus ojos no me miraban con la pureza de su color, si no con una expresión monótona y hasta intimidante.

– Edward… y… yo… – balbuceé.

Él me silenció con una mirada hostil y me ignoró en el trayecto del tercer al primer piso. Me sostenía con cuidado soportando todo mi peso sólo con los brazos. No sabía si él era consciente de la cercanía de nuestros cuerpos, o de la forma en la que mi corazón latía como si se fuese a salir de mi pecho.

Si lo notó, supuse que no le había importado.

Edward bajó hasta el último escalón y me dejó con cuidado sobre el suelo. En ningún momento respiró. Al instante que su cuerpo ya no tenía contacto con el mío salió disparado hacia el patio.

– ¿Edward? – pregunté cautelosamente. El se detuvo y se giró con impaciencia. Ambas manos se convirtieron en puños. Su pié golpeó el suelo repetidas veces.

– ¿Si?

– Gracias…

Con una delicadeza y elegancia inhumana él caminó lentamente y se plantó a un metro de mí, observándome. Sus ojos parecían querer traspasar los míos. El rió por un momento. Fue una risa seca, carente de humor. Entornó los ojos antes de mirarme nuevamente, mi corazón latió frenéticamente.

– Solo… no te mates – murmuró con fastidio, desapareciendo por la puerta trasera.

Yo me quedé plantada en ese lugar, con lágrimas amenazando por salir de mis ojos.

¿Por qué me odiaba? ¿Qué le había hecho?

En ese momento me di cuenta de una cosa...

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Estaba completa, absurda, loca y estúpidamente enamorada de él.

...

– Buenos días – saludé a todos, entrando a la estancia del primer piso. Alice me observó de arriba abajo y me lanzó una mirada furiosa.

– Algún día Isabella, despertarás con un vestido de Giorgio Armani pegado al cuerpo… con pegamento… – amenazó, de manera sombría.

El desayuno transcurrió sin contratiempos. Y sin cola–loca ni vestidos carísimos.

Un par de tostadas con mermelada de fresa y un vaso de leche borraron cualquier síntoma de malestar o nauseas. Y fui feliz el resto de la tarde.

Después de eso una tarde de películas entretuvo nuestro día.

Por ser jueves, Carlisle había salido temprano a su turno en el hospital de Port Angeles. Esme, por su parte, decidió que visitaría algunas tiendas en busca de lienzos, pinturas y pinceles nuevos.

Los jóvenes Cullen pronto comenzarían un nuevo año en el instituto Forks, por lo que estaba muy cerca el día en que me quedara sola en la casa con Esme por la mañana y parte de la tarde.

Asi que los chicos querían pasar un tiempo más conmigo antes de separarnos momentáneamente.

– Esto ya ha comenzado a aburrirme – se quejó Emmett cuando Rose intentó poner una nueva película en el reproductor. La cuarta película del día.

– ¿Se te ocurre otra cosa, cariño? – preguntó desafiante su esposa, con ambas manos en la cintura.

– Se me ocurren muchísimas cosas interesantes, pero eso no incluye a nadie de por aquí más que a ti y a mí, cielo – Emmett sonrió socarronamente.

Jasper lanzó un cojín del sillón directo a Emmett, que lo atrapó antes de que chocara contra su rostro y lo lanzó del vuelta. Pronto la sala se convirtió en un campo de batalla mullido. Un par de jarrones sucumbieron ante la guerra inesperada.

Alice me tomó del brazo y me haló al suelo.

– Con la fuerza de Emmett estoy segura de que cualquier cojín puede hacer volar tu cabeza… asi que quédate aquí. – dijo divertida a la vez que le levantaba y tomando un cojín del suelo la guerra comenzó de nuevo.

Rosalie rodó los ojos antes de girarse y poner "Titanic" en reproducción.

Un rato más llegó Carlisle. Fomentando la convivencia familiar se sentó en la gran sala con nosotros, aunque ignorando la película por estar metido en un enorme libro. Nadie mencionó el penoso incidente de la noche anterior, ni Alice el tema de la cicatriz, por lo que pude tener una tarde aparentemente normal… de no ser porque veía "Titanic" con cuatro vampiros a los lados.

– Estúpido Leonardo Di Caprio, estoy seguro de que en ese baúl había espacio para ambos… – masculló Emmett, molesto.

– Hola, Esme – dijo Jasper a mi lado, en voz baja.

– Hola cielo – respondió Esme, que apareció detrás de mi de la nada. Pasó sus largos y níveos dedos por el cabello de Jasper en un gesto maternal. Acto seguido fué en dirección a Carlisle y se sentó en su regazo. Él amorosamente le dio un suave beso en los labios. – ¿No ha llegado Edward? – preguntó al cabo de unos momentos.

La simple mención de su nombre hizo que mi estómago se sintiera extraño.

– Debería de venir en… cuatro segundos. – dijo Alice, que se recargó en el pecho de Jasper, terminando de ver la película.

La puerta del patio se abrió, revelando no a un vampiro... si no a un ángel...

Aún no paraba de maravillarme. Sus ojos relucían como el más brillante oro que jamás había visto en un Cullen. Las ojeras bajo sus ojos ya casi no se notaban. ¡Y ni hablar de su rostro! El tono pálido grisáceo que poseía su piel había cambiado por uno ligeramente sonrosado, coloreando sus mejillas de tal forma que sus pómulos parecían coloreados por un tenue rubor. Su cabello desordenado ahora se mostraba aún más brillante y aparentemente suave… reprimí las ganas de llevar una mano hacia su cabello.

– Vaya… fuiste a cazar sin nosotros – dijo Esme, apuntando los ojos de Edward. El sonrió socarronamente.

– Sabes el motivo, Esme – su boca apenas se curvó. Parecía estar sonriendo a la fuerza.

Claro, el motivo era yo.

– De cualquier manera, les guardé un poco a todos. Quedan suficientes cervatillos rondando Olympic.

– Carlisle – dijo Jasper, pasando saliva ruidosamente – ¿Cuándo iremos nosotros? – Por un segundo la mirada de Jasper se cruzó con la mía. Sus ojos negros como el carbón me miraban como conteniéndose. – La última vez ni siquiera terminamos de cazar.

Y por supuesto, el motivo de esto era yo.

– Iremos todos a cazar mañana – anunció Carlisle, después de pensarlo unos segundos.

– ¿Todos? – preguntó Esme, confundida. – ¿Quién cuidará de Bella?

Me sentí mal de solo pensar que lo único que les retenía cazar libremente era cuidarme.

– Puedo quedarme en casa – sugerí – sé cocinar aunque Esme no me deje. Creo que además soy perfectamente capaz de subsistir con cereal por dos días.

Carlisle pareció pensárselo, pero un intercambio rápido de miradas con Esme le hizo desistir.

– No Bella, es demasiado arriesgado. – concluyó.

– Pero…

– No confío mucho en eso Bella, puedes rasgarte la garganta con las hojuelas, con la suerte que tienes. – comentó Emmett, lo peor era que no había algún registro de broma en su voz. Por lo tanto lo decía en serio.

– Me quedaré – sugirió Rosalie – Cazaré en un par de días, apenas vuelvan.

– Rose, mira tus ojos – dijo Alice.– Te estarías matando de hambre. Tu ni siquiera probaste bocado la última vez. – Rose hizo una mueca, como dándole la razón. De pronto el rostro de Alice se iluminó y una sonrisa se posó en sus labios… el tipo de sonrisa que uno debía de temer. – Carlisle, ¿por que no se queda Edward?

– ¡No! – respondieron Edward y Rosalie al mismo tiempo. Rosalie como advertencia… y Edward como una especie de súplica.

Yo me fui haciendo pequeña en el sillón.

Emmett tomó por los hombros a Rose tratando de calmarla, mientras ella miraba a Edward como si fuese a matarle, Edward miraba a Carlisle suplicante y Carlisle observaba a Esme, quien mordía su labio nerviosa, quien a su vez que Alice sonreía abiertamente y Jasper trataba de mantener la sala tranquila.

Y yo miraba a todos asustada, esperando cualquier cosa…

– De ninguna manera – rugió Rosalie, levantándose del sillón.

– Edward ya es capaz de contenerse, hija. – comenzó Carlisle – Confiamos en que pueda cuidar a Bella. Además, solo serían dos días…

– No Carlisle, no me pidas que acepte algo tan absurdo como esto. La única maldita razón por la que Edward se contiene es porque estamos aquí. Estoy segura que de otra manera Bella sería un cadáver drenado a estas alturas.

– Rose, cariño. Escucha a tu padre… – suplicó Esme, levantándose del regazo de Carlisle y acariciando su cabello en un intento por calmarla.

– Esme, – dijo Rose suavemente. Ella no podía hablarme bruscamente a Esme. – no confío en Edward… ¿tu si?

El rostro de Esme se contrajo en una mueca antes de hablar.

– Claro, lo conozco muy bien para saber que a pesar del problema que tiene él es muy fuerte y puede soportar todo esto, aunque sean dos días. – dijo firmemente. – Por lo tanto, confío en él.

Edward abrió los ojos soprendido ante las palabras de su madre. Frunció el ceño por un momento, mientras que parecía abrir y cerrar la boca para hablar.

– Esme, gracias por tus palabras. De verdad las aprecio. Pero no considero justo que metas las manos al fuego por mi…

– Creo que Edward podrá hacer un buen trabajo – habló Jasper, diplomáticamente. – Y creo que hablo por mi y por Alice cuando digo que confío en el… que confiamos en el – susurró, tomando la mano de su esposa.

– Yo también confío en ti hermano – dijo Emmett con una gran sonrisa – Tienes mi apoyo. – dijo ignorando un gruñido amenazante de parte de Rosalie.

El rostro de Edward era un poema. Incredulidad, asombro, desesperación, angustia y miedo cruzaron por sus ojos. Apretó fuertemente los labios y se pasó una mano por el cabello, en actitud desesperada.

– Confío en ti… – dije, hablando por primera vez, levantándome del sillón.

Edward me observó anonadado. Sus cejas se juntaron en una expresión confundida. Cruzó la habitación para plantarse frente a mí. Mi respiración se volvió herrática.

– ¿Por qué? – casi pude ver un atisbo de dolor en su voz. – ¿Después de todo lo que te he hecho? ¿Aún así crees que no te haré daño?

– No lo creo, sé que no harás nada malo.

El me observó con una ternura inexplicable, una mirada que jamás había visto en él. De pronto todo pareció desaparecer a nuestro alrededor y de pronto el y yo estábamos solos. Mi mano se levantó inconscientemente y subió hasta su hombro, donde se posó en una caricia reconfortadora. El se tensó en mi agarre mas no se alejó.

– ¿Lo harás? – pregunté suavemente. Pareció de pronto que Edward comenzó a derrumbar su muro de indiferencia.

– Yo… no estoy seguro… – contestó en un susurro.

Edward giró su cuerpo completamente, liberándose de mi agarre y caminó hasta donde estaba Esme. Ella pasó una mano por su cabello en un gesto tranquilizador, pues la bola de tensión que estaba en los hombros de Edward fue desapareciendo. Al final sólo suspiró e hizo una mueca de dolor. Era obvio que aún le costaba trabajo estar cerca de mí.

– De acuerdo – dijo con un semblante serio. Esme sonrió feliz, se puso de puntillas y besó dulcemente su frente. Casi sentí envidia por no poder hacer ese tipo de contacto con él.

– Gracias Edward…

Rosalie, no pudiendo soportar más, caminó a grandes zancadas a su habitación en el segundo piso. Emmett nos dedicó a todos una mirada de disculpa y fue tras su esposa. Jasper parecía sereno, y Alice…

Alice de una forma adorablemente aterradora...

– Bien está decidido… – dijo Carlisle. – Partiremos mañana en la mañana. Volveremos en dos días.

Edward y yo nos miramos nuevamente.

Me observó con incertidumbre, suspiró y cerró los ojos en actitud cansada.

¿Un fin de semana completo? ¿Solos?

...

Este sería un laaaaaaaaaaaaaaaargo fin de semana…

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Chicas esto es todo por hoy! trataré de no demorar mucho en el proximo capitulo.

Y gracias por estos 110 reviews, de verdad lo aprecio :)

Gracias también por leerme.

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