No hay justificantes ni nada por el estilo por todo el tiempo que me desaparecí.

Aquí les traigo un capítulo corto...

Espero que lo disfruten... es quizá, una de las partes más importantes de la historia...

.

...y después de tantos meses... esta canción inspiró este capítulo en tan solo tres días...

watch?v=WGXtN_VylOM


.

.

.

.

Capítulo 10 : Solos

.

.

.

– Hay suficiente comida en la nevera.

– Trata de alejarla de cualquier cosa puntiaguda, o con filo.

– Y lo del cereal era enserio… trata de dejar que se ablande un poco antes de comerlo.

Rodé los ojos instintivamente, acurrucándome en el mullido sofá blanco de la sala.

– No tengo cinco años, y creo que soy lo suficientemente cuidadosa para no dejar que una hojuela de cereal me rasque la garganta, Emmett – me defendí, imposiblemente sonrojada.

Alice se acercó a Edward , que se encontraba en el sillón opuesto al mío y le tendió un pequeño aparato plateado. Un celular. Él lo tomó sin muchos ánimos.

– Cualquier cosa que suceda, no dudes en llamarnos. Estaré alerta y en el momento que me necesites yo estaré en un área donde pueda comunicarme con ustedes.

Edward resopló fuertemente, su cabello bailó un momento sobre el aire y se posó después sobre su frente.

– Sólo son dos días. – murmuró con un tono cansineo.

Era apenas medio día. Los Cullen ya se preparaban para salir de caza y Edward se quedaría a cargo de mí el fin de semana. Supongo que él se lo había ganado por ir por la comida sin invitar a nadie, pero como Emmett me había dicho "¿Se fue a cazar solo y por eso se va a quedar contigo? Pffff, eso es completamente normal en el… Edward es como una adolescente hormonal, hay veces en las que le gusta estar solo… simplemente es su extraña naturaleza".

– ¿Dónde está Rosalie? – preguntó Esme, extrañada. Alice peinó sus cabellos caramelo hacia atrás en una coleta.

– Está hablando con Carlisle. – dijo Jasper, a mi lado.– se resiste a irse.

– No la culpo – murmuró Edward.

– Oh, basta ya – dijo Alice, frustrada. Se paró frente a él con ambas manos en la cintura.– Confío en ti… ¿acaso crees que si supiera que no pudieras resistirte, dejaría que Bella se quedara sola contigo?

– Madura, Alice – escupió el aludido. La duende le sacó la lengua infantilmente.

Justo después se oyeron pasos desde la escalera.

Una exuberante Rosalie enfundada en un ajustado conjunto deportivo bajó marcando furiosa los pasos en los escalones, Carlisle apareció detrás de ella con el rostro sereno.

– Bien familia, hora de irnos. – anunció.

Sabía lo que ahora venía… Pasé saliva ruidosamente.

– Tranquila – murmuró Jasper a mi lado en el sofá, despeinándome el cabello.– Edward sabe comportarse.

– Aunque no lo creas – comenzó Emm – detrás de toda esa máscara de emo deprimido hay un gran caballero – Edward lo fulminó con la mirada – Te estoy ayudando, hermano – recalcó.

– Ya basta de charlas, es hora de irnos. – Esme se acercó a mi y me envolvió en su frío abrazo. – Volveremos pronto Bella, ni siquiera te dará tiempo de que nos extrañes…

– Tranquila, estaré bien. – murmuré con una sonrisa. Ella acarició mi cabello suavemente.

Todos se fueron acercando a la puerta corrediza del patio. Rosalie fue prácticamente arrastrada a regañadientes por Alice, quien guiño un ojo en mi dirección, traté de no alterarme. Edward, por su parte, permaneció todo el tiempo con los brazos cruzados sobre su pecho, enfurruñado por haber sido obligado a quedarse encerrado el fin de semana. Y conmigo para variar.

– Cuídala hijo, confío en ti. – dijo Carlisle, con una radiante sonrisa. Edward cerró los ojos y asintió con la cabeza.

Y en un abrir y cerrar de ojos la sala repentinamente se quedó vacía.

Miré a Edward. Y él me miró a mí.

La brisa se abrió paso en la puerta del patio, y yo temblé de frío. En esta época del año extrañamente había comenzado a nevar ligeramente. El rápidamente se levantó de su lugar y cerró la puerta. Y se quedó así, de espaldas a mí. Sus manos se cerraron en puños, su cabeza se pegó a su pecho y sus hombros de tensaron.

– ¿E… Edward? – murmuré. El se relajó un poco, solo un poco. Su cabeza se levantó rápidamente y miró en dirección al bosque.

– Lo siento… aún me cuesta controlarme cuando estas cerca…

Por un momento deseé no estar ahí y hacerle las cosas más fáciles, quitar esa máscara de preocupación que predominaba en su rostro y largarme de aquí junto con mis problemas, ¿pero a dónde demonios iría?

El silencio comenzó a hacerse demasiado incómodo después de los primeros quince segundos. Edward se quedó inmóvil frente a la puerta de cristal mirando hacia ningún lado. En esa posición parecía una perfecta estatua cincelada.

Yo por mi parte no dejaba de moverme. De pronto, morderme las uñas pareció una idea excelente para combatir los nervios, por más patética que fuese a verme.

– ¿Ya has desayunado? – preguntó de pronto. Levanté la vista rápidamente, con el corazón latiendo a mil por hora.

– N-no…

Me observo por un par de segundos y después se dirigió a la cocina. Escuché ruido de sartenes y abrir y cerrar de los cajones y alacenas. Me levanté del sillón y caminé lentamente hacia la cocina. Edward tenía en sus manos una sartén y parecía confundido.

– ¿ Puedo ayudarte? – me ofrecí.

– No – contestó rápidamente, casi brusco. Me miró de pronto apenado. – No es necesario, yo lo hago – dijo más suave.

Al cabo de unos minutos un par de tostadas con mermelada y huevos fritos se mostraban frente a mi. El chef me tendió un par de cubiertos (un tenedor de plástico, un cuchillo de punta redondeada y sin filo) y puso un vaso de malteada de fresa frente a mi (en vaso de plástico, claro).

– Huele delicioso, gracias.

– No es nada – dijo encogiéndose de hombros. – Rose me matará si no te alimento correctamente – asentí, ignorando la pequeña punzada de dolor en mi pecho.

Finalmente me extendió una servilleta, y nuestras manos se tocaron accidentalmente. Tenía los dedos fríos como témpanos, pero no retiré la mano con brusquedad por ese motivo. Yo de cualquier manera ya me había acostumbrado a ese tipo de temperatura corporal. Cuando me tocó, la mano me ardió igual que si entre nosotros pasara una corriente eléctrica.

—Lo siento —musitó y retiró la mano de inmediato.

Miré a través de la ventana de la cocina como el verde pasto de hace solo unos días había cedido ante un espeso manto blanco. Los copos caían cada vez en más cantidad.

—Es una lástima, lo de la nieve, ¿no? —preguntó Edward. Ahora se encontraba recargado sobre el desayunador, con ambos brazos frente a él.

Me pareció que se esforzaba por conversar un poco conmigo. Al parecer sentía mi incomodad, al igual que yo sentía la de él.

—En realidad, no —le contesté con sinceridad.

—A ti no te gusta el frío.

No era una pregunta.

—Tampoco la humedad —le respondí.

—Para ti, debe de ser difícil vivir en Forks —concluyó.

Se encogió de hombros, aunque su mirada todavía era intensa. Me reí sin alegría.

– ¿Qué te parece…? ¿Qué te parece si me cuentas algo?

Me observó confundido.

– ¿Sobre qué?

– ¿Sobre ti? – pregunté. Me lleve una tostada a la boca.

– No hay nada interesante en mi, Isabella.

Hice una mueca.

– Debe de haber algo – insistí.

– ¿Y por qué quieres saber? – preguntó, frustrado.

Medite un momento.

– Porque si vamos a estar juntos dos días seguidos, creo que merezco saber con quién voy a estar. – dije simplemente, comiendo el resto del desayuno. Al cabo de unos minutos el plato quedó vacío.

Me observó intensamente durante todo ese tiempo, clavando su mirada en la mía. Se dio por vencido exhalando el poco aire que quedaba en sus pulmones. Tomó mi plato sucio y se acercó al lavaplatos.

– Nací en Chicago en 1901 – Comenzó sin mirarme. – Fui hijo único. – Tomó los cubiertos y el resto de las cosas que quedaban sobre la barra y los puso en el lavaplatos. – Mis padres murieron de gripe española, y yo también hubiese ido con ellos de no ser por Carlisle quien me salvó…

Se detuvo un instante antes de continuar.

– Pero dejé de ser un Masen hace décadas, por lo que no me interesa hablar de ello. Hace muchos años que no pienso en mis padres. – dijo encogiéndose de hombros.

– Pero los recuerdas, ¿no? – pregunté, limpiando el resto del desayunador.

– Claro que lo hago, – pareció meditarlo – simplemente no vale la pena hacerlo. – dijo entre dientes.

– ¿Y porque no? – ya en este punto sabía que había cruzado la línea de la intromisión, mas sin embargo las ganas de saber más sobre el eran enormes.

Se detuvo abruptamente, dejando caer la palma de su mano pesadamente sobre la mesa. Cerró los ojos fuertemente antes de clavar su mirada en los míos.

– ¿Por qué no? ¿Por qué insistes tú en ello? Ellos murieron hace mucho. – dijo tajante.

– Porque si yo fuera tu, me gustaría recordar cada detalle de mi vida, en especial a mis padres… si es que tengo. – no pude evitar el escozor en mis ojos.

Su expresión se suavizó solo un poco.

– Es diferente – dijo, alzando la voz un poco. Me silenció con sus ojos, fríos y carentes de emoción.

– El vampirismo está implicado en ambos casos, así que yo lo veo igual. – finalicé, tajante.

Era estúpida. Realmente estúpida. ¿A quién en su santo juicio se le ocurría ponerse a discutir con un vampiro? La expresión de su rostro era de lo más extraña, hostil, airada. Pasmada, aparté la vista y me sonrojé otra vez.

—Lo siento —parecía sincero—. Estoy siendo muy grosero, lo sé, pero de verdad que es mejor así.

Su rostro estaba muy serio.

—No sé qué quieres decir —le dije con prevención.

—Es mejor que no seamos amigos —me explicó—, confía en mí.

—Es una lástima que no lo descubrieras antes —murmuré entre dientes—. Te podías haber ahorrado todo ese pesar.

— ¿Pesar? —La palabra y el tono de mi voz le pillaron con la guardia baja, sin duda—. ¿Pesar por qué?

—Por dejarme viva…

La tensión entre nosotros ahora se sentía en el ambiente.

– Tu no sabes nada – dijo entre dientes.

– Se de muchas cosas Edward, cosas que ni siquiera debería de saber y aún así tengo conocimiento de ellas…

– Tú no puedes saber eso, ni siquiera recuerdas lo que te pasó... – dijo frío, casi en tono de burla. Mi mandíbula se desencajó ligeramente por la indignación.

De acuerdo, quizá todo eso del vampiro grande y malo eso no importaba mucho que digamos, ahora que realmente estaba enfadada.

– Eso no te incumbe – dije, con la voz rota pero igualmente furiosa– No sabes lo que es no saber quien eres.

A estas alturas me importaba un carajo si era hermoso, o perfecto, o lo que fuese.

Me había insultado donde más me dolía.

Su rostro pasó de la ira a la confusión, y después al arrepentimiento y vergüenza. Abrió la boca ligeramente, antes de que comenzara a hablar me bajé del banquillo y corrí hacia las escaleras. Subí a trompicones la escalera. Y de pronto apareció a mi lado. Maldita velocidad vampírica.

—Lo siento. He sido descortés —dijo mientras subía los escalones. Le ignoré—. No estoy diciendo que no sea cierto —prosiguió—, pero, de todos modos, no ha sido de buena educación.

— ¿Por qué no me dejas sola? —refunfuñé.

Llegué a la puerta de mi cuarto y la cerré con un puntapié. Quizá le di el portazo en la cara, quedando de muestra la poca educación que tenía, pero poco me importaba.

Me tiré en la cama, apretujando una de las mullidas almohadas.

Y por más que me molestara, el tenía razón. Un jadeo lastimero salió desde lo más profundo de mi garganta, acompañado de innumerables lágrimas.

Y lloré por todo. Por mi madre, por toda esta absurda situación, y por el dolor que llevaba guardado en mi pecho durante todos estos meses… aquel dolor que gustaba de atormentarme cada noche en cada pesadilla.

Poco a poco el sueño me fue ganando, aunque los sollozos no disminuyeran del todo.

– Disculpa si te ofendí – dijo una suave voz al otro lado de la puerta. – No quiero ni imaginar lo que debiste de haber pasado todo este tiempo…

Quizá fue solo mi imaginación.

Desperté sobresaltada en medio de la negrura de mi habitación. Gemí y rodé sobre un costado esperando volver a dormirme. Y entonces lo acontecido con Edward irrumpió en mi conciencia.

— ¡Oh!

Me senté tan deprisa que la cabeza me empezó a dar vueltas. Me tomó unos segundos orientarme, antes de recordar lo que había sucedido y no pude evitar sentirme igual, quizá peor. Tome el reloj de mi mesita de noche. Marcaba casi las diez de la noche. ¿Había dormido más de ocho horas?

Era obvio que Edward seguía aquí. A pesar de lo grosera y poco educada que me haya comportado sabía que el no me dejaría. Edward era un caballero.

Un sonido me envolvió de pronto. Una suave melodía que provenía del piso de abajo.

Cuidadosamente me puse en pié, metí los pies en las pantuflas calientitas que se encontraban al pié de mi cama y abrí la puerta.

Bajé las escaleras lentamente, envolviéndome en aquella delicada melodía. Entonces llegué al primer piso, y lo ví.

Estaba de espaldas hacia mí. La playera gris de mangas largas se ajustaba deliciosamente a su moldeado torso y brazos. Se mecía suavemente hacía atrás y adelante.

Sabía que el podía oírme, mas sin embargo el enorme instrumento no titubeó al reproducir tan semejante y bello sonido. Me pareció la criatura más bella del mundo.

Y abruptamente dejó de tocar el piano.

Su rostro se giró en mi dirección, aunque no en su totalidad. No me miró, en cambió clavó la mirada en el suelo.

– Perdona, no quise despertarte – susurró.

De pronto, olvidé como articular palabra.

– ¿Isabella? – preguntó, ansioso.

– No me has despertado. – musité.

Edward levantó la cabeza y me miró fijamente.

– Quería… disculparme por lo de esta tarde – comenzó. Se levantó del banquillo en un movimiento casi invisible. Quizá demasiado rápido, pues hizo que de pronto diera un paso hacia atrás. El me miró con pena en su hermoso rostro. – No temas —murmuró con voz aterciopelada e involuntariamente seductora—Te prometo... —vaciló—, te juro que no te haré daño…

La sala solamente estaba iluminada por una luz suave. Él se encontraba a escasos dos metros de mí, moviéndose cuidadosamente con la intención de tranquilizarme. No me había dado cuenta hasta ahora que temblaba. Mis manos se retorcían pegadas a mi pecho. La sola idea de que él estuviera tan cerca me aterraba, mas no de la forma en la que él pensaba…

—Perdóname, por favor —pidió ceremoniosamente—. Puedo controlarme. De veras. – Caminó lentamente hacia mí. – No te haré daño – repitió.

– ¿De qué se trata todo esto? – murmuré. Edward me observó confundido – Aún sigues esperando que salga huyendo —supuse—, gritando espantada, ¿verdad?

El pareció sorprendido, casi atónito.

– No… ¿No me temes?

No respondí. No podía…

— ¿Y bien?

Bajé la mirada. Tenía que admitir que aun estaba enojada con él, pero de verdad se estaba esforzando…

— ¡Con qué facilidad me frustro! —musitó. Pegué un patético saltito al escuchar su voz.

Podía ver la tristeza y el arrepentimiento en su mirada. Suspiré derrotada y crucé los escasos cinco pasos que nos separaban hasta quedar plantada frente a él.

– No te temo… a pesar de todo confío en ti. Creo que está de mas decirlo, pero se que eres bueno y que nunca me harías daño. – Hice una mueca – Y si, te perdono… aunque no te lo merezcas. – agregué con una pequeña sonrisa. El sonrió, aliviado.

Se me aceleró el pulso, y deseé poder refrenarlo al presentir que eso, los latidos en mis venas, lo iba a dificultar todo un poco más. Lo más seguro es que él pudiera oírlo.

Entonces, hizo algo que me descolocó.

Alzó la mano libre y la depositó con suavidad en un lado de mi garganta, bajando lentamente hasta mi hombro derecho. Me quedé inmóvil.

Levantó la otra mano para colocarla en mi hombro. Pasé saliva ruidosamente.

—Quédate muy quieta —susurró.

Su rostro fue acercándose al mío de la manera más delicada posible. Sus labios casi tocaban mi frente.

Y de pronto inhaló profundamente.

Sentí como sus manos se tensaron, justo antes de que comenzara a temblar ligeramente. Un gemido escapó de su garganta, un gemido de dolor.

– ¿Estás bien? ¿Debería…? – comencé a decir, sin saber en realidad que hacer.

—No. Es soportable. Aguarda un momento, por favor —pidió con voz amable, controlada.

No sé cuánto tiempo estuvimos parados sin movernos. Pudieron ser horas. Al final, mi pulso se tranquilizó, pero Edward no se movió ni me dirigió la palabra mientras me sostuvo. Sabía que en cualquier momento él podría no contenerse y mi vida terminaría tan deprisa que ni siquiera me daría cuenta, aunque eso no me asustó. No podía pensar en nada, excepto en que él me tocaba.

Los segundos se hicieron eternos, hasta que su agarre se aflojó y la bola de tensión de sus hombros desapareció.

Sus ojos estaban llenos de paz cuando dijo con satisfacción:

—No volverá a ser tan arduo.

Sonreí con él.

— ¿No te asusto? —preguntó con despreocupación, aunque identifiqué una curiosidad real en el tono de su suave voz.

—No más que de costumbre.

Su sonrisa se hizo más amplia.

– No te preocupes… – musité, un poco más tranquila. Una pequeña sonrisa ladeada volcó todos mis sentidos…

—Sería más... prudente para ti que no fueras mi amiga —explicó—, pero me he cansado de alejarme de ti, Isabella.

Sus ojos eran de una intensidad deliciosa cuando pronunció con voz seductora aquella última frase. Sus manos aún seguían en mis hombros.

Me olvidé hasta de respirar.

Un extraño pero cómodo silencio nos envolvió pasada la noche. Afuera, una tormenta de nieve se hizo presente, mas sin embargo la calefacción central se burlo de ella notablemente.

Y Edward ahora parecía de un humor mejor. Ambos nos enfrascamos en un montón de ejemplares nuevos que Jasper recién había comprado. Ninguno de los dos había hablado hasta ahora. De vez en cuando me pillaba mirándolo a través de las páginas de mi libro y sonreía con suficiencia.

Casi comenzaba a creer que le caía bien, por lo menos.

Con ambas manos tallé mis ojos cansados de tanta lectura y ahogué un bostezo. Miré el reloj de la sala. Las dos de la mañana. Deje que mis ojos divagaran, y mi mirada se centro en el centro de la sala.

– ¿Te gusta? – preguntó Edward, rompiendo el silencio. Asentí con la cabeza.

– Esme me dijo que eras músico.

– Soy muchas cosas – dijo sonriente.

Ambos miramos el piano fijamente.

– ¿Te gusta la música? – preguntó.

Él se levantó del sofá, marcó un un doblez la hoja que leía y caminó hacia el nuevo y reluciente piano que Emmett le había comprado, emendando el anterior.

– Espero… que no te moleste que toque– murmuró.

– En lo absoluto.

De nuevo, aquella melodía tan atrayente y hermosa volvió a envolver de tranquilidad el ambiente. Esa extraña melodía cambió por otra un poco más rápida. El pulso se me aceleró.

– ¿Arabesque? – pregunté emocionada. El me observó sorprendido.

– ¿ Te gusta la música clásica? – preguntó sorprendido.

– A veces ponía tus CD's en el reproductor antes de dormirme. Esa canción es una de mis favoritas. – confesé, esperando que no se enojara por haber tomado sus cosas.

– También es uno de mis favoritos.

No habló mas. Ni yo tampoco. No había necesidad.

Estar con Edward era tan fácil ahora. Él seguía tocando abstraído de todo, mientras que yo leía vorazmente mi libro.

Media hora después dejé el libro, ya terminado, sobre la mesita central. Edward dejó de tocar y se volvió hacia mí.

– ¿Ya lo haz terminado? – inquirió, curioso.

– Si, he de admitir que ya he terminado todos los que Jasper me compró hace un mes, y aún me faltan esos – dije señalando los que estaban sobre la mesa del centro – pero se acabarán en una semana mas o menos.

– En mi recamara hay libros que no volveré a tocar. Son tuyos si quieres. – ofreció, encogiéndose de hombros.

¿Sabía él del efecto estupidizador que ejercía sobre mí? Yo creo que no…

– ¿Hora de dormir?

– Hora de dormir – confirmé.

Ambos subimos los escalones lentamente, sin prisas. A cada paso que daba, mi cuerpo involuntariamente se pegaba al de él.

– Verás – comencé – El tiempo en que viví en tu recámara solía poner algo de tu música. Unos discos sin marcas que tienen una música de piano hermosa. Espero que no te moleste.

– De ninguna manera… ¿Son los que estaban al lado del equipo de sonido?

– Esos mismos.

– Puedes tenerlos también…

Al llegar a la recámara el comenzó a sacar libros de la estantería mientras yo sacaba el resto de mis pertenecías y las redirigía a mi alcoba, que estaba justo frente a la de él.

– ¿Ya haz terminado?

Miré detenidamente la fotografía que estaba enfundada en un bonito marco nuevo. Oí un carraspeo a mi espalda.

– ¿Te gusta? – preguntó curioso.

– Si. – respondí simplemente. – Todos aquí han hecho demasiado por mi. El cuidarme y protegerme han hecho que les tenga un cariño enorme. Tu familia es muy especial en ese aspecto.

Edward observó la fotografía entre mis manos con una leve sonrisa.

– También es tu familia ahora.

Aquel comentario robó mi aliento. De pronto nuestras miradas se cruzaron.

– Puedes tener esa fotografía. – susurró.

– No, no es necesario.

Y luego, todo pasó muy rápido…

El marco resbaló de mis manos, estrellándose por segunda vez en el suelo estrepitosamente. Edward se agachó para recoger los pedazos de vidrio al mismo tiempo que yo. Perdí el control de mi cuerpo y caí de espaldas ,la palma de mi mano detuvo la caía justamente sobre uno de los cristales, donde una pequeña herida en mi dedo índice asomó unas cuantas gotas de sangre.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente, sus labios se hicieron hacia atrás dejando ver cada uno de sus afilados dientes. Su cuerpo se encogió en el suelo, listo para saltar sobre mi. Y fue cuando pegó su cabeza en la alfombra de la habitación, con ambas manos apretándose en puños.

– ¡Vete! – bramó, antes de sisear con ferocidad.

– Edward…

– ¡Vete porfavor! – Yo seguía sin moverme– ¡Largo de aquí! ¡ AHORA!

De pronto, como si algo le hubiese poseído, se contorsionó en el suelo hasta quedar en cunclillas.

Listo para matarme.

Con el miedo a flor de piel corrí hasta las escaleras, las cuales bajé tan rápido como mis pies me lo permitieron. La herida aún sangraba.

No otra vez… repetí en mi mente. No él…

Edward POV

.

Todo está bien…

Olía a sangre… a su sangre

Tranquilo…

Mis ojos se clavaron en aquella gota carmesí en la alfombra de mi habitación.

No lo hagas…

El hambre me cegó, necesitaba alimentarme…

Piensa en todos. Piensa en Esme, se lo prometiste…

No sabía cuánto tiempo había pasado. Mis músculos tensionados fueron relajándose uno a uno, hasta que pude sentarme en la alfombra, pensando con claridad.

Una gota. ¡Una sola gota de sangre me había hecho esto! Ni siquiera en todos mis años estudiando medicina, exponiéndome a sangre fresca, había tenido un ataque tan violento como el de ahora.

¿Qué pensaría ella de mi ahora? Por fin me había sentido dichoso cuando me había dicho que no me temía, y ahora lo había arruinado… había arruinado nuestra noche perfecta.

Debía de disculparme…

Por fin decidí levantarme del suelo. Traté de no respirar más, no quería empeorarlo.

– ¿Isabella? – pregunté cautelosamente.

No obtuve respuesta.

Maldita sea, debía de estar asustada, o quizá en pánico por si fuera poco.

– Isabella – dije un poco más fuerte, asomándome por la puerta. – Está todo bien, ya me he controlado.

Silencio.

Salí de la habitación, bajando las escaleras lentamente. No quería asustarla de nuevo.

– No te haré daño… te lo juro…

Llegué al primer piso. Y fue cuando una ráfaga de aire inodora sopló contra mi rostro. Pero... no había porque haber ráfagas de aire dentro de la casa…

Me giré en dirección de la sala y fue cuando me congelé.

...

La puerta corrediza, estaba abierta de par en par.

La puerta que daba al patio, y que a su vez colindaba con el bosque.

El lluvioso y oscuro bosque, donde el rastro de Isabella parecía perderse dentro de él.

.

.

.