Antes que nada... FELIZ NAVIDAD!

Les tengo un outtake navideño y... un momento, no me maten! El capitulo siguiente ya esta listo... solamente esta en modo de corrección:D

Y vaya que me ha costado! Es uno de los capitulos mas fuertes de toda la historia...

Y disculpen por lo mal hecho de este outtake... estoy a una hora y media de mi casa (y mi computadora) y es lo más que he podido hacer entre los gritos de mis sobrinos y la música extraña de mis primos...

Pero bueno, no hablo mas.

Disfruten esta nueva historia ...

Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen.


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Outtake Navideño

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Invierno… 1918

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– ¿Edward?

Silencio.

– Edward, todos ya estamos listos. Solo faltas tú…

Miré por encima de mi hombro. Ella guardaba la distancia, en su interior debatía si acercarse o no.

– Quizá entonces, podríamos ir a un lugar más… privado…

Suficiente…

Siseé violentamente en su dirección, agazapándome casi por instinto en el suelo. Ella no se inmutó.

– Neófito… – murmuró. La fulminé con la mirada.

Súcubo… – ella rodó los ojos.

– No es por mí, Carlisle te está esperando abajo. – hizo una pausa, como reflexionando sus palabras. – El cree en ti. El piensa que puedes manejar esto, no lo decepciones.

Dicho esto salió de la habitación caminando elegantemente y cerró la puerta detrás de ella. El silencio se hizo presente en la habitación y pude suspirar tranquilo. Me tiré a mis anchas en la cama de dos plazas, enterrando la cara entre las almohadas.

Habían pasado solo seis meses…

Mis padres estaban muertos, al igual que cada miembro de mi reducida familia… solo ella, mi pequeña sobrina. La pequeña Elizabeth de menos de un año de edad, huérfana al igual que yo…

– ¿Edward? ¿Puedo entrar? – preguntó Carlisle detrás de la puerta.

– Adelante.

Carlisle cruzó el portal confiado, cerrando la puerta detrás de el. Con una sonrisa de oreja a oreja caminó hasta la cama y tomó asiento en la orilla de esta. Segundos después me senté a su lado.

– Supongo que no bajarás.

– Supones bien

– Entonces, ¿puedo preguntar el motivo?

Hice una mueca.

Tanya

Su pensamiento fue mas bien una afirmación que una pregunta.

– Es tan increíble el poco respeto que tiene por ella misma. Tu sabes Carlisle, yo crecí en una familia un poco… conservadora… – murmuré. Si fuese humano me hubiese sonrojado. Carlisle soltó una risotada.

– Solo es su instinto

– ¡Pues no me gusta! Me pone los nervios de punta…

Carlisle rió suavemente, palmeando mi cabeza como un padre a un hijo… bloqueé el pensamiento inmediatamente.

– Solo serán unas horas y después nos iremos a donde tu quieras. Lo prometo.

Asentí, no muy convencido. El se levantó y sin decir una palabra salió de la habitación.

En ese momento me di cuenta de que seguiría a Carlisle a donde fuera…

Y salí corriendo detrás de el.

– A sus lugares, ¡aquí viene! – susurró una vocecilla, demasiado bajo.

Mis oídos nuevos podían oír los pequeños pasos golpeteando contra la madera del suelo. Bajé lentamente –quizá demasiado- las escaleras. Al llegar al primer piso todos me esperaban cuidadosamente distribuidos en la sala. Kate e Irina compartían un sofá, Carlisle de pié junto a Tanya, sentada en un sofá individual y Carmen y Eleazar de pié, más cerca de mí. Ella se adelantó cuidadosamente en mi dirección, poniendo una copa de vidrio en mis manos.

El olor me llenó. El contenido de la copa era espeso y olía extraño. Arrugué la nariz. Carmen sonrió, apenada.

– Es de animal… sé que no está caliente como debería pero…

– Carmen, está bien. – le interrumpí. Ella sonrió, complacida con mi entendimiento. – De verdad lo aprecio.

Todos en la sala permanecían alerta y con los pensamientos lo más tranquilos posibles. Todo para no alterarme.

– Bueno, ya que no falta nadie quiero proponer un brindis. – Eleazar alzó su propia copa en el aire. Todos le imitamos. – Por la felicidad y tranquilidad de nuestras vidas, por nuestro viejo y querido amigo Carlisle, y por el nuevo integrante del clan… bienvenido a la familia Edward… – sonrió, apuntando su copa en mi dirección – ¡Salud!

– ¡Salud! – corearon todos, haciendo sonar sus copas unas con otras.

Me quedé estático en mi lugar sin saber realmente que hacer. Kate sonrió, comprensiva.

Ven a brindar Edward…

Caminé demasiado rápido, sin ser conciente de mi propia velocidad, y derramé un poco de sangre sobre la blanca e impecable alfombra de la sala.

Y mi reacción no fue lo que esperaba.

– ¡Oh, Dios! ¡Carmen, discúlpame no fue mi intención y…!

– Calma Edward, no pasa nada. Se puede limpiar… – murmuró ella, extendiendo las manos hacia mi con intención de calmarme.

– Tranquilo. Todos ya hemos pasado por esto – dijo Kate, levantándose de su lugar. – Sabemos como funciona esto de ser un neófito, Edward. Nadie te juzga.

Y vi mi rostro desde la mente de Tanya. Un rostro aún extraño para mí, con los iris escarlata brillando de manera escalofriante. La desesperación y sufrimiento a flor de piel. Eso me molestó, el no poder ser lo suficientemente fuerte para controlarme.

– Edward – dijo Carmen en voz baja, tratando de no alterarme. – Todo está bien…

– Todo está bien… – reí sarcásticamente, antes de arrojar la copa hacia la pared donde quedó huella de un verdadero desastre. Carmen se estremeció con el sonido del cristal quebrándose.– ¡Nada está bien! ¡Yo debería de estar muerto, pudriéndome en una tumba junto a mis padres! ¡Yo no elegí esto!

Y caí patéticamente de rodillas al suelo, sollozando sin lágrimas. Estaba consciente de que estaba haciendo el ridículo frente a personas que acababa de conocer, pero poco me importaba. De pronto un centenar de voces comenzaron a llenar mi mente. Tomé mi cabeza entre mis manos, halando fuertemente de mi cabello.

– ¡Basta! ¡Haz que callen, porfavor!

Un par de brazos me alzaron en vilo fácilmente y me sacaron de la casa. Fueron un par de minutos, y pronto estaba lo suficientemente lejos de la casa de los Denali como para pensar coherentemente. El bosque de árboles blanquecinos nos dió la bienvenida en medio de la noche.

Ahora solo había dos voces en mi cabeza: la mía, y la de Carlisle.

Me dejó en el suelo en silencio. Sus pensamientos eran tranquilos. Aún así no me atrevía a alzar la mirada. Suficiente era la vergüenza con la que lidiaba en ese momento.

Nos había dejado en ridículo a ambos.

– Edward, nadie te juzga

– Yo… lo siento mucho. Me descontrolé y… oh cielos, tengo que pedirle una disculpa a la señora Carmen y…

– Edward, detente – dijo Carlisle, riendo suavemente. – Carmen no está molesta. Todos sabemos cómo funciona esto de ser un recién nacido. Las emociones están a flote y fácilmente uno se puede descontrolar. Además –agregó, sentándose en una roca – Tu don lo hace menos fácil…

Asentí, no muy convencido. Carlisle se levantó y puso una mano sobre mi hombro.

– Yo… no sabía que no querías esto. Y por eso debo de pedirte una disculpa, por convertirte sin tu permiso. Tu madre…

– Si, lo se. Ella lo decidió – murmuré. Carlisle asintió. – No es tu culpa Carlisle, nadie te pidió que cuidaras de mi después de convertirme. Supongo que lidiar conmigo no ha de ser muy satisfactorio que digamos…

Carlisle negó firmemente.

– Eres mi familia Edward, la familia que no he tenido en mas de doscientos años. Eres como un hermano, o incluso un hijo…

Sonreí involuntariamente.

– Gracias Carlisle…

Él despeinó mi cabello, juguetonamente, y corrió en dirección de la casa Denali, para darme mi espacio. Me tumbé sobre la hierba, solo con mis pensamientos.

Pensé en mis padres, en mi sobrina a la que no podía acercarme por temor a asesinarla…

Y en la vida que jamás tendría...

El tener una familia. Pequeños revoloteando alrededor de mis piernas y una hermosa esposa a la cual besar al llegar del trabajo. La pequeña vida feliz y modesta que nunca llegaría.

Pensé en mi madre, que me repetía constantemente lo importante que era el amor en la vida de una persona.

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– Madre – había replicado ante sus palabras. – Soy demasiado joven para pensar en esas cosas.

Ella sonrió y me observó con ternura desbordándose de sus orbes esmeralda.

– Sé, hijo mío, que encontrarás a alguien que te haga feliz... nunca te canses de buscarla...

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¿Algún día la encontraría, tal y como había dicho mi madre?

Miré hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a salir por detrás de las montañas. Donde mi futuro incierto comenzaba a pintarse de cálidos colores. Y pensé en ella, en la mujer que algún día iría a amar…

– Feliz Navidad, quien quiera que seas…

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Gracias por leerme!

Merezco un review por escribir esta corta historia entre mocosos de cinco años, en media hora y con un frío de muerte? :)

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