Primero que nada me siento un poco mal por dos cosas. Una: Por haberlas dejado tanto tiempo esperando este capitulo y Dos: Por su poca comprensión.

En serio... he sabido de muchas autoras que han abandonado fanfiction por la poca comprension de los lectores al no entender que TENEMOS UNA VIDA.

Enserio! Soy maestra de musica, tengo que hacerme cargo de 60 pubertos, además de trabajar en las noches cantando y estudiar como loca mis dos carreras. Si, salgo de fiesta a veces como toda persona normal y una cosa que quiero que entiendan es que no me la paso pegada de la computadora.

Que desencadeno todo esto? Una tipeja que me envio un PM con cosas bastante insultantes y un "estúpida" por ahi en los reviews. Lo peor de todo es que me lo mandan anónimo ajjajajaja.

Y referente al Outtake, me alegro que hay gente que haya apreciado lo que hice para ustedes como regalo de navidad. Y perdon enserio por la "paja" de haberlas timado y pensado que era un nuevo capitulo.

Y en fin, este capitulo son dos en realidad... el capitulo 13 lo hice en casa de mis tios (donde me la pase encerrada como 10 dias ._. ) y decidi hacer la "pegason" a ultimo minuto.

Disfruten muchísimo este capitulo. Lo hice con el corazón, este quizá es uno de los caps mas importantes de la historia.

Gracias a la gente que le gusta lo que hago, se que no es perfecto ni que publico a la hora que me truenen los dedos pero es con cariño para los que si aprecian mi trabajo.

::Disclaimer:: Los personajes utilizados en esta historia no me pertenecen.


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Capítulo 12: Cisne

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De pronto la fuerza abandonó mis piernas, cayendo estrepitosamente de rodillas en el suelo.

– ¡Isabella! – grité por enésima vez con todas mis fuerzas.

El viento azotó fuertemente contra mi rostro, la nieve cubrió mi cuerpo formando una capa gruesa sobre mi espalda.

Levanté un poco la cabeza, observando con detenimiento el árbol que estaba a mi lado, donde el rastro de ella parecía burlarse de nuevo de mi.

Habían pasado horas enteras desde que había escapado. Horas en las que había recorrido los alrededores sin encontrarla. Y extrañamente, su rastro siempre terminaba en un punto sin retorno, como si de pronto desapareciera de la nada.

Mis manos halaron mi cabello desesperadamente. Mi boca jadeó aire que mis pulmones no necesitaban.

¡Ella estaba sola!

Cualquier criatura podría toparse con ella, o un árbol podría caerle encima, o si pensaba en la mejor opción ella podría morir congelada, con la suerte que tenía...

El viento sopló... la brisa proveniente del norte trajo consigo su olor. Me levanté y corrí tan rápido como me lo permitieron mis piernas.

Y de pronto, me encontraba sobre el aire. Me tomó una milésima de segundo asimilar lo que acababa de suceder, me di la vuelta sobre mi mismo y aterricé suavemente en el suelo.

Frente a mi un macho me asechaba. Sus jeans desgastados y la chaqueta raída le iban grandes. Iba sin zapatos. Era tan alto como yo, con su rubio y corto cabello volando sobre su cabeza. Me observó cauteloso con sus ojos color borgoña.

Miré detrás de el. Escondida e inconsciente debajo de unos helechos congelados se hallaba ella. Un pedazo de frazada roída cubría su cuerpo. Inconscientemente di un paso hacia ella.

Siseó en mi dirección.

– Nos has estado buscando, ¿no? Te lo diré solo una vez: No te le acerques – murmuró entre dientes.

no te le acerques – advertí. El dio un paso hacia atrás con la firme intención de huir, al mismo tiempo que yo hacia él.

– ¡Te lo advierto! – gruñó agazapándose en el suelo, listo para atacar.

Saltó sobre mi. Le tomé por los hombros y en unos segundos su oreja derecha yacía sobre la nieve. El dió una vuelta sobre si mismo, liberándose de mi agarre y encarándome.

Por un breve momento, mientras saltaba hacia mí, pude leer su mente… y quedé pasmado.

– ¡Espera! – dije, saltando hacia un lado y esquivándolo. El cayó silenciosamente sobre sus pies y se giró hacia mí. – Se que no quieres hacerle daño…

– Eso no te incumbe

Inmediatamente se lanzó nuevamente contra mí. Me tomó por los hombros fácilmente y me estrelló contra un árbol. Éste hizo un fuerte crujido. Bella dio un respingo, asustada, y abrió los ojos. Con dificultad enfocó la mirada en nuestra dirección.

– ¡Edward!

– ¡Quédate dónde estás! – le advertí.

El vampiro se acercó nuevamente hacia mí, levantándome del suelo congelado sujetando mi cabello. Hice una mueca de dolor.

Vi, en una milésima de segundo lo que planeaba hacer. Podía ver en su mente mi cabeza separada del resto de mi cuerpo... Siseé en su dirección.

Un gemido se escuchó a unos metros de nosotros. Bella luchaba por levantarse del suelo, más sus miembros entumidos por el frío no lo hacían del todo posible.

– Bella, cúbrete del frío. En un momento estoy contigo, cariño… – le dijo, sin dejar de posar sus iris rojos en mi.

– ¡Déjalo! ¡No lo lastimes! – lloriqueó.

El aflojó el agarré de mis brazos y le miró. Su mente volaba confundida.

– Suéltalo, porfavor… – pidió ella, levantándose con dificultad.

El vampiro soltó mis brazos, dejándome caer en la nieve, y caminó hacia ella. Bella observó aterrada como el desconocido se acercaba y, arrastrándose, se alejó lo más posible. Él se detuvo, anonadado.

– Bella, cariño, ¿Qué ocurre?

Ella comenzó a sollozar fuertemente, asustada.

– No te acerques… po… porfavor…

En un parpadeo él se encontraba hincado en el suelo a su lado, y la tomó suavemente por los hombros. Bella jadeó y presa del pánico comenzó a moverse compulsivamente para liberarse.

– ¡Mírame, Bella!

Tomó entonces su rostro con delicadeza. Ella detuvo sus movimientos, derrotada. Sollozaba despacio, con los ojos cerrados.

– Bella, mírame –exigió. – ¿Cómo es posible que no puedas reconocerme? – dijo, dolido.

– Ella se golpeó la cabeza con una roca hace dos meses más o menos, no recuerda nada antes de eso – expliqué, sacudiendo mis ropas ahora llenas de nieve.

El se giró y me observó, desconfiado.

– Porfavor, solo… porfavor, porfavor, no le hagas daño a él… – murmuró Isabella, con los ojos aún cerrados, ambas manos a los costados de su cuerpo.

– Oh por Dios… Belly… – susurró él, entendiendo la situación. – Yo no soy él. Mírame, porfavor.

Bella abrió los ojos y su mandíbula se desencajó levemente. Observó escudriñosamente al vampiro frente a ella, con curiosidad en sus ojos hinchados.

– ¿Phil?

Y se lanzo hacia él, buscando refugio en sus brazos.

– Disculpa por haber arrancado tu oreja

– No hay problema, me ha pasado un par de cientos de veces – sonrió de lado.

Bella se removió en mis brazos, aún dormida. El la observó fijamente.

– Le gusta desmayarse – murmuró, con un deje de ternura en su voz. – También es algo… torpe…

– Ya lo sabré yo – dije, riendo divertido.

Caminábamos a un paso rápido por el bosque. No habían pasado ni cinco minutos cuando comencé a divisar mi casa. Suspiré tranquilo.

– Llévala y dale un baño de agua caliente. Y si se enferma trata de no administrarle medicamentos inyectados. Odia las agujas.

Fruncí el ceño, incómodo. Me era extraño, pero no podía leer su mente del todo. Como si fuesen un montón de voces dentro de él hablando al mismo tiempo...

– Hay tantas preguntas que quisiera hacerte, pero sé que no contestarás

– Es correcto – sonrió, burlescamente. – Pero voy a tratar de volver lo más pronto posible, tengo cosas pendientes. Por ahora estoy tranquilo porque sé que ella está segura contigo.

Rodeé los ojos, exasperado.

– No es por mí, es por ella. – dije, señalándola a ella. Luchaba aún dormida para que la gruesa –pero pequeña- frazada se adaptara a su cuerpo.

– Digamos Edward, que por alguna razón del destino, Forks es el lugar donde ella debe de estar en este momento.

Sonrió de manera enigmática y rápidamente, aún para un vampiro, corrió lejos de nosotros.

Y desapareció entre la negrura del bosque.

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Abrí la puerta corrediza rápidamente, entrando en el calor de mi hogar con Isabella acurrucada en mi pecho. Ella resintió el cambio de temperatura.

Su piel tenía una temperatura casi similar a la mía.

– Ya estamos en casa. – le dije, aunque estuviese aun inconsciente.

Subí los tres pisos rápidamente. Ella no pareció notarlo. Me dirigí a su recamara y entré al baño. Con una mano sostuve su cuerpo y con la otra abrí la tina para que se llenase de agua caliente.

No podía despojarla de su ropa… por lo que la introduje vestida a la tina. Al momento que su cuerpo hizo contacto con el agua ella jadeó violentamente.

– ¡Tranquila! ¡Todo está bien!

– ¿Edward? – murmuró confundida, observándome con los ojos bien abiertos.

– Necesitas permanecer un rato más aquí. – le dije, tomándola de los hombros. Ella asintió – Te voy a traer algo de ropa para que puedas cambiarte pero porfavor no salgas sola de la tina, tus brazos y piernas aun se encuentran entumidos – le expliqué.

Salí del cuarto de baño, hacia el closet, donde saqué lo primero que encontré. Un pantalón de dormir y una blusa color gris. Tomando una fuerte respiración, abrí el cajón donde el satín, la seda y el encaje predominaban. Sin tratar de pensar mucho en ello tomé un conjunto de ropa interior negra y con todo bajo el brazo me dirigí de nuevo con ella. Estaba ya totalmente despierta, sus dientes todavía castañeaban un poco a pesar de la temperatura del agua. Con ambos brazos se sujetaba de la tina, con la intención de mantenerse a flote.

– Espera, te ayudaré. – dije colocando su ropa en el mueble junto a la tina.

Me arrodillé lentamente en el suelo, una de mis manos sujetaba su cabeza para que no se hundiera en el agua. Ella me sonrió, agradecida.

Tomé una larga respiración, la cual hizo que mis músculos se contrajeran nuevamente. Cerré los ojos fuertemente, soportándolo.

– ¿Estás bien? – preguntó, ansiosa.

– Si. – Sonreí. – Esto cada vez es un poco más fácil.

Ella pasó en la bañera unos minutos más hasta que su piel recuperó su color original. Abrí el ducto para que el agua corriera y pronto la tina estuvo vacía.

Me puse de pié extendiendo una mano hacia ella, con un poco de esfuerzo salió de la tina. Nuestras ropas goteaban. Tomé un par de toallas y se las extendí.

– Estaré en mi habitación. Llámame si necesitas ayuda.

Ella asintió, no muy convencida de dejarla sola.

Caminé a mi recámara, donde cambié mis ropas mojadas por una playera blanca de manga larga y un pijama, sin zapatos. La ropa que llevaba terminó en el cesto de basura.

Un golpe estruendoso hizo que de pronto me encontrara frente a la puerta de su baño.

– ¿Isabella? ¿Estas bien, puedo entrar? – dije , tocando ansiosamente.

– A-Adelante

Abrí la puerta y la encontré en el suelo ya vestida y con su cabello aún húmedo, sobando su brazo izquierdo con una mueca de dolor en su rostro.

– Me resbalé… – dijo mordiendo su labio y comenzando a ruborizarse.

– Si, me he dado cuenta de ello – sonreí.

Con ella en brazos y una vez que sus ropas terminaron en la basura caminé lentamente hacia su recámara. La recosté suavemente sobre la cama y la cubrí con las mullidas frazadas.

Ella se acomodó entre las almohadas con el ceño fruncido.

– Isabella, ¿sabes quién era el vampiro del bosque?– pregunté cautelosamente. Ella negó con la cabeza.

– Se su nombre, sé que es bueno, se que él no es el vampiro rubio al que temo… Y recuerdo algo referente a una pelota, pero la imagen en mi mente no es muy precisa… – murmuró. Una mueca surcó sus labios. – Odio esto Edward, odio que mi cabeza sea una maraña de ideas revueltas…

Fruncí el ceño. Caminé hasta su cama, sentándome en la orilla de la misma.

– No es tu culpa. Carlisle me dijo que la contusión en tu cabeza fue muy fuerte

Ella llevó su mano entre sus mojados cabellos, palpando la superficie.

– Aún duele...

Cerró sus ojos con cansancio, entonces se quedo callada. Solo respiraba lentamente, inhalaba y exhalaba, sus labios estaban comenzando a ponerse rosados. Su boca estaba un poco fuera de balance, su labio inferior era un poco mas relleno que el superior, mirar su boca me hizo sentir extraño, me hacia querer acercarme a ella, lo cual no era una gran idea.

A pesar de su miedo contra nuestra especie ella nos había aceptado. Y a mí, aunque hubiese intentado matarla.

Me atreví a levantar la mano y acariciar su cabello suavemente. Sus párpados temblaron levemente mas no se abrieron.

– Estaba tan preocupado… no me vuelvas a hacer pasar por algo así nunca... – supliqué, acariciando su rostro.

Y me di cuenta en ese momento de que definitivamente de que la amaba con cada parte de mi ser. Siempre amaría a esta frágil humana, por el resto de mi ilimitada existencia...

Ella dormía un poco más tranquila que antes, con una pequeña sonrisa en sus labios.

Deliberadamente tomé aire de nuevo, y dejé que su esencia me rasgara como un fuego salvaje. El cuarto estaba lleno con su perfume; su fragancia estaba impresa en cada superficie. Mi mente nadó en ella, pero luché. Tenía que acostumbrarme a esto, si pretendía intentar cualquier clase de relación con ella. Tomé otra respiración.

– Edward – murmuró de pronto.

– ¿Necesitas algo? – Hice el ademán de levantarme, pero su mano se cerró en torno a mi muñeca.

– Quédate – dijo firmemente. Sus ojos se clavaron en los míos. – Porfavor…

– Estoy aquí… – murmuré. Su mano aún aprisionaba mi muñeca.

De pronto, ella haló mi mano hacia ella con decisión, llevándome a mí en el proceso.

Y me abrazó. Sus brazos se cerraron en mi cuello, su rostro se enterró en mi pecho. Yo, por mi parte, me quedé congelado en mi lugar con ambas manos en el aire.

– Gracias… gracias gracias gracias… – sollozó. – Gracias por estar aquí. Por cuidarme, por ser parte de mí vida. Ahora lo sé Edward, no podría estar nunca alejada de ti…

Mi cuerpo comenzaba a reaccionar. ¿ Y si la lastimaba? Quizá podía emplear el mínimo de fuerza...

La estreché delicadamente contra mí. Rodeé su espalda con ambos brazos, sintiendo su calor embriagante contra mi cuerpo pero siempre sin respirar. Nunca en mi vida me había sentido tan pleno, tan lleno. Un calor desconocido se hizo presente en mi pecho. Sonreí eufórico, ella aún estaba bien.

No sé cuanto tiempo nos quedamos en esa posición.

Pareciera que el tiempo se detenía cuando estaba a su lado. Que no existía nada más en el mundo, excepto ella, recostada en mi pecho.

Tomé otra respiración. Aunque ella estuviera más cerca esta vez fue más soportable.

Todos mis temores y preocupaciones se alejaron en ese momento. Me sentía vivo, feliz, ilusionado.

Ella fue la que rompió nuestro abrazo. Con el torso de su mano se limpió un par de lágrimas. Y sonrió divinamente.

–Estropeé tu playera… – señaló con el dedo donde la prenda tenía impresiones de sus lágrimas. Sonreí, negando con la cabeza.

Otra lágrima se derramó de uno de sus ojos. Ella se apresuró a limpiarla nuevamente pero mi mano le detuvo. Ella me observó confundida.

– Cierra los ojos – le pedí suavemente.

Con todo el cuidado y el control posible tomé su rostro entre mis manos y me acerqué a ella lentamente.

– Respira, Bella

Ella jadeó ligeramente.

– ¿Qué pasa? – inquirí, temeroso de haberla lastimado.

– Me llamaste Bella… – murmuró, cerrando los ojos y acariciando el torso de mi mano derecha. – Es la primera vez que lo haces…

Mi pequeña humana…

Acorté la distancia entre nosotros rápidamente, posando mis labios sobre su mejilla, limpiando su lágrima con ellos. Ella se tensó, su corazón comenzó a latir descontroladamente.

Fue entonces que un pensamiento cruzó por mi mente. ¿Qué tipo de relación podía ofrecerle, cuando no me podía arriesgar a tocarla más de lo que podía soportar? Era todo más confuso porque nunca me había sentido tan humano en toda mi vida, ni siquiera cuando era humano, tanto como podía recordar.

La estreché nuevamente en mis brazos, con mi cabeza recargada en su hombro. Bella me tomó por sorpresa cuando una de sus manos comenzó a acariciar mi cabello. Se sentía tan bien…

– No vuelvas a asustarme de esa manera Bella… – pedí, con la voz contenida. – No… no soportaría perderte… – mi voz se rompió al final.

Ella rió suavemente, su nariz se enterró en mi cabello, inhalando fuertemente.

– No me perderás. Nunca…

Minutos después me senté en la cama con la espalda pegada a la pared, a la vez que ella se recargó en mi pecho, pasando un brazo por mi cintura. Se tensó de pronto, quizá por su atrevimiento.

– ¿Te molesta? – preguntó, por la posición en la que nos encontrábamos.

– No, todo lo contrario...

Mi mano se enterró entre sus sedosos cabellos casi secos, acariciando cada mechón con delicadeza. Ella gimió suavemente al contacto.

– Hola, ni nombre es Edward Cullen – comencé. Levantó la vista, confundida. – Nací como Edward Masen en Chicago en Junio de 1901, un día donde la lluvia caía sin cesar, según decía mi madre. – Ella sonrió y volvió a su posición, escuchando atentamente. –Fui hijo único. Mi madre no pudo tener más hijos aunque lo intentó varias veces... – La mano que descansaba sobre mi pecho la cubrí con la mía. Ella se tensó mas no retiró su mano. – Mis padres murieron de gripe española unos días después de mi cumpleaños número 18, y yo también hubiese ido con ellos de no ser por Carlisle quien me salvó esa noche a petición de mi madre…

– Gracias… – murmuró.

– Bueno… creo que mereces saber con quién vas a estar por dos días seguidos… –Ella rió suavemente hasta que su corazón comenzó a latir tranquilo.

...

La observé dormir hasta que el sol comenzó a asomarse a través de las paredes de cristal. La habitación fue iluminándose lentamente hasta casi tocar el borde de la cama. Fue entonces cuando se removió entre las almohadas y frotó sus ojos al momento que ahogaba un bostezo.

– ¿Has dormido bien? Tener una almohada de piedra no ha de ser tan cómodo para ti – Reí. Ella me observó curiosa. – ¿Qué pasa? – pregunté, cogiendo un mechón de su cabello de su rostro y colocándolo detrás de su oreja. Ella se sonrojó ligeramente.

Miró fijamente a la luz que comenzaba a filtrarse en la habitación.

– Nadie me ha dicho que pasa si el sol toca a un vampiro… ¿arderás en llamas acaso?

Solté una risotada.

– Creo que no… – murmuró. Sus mejillas se tornaron de un rojo exquisito. Se levantó, sentándose en la cama a mi lado.

Y el sol seguía avanzando hacia nosotros.

– Tengo miedo de tu reacción… ¿sabes? – le dije. Ella me observó preocupada. – Temo que lo que veas a partir de ahora te haga cambiar de parecer, que me grites que soy una abominación y que salgas corriendo de aquí.

– Oh vamos, no es tan malo ¿O si? – inquirió, ladeando su cabeza. Sus rizos bailaron al movimiento. – Es decir, no es como si te fueras a convertir en un murciélago o algo así.

– No – dije, aguantando la risa – Solamente te prevengo…

– Edward – susurró mi nombre con devoción – Te acepté… quiero decir… los acepté así como son – dijo, titubeando. Hice una mueca – No hay nada más que me haga cambiar de opinión acerca de ti. – Abrí la boca para replicar – Si, ya se que intentaste asesinarme… lo se, pero fue solo tu instinto. Solamente es algo con lo que no podías luchar.

Le sonreí en respuesta. Era el ser más bondadoso y noble de este mundo.

Fue entonces cuando el sol amenazaba con acercarse a mi vientre. Oculté previamente mis manos y me alejé del sol lo más que pude.

– Mírame – demandó. Sentía morir en ese momento cuando alzó una mano y con indecisión la colocó en mi rostro, desde el nacimiento del cabello hasta la mandíbula. Podía sentir el temblor de sus dedos, mas no era por miedo. – No hay manera de que cambie mi opinión de ti. Eres bueno y me has salvado inclusive de ti mismo, ¿Cómo puedes pensar que tendré miedo de ti alguna vez?

Mi mano acarició sus rizos suavemente. Ella cerró los ojos ante el contacto.

–Bella… – susurré. Una pequeña sonrisa apareció en los bordes de su boca.

El sol comenzó a llenar la habitación de luz. Mi piel comenzó a resplandecer en todas las direcciones posibles.

—Por esto no podemos salir a la luz del sol— Le dije. —Sabrían que somos diferentes.

Ella abrió los ojos desmesuradamente mas no dijo nada. Yo por mi parte me dediqué a disfrutar de leve calor de su mano sobre mi piel.

– ¿Te asusto? – pregunté con vacilación, esperando el rechazo.

Y ella sonrió dulcemente, acariciando con su pulgar mi pómulo.

– No más que de costumbre…

Me aceptaba, aceptaba lo que era. No había gritado ni había salido corriendo como yo había temido. Sonreí con el corazón, con el alma, sonreí con todo mi ser.

Entonces empujé toda la tragedia a un lado, y me dejé ser feliz en ese perfecto momento.

– ¿Te gusta? – pregunté, curioso.

Ella masticó un poco, tragó la comida y sonrió.

– Delicioso. ¿Cómo puedes cocinar tan bien? – dijo, tomando otro hotcake del plato.

– Internet – sonreí.

Recargué ambos brazos sobre el desayunador, observándola mientras comía. Ella bajó los ojos, incómoda.

– ¿Que hay de interesante en verme comer? – reprochó.

– Digamos que me da curiosidad como te puede saber bien. A mi parecer solo es masa con un bonito decorado... – susurré, observando la miel de maple que se derramaba de su desayuno.

Ella rió dulcemente, comiendo el resto del desayuno. Cuando hubo terminado tomé los platos sucios y los coloqué en el lavaplatos. Bella no pronunció ni una palabra, parecía pensativa. Rodeé el desayunador y tomé asiento en uno de los bancos, a su lado.

– ¿En que piensas? Me resulta frustrante no poder saberlo...

– ¿Porque me odiabas? – respondió, casi brusca, y observándome intensamente.

Digamos que la pregunta me había tomado desprevenido. Fruncí el ceño, meditando mi respuesta. Ella comenzó a jugar con su cabello, nerviosa.

– Bueno... – comencé. Ella levantó la vista y se centró en mi – A nadie le gusta sentirse débil... ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos?

Bella bajó la mirada, a la vez que su rostro comenzó a enrojecerse poderosamente.

– Si... lo recuerdo...

Oh, claro que yo también lo recordaba...

– Ese día tenía planeado llegar de sorpresa. No tenía idea de que mi familia no estuviera...

-Pero tampoco sabía que tú estarías ahí. Al entrar a la casa el olor de tu esencia me llenó y... bueno, es algo que jamás me había pasado. Quien viste esa noche no era yo Bella; yo jamás me atrevería, al menos estando cuerdo, a hacer lo que hice. Luché contra mis hermanos, intenté atacar a Esme a quien quiero como mi propia madre... – vacilé – e intenté asesinarte. ¿Porque te odiaba? Porque me hiciste ser una persona que no quería ser. Hiciste resurgir el monstruo que odiaba dentro de mi. Lastimé a mi familia y todo era tu culpa en ese instante. ¿Por qué, de pronto, tenías que estar ahí para arruinarme la existencia? – ella bajó la mirada.

– Quieres decir… que si Emmett no hubiese llegado… – su voz se fue apagando hasta convertirse en un murmullo. Reí secamente.

—Debiste de pensar que era un degenerado…

—No comprendí el motivo. ¿Cómo podías odiarme con tanta rapidez...?

—Para mí, parecías una especie de demonio convocado directamente desde mi infierno particular para arruinarme. La fragancia procedente de tu piel... El primer día, aquel día en que nos convocaron a reunión, creí que me iba a trastornar. En esa única hora ideé cien formas diferentes de matarte, de tomarte entre mis brazos y huir lejos donde pudiera terminar con tu vida… Las rechacé todas al pensar en mi familia, en lo que podía hacerles. Tenía que huir, alejarme antes de hacer una tontería…

– Edward… – musitó a manera de silenciarme.

– No Bella, he comenzado… tienes que dejarme terminar. – dije firmemente. Ella asintió no muy convencida. – Entonces, cuando tenía por fin el plan perfecto, apareciste tu y me pediste que me quedara. – la observé, y pude ver como un leve sonrojo apareció en sus pómulos. Mi garganta ardió. – ¿Quién eras tú para echarme del lugar donde quería estar? Entonces decidí quedarme... Tomé precauciones, cacé y me alimenté más de lo acostumbrado antes de volver a verte. Estaba decidido a ser lo bastante fuerte para tratarte como a cualquier otro humano. Pero también existía otra incógnita. ¿Por qué no podía leer tus pensamientos? Llegué a pensar que mi don estuviese "defectuoso" o algo por el estilo, pero tenía que quedarme a verificar, por curiosidad.

– Entonces – comenzó insegura, mordiéndose el labio inferior. Traté de ignorar ese detalle. – ¿Te quedaste, no porque te lo pidiera, si no porque tenías curiosidad sobre tu don hacia mi mente? – preguntó. Se notaba bastante… ¿desilusionada?

– Bella – susurré con adoración. – Me quedé porque tú me lo pediste. Me quedé porque, cuando me pidieron que te cuidara, tu me dijiste que confiabas en mi aunque yo hubiese sido un cretino contigo. Porque una parte de ti creyó que yo podía ser fuerte, que podía aguantar la sed incontrolable. Y además… quería ayudarte…

Ella abrió los ojos desmesuradamente.

– ¿Por… porque?

– Porque Carlisle me mostró en su mente todo lo que habías vivido antes de llegar yo aquí. Desde tu parte, no era justo que después de todo lo que habías pasado encima llegara yo he intentase comerte… No era justo y además… – hice una pausa. La miré a los ojos, dispuesto a confesarme. – Me mostraste la gran persona que eras. Como mis hermanos habían dicho: eras bondadosa, tranquila, noble… – mis palabras comenzaron a salir de control, envolviendo cada una de ellas con pasión. Me aclaré la garganta. – En fin, una larga lista de cualidades. Vi en ese momento que ya eras parte de la familia y que no había remedio más que estar junto a ti.

Mi mano se alzó en el aire por sí sola y se colocó justo al lado de su rostro. Bella quedó inmóvil. Con toda la delicadeza posible mi mano se deslizó entre sus suaves cabellos castaños.

—Isabella —Cuidadosamente pronuncié su nombre completo, ella se estremeció por el contacto. —No podría vivir en paz conmigo mismo si te causara daño alguno…

Ella me miró expectante. Su mano subió por mi antebrazo, antes de colocarla sobre la mia. Su corazón latió descontrolado. Observé su boca entreabierta y me acerqué un poco para oler más de cerca su deliciosa fragancia…

—El rubor de tus mejillas es adorable —Murmuré.

Con mis sentidos alertas contemplé su rostro más y más cerca del mío. En mi memoria grabe cada segundo de esta proximidad, disfrutando.

De pronto sus labios rojos parecieron llamarme…

– Edward… – murmuró, antes de entrecerrar los ojos y acortando lentamente la poca distancia entre nosotros…

Y me sentí dichoso. Por primera vez su sangre no me llamó como lo hicieron sus labios en ese momento. Casi podía sentir su calor abrazador sobre mi boca...

– ¡ Edward Anthony Masen Cullen!

El estruendoso grito nos hizo separarnos de golpe. El rostro de Bella pasó del rosa al rojo y después casi al morado. Puse una prudente distancia de un metro entre nosotros, a la vez que comenzaba a sobar mi nuca con nerviosismo.

¿Cómo no había podido oír que mi familia estaba llegando? Y además, ¿no se suponía que llegarían hasta mañana?

– Alice, amor contrólate. – pidió Jasper, a escasos cinco metros de la casa.

La puerta del patio se abrió de par en par, revelando a Alice con cara de pocos amigos.

– ¿Qué ha pa…?

Antes de poder terminar la frase ya me encontraba en el césped húmedo aún por la nieve. Me levanté del suelo, indignado.

– ¿Se puede saber qué diantres pasa?

El resto de la familia llegó, Bella corrió asustada y se detuvo en el umbral. Esme y Carlisle permanecieron junto a ella. Rosalie, Emmett y Jasper observaban sorprendidos a la duende.

Alice caminó hacia mí, marcando los pasos fuertemente en el césped.

– ¡No se que demonios has hecho, ni si es por tu estúpida nueva habilidad o que se yo! ¡El punto es que no debiste hacerlo Edward! – dio un fuerte pisotón en el suelo, donde dejó su pequeño pié marcado. – ¿Sabes acaso cuanto tiempo estuve sentada como una idiota monitoreando su futuro? ¿Y todo para qué? ¡Para que decidieras de un momento a otro bloquear mi campo de visión como la vez que llegaste a casa! – con el dedo índice golpeó mi pecho repetidas veces. – ¡¿Qué diantres pasa contigo?!

Hastiado, tomé sus dos manos y las sostuve en alto.

– ¡No entiendo de que hablas! ¡Ni siquiera sé como bloquear tu campo de visión!

– ¡Pues no te creo!

– Hijo – dijo Carlisle. – Alice no pudo verlos en el tiempo que nos fuimos. Creímos que lo habías hecho tú pero…

– Edward – le interrumpió Bella, observándome. – Quizá haya sido Phil…

Alice soltó sus manos con coraje, poniendo ambas a cada lado de su cintura.

– ¿Quién es Phil?

– ¡Edward! ¡Eso fue muy irresponsable de tu parte! – me reprendió Esme.

– Te lo dije Esme, que no podías confiar en él. – murmuró Rosalie, mirándome acusatoriamente.

Bella negó con la cabeza.

– Fue mi culpa. Yo solté el marco y lo dejé caer. – me observó intensamente. – El solo intentaba ser amable conmigo. Yo lo arruiné. Yo abrí la puerta y salí.

Carlisle frunció el ceño, pensativo.

– Habrá que estar alertas en dado caso por si llega a venir ese hombre nuevamente. No podemos permitir que Bella esté sola en ningún momento.

Bella suspiró.

– El no me hará daño Carlisle. Edward vió que solo intentaba protegerme. – dijo a manera de defenderme. Sonreí en mi fuero interno.

– Bella tiene razón. Pensaba que la habíamos raptado y cuando Bella salió vio la oportunidad perfecta para llevársela. – hice una mueca antes de continuar. – Nos había estado vigilando desde hacía unos días.

– ¡Pero no lo había visto, ni tu lo habías escuchado! Quizá ese sea su don, el de pasar desapercibido…

Todos en la familia callamos. Bella movía sus pies, ansiosa. Coloqué una mano sobre su hombro, tratando de tranquilizarla. Ella me observó por unos momentos, antes de sonreírme adorablemente. Jasper levantó una ceja.

¿Qué demo…?

– Carlisle, ¿Qué has decidido con respecto a tu plan? – comenté de pronto, callando a Jasper en mi cabeza. Él entrecerró los ojos.

– ¿Qué plan? – preguntó Esme, observando interrogante a Carlisle.

– El averiguar todo sobre la vida de Bella – dijo él. Bella jadeó, sorprendida. – Tengo un amigo mío que nos puede ayudar a ver perfiles de personas desaparecidas. Sé supone que volveríamos hasta mañana pero con toda esta situación de la visión de Alice hemos tenido que regresar antes. Le llamaré para ver si nos puede recibir hoy…

– ¿"Nos"? – inquirió Bella. Carlisle asintió.

– Es de vital importancia que me acompañes Bella. Esto para dar detalles que puedan servirnos, además – agregó, caminando hacia las escaleras en dirección a su estudio. – Será lo más discreto posible…

Ella asintió, no muy convencida de la situación.

Horas después nos encontrábamos Bella y yo conversando, sentados en el taburete del piano, sobre uno de los libros que le había obsequiado mientras yo tocaba para ella. Mis hermanos nos observaban expectantes desde la sala, Emmett con la mandíbula desencajada.

No les presté atención ni a ellos ni a sus pensamientos. Bloqueé mi mente para no escuchar ninguna voz mental excepto la mía. Se sentía tan bien…

Carlisle bajó vestido casualmente, con las llaves del mercedes en la mano. Me observó largamente desde las escaleras. Levanté una ceja, interrogante.

– Lo siento – repuso, riendo de pronto. Me uní a sus risas. – es difícil acostumbrarse…

Con cuidado abrí mi mente nuevamente. Los pensamientos cayeron cual balde de agua. Me concentré solo en Carlisle.

Todo está resuelto. Ya sabes cuál es la dirección, así que los espero a ti y a Bella en una hora. Llámame cuando estén llegando…

– Vuelvo en un rato familia… – dijo, antes de salir por la puerta. Bella miró en su dirección, confundida.

– ¿De qué hablaban?

– Carlisle ha arreglado para que nos reciban hoy, te acompañaré…

La observé por enésima vez, divertido. Bella apretó las manos en su regazo y me fulminó con la mirada.

– ¡Observa la carretera mientras conduces! – luego añadió en voz baja– ¿cómo fui a acceder a venir contigo? – reí entre dientes. – ¡No te burles! ¡Conduces como loco! – me reprochó.

– Nunca he chocado, ni me han puesto una multa. Así que ¿porqué no mejor te calmas y dejas de morderte las uñas?

Ella quitó su mano derecha de su boca, antes de sonrojarse levemente.

– Además, sabes que jamás dejaría que te pasara algo…

Un silencio incómodo se hizo presenté en el auto. Bella giró su cabeza, mirando por la ventana. Soltó un suspiro. Yo por mi parte pasé mi mano por el cabello, nerviosamente. Pensé de pronto en lo cerca que nos habíamos encontrado hacía solo unas horas, lo cerca que había estado de tocar sus labios…

Doblé la esquina de la calle y saqué el móvil.

¿Diga?

– Carlisle estamos a unas dos cuadras.

Perfecto. Avanza no dos, si no tres cuadras para poder entrar por la puerta de atrás. Cuando hayas entrado es la última puerta a la izquierda. Asegúrate que nadie de fuera los vea.

– Gracias, en un momento llegamos. – dije cortando la llamada.

Estacioné el volvo unos minutos después cerca de la puerta trasera del establecimiento. Bella retorció sus manos, nerviosa.

– Hey – le dije, llamando su atención. – Todo está bien. Estoy aquí contigo ¿recuerdas? – ella asintió. Sonreí. – No dejaría que te pasara algo malo…

Sin darme cuenta ya me encontraba cerca de su rostro nuevamente. Nos miramos intensamente por unos segundos. Fue ella quien decidió romper el contacto, alejando su mirada de la mía. Solté un suspiro, resignado, y abrí mi puerta para salir. A velocidad normal rodeé el auto y abrí la puerta para ella. Bella colocó el gorro de su chaqueta a modo de cubrirse de la nieve.

Cuando salió vio la puerta de servicio con interés.

– ¿En dónde estamos?

– Vamos Bella, Carlisle nos espera. – dije colocando una mano en su espalda, obligándola a continuar. A decir verdad no me agradaba mucho el estar exponiéndola y menos en el corazón de Forks.

Una vez dentro del lugar ella se despojó de su chaqueta y la dejó en una silla cercana. Si silueta se enmarcaba perfectamente con aquél sweater color azul… Sacudí mi cabeza, alejando el pensamiento. Teníamos cosas más importantes que hacer.

Caminamos rápidamente sin ser vistos, hasta la puerta que me había indicado Carlisle. Toqué un par de veces.

– Adelante. – musitó una voz dentro, demasiado baja para ser oída fácilmente para un humano.

Abrí la puerta, entrando rápidamente. La pequeña oficina era modesta. El viejo escritorio contenía un montón de papeles, un viejo computador y una fotografía a la que no presté atención. Las paredes estaban pintadas de un viejo color celeste, desgastado con los años.

Carlisle se hallaba sentado frente al escritorio.

De aspecto cansado y mirada vacía el hombre frente a Carlisle me observaba sin interés. Tenía una complexión más que delgada y sus ojeras enmarcaban celosamente sus ojos tristes.

– Él es mi hijo, Edward.

– Ya lo conocía, aunque solo de vista. – extendió una mano hacia mí. La estreché inmediatamente.– Un placer Edward.

– Igualmente, señor.

El hombre buscó detrás de mí, confundido.

– ¿Y la chica?

Me giré, encontrándome solo de pronto. Bufé, impaciente, y salí por ella. La encontré sentada en una incómoda silla blanca parecida a las de hospital.

– ¿Es hora?

– Es hora – confirmé. Ella se levantó de su lugar visiblemente nerviosa. Y cruzó la puerta.

Un jadeo llenó el ambiente, un jadeo que hizo que entrara lo más rápido posible a aquella pequeña oficina.

Ella temblaba violentamente en el suelo, con lágrimas desbordándose de sus ojos. Me arrodillé inmediatamente a su lado. Carlisle ya se hallaba a su otro lado.

– ¿Qué ocurre, Bella? – pregunté, sacudiendo suavemente sus hombros, ella no respondió.

– Bella – murmuró aquel hombre, con la voz rota.

De pronto, las miradas de ambos de encontraron.

Papá… – gimió ella.

El jefe Swan cayó hacia atrás en su silla, con ambas manos sobre la boca.

Y Bella cayó inconsciente, en mis brazos…


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o si me rayan la madre de nuevo,

o quizá para desearme una feliz navidad y un año nuevo atrasados? jajaja

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