Oda III

"No me pareció necesario añadir ninguna otra nota aclaratoria antes de empezar con la traducción, pues es suficiente con aquellas palabras que plasmó el autor antes de iniciar con el relato. Así pues, simplemente quería dejar esto en claro, antes de dejar la traducción."

Tiempos oscuros se avecinaban. Desde que se había dividido el mundo y cada dios había tomado la parte que le pertenecía, la comunicación entre los reinos prácticamente había cesado. Sólo algunas pocas alianzas prevalecieron. La más notoria fue aquella entre los reinos de Asgard y Alfheim. Pero de eso hablaré después, ahora me centraré en relatar unos sucesos un poco más alegres; aunque no estoy seguro de si esta es la palabra correcta; que giran en torno a una diosa que me parece la más interesante del panteón nórdico. La joven Freyja. La joven Freyja y sus, ¿cómo llamarlos?, ah sí, dilemas del corazón.

Porque quien piense que los dioses no se confunden o se sonrojan cuando tienen sentimientos hacia otro ser, sea criatura divina o no, no ha conocido o escuchado hablar nunca de Freyja. Claro que Freyja era más que una cara bonita, también era una guerrera que luchó por su gente. Veamos ahora, entonces, un poco de esos sucesos alegres de los que les estaba hablando.

La noche había caído ya en Alfheim. La luz de la luna y las estrellas era intensa y caía grácilmente bañando con su resplandor el fantástico jardín de Gerð. La diosa se encontraba sentada en una banca de madera, al lado de una Freyja que contemplaba maravillada el brillo del lago y la cascada oculta en el jardín del palacio de su hermano. Gerð simplemente permaneció en silencio, con sus enigmáticos ojos fijos en la pequeña hermana de su esposo. Freyja se volvió entonces hacia ella, con gesto curioso.

—¿Sucede algo, Gerð? —preguntó. La diosa sonrió y habló de esta manera:

—Es hermoso, ¿verdad? —contestó, posando sus ojos en la inmensa luna llena —El amor —Freyja parpadeó, confundida —Es maravilloso cuando encuentras a una persona a quien amar. Y es más aún mejor cuando esa persona conoce tus sentimientos y se siente de la misma manera hacia ti.

Freyja se llevó ambas manos a la boca y sus ojos se abrieron como platos. Desvió la mirada hacia el césped, como si intentara que este le ayudara a decidir cómo desviar aquella "peligrosa" conversación o cómo explicarle a la astuta Gerð lo que sucedía. Cuando la rubia volvió a mirar a Gerð, se dio cuenta de que no había manera de engañar a aquella mujer. Descubrió entonces su boca y dio un profundo suspiro, apretando los puños sobre su regazo.

—¿Hace cuánto lo sabes? —le preguntó Freyja, en voz muy baja.

—Desde que te enamoraste de él cuando eras niña —contestó Gerð, logrando que la rubia se sonrojara —Eres una chica tan transparente, Fler —la joven se sonrojó aún más cuando Gerð la llamó con aquel nombre —Es un lindo nombre. ¿Cómo lo llamas tú a él?

—Sólo… sólo Hyoga —balbuceó, nuevamente en voz muy baja, con las mejillas tan enrojecidas como sus orejas.

—Él se siente de la misma manera, ¿verdad? Puedo ver que él también te ama. Sin embargo, hay algo que no comprendo del todo, Freyja —hizo una breve pausa —¿Por qué se empeñan en intentar ocultar lo que sienten? No hay nada de qué avergonzarse.

—Bueno, sobre eso, verás, Hyoga es un gran hombre, estoy segura de que no hay hombre más noble que él, pero su orgullo es tan grande como su nobleza. Él se empeña en pensar que es un simple guerrero, que aún no es lo suficientemente bueno como para estar algo lado de alguien como yo. Le he dicho muchas veces que eso a mí no me importa, pero Hyoga es tan orgulloso que ha dicho que hasta que su nombre no sea tan famoso como el del héroe Siegfried, no tiene el derecho a pedir mi mano en matrimonio —Freyja terminó su explicación dejando escapar un nuevo suspiro. Gerð por su parte comenzó a reír.

—Por Odín, los hombres en verdad son tontos, sin ofender a tu hermano —Freyja rió —No puedo creer que una razón tan infantil lo aparte de ti. Oh Freyja ustedes hacen una pareja hermosa y estoy segura de que serían muy feliz juntos. Incluso tu padre…

—Creo que… mi padre… puede tener un poco de culpa en esto también.

—¿Njörðr? No me digas, ¿qué fue lo que hizo el viejo? Tendré que ir a reprenderlo.

—¿Recuerdas a mi amigo de la infancia, Alfrek? — Gerð asintió con la cabeza —Bueno, sabes que Alfrek es un noble, primo de Vanlandi, gobernante de Vanaheim. Pues resulta que un día estábamos cenando, ya sabes, una cena en honor a la victoria de nuestros ejércitos, luego de que los Vikingos regresaran de una importante campaña contra los gigantes de hielo. Fue entonces cuando mi padre, bromeando, dijo "oh Freyja, aquí tenemos al héroe que ciertamente puede convertirse en tu esposo".

—Claro, esa fue la primera campaña de Alfrek y de Hyoga. Alfrek se hizo famoso por ser el comandante más joven y por haber derrotado al príncipe del clan más poderoso del mundo de hielo —esta vez le tocó a Gerð suspirar —Ahora lo entiendo todo. Y lo repito, los hombres son en verdad tontos. Pero Freyja, ¿no te parece que Hyoga es un poco inseguro de sí mismo, también? —Freyja frunció levemente el ceño —Quiero decir, ahora es lo suficientemente famoso, incluso la misma Brunilda, hasta el mismísimo Odín, lo tienen en muy alta estima.

—Es lo mismo que yo le he dicho, pero siempre se disculpa diciéndome que aún no es suficiente para estar al lado de una diosa como yo. Y la verdad no comprendo por qué lo dice, quiero decir, no es como si yo fuera tan maravillosa.

—Pero lo eres y él simplemente tiene miedo —continuó Gerð —Miedo de que tu padre los separe, miedo de que llegue alguien "mejor" y te aleje se su lado.

—¿Cómo puede pensar eso si…?

—Freyja, el corazón de los hombres es más complicado de lo que piensas. Créeme, no quiero sonar arrogante, pero si hay alguien que conoce el corazón de los hombres, esa soy yo —la esposa de Frey rió y Freyja no pudo evitar secundarla —Dale un poco de tiempo, ya verás que pronto se dará cuenta de que ese orgullo y ese miedo están de más —Gerð se puso de pie entonces y se acarició el abultado estómago con cariño —La charla ha estado muy amena, pero es hora de dormir —Freyja asintió y ambas mujeres caminaron de regreso al interior del palacio.

Y cuando ambas diosas hubieron desaparecido, un hombre joven salió de entre los árboles y se dejó caer a la orilla del lago. Se trataba de Hyoga, quien había escuchado toda la conversación. Usó ambas manos como cuenco para recoger agua y mojarse el rostro, antes de mirar su reflejo en el agua cristalina. Recordó entonces que le habían dicho que aquellos ojos los había heredado su progenitora, habitualmente llamada "Voluspa", aludiendo al título de uno de los libros de predicciones más famosos que la mujer había escrito, aun cuando su verdadero nombre era "Volva".

Sacudió la cabeza para apartar de su mente los pensamientos acerca de la madre a quien, por azares del destino, no había conocido, para centrarse en el dilema que en que lo había dejado la conversación que, sin querer, acababa de escuchar. Si se ponía a pensarlo detenidamente, Gerð tenía razón. Estaba actuando de una forma bastante inmadura y lo sabía. Pero el saberlo no iba a cambiar las cosas. Estaba empeñado en demostrarle al mundo que él podía proteger a Freyja y estar a su lado, como un igual.

Se preguntó entonces si la astuta "hada de la naturaleza" se había percatado también de sus sentimientos hacia Freyja desde que él se había enamorado de ella, cuando sólo era un niño y no comprendía del todo lo que significaba amar a alguien.

Hago un paréntesis aquí para relatar rápidamente una corta historia que quizás ayude a aquel que lea a comprender cómo se conocieron Freyja y Hyoga y cómo empezó esta, a mi parecer, hermosa historia de amor. La edad me pasa factura ya, así que espero recordar bien lo que se me relató aun siendo joven.

Apenas era un niño cuando su padre, el distinguido general Ragnarok, lo llevó a Fólkvangr, para que sirviera al ejército vikingo, como lo habían hecho siempre los hombres de su familia. Y, a pesar de sus escasos cinco años, Hyoga ya había sido entrenado en el arte de la guerra. El pequeño, de rubios cabellos, que había heredado de su madre, tenía una mirada fría y distante, como la de aquel a quien le ha faltado el amor de una madre. Porque Volva, su madre, la famosa vidente de Asgard, había muerto luego de dar a luz a su único hijo, tal y como lo había predicho.

Las miradas de todos los guerreros estaban puestas en el pequeño de rubios cabellos que caminaba tres pasos por detrás del mítico hombre de las mil batallas, Ragnarok. Justo antes de que Ragnarok y Hyoga se arrodillaran ante el regente del Fólkvangr, Njörðr, las puertas de la habitación donde el Gran Señor se sentaba rodeado de sus generales se abrieron de golpe.

Los siempre inexpresivos ojos de Hyoga se abrieron como platos, para luego sentir que era cegado por el resplandor de la criatura que acababa de entrar por aquellas puertas. Era una niña justamente de la misma edad de Hyoga: tenía unos largos cabellos que parecían hechos de oro y una piel blanca y delicada, como la porcelana. Y sus ojos... sus ojos fueron los que hipnotizaron a Hyoga. Eran de un verde tan brillante que bien podrían rivalizar con la belleza de las joyas que portaba la elegante Frigg de Asgard.

—¡Papá! —exclamó la pequeña, arrojándose a los brazos de un Njörðr que, de forma amorosa, la levantó del suelo, mientras ofrecía una silenciosa disculpa a sus generales, que simplemente contemplaban la escena, enternecidos.

—Papá está ocupado en este momento, Freyja, dime ¿qué necesitas?

—¡Hoy mamá me ha mostrado el Brisingamen! —respondió Freyja, emocionada —Dice que algún día me tocará llevarlo, pero creo que es demasiado fino para alguien como yo —añadió, sonrojada.

—Yo creo que el mítico collar Brisingamen va perfecto con usted, honorable Freyja.

Las miradas de todos los presentes se posaron en la figura de aquel que acababa de hablar. Sus palabras sonaron a los halagos que un adulto le dedicaría a una dama, pero quien había dicho esto fue, nada más y nada menos, que el hombre de menor edad de la sala, Hyoga. Y es que lo dijo con tal seguridad que los generales no pudieron evitar esbozar una sonrisa.

Freyja se sonrojó al instante pues, a pesar de su corta edad, era capaz de comprender lo que significaban aquellas palabras. Forcejeó un poco para lograr que su padre la bajara y se acercó con pasitos torpes hasta el pequeño rubio. Él la miró con aquellos fríos ojos azulinos. Ella acercó su rostro al de él y le dejó un beso en la mejilla derecha, para luego salir corriendo del lugar, cerrando la puerta de golpe.

Hyoga se quedó inmóvil, totalmente paralizado en el mismo lugar donde ella lo había dejado. Se llevó una mano a la mejilla, tocando la zona donde antes estuvieran los labios de Freyja, al tiempo que una sonrisa boba se dibujaba en sus labios.

Tengo también en esta anciana cabeza una historia que recolecté en uno de mis viajes a la soleada Hellás, historia que se relaciona directamente con este relato que me he empeñado en plasmar en papel. Sin embargo, como lo mencioné antes, la edad me pasa factura y el cansancio hace que estos viejos ojos surcados de arrugas empiecen a cerrarse. Iré entonces a descansar, para levantarme al alba y continuar con este, un libro al que, finalmente, he terminado tomando cariño.