Oda V
"Llegué a Rusia. Más específicamente a Siberia. He de confesar que jamás había sentido tanto frío en mi vida, pero en definitiva el viaje ha valido la pena. Es que basta con este cofre que tengo ahora ante mis ojos. Estos pergaminos son un verdadero tesoro. Pero, por todos los cielos, son delicadísimos. Un mal movimiento y podría terminar despedazándolos. La escritura en estos es también difícil de comprender, pero me esforzaré por hacer una buena traducción. De momento, dejo la traducción que prometí, el famoso Concejo de los Nueve Reinos".
'Concejo' fue la palabra que Odín escogió para dar nombre a la reunión en la que participarían los soberanos de los Nueve Reinos de Yggdrasil. Sin embargo, no creo que ni siquiera la palabra 'reunión' se ajuste para describir aquel acontecimiento.
El primer desafío al que se enfrentó Odín para planear el famoso concejo fue la elección del punto de encuentro. Asgard, Vanaheim y Alfheim eran los predilectos, pero Hela, soberana de Helheim, e Ivaldi, regente del Svartálfaheim, fueron los primeros en rechazar el acuerdo. Los llamados 'reinos de la luz' le daban la ventaja a los 'dioses de la luz', en palabras de los nombrados dioses.
Así pues, Siegfried, mano derecha de Odín, se levantó y propuso que el concejo se llevara a cabo en 'territorio neutral'. Bifröst, el territorio que unía Midgard con Asgard fue, finalmente, el sitio elegido. No todos los dioses quedaron convencidos, pero estaban conscientes de que no podían perder más tiempo. Y es que el hecho de que a algunos no les interesara mucho la seguridad de los territorios vecinos no significaba que no estuvieran al tanto de los riesgos que la amenaza del llamado Poseidón suponía. Todos, claramente, estaban defendiendo sus propios intereses, algunos más que otros, pero al fin y al cabo, cada quien se preocupaba por sí mismo.
Bifröst era una franja de tierra considerablemente pequeña, bañada por la luz del arco iris que servía como zona de paso entre los reinos. Poseía montañas de tamaño insignificante y vegetación escasa pero única; esto, claramente, era parte de su encanto. Pero lo que llamaba más la atención del pueblo – que era la mejor definición que se tenía de Bifröst – era que, al caminar por sus campos, se tenía la sensación de caminar por el cielo, como ascender hasta alcanzar el otro lado del arco iris, hasta el caldero con el tesoro de un leprechaun.
Los dioses se reunieron entonces en la casa de Heimdal, señor de Bifröst, quien reservó la habitación más grande de su morada. Una amplia mesa de forma redondeada reunió a los nueve regentes, que se miraban con recelo. Cada dios había llevado consigo a uno de sus guerreros, aquel a quien consideraban de mayor confianza. Todos iban armados. Se podía sentir la tensión en el ambiente. Habían pasado veinte minutos desde que todos se habían reunido, pero ninguno se había atrevido a hablar todavía. Hasta que…
—Tengo un reino que gobernar, —habló Hela, golpeando la superficie de la mesa de madera con ambas manos —así que, ¿por qué no empezamos este absurdo "concejo", de una vez por todas?
—Hela, si piensas que todo esto es absurdo, ¿por qué viniste? —replicó Surt, regente del reino ardiente, Muspelheim. El tono agresivo de sus palabras sólo rivalizaba con la furia que desprendían sus ojos rojizos —Todos aquí sabemos que no te interesa nada más que el putrefacto infierno en el que vives.
Hela aspiró y compuso una sonrisa deforme, enseñando sus pronunciados colmillos. Se echó la espesa cabellera negra hacia atrás y se puso de pie, golpeando, una vez más, la mesa con los puños. Sus ojos ambarinos se posaron en los orbes rojos de un Surt que, en ese preciso momento, bostezó, denotando lo poco que le interesaba el concejo.
—Entonces, Surt, ¿llamas "putrefacto" al sitio donde tu amada Sinmore pasa sus días luego de que tu cólera acabara con la llama de su vida? Por lo que sé, ella está más feliz en ese "putrefacto" lugar que cuando estaba a tu lado.
—Esta conversación carece de sentido —intervino Frey, irritado —Creo que ninguno de los presentes está interesado en sus problemas personales. Así que es mejor que comencemos con lo que es en verdad importante. La defensa de Yggdrasil es prioritaria, además, yo también tengo un reino que gobernar.
—¿Quién te nombró moderador de esta reunión, Frey? —preguntó el anciano Mímir, señor del Vanaheim, mirando con gesto inquisidor al hijo de Njörðr.
—Bueno, bueno, Mímir, —dijo Vili, quien mandaba en el Midgard —alguien tenía que poner las cartas sobre la mesa, ¿no te parece? Después de todo, la razón por lo que abandonamos nuestros reinos para venir hasta aquí es lo suficientemente importante para olvidar nuestras diferencias. ¿Acaso no estoy en lo cierto?
—Estás más hablador que de costumbre, Vili —replicó Þrymr, señor de Jotunheim, con gesto burlón —Siempre nos has considerado a todos una pandilla de ignorantes que jamás podrían igualar tu inteligencia —el aludido no respondió a la clara provocación.
—Es cierto que la palabra "colaboración" nunca ha estado en el vocabulario de Vili, —habló Odín por fin —sin embargo, tengo que recordarle a todos, —los ojos de Odín se posaron en Þrymr —que Vili fue el primero en responder a mi llamado en cuanto supimos del avance de Poseidón.
—Ahora lo estás defendiendo —replicó Garm, quien también rompía su silencio finalmente —¿Seguro que no están emparentados?, no es la primera vez que sales en su defensa, Odín.
—Que Odín y Vili estén emparentados carece de importancia en este momento —el engañoso rey de Svartálfaheim, Ivaldi, habló antes de que Odín pudiera replicar y continuaran con la discusión —Me parece prudente informarles que el invasor ha alcanzado ya el tercer río, Fjörm y nosotros aún no hemos empezado el supuesto concejo siquiera. Aunque, bueno, quien debería estar más preocupada eres tú, mi putrefacta diosa infernal —sus ojos juguetones se posaron en una encolerizada Hela.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Frey. Ivaldi le dedicó una mirada interrogante —¿Cómo sabes que Poseidón ha alcanzado ya el tercer río?
—Idun es capaz de escuchar "la voz de las olas" —contestó, mirando de reojo a la rubia joven, de frágil figura, que lo había acompañado hasta Bifröst. Idun llevaba la sangre de Ran en sus venas.
—¿De verdad podemos confiar en esta niña? —preguntó Hela, recelosa.
—De acuerdo con la información que Alberich ha logrado reunir, Poseidón es una deidad que está relacionada con las aguas —habló Vili —No existe dios en Hellás capaz de igualar ese poder. Los ríos que rodean el Yggdrasil, su fuerza no puede rivalizar con la furia de las aguas helenas. Para Poseidón, las "olas de hierro" de las que estamos tan orgullosos, no representan ningún desafío. Poseidón ni siquiera necesita un barco para llegar al Helheim, sólo está usándolo para burlarse de nosotros.
—Nadie, repito, nadie es capaz de cruzar Élivágar sin un barco —bramó Þrymr, mirando a Vili como si se hubiera vuelto loco —Me parece que estás sobrestimando el poder de las deidades de Hellás. No existe nadie en este mundo capaz de igualar el poder de nosotros, los soberanos de los nueve reinos.
—¡Tonterías! —exclamó Vili, negando frenéticamente con la cabeza —¿En qué mundo vives, Þrymr? ¿Cómo es posible que puedas ser tan idealista?
—¡¿Idealista?! —ya Þrymr se había puesto de pie y miraba con furia al señor del Midgard —Sobrestimas el poder de los dioses de Hellás, ¡eso es todo!
—¿Cómo puedes decir eso si nunca antes has estado en Hellás? —preguntó Frey, que estaba empezando a cansarse. Estaba ansioso y la forma en que sus dedos tamborileaban sobre la mesa lo evidenciaba —No sabes nada de Hellás.
—Y supongo que tú si lo sabes, ¿verdad, Frey? —añadió Hela —Ahora vas a decirme que lo sabes todo. No es como si tú ya hubieses viajado a Hellás.
—No hay nadie en esta sala que sepa más de Hellás que Vili —contestó Frey —Aun cuando ninguno de nosotros pueda conocer todos los secretos que esconde esa lejana tierra, estoy seguro de que Vili puede darnos información valiosa acerca del enemigo en común al cual, tarde o temprano, tendremos que enfrentar. Bien lo ha dicho Ivaldi, Hela, serás la primera a quien Poseidón "visitará".
—Y, cuando lo haga, estaré lista para recibirlo —dijo la diosa, relamiéndose los labios.
—Querrás decir que estarás lista para que te aplaste, a ti y a todo tu reino —le dijo Garm, cruzándose de brazos y recostándose en el respaldo de su silla.
—¿Qué quieres decir, Garm, querido? —la sonrisa de Hela, capaz de lograr que se detuvieran los latidos del corazón de cualquiera, simplemente se ganó un bufido por parte del señor del Niflheim —¿Qué estás insinuando? Será que no conoces el verdadero poder de la señora del Helheim, o…
En ese momento, la atronadora voz de Odín se dejó escuchar, tan fuerte, tan poderosa, tan aterradora, que los ojos de todos los presentes se posaron inmediatamente en su imponente figura. El dios se había puesto de pie y su simple aura – algo que los helenos conocían como "cosmos" – fue suficiente para quebrar todos y cada uno de los cristales de las ventanas en aquella habitación.
—¡Ya he tenido suficiente de sus estupideces! —fue la frase que salió de sus labios —¡Escuchen, me tienen sin cuidado sus asuntos personales! —continuó, con la misma voz potente y amenazante —¡Tenemos un problema y vamos a solucionarlo, aquí y ahora!
Y, aunque Mímir habría querido repetir la pregunta que hacía poco hubiese lanzado a Frey, calló. Calló y tuvo una sensación de liberación, de consciencia, como si se le hubiera caído la venda de los ojos. La realidad le cayó como un balde de agua helada. Invasión. Guerra. Dominación. Sufrimiento. Poseidón. Su cerebro asoció estás palabras con una rapidez casi abrumadora. Mímir se levantó y caminó hasta colocarse al lado de Odín. Una de sus arrugadas manos se posó en el musculoso brazo del señor de Asgard.
—Tenemos un problema —el anciano repitió la frase dicha por Odín —y vamos a solucionarlo, aquí y ahora.
Odín parpadeó un par de veces y volteó la cabeza lentamente hacia Mímir. No se había percatado del momento en que el regente del Vanaheim se había colocado a su lado, como respaldándolo, pero, internamente, sonrió agradecido. Odín sintió que su furia se disipaba y se dejó caer en la silla, juntando las manos y apoyando la barbilla en estas. Mímir regresó a su sitio.
—Supongo que podríamos considerar una… tregua temporal —dijo Surt —Quizás, sólo quizás, estábamos llevando todos esos problemas del pasado demasiado lejos.
—Por fin alguien dice algo sensato —comentó Frey, pasándose una mano por el pelo —Hemos gastado demasiado tiempo en tonterías, pero confío en que todos hayamos abierto los ojos a la realidad.
—Es cierto que esta invasión puede ser un problema para todos —habló Hela, jugando con uno de los mechones de su cabello —No puedo decir que el Helheim tenga un verdadero ejército. Es cierto que el Hel es considerado como uno de los lugares más aterradores de nuestro mundo, Nastrand hace que cualquiera se lo piense dos veces para dar un paso hacia mis dominios, pero la luz de Hellás, he escuchado que es más brillante que cualquiera.
—Así que de pronto no tienes tanta confianza en tu "fortaleza" —le dijo Ivaldi —Bueno, como sea, esto es un problema para mí también. Si los invasores consiguen atravesar el Helheim, no les será difícil adentrarse en mi reino.
—Tampoco es garantía que la niebla perpetua del Niflheim logre frenar a Poseidón —añadió Garm —Es cierto que Nidhogg es una pesadilla, pero creo que a ese maldito dragón le preocupa más su estómago que la vida de su propio amo.
—Está claro que ninguno de nosotros por separado sería capaz de frenar el avance de este enemigo —dijo Frey —Poco sabemos acerca del dios heleno que se hace llamar Poseidón, pero aun así tenemos que planear una ofensiva que lo haga retroceder. Tenemos que enseñarle que con los dioses nórdicos no se juega.
—Hay alguien entre nosotros que, estoy seguro, habrá de tener información valiosa acerca de Poseidón —Mímir observó de reojo a Vili mientras hablaba —Puedo decir, sin temor a equivocarme, que la mano derecha de Vili es el hombre más sabio entre nosotros.
Los ojos de todos los presentes se posaron en el hombre que estaba de pie, justo detrás de Vili. Su nombre era Alberich. No era un guerrero, sino más bien un erudito. Su cabello, del mismo color que la amatista, y sus ojos verdes lo identificaban como un hijo de Midgard, reino que daba a luz a seres con las características físicas más inusuales. El saberse el centro de atención no hizo que el hombre se pusiera nervioso. Al contrario, una sonrisa arrogante se dibujó en sus labios.
—Con el permiso de mi señor Vili, —habló por fin el erudito, dando un paso al frente para colocarse justo al lado del nombrado rey —me atrevo a confirmar las palabras del dios Mímir. Nadie, de todos los aquí reunidos, sabe más que yo. Incluso, casi podría afirmar que, en todo nuestro mundo, no existe nadie poseedor de tantos conocimientos como yo.
—Mocoso arrogante —susurró Odín, en voz baja. No obstante, Alberich lo escuchó claramente, y a esto añadió:
—Señor Odín, puede que tenga razón, sin embargo, incluso usted sabe cuál es la verdad —Alberich esbozó una sonrisa en cuanto Odín chasqueó la lengua, molesto —He estado tantas veces en Hellás que podría recitar de memoria los nombres de todos los dioses y aquello que representan. Pero no voy a perder el tiempo con eso, porque estoy seguro de que mi señor Vili querrá que comparta la valiosa información que poseo.
—No voy a dejar que Alberich diga una palabra hasta que este concejo llegue a un acuerdo —dijo Vili, recuperando la confianza y el temple que todo dios debía tener —Debo estar seguro de que todos van a colaborar y que no simplemente sacarán provecho de lo que Alberich tenga que decir.
—Esto es un problema para todos, así que colaboraré —dijo Hela —Tan sólo les pido que me permitan quedarme con la cabeza de Poseidón.
—Déjate de tonterías, Hela —replicó Garm —Cuando hayamos acabado con él, no quedarán ni sus huesos —la diosa sonrió con malicia —A menos que de verdad quieras arrastrarlo al Helheim para que sufra eternamente. Bueno, sea como sea, el punto es que tenemos que deshacernos de él y de su fastidioso ejército de ocho hombres. Maldición, ese sujeto nos está subestimando. Un ejército de ocho soldados para invadir los Nueve Reinos, ¿quién se cree que es?
—Es un dios, uno de los más poderosos en el panteón griego —dijo Vili —Y su ejército no es ordinario. Que hayan llegado ya al tercer río nos habla de su poder, no debemos, bajo ninguna circunstancia, ser arrogantes.
—Pero tampoco podemos sobrestimarlos —añadió Odín, cruzándose de brazos —Tenemos la inteligencia y la fuerza para hacerle frente y acabar con él.
—Si se me permite intervenir, —en ese momento Hyoga, que había ocupado el lugar de su padre, Ragnarok, como guardaespaldas del dios Frey, dio un paso al frente e intentó que su voz sonara lo más firme posible —sólo tres de los nueve reinos cuentan con ejércitos verdaderamente organizados y preparados para la batalla.
Hyoga tragó saliva cuando se dio cuenta de que, en ese momento, era el centro de atención. Dioses y guardaespaldas lo observaban atentamente, pero el guerrero no estaba seguro de qué expresaban los ojos de los demás. Ira, ¿tal vez?, quizás lo creían un jovencito imprudente. No, no era eso. Parecía más, ¿sorpresa? Sí, probablemente esa era la palabra más acertada para describirlo.
El hijo de Ragnarok vio que Hela se ponía de pie y caminaba hacia él. Hyoga trató de componer un rostro inexpresivo cuando notó que los ojos de la diosa lo escudriñaban. Después de lo que a Hyoga le pareció una eternidad, Hela sonrió y dijo:
—No hay duda de que eres el hijo de ese sujeto. Eres igual de arrogante que el anciano Ragnarok —el rubio estuvo a punto de replicar, pero se mordió la lengua, recordando que a quien tenía al frente era, nada más y nada menos, que a la diosa de la muerte —Pero, me agradas. Además, aunque odie admitirlo, tienes razón. Nuestro "ejército" está compuesto por mercenarios que no son leales al reino, pues sólo trabajan si les das buena paga.
—Nosotros en Jotunheim jamás nos preocupamos por entrenar a nuestros soldados, —dijo Þrymr —esa es la verdad. Tenemos soldados hábiles, es cierto, pero no creo que ninguno de ellos esté en verdad preparado para la guerra. Y esta es la realidad para muchos de nosotros aquí.
—En efecto —añadió Mímir —Midgard, Asgard y Alfheim son los únicos reinos que cuentan con ejércitos "capacitados", —el sarcasmo en las últimas palabras era más que evidente —por así decirlo.
—Mímir, ¿estás insinuando algo? —preguntó Odín, con gesto amenazante. El aludido simplemente se encogió de hombros.
—Señor Odín, le ruego que recuerde el motivo de este concejo —susurró Siegfried al dios, en voz baja —No se deje llevar por las palabras engañosas —Odín chasqueó la lengua, pero asintió. Sabía que su mano derecha tenía razón.
—Bien, dada la situación actual, quizás lo mejor sería nombrar a un "comandante", alguien que se encargue de diseñar una estrategia de combate que pueda llevarnos a la victoria —dijo, para sorpresa de muchos, el engañoso Ivaldi —Y, si evaluamos el historial de todos los presentes, me parece que Odín es el mejor para el cargo. O, ¿me equivoco?
—¿Comandante? ¿Es eso necesario? —replicó Surt, con gesto reprobatorio —Todos tenemos nuestra forma de dirigir, por lo tanto…
—Por lo tanto, es una excelente idea —lo cortó Vili —Tú mismo lo has dicho, todos tenemos nuestra forma de gobernar, pero si vamos a colaborar en esta guerra, es necesario establecer un estándar. Si bien todos tenemos derecho a opinar, la persona que decidirá el accionar de esta "alianza", debe ser solamente una.
—Pero, ¿por qué tiene que ser Odín? —insistió Surt, que ya comenzaba a irritarse —No es como si fuera el único calificado para liderar.
—Puede que tengas razón, pero, si lo analizas fríamente, Odín es quien tiene más experiencia en batallas reales —argumentó Garm, con un dejo de resignación —No creas que esto me agrada, no obstante, Surt, puedes verlo de esta manera, si perdemos, esto también será malo para ti; pero, si ganamos la batalla, es conveniente para todos.
—Vaya, es la primera cosa sabia que te he escuchado decir en mucho tiempo, Garm —le dijo Hela, con una risita burlona —Como sea, Odín, sabes que no me agradas demasiado —Odín rodó los ojos —pero reconozco tus habilidades y, pues, estoy a favor de la propuesta de Ivaldi. Incluso habría propuesto a Frey, pero creo que aún es demasiado joven.
—¿Alguien más está a favor de esa… locura? —preguntó Surt, casi con desesperación.
—No podría estar más de acuerdo —dijo Frey —Confiamos en usted para que nos lleve a la victoria, honorable Odín —Surt miró a Frey con los ojos muy abiertos.
—Midgard apoya a Odín. Yo estoy a favor —agregó Vili.
—¿Qué hay de ti, Þrymr? —insistía Surt, ya desesperado —Tú eres un sujeto sensato y…
—Oh, claro que lo soy, —contestó el señor del Jotunheim y Surt sintió que le volvía el alma al cuerpo —es por eso que apoyo la moción —Surt casi se cae de su silla en cuanto escuchó las palabras de Þrymr.
—A mí no hace falta que me lo preguntes, Surt —habló Mímir, cuando vio que Surt lo miraba y abría la boca —Odín, no perdamos más tiempo y comencemos a movernos. Poseidón no detendrá su avance y nosotros hemos perdido demasiado tiempo discutiendo.
—Bien, entonces… —comenzó Odín, mirando de reojo cómo el guardaespaldas de Surt, su hijo, Surtsey, le susurraba al oído palabras que nadie fue capaz de escuchar —¿Sucede algo, Surt? —preguntó Odín, viendo cómo el mencionado dios se levantaba de su asiento.
—Tengo que ocuparme de algunos… asuntos en Muspelheim —contestó —Viendo que todos los demás te han brindado su apoyo, Odín, no tengo nada más que decir. Me retiro entonces; envíame un mensajero cuando necesites algo de mí.
Sin decir nada más, Surt y su hijo abandonaron la sala. El concejo permaneció en silencio, todos con los ojos fijos en el sitio por el que el regente del Muspelheim había desaparecido. Odín suspiró y miró de reojo a Siegfried. Sabía que el guerrero pensaba lo mismo que él. Las cosas no habían empezado bien. Y amenazaban con ponerse peor.
—Señor Frey… —empezó entonces Hyoga, cuando ambos abandonaban Bifröst.
—Lo sé. Esto puede ser un problema —contestó Frey —Tenemos que mantener a Surt vigilado.
Las sospechas no eran infundadas. Porque algo macabro se está gestando en las sombras, allá donde la luz de las llamas del Muspelheim no podían llegar.
En las entrañas de la tierra, debajo de la próspera Bifröst, se encontraba una cueva, de cuya existencia sólo Surt y su familia eran conscientes. Himinbjörg era su nombre. Aún con la capucha negra que cubría parcialmente su rostro, la figura del dios Surt era inconfundible. Adentrándose en la fría caverna, Surt recostó la espalda contra una amplia roca.
—¿Estás ahí, Heimdal?
—Aquí estoy, señor Surt —respondió una voz rasposa, como si aquel hubiese estado gritando por horas —Asumo que las cosas no han ido bien en el concejo.
—No tengo tiempo para hablar sobre eso —replicó Surt, enfadado —Más importante, ¿cómo te fue?
—El dios Poseidón ha dicho que estará encantado de trabajar con usted. Después de todo, él desea causar la menor destrucción en Yggdrasil —Surt rió.
—Por supuesto, no desea destruir el botín. En fin, cumpliré con mi papel y "apoyaré" a Odín. No me busques, yo me comunicaré contigo en cuanto tenga nueva información.
—Como diga, señor Surt.
En el siguiente capítulo, el reencuentro de Freyja y Hyoga, luego de la declaración de guerra a Poseidón.
