Oda VI

"Francamente, pensé que, ahora que comencé a traducir los manuscritos de la guerra contra el enemigo extranjero, Poseidón, no volvería a escribir más que escenas violentas o tristes. Pero mi viaje a Siberia me demostró que estaba muy equivocada. Aún en medio del caos en el que se vio sumido el mundo nórdico con la llegada del dios griego, existían seres que guardaban la esperanza de un futuro pacífico. He logrado, no sin dificultad, traducir uno de los manuscritos que rescaté de la tierra congelada y, aunque no puedo afirmar que la traducción sea exacta, tiene una calidad aceptable, aun cuando esté mal que sea yo quien lo diga.

Curiosamente, los acontecimientos que he traducido tienen lugar un par de días después de que se llevara a cabo el Concejo de los Nueve Reinos. Cada uno de los regentes había regresado a sus respectivos reinos, para comunicar las noticias a su pueblo y comenzar a organizar sus fuerzas de combate.

Pero no todo lo que sucede a continuación tiene que ver con la guerra, como lo demostrará la traducción. Entonces, no se hable más, aquí está la traducción, tal y como lo prometí."

Todos y cada uno de los habitantes de Asgard se habían reunido en torno al palacio de Odín, Valhala, tal y como el mismo dios lo había pedido. Los rumores de una invasión extranjera se habían empezado a extender desde hacía tiempo, pero dichos rumores eran tanto absurdos como exagerados. Algunos decían que el misterioso invasor venía para pedir la mano de Freyja en matrimonio, otros, que quería robar el poder místico de Frigg, o hasta llegar a los extremos, diciendo que el heleno era un viejo amigo de Odín.

La gente, incluidos los capitanes del ejército, murmuraban, hasta que las puertas del palacio se abrieron e hicieron aparición los dioses principales de Asgard: Odín y su esposa, Frigg; Njörðr y su esposa, Skaði.

"La siguiente es la descripción que da el mismísimo autor original de este manuscrito a Frigg, la diosa suprema de Asgard". Frigg era una mujer hermosa, casi tan hermosa como Freyja, según las palabras de los antiguos. Tenía una larguísima cabellera castaña, que acostumbraba llevar sujeta en una cola de caballo cuando iba de cacería con Odín. Sus ojos azules rivalizaban con el brillo de cualquier joya magnífica que se pudiera forjar.

Fue entonces cuando Odín extendió los brazos, como queriendo abrazar a todos los presentes. Había dado un paso al frente, para estar más cerca de su gente. Su rostro denotaba cansancio, pero sus ojos no habían perdido el brillo salvaje que los caracterizaba. En ese momento, cuando el silencio era tal que incluso se podían escuchar los latidos del corazón de Odín, este tomó la palabra:

—¡Pueblo de Asgard! Muchos han sido los días de incertidumbre, durante los cuales los rumores de una invasión extranjera a Yggdrasil se han expandido como una plaga. Pero hoy se acaban esos rumores, porque ahora les contaré toda la verdad. Nuestra civilización se enfrenta, por primera vez desde que nosotros asumiésemos el control de cada uno de los Nueve Mundos, a una invasión extranjera.

Los murmullos de los presentes no se hicieron esperar. Todos se miraban con expresiones distintas, que iban desde un rostro que denotaba un "te lo dije", hasta el temor, la duda, e incluso la euforia. Odín guardó silencio por un momento, dejando que la noticia fuera digerida. Luego, continuó:

—El invasor viene de la soleada Hellás y se hace llamar Poseidón, el Emperador de los Mares.

—¡El único que tiene derecho a llamarse "Emperador de los Mares" es el señor Ægir! —exclamó uno de los soldados más jóvenes.

—Guarda silencio y escucha lo que el señor Odín tiene que decirnos, soldado —lo reprendió Hyoga, a lo que el muchacho simplemente asintió, agachando la cabeza, avergonzado.

—En este momento, Poseidón ha alcanzado ya el quinto río, Slíd —la multitud no pudo evitar proferir un grito de asombro —Sí, en sólo dos días, Poseidón y su ejército han conseguido atravesar dos ríos más, puesto que el día en que nos reunimos, habían alcanzado el tercer río, Fjörm.

—Ese ejército, debe ser inmenso para ser capaz de sortear todas las barreras naturales de los primeros cinco ríos —dijo Brunilda, la comandante del ejército de las Valquirias —Y su embarcación, definitivamente no es un barco ordinario. Sé que Hellás cuenta con una avanzada tecnología en la construcción de embarcaciones, pero ni siquiera nosotros hemos…

—Lamento interrumpirte, mi querida Brunilda, —habló Frigg, dando un paso al frente para quedar al lado de su esposo —pero te sorprenderá saber esto. Primero, el ejército de Poseidón está compuesto por sólo ocho soldados. Segundo, según los subordinados de Ran, quienes custodian los ríos de Élivágar, la embarcación helena es bastante más sencilla que las nuestras.

—¡No puede ser posible! —exclamó Brunilda, asombrada —Los dioses de Hellás, ¿qué clase de poder místico tienen?

—Ese "poder místico", yo más bien lo llamaría "astucia" —comentó Njörðr —Tal parece que los dioses de Hellás están preparados para enfrentar cualquier batalla. Sin duda están mejor preparados que nosotros, por eso nos enfrentamos a esta situación tan delicada.

—Eso no significa que nos vayamos a quedar de brazos cruzados —continuó Odín, alzando la voz —¡Vamos a enfrentar a Poseidón! ¡Y lo derrotaremos! ¡Vamos a mostrarle al nombrado "Emperador de los Mares" que con los dioses nórdicos no se juega!

La multitud reunida ante el Valhala profirió un grito afirmativo. Las palabras y la determinación de Odín y de los demás dioses les daban el valor para querer levantar las armas y luchar por su tierra.

—¡Esta es una declaración de guerra, Poseidón! —bramó Frigg, causando que las aguas que rodeaban el Yggdrasil se agitaran con furia.

Lo único en lo que pienso luego de escuchar las palabras de Frigg es en la sonrisa que se tuvo que haber dibujado en el rostro de Poseidón. Soy aquel a quien la gente llama un "erudito", pero no quiere decir que lo sepa todo, ni mucho menos. Tan sólo significa que he pasado mi vida leyendo, escuchando relatos, instruyéndome acerca de aquello que a la gente "común" poco le interesa. Es por eso que puedo decir que tengo una idea de lo que pasaba por la mente de Poseidón en el preciso momento en que los dioses nórdicos hicieron su aclamada declaración de guerra.

Pero de eso hablaré luego. Porque ahora me toca hablar acerca de lo que pasó con la diosa y el guerrero a quienes he querido dedicar el protagonismo de este libro.

Finalmente, después de cinco días, Hyoga podía decir que había regresado a su hogar. Y es que siendo un hombre acostumbrado a las precarias condiciones del campo de batalla, lugares como Valhala, la casa de Heimdal en Bifröst o el mismo Fólkvangr, eran demasiado lujosos para su gusto. Tenían esa aura de grandeza que a él, francamente, le causaba cierta repulsión. Porque la verdad era que no había otro lugar al que pudiera llamar "hogar" que la casa donde había vivido su madre.

La vieja casona había pertenecido a los antepasados de su padre desde hacía diez generaciones y aún irradiaba aquella poderosa energía de quienes pelearon por el mundo nórdico. No pudo evitar, entonces, que una mueca similar a una sonrisa se dibujara en sus labios cuando sus ojos se toparon con el nombrado sitio. Empujó la puerta de madera. Pero grande fue su sorpresa cuando, sin haber dado siquiera un paso al interior de la vivienda, se vio atrapado en un abrazo.

Aspiró aquel agradable aroma, tan familiar, que despedía la mujer a quien ahora él le correspondía el abrazo. No podía ver su rostro, pero al sentir la humedad en su pecho supo que ella estaba llorando. Apoyó con cuidado la barbilla en la cabecita rubia, antes de hablar:

—Estoy de vuelta, Fler —sintió entonces los puños de la mujer cerrarse en torno a su camisa, antes de que Fler pudiese levantar la cabeza y mirarlo a los ojos.

—Te extrañé tanto, Hyoga —el hombre sonrió. Un sonrojo casi imperceptible se dibujó en sus mejillas —Pensé que no te volvería a ver.

—¿Pero qué estás diciendo, Fler? —preguntó el rubio, extrañado, mientras la tomaba de la mano y la guiaba al interior de la casa. Hizo que se sentara en la alfombra junto a la chimenea, antes de arrodillarse a su lado —Sólo era una reunión en Bifröst, además, no es como si no nos hubiéramos visto antes de hoy —Fler frunció levemente el ceño y volteó la vista al fuego crepitante de la hoguera que ella misma se había encargado de encender —Está bien, sé que en realidad no hemos estado juntos estos días, pero sabes que la situación…

—Conozco bien la situación, no necesitas explicármela, muchas gracias —lo interrumpió ella, cruzándose de brazos, aún sin mirarlo —Las mujeres del reino somos más inteligentes de lo que piensas —Hyoga parpadeó, confundido y se rascó la cabeza, nervioso.

—En ningún momento quise dar a entender que… —negó con la cabeza y se acercó más a la diosa —Fler, mírame —pero ella hizo caso omiso a su petición —Fler, —Hyoga suspiró —escucha, en verdad lo siento. Sabes que no soy el sujeto más sensible del mundo. Perdona por no considerar cómo te sientes. Sé que estás preocupada por mí, por todos, —corrigió —pero después del Concejo…

—Creo que yo también debo disculparme —dijo entonces la rubia, todavía incapaz de mirar a Hyoga a los ojos —Sabes a que a veces puedo actuar como una princesa consentida.

—¿No es eso lo que eres? —bromeó el guerrero, ganándose una mirada de indignación por parte de la diosa —Ya, ya, sólo bromeaba. No eres una princesa consentida, eres una diosa, una de las más fuertes y bondadosas de todo Yggdrasil —la mujer se sonrojó y desvió la mirada de nuevo —Eres una guerrera de Asgard, tan valerosa como cualquier Valquiria.

—No intentes desviar el tema haciéndome sentir bien con tus palabras, Hyoga —replicó —Sabes que eso no va a funcionar conmigo, al menos no esta vez. No con la guerra tan cerca de nosotros —Fler tomó las manos del guerrero entre las suyas —Sé que pronto tendrás que irte a luchar. Y no quiero que vayas, sé que es egoísta pensar de esta manera, pero tengo un mal presentimiento acerca de todo esto. Siento una sombra oscura cernirse sobre ti.

—Lo sé —ella lo miró, confundida —Sé que hay una sombra oscura sobre mí. Ha estado aquí desde que nací, Fler. Es Götterdämmerung, la maldición que pesa sobre la casa de mi padre, desde hace diez generaciones.

—¿Götterdämmerung? —repitió la rubia —Jamás había escuchado hablar de ello.

—Muy pocos en todo Yggdrasil, incluso en Asgard, han oído hablar acerca de ella. ¿Alguna vez has leído el libro de profecías de mi madre? —ella negó con la cabeza —Una de sus profecías habla acerca de Götterdämmerung. Dice que después de once generaciones, aparecerá un ser capaz de romper la maldición, maldición que reaparecerá once generaciones después. Mi padre, Ragnarok es la décima generación.

—¿Estás diciendo que tú eres el ser de la profecía?

—No lo sé con certeza. Las profecías de mi madre siempre han sido difíciles de comprender, incluso para los eruditos de Asgard. Sé que hay un sujeto en Midgard que quizás podría ser capaz de confirmar si estoy en lo cierto o no. Pero, lo que quiero decirte con esto es que, Fler, pase lo que pase, no moriré —el guerrero apretó con un poco más de fuerza las manos de la diosa, antes de besarlas —Reclamaré el lugar que merezco como guerrero y entonces seré digno de pedir tu mano en matrimonio.

—Me has dicho lo mismo tanta veces, Hyoga —dijo Fler, con una sonrisa nostálgica —Y tanta veces te he dicho yo lo mismo, pero te lo vuelvo a repetir, no necesitas probar nada. Te amo por quien eres ahora, no me importa el estatus o la fama. Sé lo que vas a decir —continuó ella, antes de que Hyoga pudiera replicar —"Los hombres tenemos nuestro orgullo", pero Hyoga, debes tener cuidado con ese orgullo. Porque he visto ya a muchos morir por su orgullo.

—Fler, ya te lo dije, no moriré. Es una promesa. Y, aunque no pueda cumplirla en esta vida, en la siguiente sin duda regresaré y me casaré contigo. Porque, Fler, si de algo estoy seguro es de que, cuando vuelva a nacer, continuaré amándote.

Fler sintió que las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Eran lágrimas de felicidad. Y, así de impulsiva como había sido desde que conoció a Hyoga, la mujer se arrojó, una vez más, a los brazos de su amado. Hyoga no tardó en corresponder el gesto. Recordó entonces que una de las cosas que más le gustaban era el estar así, abrazado a Fler, sin preocuparse por nada más. Fler se separó de él y lo miró con ojos ansiosos. Hyoga no sabía bien cómo interpretar aquella mirada, pero, sin poder contenerse, tomó el rostro de la rubia con ambas manos.

La mujer cerró los ojos y apretó los puños, cuando sintió los labios de Hyoga moverse al unísono con los suyos. Sintió su rostro enrojecer cuando el beso se fue intensificando, tanto que sus brazos se enredaron en el cuello del hombre que amaba. El guerrero por su parte afirmó sus manos en la fina cintura de la diosa, como si temiera que ella desapareciera en cualquier momento. Para ambos, el tiempo se había congelado, el mundo a su alrededor había dejado de existir.

Fler no podía evitar que sus pensamientos se vieran asaltados con aquel mal presentimiento que no la dejaba en paz. Sin embargo, la mujer sintió que en ese momento su preocupación podía esperar. Todo lo demás podía esperar, mientras Hyoga y ella compartían aquel perfecto beso.

"Parece que el autor se ha acostumbrado a llamar a 'Freyja' por el nombre que le dio el guerrero Hyoga, 'Fler', así que, para que la traducción sea lo más fiel posible, he optado por dejarlo así. Además, tengo que admitir que 'Fler' me gusta bastante. Creo que alguna vez vi ese nombre en alguna parte, escrito como 'Flare', misma pronunciación, pero distinta escritura, sólo que ahora no puedo recordar dónde. Bueno, dejando esto de lado, aún queda una escena muy interesante que me gustaría dejar, antes de irme a descansar por el día de hoy."

Hyoga y Fler habían abandonado la morada del primero y ahora caminaban por los bosques de Asgard. Hyoga había tomado la mano de la diosa y la guiaba por caminos que ella desconocía. Luego de unos diez minutos de caminata, Fler fue capaz de escuchar el sonido de una cascada. Asgard no tenía salida al mar, pero la mujer recordó que su padre una vez le había contado acerca de una cascada y un río artificiales, ocultos en lo más profundo del bosque. Nadie sabía con certeza quién había sido capaz de obrar tal milagro.

—Hyoga, ¿adónde…?

La mujer se guardó sus palabras en cuanto apareció ante sus ojos aquel "milagro". Se trataba de una cascada de agua cristalina. Fler se arrodilló y hundió las manos en el agua fresca del río. Vio que Hyoga tomaba la espada y la arrojaba al centro de la cascada. El flujo del agua, para sorpresa de la rubia, se detuvo al instante y la cascada se partió perfectamente por la mitad. En medio de la roca, se podía apreciar una pequeña vasija plateada, con unas extrañas inscripciones que Fler apenas era capaz de entender.

—Esta es la tumba de madre —escuchó ella que el otro le decía —Cuando murió, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas fueron puestas en esa vasija, que luego fue traída a este sitio por mi padre. Solía venir aquí de niño y ver a mi padre "liberar" la tumba de la misma manera. Es un lugar muy especial para mí, por eso quería compartirlo contigo.

—Te lo agradezco mucho —contestó ella. Fler se puso de pie y tomó la mano del guerrero firmemente —Casi puedo sentir la presencia de la hermosa adivina, Volva —Fler cerró los ojos y dejó que el viento acariciara sus cabellos, como si se tratara de la misma Volva quien lo hiciera.

—Te encargo a mi amado hijo —Fler abrió los ojos de golpe al escuchar aquella voz. Una voz que, estaba segura, sólo ella había sido capaz de oír, pues Hyoga no mostraba señales de sorpresa.

—Puede confiar en mí —pronunció la rubia.

—¿Dijiste algo? —Fler negó con la cabeza y recostó la cabeza en el hombro de Hyoga, mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.