III. Paciencia

15 de enero de 2011.

—Voy a suspender, voy a suspender, voy a suspender—repetía una y otra vez Jazmine a la salida de la clase de Pociones. Su cara empalidecía por momentos a cada paso que daba.

—No seas tan pesimista, Jaz, que seguro que te sale bastante bien.

—¿Que no? Soy un desastre en Pociones. Creo que no están hechas para mí, en serio.

A Teddy siempre la hacía mucha gracia cuando su amiga empezaba a hablar de aquella manera. Siempre que decía que un examen lo iba a suspender, luego resultaba que no sólo lo aprobaba, sino que lo hacía con muy buena nota.

—Si necesitas ayuda, siempre te puedo echar una mano en lo que sea.

—¿Una mano? Lo que necesito es un milagro. Tengo veinticuatro horas para aprenderme trece pociones, sin equivocarme en un solo ingrediente y que salgan a la perfección.

—¿Qué tal si, después de las clases, vemos qué es lo que podemos hacer?

—Como quieras, pero, de veras, vas a necesitar toda la paciencia que tengas dentro de ti, porque la vas a necesitar.

La biblioteca solía estar bastante desierta al terminar las clases. Teddy siempre pensaba que el motivo era porque todo el mundo se retiraba a descansar hasta las cinco de la tarde a sus habitaciones, lo cual era perfecto para ponerse a estudiar en las horas previas a esa sin que nadie los interrumpiese.

Jazmine llegó con el libro de Pociones entre las manos. Arrastraba los pies y miró a su amigo como si acabase de llegar el último día de sus vidas.

—¿Estás seguro de querer hacer esto?

—Completamente, señorita Jerkins.

Teddy se pasó largas horas explicándole técnicas más sencillas a su amiga para recordar algunas fórmulas. Al principio no fue fácil, pero parecía que la joven muchacha empezaba a pillarle un poco el tranquillo a aquel asunto y hasta se le veía de buen humor y mucho más optimista que un rato antes.

Para agradecerle todo lo que estaba haciendo por ella, Jazmine insistió en obsequiar a Teddy con unas pocas ranas de chocolate.

—No tienes por qué comerlas ahora, ni de golpe—exclamó entre risas, acordándose del problema del muchacho, mientras salían de la biblioteca—. Puedes guardarlas para más adelante, si eso.

—Gracias. Aunque sabes que a mí los dulces tampoco es que me llamen la atención. Será que me acostumbré a no comerlos que ya me son indiferentes.

—Bueno, pues ya lo tienes por si te da hambre a media noche.

—No suelo comer nada entre horas.

—¿Quieres hacer el favor de no ponerme más pegas?—dijo fingiendo indignación, cruzándose de brazos.

—Está bien, ya que insistes.

Caminaron tranquilamente por el jardín del castillo y se sentaron en uno de los bancos. Jazmine sacó una de sus interminables ranas de chocolate y se dispuso a comerse una.

—¡Oh!—exclamó una voz frente a ellos— Pero qué bonita imagen tenemos aquí: el monstruito multicolor y la zampabollos. Muy tierno.

—Cierra el pico, Peters.

—Eso es algo que tú jamás consigues hacer, ¿verdad?—el Slytherin se echó a reír y sus amigos le rieron la gracia.

—Déjanos en paz de una vez.

—¿O si no, qué, Jerkins?—vaciló el chico—¿Vas a comernos?—De nuevo se escucharon las risas.

—No, lo que pienso es darte una somanta de...—Teddy la sujetó de la cintura, evitando que Jazmine cometiera una locura de la que luego se arrepintiera.

—No te molestes, Jaz, que no vale la pena siquiera enfadarse por ellos.

—¡Uh!—volvió a exclamar con tono vacilante— Tu novio el arcoíris te defiende. ¡Qué romántico!

Teddy se levantó del banco y se quedó a tan sólo unos centímetros de Peters, mirándolo a los ojos, desafiante. Sonrió ampliamente e invitó a su amiga a ponerse en pie también.

—Será mejor que nos vayamos, Jaz—dijo apartando la mirada del chico—. No vaya a ser que los amigos de Bastian quieran saber qué es lo que pasó el año pasado en el baño de los chicos...

El rostro del joven Slytherin palideció en cuestión de segundos. Acto seguido, lo miró desafiante y ordenó a sus secuaces que se marcharan del lugar.

—¿Qué pasó en el baño de los chicos?

—Mejor no querrás saberlo.