IV. Generosidad

23 de marzo de 2013.

Como cada comienzo de primavera, la excursión a Hogsmeade era ya una tradición. Jazmine estaba deseosa de llegar puesto que así aprovecharía para comprarle un regalo a su madre, ya que en un par de semanas sería su cumpleaños.

Por otro lado, a Teddy ese tipo de excursiones no le gustaban en absoluto. Si iba era por no dejar sola a Jazmine y porque sabía que a ella le hacía ilusión que la acompañara. Tampoco es que le resultara un gran sacrificio ir hasta aquel lugar.

—¿No sientes curiosidad?—comentó Jazmine mientras se comía un pastelito que acababa de adquirir en Honeydukes.

—¿Sobre qué?

—Sobre aquella casa del fondo, la de allí—dijo señalando a lo lejos.

—No, para nada.

—Pues yo sí. Me han contado historias espeluznantes sobre ella.

—No, en serio, no me interesa saberlo—comentó el chico, dando la espalda a aquel espantoso lugar. Él ya sabía demasiado sobre ese sitio y lo último que quería era visitarlo.

—¿Por qué no? Será divertido, ya lo verás. He oído que por las noches se escuchan gritos de terror ahí dentro.

Teddy cerró los ojos con fuerza. Respiró con fuerza y los abrió con una sonrisa forzada.

—¿No tenías que comprarle un regalo a tu madre? Hay varias tiendas que tal vez estén bien.

—Sí, pero podríamos pasarnos un momento para ver qué es lo que hay y...

—Yo no voy.

—¿Pero por qué no? Si...—Jazmine se detuvo al darse cuenta de que algo no iba bien. Hacía mucho que no veía a su amigo en aquella actitud—¿Te ocurre algo, Ted? Tu pelo está cambiando a una velocidad pasmosa.

—No, estoy bien. No es nada.

—Si te da miedo, no importa. Vamos a por el regalo para mi madre y ya está.

—No es miedo—instó el chico—. Será mejor que no lo sepas.

—De acuerdo, pero me dejas con la intriga.

—Tu madre estará esperando su regalo.

La muchacha asintió y se agarró de su brazo mientras entraban en una tienda. Pasaron lo menos más de una hora antes de que Jazmine se decidiera por algo en especial. Se habían recorrido más de medio Hodsmeade y Teddy ya pensaba que le regalaría algunos pasteles o algo por el estilo, ya que no quedaba mucho más por ver.

—Lo siento, pero esto de regalarle algo especial a una madre muggle no es sencillo—explicó mientras se dirigían a la caja de la tienda—. Nunca sé si le va a gustar o no.

—Lo importante es que ya te has decidido por algo y que nos podremos ir.

—¡Oh, no!—exclamó la morena—No encuentro mi monedero.

—¿Cómo que no? ¿Dónde fue la última vez que lo viste?

—Pues en Honeydukes. Pero a estas alturas lo habrá encontrado cualquiera. ¡Soy un completo desastre!

—¿Cuánto es?—le preguntó Teddy al vendedor.

—Tres galeones y cinco sickles.

—Tome—dijo entregando el importe exacto.

—Pero eso era de tus últimos cinco galeones. No puedo dejar que lo hagas.

—Pues ya está hecho. No hay marcha atrás—respondió con una gran sonrisa en la cara.

—¿Pero por qué? Ha sido culpa mía.

—Pues porque sé que te hace ilusión regalarle algo a tu madre y que aquí no regresaremos hasta después de Pascua.

—Teddy Lupin, siempre salvándome la vida—dijo dándole un sonoro beso en la mejilla.

—Tampoco exageres.


De camino a Hogwarts, Jazmine, como cada día, empezó a repasar lo ocurrido durante el día. Evitó comentar el tema de la casa extraña de los horrores que tanta curiosidad le creaba, pero no quería que su amigo se sintiera incómodo con el tema. Si algún día quería hablar de ello, ya lo haría. Porque una cosa tenía clara, él sabía más de esa casa que ella.

Tras la cena, estaban a punto de despedirse, cuando alguien llamó a Teddy. Era Victoire Weasley. Teddy tomó un poco de aire, preguntándose qué es lo que querría ahora.

—¡Teddy!—dijo la muchacha después de alcanzarlos al pie de la escalinata de piedra.

—¿Qué ocurre?

—¿Este monedero de ranitas es vuestro?—preguntó mientras enseñaba el objeto que llevaba entre las manos.

—Sí, es mío—contestó Jazmine—¿Dónde lo has encontrado?

—Una chica de sexto lo encontró a la salida de Honeydukes y pensó que sería de algún alumno. Se lo estaba dando al conserje, pero me sonaba de haberlo visto antes y pensé que mejor sería preguntaros a vosotros.

—Gracias, Victoire. Pensé que no lo volvería a ver más.

—De nada—respondió la joven Gryffindor—. Yo he de irme ya a dormir, que mañana tengo el día ajetreado—Miró a Teddy con una gran sonrisa y subió escaleras arriba sin mirar atrás.

Teddy alzó una ceja, sin entender muy bien a qué vino esa mirada. Se encogió de hombros y se ofreció a acompañar un poco más a su amiga hasta el tramo de escaleras que separaban sus respectivas casas.


Ya en su dormitorio, abrió su baúl y sacó una foto. Era la única que tenía de sus padres. Se sentó en la cama a contemplarla, como muchas otras noches hacía. Y, como era habitual en él, se metió en la cama y se durmió abrazado a ella.