VI. Diligencia

24 de mayo de 2015

—Tres trabajos de Pociones—comenzó a decir Jazmine—, dos de Transformaciones, seis temas de Encantamientos, uno de Astronomía, cinco de Defensa Contra las Artes Oscuras... ¿Cómo es posible que lo hayas entregado todo, puesto al día en tan poco tiempo y yo aún ni vaya por la mitad?

—Es cuestión de organizarse un poco, Jaz—contestó Teddy mientras colocaba algunos libros en la estanterías de la biblioteca—. No es para tanto.

—¿Que no es para tanto? Si encima te vas ahora a ayudar al profesor Longbottom a recoger unas cosas para su próxima clase de Herbología.

—Sí, será divertido—dijo con una amplia sonrisa en la cara—. Y, después, iremos a ver el entrenamiento de Hufflepuff, que este fin de semana juegan y no me lo pienso perder por nada del mundo. Tanto esfuerzo siempre tiene sus ventajas.

—Vamos, que me vas a dejar aquí colgada con los trabajos pendientes, ¿no?

—Jaz, hace semanas que debiste acabar esos trabajos. Lo tuyo es holgazanería de la pura.

—Lo sé, si es que soy un completo desastre...—miró a su amigo y le puso una carita triste—, ¿no me piensas ayudar, aunque sea solo un poquito?

—Jaz, no puedo estar ayudándote cada vez que te retrases en algo. Deberías ser más responsable con tus deberes.

—Está bien, asumiré las consecuencias de mi vagancia. El suspenso será inmediato.

—No exageres. Aún estás a tiempo.

—No, no lo creo. Aunque moriré en el intento.

—Detesto cuando te pones en plan "reina del drama", ¿lo sabías?

Jazmine soltó un leve suspiro.

—Está bien—cedió al fin, Teddy—. Le diré al profesor Longbottom que deje para mañana lo del entrenamiento. Pero...

—¿Pero... qué?—preguntó entusiasmada la chica.

—Pero tendrás que animar a los Hufflepuff este fin de semana—dijo al fin, con una enorme sonrisa.

—¿Este fin de semana? Pero si juegan contra Gryffindor. No puedo hacer eso.

—No, claro que no. Porque estarás muy liada con los trabajos pendientes.

—En pocas palabras: si no lo hago, no me ayudas, ¿no es así?

—Veo que lo has entendido maravillosamente bien.

—Eso es chantaje, que lo sepas.

—De ninguna manera. Yo sólo quiero que animes a mi equipo. No sé qué tiene eso de malo.

—Que el contrincante es de mi casa—contestó entrecerrando los ojos.

—Mejor, así tiene más emoción la cosa.

Y, sin mediar más palabra, se marchó de la biblioteca en dirección a uno de los invernaderos para reunirse con el profesor Longbottom.

Una hora y media después, regresó a la biblioteca. El aspecto de Teddy hizo que a Jazmine le entrara la risa.

—¿Qué te ha pasado?—preguntó ahogando una carcajada—Vaya pinta que traes.

—Hubo problemas con una de las plantas—contestó mientras su amiga le quitaba una ramita del pelo—. Me arrastró unos quince metros y el profesor Longbottom tuvo que intervenir para no acabar en la otra punta del país.

—Pues parece como si te hubiese arrastrado un oso.

—No andas mal encaminada. Tenía más o menos el mismo tamaño.

Se sentó en una silla y empezó a masajearse las sienes. Un dolor punzante le estaba amartillando la cabeza al chico. Dio un largo suspiro y se centró en lo que había venido.

—¿Te encuentras bien?—dijo ciertamente preocupada—Te noto... como pálido.

—No, estoy bien—dijo con un poco de dificultad. Se sentía mareado y le costaba respirar—. Sólo necesito un poco de aire.

—De acuerdo, vayamos fuera a que te dé un poco el... ¡Teddy!

Ni siquiera pudo terminar la frase cuando el chico se desplomó. Jazmine, nerviosa, llamó corriendo a Madam Pince, la bibliotecaria, quien, inmediatamente, avisó a la enfermera.


—Parece que ya va despertando—dijo una voz que a Teddy le resultaba familiar.

—Profesora McGonagall—susurró el metamorfomago con dificultad. Tenía la boca completamente seca—. ¿Qué...? ¿Dónde?

—Está en la enfermería, señor Lupin. No se preocupe, se pondrá bien.

—Lo.. lo siento mucho—dijo el profesor Longbottom con la voz quebrada—. Ha sido culpa mía.

—¿Pero qué ha pasado?

La profesora miró al profesor de Herbología e hizo un ademán para que la dejara a ella explicárselo. Estaba demasiado nervioso como para que le dejase responder a aquella pregunta.

—La planta que le atacó—empezó a explicar la profesora con toda serenidad—, señor Lupin, al parecer le arrastró hasta un matorral de unas plantas venenosas. Normalmente no se suelen apreciar el veneno al instante, ni siquiera se nota cuando se ha pasado delante de una de esas plantas, ya que apenas se puede percibir y son difíciles hasta de saber si son venenosas o no, puesto que se parecen mucho a otra especie de planta. Por eso mismo, el profesor Longbottom no pudo detectar la presencia de dicha planta. Lo peor de todo es que el veneno, cuánto más calor tenga su cuerpo, más rápido entra en acción en su organismo, por eso le afectó más deprisa que si hubiese sido en otra época del año. Menos mal que lo detectamos a tiempo y no pasó nada grave.

Hizo una breve pausa y miró al chico, que no paraba de mirar a su profesor, el cual se le veía bastante pálido.

—¿Cómo se encuentra?

—Bien—contestó con un hilo de voz—, aunque algo cansado, no sé por qué.

—Eso es normal. El veneno aún perdura y debe descansar todo lo que pueda hasta que se elimine del todo.

—Profesora—dijo carraspeando un poco—, ¿qué hubiese pasado de no haber llegado a tiempo?

—Bueno, la planta no es mortífera—contestó mientras miraba a Longbottom—, pero acabarías en un sueño demasiado profundo.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Hasta que pasase a mejor vida. Aún no se conoce el método para despertar a quienes el veneno les penetra por completo en la sangre. Por suerte, no es su caso, señor Lupin. No tiene que temer absolutamente nada.

El rostro del profesor era un cuadro. Tenía la frente perlada en sudor y palidecía por momentos. Llevaba la palabra «culpabilidad» escrita en la frente y eso le estaba atosigando en todo momento. McGonagall, que se percató del estado de Longbottom y decidió mantenerlo ocupado.

—Neville—dijo mientras se levantaba del borde de la cama donde estaba sentada—, haga usted el favor de avisar a los familiares y amigos del señor Lupin. Imagino que querrán verle.

El joven profesor asintió y salió de la enfermería lo antes posible.

—¿Es necesario avisarles?—preguntó Teddy algo frustrado—No quiero que se enteren de mi estado de salud. Ya sabe, para no preocuparles y eso...

—Sí, es necesario. Han estado pendientes de usted todo este tiempo y es lo mínimo que deberíamos hacer. Yo misma me encargaré de mandarle una lechuza a su abuela.

—¡Mi abuela!—se sobresaltó el chico, cambiando bruscamente el tono de su pelo—¿Mi abuela se ha enterado de todo esto?—intentó reincorporarse, pero un dolor punzante proveniente de la espalda se lo impidió; la tenía recubierta de vendas y algún punto de sutura.

—Tuvimos que informarle, por lo que pudiera pasar.

—¿Estaba muy disgustada?

—Preocupada, diría yo.

Teddy dio un suspiro, aunque no sabía si de alivio o de otra cosa.

—Teddy, debe usted saber que todos han estado muy preocupados por su salud, no sólo su abuela.

—Pero si sólo he estado unas horas inconsciente, ¿no es así?

—No, querido—respondió negando con la cabeza—. Has estado más de una semana postrado en esa cama.

—¿Más... más de una semana? ¿Pero cómo...?

Y, antes de que pudiera continuar, se abrió la puerta de la enfermeria, donde la cabeza de Victoire Weasley asomó por ella.

—¡Teddy!—exclamó mientras entraba por la puerta, seguida de su hermana y dos de sus primos. Al llegar hasta la cama donde se hallaba el muchacho, se abalanzó a abrazarlo—. Estábamos muy preocupados por lo que pudiera pasarte.

—Vaya—dijo el chico, sorprendido por la llegada de tanta visita—, no me esperaba este recibimiento.

—¿Cómo que no te lo esperabas?—se indignó Dominique—¡Menudo susto nos has dado, idiota!

Teddy se sonrojó por lo que acababa de decirle la chica, pero se alegró mucho de verlos igualmente.

—Tu abuela no ha parado de mandarnos lechuzas—comentó Fred—, de preguntar a todas horas por ti. Incluso estuvo hasta ayer aquí. La profesora McGonagall tuvo que convencerla de que lo mejor sería que esperase en casa y que ya la avisaría cuando despertases.

—Ahora entiendo la cara del profesor Longbottom... ¡Menuda charla le daría!

—No—respondió Molly—. Tu abuela no le dijo absolutamente nada al profesor. Ya se encargó la señora Longbottom de hacerlo cuando se enteró de lo ocurrido.

—He oído por ahí que no quiere regresar a casa por miedo a lo que le pueda volver a decir su esposa—comentó Fred en tono jocoso.

—Pobre señor Longbottom—se lamentó Victoire mirando a su primo—. Lo ha pasado terriblemente mal. No deberíamos reírnos de algo así.

—Yo no lo he dicho, es lo que se dice.

Teddy miró a todas partes y se dio cuenta de una ausencia de alguien importante para él.

—¿Dónde está Jazmine? Dijeron que avisarían a los amigos también, pero no la veo por ninguna parte.

Los cuatro Weasley se miraron entre sí y bajaron la mirada, evitando la de Teddy a toda costa.

—¿Qué ocurre?

—Nada, cielo—contestó Dominique con una amplia sonrisa—. Ya la verás cuando te pongas bien, ¿sí?

—¡No!—instó Molly, cortando a su prima—Deberíamos decírselo.

—Yo también lo creo—inquirió Victoire, quien miró al hijo de Remus con calma y le sonrió tristemente—. Teddy, Jazmine no está en Hogwarts.

—¿Cómo que no? ¿Dónde está si no?

La hija mayor de Bill y Fleur tomó aire antes de contestar y miró de reojo su hermana antes de proseguir.

—Cuando ocurrió todo esto, el padre de Jazmine se enteró de todo lo ocurrido y vino a llevarse a su hija. Según él, no quería que estuviera en un colegio en donde los propios profesores ponían en peligro a los alumnos. El propio profesor quiso dimitir, pero McGonagall no se lo permitió.

—Se la llevó ipso facto—comentó Fred, imitando el tono de voz del señor Jerkins en las últimas dos palabras.

—McGonagall intentó razonar con él—continuó Molly—, pero no tuvo éxito.

—Pero no te preocupes—lo calmó Victoire, que le cogió instintivamente la mano al chico y se la apretó—, el tío Ron y el tío Harry han ido esta misma mañana a hablar con él e intentar que Jazmine regrese al colegio. Ya verás cómo todo sale bien.

—Esto es culpa mía—dijo Teddy—. Debí haberme quedado con ella a ayudarle con sus trabajos en vez de salir a la aventura en busca de setas extrañas para la clase de Herbología.

—No tienes la culpa de nada, Teddy—instó Molly—. Nadie la tiene.

Sin embargo, por mucho que le dijeran al joven Lupin, nada haría que se tranquilizara. Su mejor amiga estaba fuera por culpa de no haber querido quedarse con ella. Lo único que deseaba en ese momento era verla; al menos, aunque sea, para despedirse de ella.

—Dicen—comenzó a decir Dominique con una amplia sonrisa—que si deseas mucho, mucho, mucho algo, al final se cumple.

—No te vas a librar de mí tan fácilmente, Teddy Lupin—dijo la voz de Jazmine a lo lejos, justo a la entrada de la enfermería, con una gran sonrisa en el rostro. Se acercó hasta Teddy y lo abrazó con fuerza. Él le devolvió al abrazo más fuerte aún—. Pensé que te perdíamos y que no te volveríamos a ver.

—De mí nadie se libra, eso está bien claro—contestó con una fuerte carcajada—. Me alegro de que ya estés de regreso.

—Y yo—concluyó la joven Jerkins mirando a los Weasley—. Si no llega a ser por el señor Potter y por el señor Weasley, no estaría ahora mismo aquí.

—¡A saber qué le dijeron!—exclamó Fred.

—Pues en realidad nada.

—¿Nada?—se extrañó Molly.

—No, nada.

—¿Y qué hicieron para cambiarle de opinión sin que le dijesen nada?—preguntó Teddy.

—Vamos, Teddy, parece mentira que no conozcas a mi padre. ¡El mismísimo Harry Potter en su casa! —exclamó estallando en risas—No hicieron falta muchas palabras para darme su consentimiento. Mi padre es muy impulsivo con algunas cosas, pero en cuanto se le pasa el enfado, que no suele ser mucho rato, es fácil de tratar.

—Me alegro de ello, pues.

La puerta de la enfermería se abrió bruscamente y por ella entró la señora Pomfrey, que no andaba con muy buen humor ese día.

—¿Pero qué os dije la última vez? Sólo dos visitas por paciente. Y sois cinco.

—Será mejor que nos vayamos—dijo Dominique.

—Nos vemos mañana—comentó Molly, dándole un pequeño beso en la mejilla al paciente.

Fred se despidió a lo lejos, mientras seguía a sus primas hacia la salida. Mientras tanto, Victoire y Jazmine se quedaron unos minutos más con Teddy.

—Yo mejor me voy—concluyó Jazmine—, que he de organizar de nuevo mis cosas. Nos vemos mañana—se despidió, dándole un beso en la frente.

Teddy miró a Victoire, quien aún lo estaba agarrando de la mano. Ella le devolvió la mirada; se sonrojó al darse cuenta del detalle de las manos y se la soltó de inmediato.

—¿Cómo te encuentras?—le preguntó cortante.

—Bien, supongo. Aunque algo molesto por las vendas.

—Ya te las quitarán en unos días.

—Eso espero.

Se hizo un silencio algo incómodo.

—¿No has quedado con alguna amiga o...?

—No—contestó en rotundo—. ¿Quieres que me vaya o...? Si es así, dilo, no quiero molestar ni nada.

—No, no es eso. Es que esto es aburrido y seguramente tendrás cosas mejores y mucho más entretenidas que hacer que quedarte aquí conmigo.

—Pues no. Ya acabé con los trabajos que tenía pendientes y sólo he de repasar mi examen para mañana. Poca cosa—Victoire clavó la mirada en el suelo mientras hablaba—. Pensaba leer un rato o traerte lo que me pidiera.

Teddy se quedó mirándola. Aún seguía sin entender a qué venía tanta amabilidad.

—¿Por qué te quieres quedar conmigo?—preguntó al fin.

—No sé, tal vez desees un poco de compañía. Siempre viene bien una poca en este lugar tan solitario.

—No has contestado a mi pregunta.

—Si quieres que me vaya, dilo. No va a pasar nada. Sólo quería hacerte compañía.

—No te he pedido nada. Sólo he preguntado. Porque no sé a qué viene, de repente, tanta amabilidad por tu parte.

—¿Tengo que tener un motivo para querer ser amable contigo?—preguntó algo molesta.

—No, pero se me hace un poco raro que te comportes así conmigo, nada más.

—Eres parte de la familia, es normal que me interese por tu bienestar, ¿no crees?

Teddy soltó un bufido y puso los ojos en blanco.

—Es muy curioso que esas palabras salgan de la misma boca que puso el grito en el cielo porque su hermana me dijese eso exactamente las pasadas Navidades.

Victoire lo miró con los ojos como platos sin saber qué más decir. Estaba más que claro que su presencia era non grata.

—Será mejor que me marche. Noto que no quieres que esté aquí.

Teddy no dijo más nada. Tan sólo la observó cómo se encaminaba hasta la salida y, antes de salir, se daba media vuelta.

—¿Nunca te ha pasado que te has preocupado por esa persona que te pensabas que no te importaba?

Y, sin decir más nada, se dio media vuelta y salió de la enfermería. Teddy, tras esas últimas palabras de Victoire, se quedó pensando. Tal vez fue demasiado duro con ella. Lo mejor sería descansar; ya hablaría con ella cuando se recuperase.