Toda mi vida ha sido tranquila, esperar o no esperar algo a cambio, eso nunca me ha interesado. Las personas a mi al rededor nunca han sido joviales, pero siempre he dado lo mejor de mí misma para cambiar algo en este mundo.
Nunca me ha gustado ser yo, mi pelo, mi piel, mis ojos, mi cuerpo o mi rostro, nada de ello me gusta, por ello, y aunque trato de mejorar todo encerrándome en mi misma, leyendo libros, encerrándome en mi habitación, viendo televisión o escribiendo, sigo siendo yo la que me molesta, no la gente.
No he visto un rayo de sol que me agrade, hasta que lo vi a él, mi admiración, su sonrisa, su actitud, su personalidad, todo en él fue como un vistazo al mismo paraíso.
HTree: Cheeks Flushed.
Todas las mañanas lo veía salir, terciando su mochila transversal y subirse a su bicicleta, caminando lento, sonriendo con alegría a cada persona que pasaba, y luego, regresaba a ella, se examinaba de nuevo con atención, casi al borde del llanto. ¿Porqué no soy así? ¿Porqué soy tan...fea?.
Respiró, él paró frente la puerta de una casa, y de ella salió una chica que brillaba de alegría casi igual que él, y su corazón se estremeció, aunque de envidia por él. Siseó para sí misma, nunca había sido capaz de acercársele por temor a...¿Asustarle?.
Miró hacia el cielo, ¿Porqué tenía que salir de su casa?, quería dar la vuelta y regresar.
Dios, respiró lento y se enderezó, no importaba por ahora, seguirle el rastro, llegar al lugar de siempre y perderse. Llegar a su universidad, entrar agachada y sin mirar a nadie, sin saludar a nadie, sin ver a nadie.
Pero al momento de la separación había algo que no le gustaba, era algo extraño, como si la luz que el tuviera le dejara a ella en las sombras.
Se sentó en el rincón del salón, todo el mundo sabía que debía ignorarla, a ella no le gustaba que le vieran el rostro, copió la clase y salió directamente para su casa, para su sorpresa, encontró al chico recostado en el portón de su universidad, lucía guapísimo junto a las farolas nocturnas de la calle.
Suspiró, le gustaría ser lo suficiente para él, para acercársele y hablarle, para mirarle fijamente a los ojos que tanto le habían llamado la atención el día que lo vio salir de su casa por primera vez.
Pero solo le dio un vistazo, uno rápido, y pasó casi corriendo intentando llegar a su casa para aclarar su mente, por supuesto que el no se fijó en su presencia, de hecho, nadie la notaba en el mundo, a excepción de los pequeños lugares a los que iba y en los que era inevitable no verla.
La carretera estaba mojada, por ello las luces de Tokio se veían reflejadas y preciosas, el rocío de otoño hacía para ella su vida triste un poco mejor, un poco mas cómoda. Miro hacia los edificios, no pasaban de los cuatro pisos pero en las calles solitarias para ella lucían majestuosas, era lo que no veía con la cara agachada.
Algunas personas se rieron, ella agachó la cabeza de inmediato, no tenían porqué ser tan crueles con alguien como ella.
Aún así, siguió caminando mientras miraba el piso, luego de nuevo al cielo, preguntándose el porqué de las cosas, de su vida, la de los demás, la de la gente bonita, y se encontró con sus zapatos sucios. Se avergonzó.
En cuanto llegó a la calle donde estaba su casa, se sintió protegida, era oscura, podía ser ella misma entonces, miró la farola única que alumbraba el portón para entrar al conjunto de casas en donde ella vivía, aún estaba lejos.
Escuchó un gato maullar débilmente, ella giró su rostro buscando de donde venía el sonido, no quería retrasarse, pero frenó su andar y se introdujo en el pavimento, estaba en un rincón, un pequeño gato persa, de un delicado pelaje marrón claro.
Estaba perdido, como ella.
Suspiró, su corazón de chica se llenó de amor al ver la cara de aterrado que tenía el pequeño gatito. Ella se desenvolvió la bufanda que tenía, el animal estaba temblando de frío. Lo envolvió y lo cargo como si de un bebé se tratara.
-Estarás bien...-susurró dulcemente ella, mientras acariciaba la cabeza del animal con la punta de su nariz.
-Perdón...
Ella quedó congelada. No quería esto. Giró lento, y sí, como cualquier lector esperaría en una novela mediocre, la luz de sus días estaba parado frente a ella.
Ella se agachó de inmediato.
-El gato...-dijo él torpemente, señalando el pequeño bulto que respiraba suavemente sobre el pecho de ella.
-¿Es suyo?-dijo ella mirando al pequeño gato.
-Sí...Yo, vivo por aquí y...salió de casa.
Ella asintió, sin verlo a los ojos, pero sabiendo que estaba frente al hombre que le hacía doler la cabeza y le extendió el pequeño animal.
-Es...-dijo ella insegura-...lindo.
-Sí...-dijo él recibiéndolo, acariciándolo.
Ella se llenaba de esa imagen por completo, como...bañarse en el agua más pura, como tomar fotografías con una cámara inexistente. Respiró profundo, él solo estaba a unos pasos de ella.
-Buenas noches...- dijo él dándose la vuelta. Ella dio una reverencia rápida y dio la vuelta para alejarse, agradecía a todos los dioses que la calle era oscura - Oh...- La chica no giró, solo alentó raramente sus pasos, no acostumbrada a que le llamaran la atención - ¿Vives cerca?- Ella giró levemente. Tragó seco, quería desacerce de él rápido. Pero le asintió mientras seguía su camino. - ¿Volveré a verte?.
Ella ya estaba lejos, y no le escuchó, tal vez porque no quiso, tal vez por que su corazón arrebolado no pudo soportar más la idea de seguir hablando con él, porque se seguía sintiendo incapaz, porque se seguía sintiendo ella.
