Yo la tomaba de la mano, ella me sonreía, yo la amaba cada día más, buscándola, encontrándola distante mientras fumaba otro cigariillo, mientras miraba el horizonte calmada. Yo la miraba, cada día mas hermosa, la amaba, como amaba mi propia vida, ella se recostaba en mi hombro mientras me dibujaba un corazón en la palma de la mano, aún oliendo a whiskey y tabaco del duro. Yo la quería demasiado, cuando hacíamos el amor, cuando jugueteaba enredando mi pelo entre sus dedos, cuando compartíamos cigarrillos y hacíamos humo juntos.
Aún cuando estaba lejos, yo la amaba, lo suficiente como para enviarle cartas en el viento que ella escuchaba. Yo la amaba, aún cuando ella amaba a otro, aún cuando la encontraba en brazos de otro.
HFour: Red Lips.
Cada día se encontraban, enlazaban las manos, y el carraspeaba la garganta cada vez que sentía su anillo de casada. Maldición, pensaba, pero luego la veía, señalando a algún lugar, sonriendo y luego encendiendo otro cigarrillo.
Sus voces estaban quebradas por lo mismo, amaban lo mismo, y se amaban entre ellos. Cuando llegaban a su pequeño departamento y se entregaban a la pasión de adolescentes que les había faltado antes, se sentían vivos, se sentían felices, porque los que salían separados del lugar no eran ellos mismos, eran dos copias obscenas de ellos, y lo odiaban.
Se levantaban a ducharse, oliendo a patchouli y rosas que ella adoraba, y él la veía, con la piel brillante por el agua, con ese olor mientras preparaba café oscuro en la cocina, y le daban ganas de poseerla ahí mismo, decirle que nunca la dejaría ir, que la secuestraría y que no se la devolvería al insolente que hacía llamarse su esposo.
-Maldición...-decía ella cuando lo sentía abrazarla por la espalda. Lo de ellos era algo que ni Dios juzgaba, nadie en el mundo había visto dos personas amándose tanto, huyendo tanto, deseándose tanto.
Entonces ella giraba para plantarle un beso, corto, no mucho, pero no a lo que estaban acostumbrados y salía con dos tazas llenas de café que ella prefería con mucha miel y algo de vino tinto.
Él la veía hablar, moviendo esa boca, esos labios rojos que le removían el alma cada vez que la besaba, la desvestía con la mirada y ella se enojaba, adoraba cuando se enojaba, y la besaba, y ella le correspondía, y no había nada mejor que eso.
Hablaba de todo, de su bastardo esposo que se revolcaba también con su hermana, de su trabajo, de la vida bohemia que quería tener con él, de lo feliz que era con él, de los nombres de sus hijos, de lanzar un globo de aire caliente o de volar en un globo aerostático algún día. Entonces enlazaban los pies y el se arrojaba sobre ella, reclamándole por el bebé del que había hablado con anterioridad.
Y ella gritaba, y se perdía, ambos se perdían, esa pasión imbécil que los había llenado por seis años era lo mejor que había conservado en toda su vida, y gritaba con más fuerza, y hacía retumbar las paredes y le agradecía a Dios por amarlo tanto.
Entonces la abrazaba, sobre ese tapete turco viejo que habían comprado juntos para decorar el sitio. Y ella se vestía, maldiciendo porque no quería volverse a bañar, y él la miraba sonriendo, sarcástico, llegaría a discutir con su esposo por oler como a puta.
Se levantaban, terminando el café frío, riendo, leyéndose los pensamientos y saliendo sin hablarse, no sin un apasionado beso de despedida detrás de la puerta de la calle.
-Oye tú, vago...-le decía ella haciéndolo voltear a verla, y él se desmoronaba, ¿Porqué era así de hermosa? Usando ese abrigo camel y una bufanda negra enroscada en el cuello, con ese regalo de su esposo, unos guantes rojos que él usaba como fetiche-Ya sabes...-Ella sonrió. No habló, pero leyó en sus labios un "Te amo", él sonrió y asintió, hizo lo mismo.
-Igual yo.
Ambos seguían caminos diferentes, esperando verse sin importar qué.
Él se acostó a dormir, pensando en su piel, en su sonrisa, en su hermosura, en secuestrarla de una vez por todas sin importar que ella le diera de nuevo esa excusa barata de "Me gusta mi vida así". El teléfono sonó, él contestó, arrebolado aún por el tufo del aliento de ambos. Era la mejor de amiga de ella, la había conocido y sabía que ambos tenían algo.
Entonces su voz se quebró, y buscó el balcón para gritar, para buscar ayuda, para buscar el aire que a ella le sobraba.
