N/A: ¡Volví rápido porque vino la inspiración! jeje ¡El siguiente cap está en proceso! :D

Muchas gracias a: Alexander Malfoy Black, tere la maga, selenemisia, Kiomy Salvatore Wayland, y SoffyO'SheaHerondaleCarstairsC por sus Reviews y recuerden revisar sus bandejas de entradas por los adelantos de los caps que les mando a quienes comentan!


Declaimer: Los personajes no me pertenecen, son de Cassandra Clare, sólo la trama es mía.

Summary: ¿Qué pasaría si no existieran los Nephilin? ¿Y si todos fueran mundanos? ¿Cómo serían? Clary una adolescente hermosa y Jace un muchacho muy... Jace. CxOoC M por Lemmons CxJ MxA IxS MxK

Advertencia: Esta historia contiene escenas de sexo explícito, si eres menor de edad o no te gusta, no lo leas, después no te quejes de que no estabas advertido!

No permito su reproducción o adaptación en su totalidad.


*De una manera diferente*

by

Gissbella De Salvatore


Capítulo IX


Clary se quedó allí, esperando la respuesta de Jocelyn y Luke por casi un minuto.

―Eh ―su madre no apartaba sus grandes ojos verdes de los azules de Luke―… yo….

―Sí, nos conocemos ―contestó mi jefe, mucho más capaz de hablar que Jocelyn. Miró a Clary por un momento y luego le sonrió―. Soy Lucian Garroway.

Le tendió la mano y ella la tomó. Le dio un apretón firme pero suave.

―Clarissa Morgenstern pero, por favor, dime Clary.

―Es un placer, Clary.

Su sonrisa era cordial y rodeada de una incipiente barba. Siempre me había sorprendido la facilidad con que Luke podía darse con otra persona, siendo su personalidad tan… apacible.

―Lucian es… un antiguo amigo de mi infancia ―le sonrió la madre a la hija―. ¿Cómo has estado? ―le preguntó luego a Luke..

Él se encogió de hombros pero sonrió.

―He estado bien ―una mesera pasó y él tomó una copa de la bandeja, llevándosela a los labios―. No sabía que tenías una hija ―añadió, sonriéndole a Clary. No pude evitar fruncir el seño en su dirección. No se le había ocurrido fijarse en ella, ¿verdad? Si lo había hecho…

―Sí ―dijo Jocelyn―. Y un hijo.

Él asintió.

―Me acuerdo. Jonathan, ¿verdad? ¿cómo está?

―Muy bien. Trabaja con su padre.

―Me alegro.

Un silencio algo incómodo se instaló entre nosotros hasta que mi madre habló.

―Entonces… Clary, ¿qué piensas de mi Jace?

Sonreí abiertamente mientras Clary se sonrojaba ligeramente.

―Es guapo.

―¿Sólo guapo? ―pregunté, llevándome una mano al corazón en gesto herido.

Isabelle bufó.

―Tampoco eres Brad Pitt, Jace.

―Tienes razón ―asentí―. Brad Pitt no me llega ni a los talones.

La noche pasó sin más. Magnus estaba extasiado con el resultado de su desfile. Clary fue buscada por varios periodistas para conocerla y siempre tuvo una sonrisa en el rostro.

Le había molestado a Magnus durante una semana entera para que me diera una invitación para el desfile. Era el primero de Clary y no quería perdérmelo. Al final, Magnus se cansó de mí y me dio dos invitaciones. No tenía pensado ir con nadie pero Luke no tenía nada que hacer y lo había visto más silencioso de lo normal, cosa que me preocupaba. Así que Luke terminó siendo arrastrado a la fiesta por mí. Tampoco era como si yo iba a llevar a una cita conmigo. Era extraño, pero desde que conocía a Clary, ya no miraba a las mujeres. Bueno, si podía mirarlas pero no podía verlas. Y cuando ella salió a la pasarela contoneando sus caderas y con esa mirada seductora, juro por el Ángel que me incendió. Nunca había visto nada igual. Tampoco había visto a Isabelle desfilar antes, sólo la había visto en revistas pero no produjo nada de lo que Clary sí. Quizás era por el hecho de que Isabelle era mi prima pero tampoco ninguna de las otras modelos, que eran muy lindas, hicieron efecto en mí. Era ella; era Clary y sus ojos, sus labios, sus piernas…

Sacudí la cabeza para salir de mis pensamientos pecaminosos.

―¿Qué haces aquí, Jace?

Me di la vuelta para encontrarme con Isabelle. Miré por sobre su hombro para ver a un hombre mayor mirándole el trasero. Enarqué las cejas en su dirección y él se sonrojó.

―¿A qué te refieres? ―pregunté―. ¿Te molesta que haya venido al desfile?

―No, claro que no. Pero nunca antes lo habías hecho.

Me encogí de hombros.

―Ya lo dije: no tenía nada que hacer.

―Y tú crees que yo me chupo el dedo ―sentenció ella. Su rostro se tornó serio en un segundo―. Mira Jace, sabes que yo nunca te he dicho con quien debes revolcarte y con quien no, pero por favor no la cagues con Clarissa. Aline siempre fue una arrastrada pero por lo menos podíamos trabajar cordialmente juntas hasta que tú te metiste con ella. Clarissa, además de que parece buena persona, es buena modelando y seguramente Magnus va a hacernos trabajar juntas, así que no quiero estar en malos términos con ella.

―No te preocupes ―alcancé a replicar. Me había quedado un poco abrumado por sus simples palabras. Fruncí el seño―. Izzy, nunca me había imaginado que te hubiera causado… tantos problemas. ¿Por qué no me lo habías dicho?

Se encogió de hombros.

―Sabía que Magnus no la soportaba del todo. Aline es atractiva y eso es lo único a favor que tiene ―no pude estar más de acuerdo con ella―. Además, se estaba portando pesadamente así que era cuestión de tiempo para que la despidiera.

Asentí. Nadie podía culpar a Magnus. Yo sólo veía a Aline en su cama pero a veces hasta allí me irritaba.

―Haré lo mejor que pueda.

Ella asintió con la cabeza y se fue en dirección a una rubia que la saludaba con la mano. Me uní a Luke en la mesa de los bocadillos.

―Nunca entendí porque dan cosas tan diminutas para comer si no te quitan el hambre para nada ―masculló él, mirando un camarón que estaba en su mano.

Sonreí.

―Porque supuestamente es algo fashion morir de hambre.

―Eso no piensan los niños de África.

Me acerqué y tomé un camarón. No eran exactamente de mi gusto pero tenía hambre.

―Así que ahora vas por Clarissa.

Fruncí el seño.

―Yo no voy por ella.

―Entonces, ¿qué vas a hacer? Porque eso es lo que haces con las mujeres, Jace. Sales con ellas, las llevas a tu cama ―Luke había empezado a hablar en voz alta ene se modo que yo oía cuando rara vez una misión salía mal y él se enojaba. Lo tomé del brazo y lo empujé hacia un rincón oscuro.

―¿Qué sucede contigo? ―pregunté, susurrando con fiereza.

Él tomó aire y cerró los ojos, calmándose. Levantó las manos en señal de rendimiento y yo lo solté.

―Lo siento ―se disculpó, pasándose la mano por el rostro―. Sólo… con Clarissa no, Jace. No con ella. Si quieres joder, búscate a otra.

¿Pero qué diablos sucedía con todos hoy que me daban advertencias?

―No quiero simplemente joder con ella, Luke. Además, nunca antes te habías metido en mi vida amorosa. ¿Qué diablos tiene de diferente ésta vez?

Él sólo me miró impasible, así que lo deduje.

―¿Es por Jocelyn? Porque noté como la mirabas. ¿Qué sucedió con ella?

―Nada ―negó con la cabeza y enarqué una ceja.

―Te conozco mejor que eso, jefe.

Él suspiró.

―Sólo algo que no duró, Jace. Ni siquiera vale la pena explicarlo.

―Bien. Pero no te metas entre Clary y yo.

―Sólo te pido que no la lastimes.

Suspiré.

―Si te sirve de algo; con ella no es algo como lo que tenía con las otras, jefe.

―Entonces, ¿qué es?

Me encogí de hombros y fue su turno de enarcar una ceja.

―Ni siquiera yo lo sé.

.

Unas pocas horas más tarde, se fue el último invitado del círculo de la moda.

―¡Por fín! ―escuché exclamar a cierta pelirroja. Ella estaba con su madre y la mía. Isabelle y Luke ya se habían ido ambos hacía casi una hora. Sólo quedábamos Magnus, Alec, mis padres, la madre de Clary, Clary y yo.

―¿No estás acostumbrada? ―le pregunté.

―La verdad es que no. Nunca me gustaron estas cosas.

―Pues ahora las vas a tener que amar ―sugirió Magnus― porque veo varias fiestas en tu futuro.

Clary sonrió.

―No te preocupes, Mag ―bostezó―. Bueno, creo que me voy a ir.

―¿Quieres cambiarte?

―No ―negó con la cabeza―. No tengo ganas.

Magnus se encogió de hombros.

―Está bien. Quédate con el vestido, cariño. Te lo regalo.

―Gracias ―saludó a Magnus y Alec con un beso―. ¿Necesitas que te lleve, mamá?

―No, cariño. Traje mi propio auto. Sólo me quedaré con Celine unos minutos más.

Se despidieron y yo hice lo mismo con mis padres. Quería acompañar a Clary aunque sea por unos minutos antes de verla irse.

―Estuviste maravillosa esta noche ―le dije en cuanto estuvimos solos, caminando hacia donde se encontraban nuestros autos.

―Eso ya lo dijiste hace unas horas ―me sonrió. Las luces se reflejaban en su dorado vestido haciéndola resplandecer aún más. Le sonreí y le pasé el brazo por los hombros. Sentí su cálido brazo rodear mi cintura y me estremecí.

―¿Qué haces mañana?

―No lo sé ―se encogió de hombros―. ¿Tú?

―A la mañana mi equipo tiene que estar en el edificio. Llegan nuevas armas y tenemos que probarlas ―le expliqué―, pero a la tarde no tengo nada que hacer. ¿Quieres que vayamos a algún lado?

―¿Como en una cita?

Mi cuerpo se detuvo un momento al escucharla. ¿Una cita? Yo nunca había tenido una cita. No era de esos. Pero ahora que ella lo mencionaba no me sonaba tan mal. Reanudé la caminata y nos detuvimos al lado de su auto.

―Sí. Como en una cita.

Me sonrió.

―¿Qué haremos?

Sonreí.

―Mañana a la tarde te enterarás ―sonreí.

―¡No es justo! ―se quejó―. Además, ¿qué tengo que vestir?

Lo pensé por un momento y le respondí:

―Vístete informal. No va a ser nada como esto ―cabeceé hacia la mansión.

―Está bien.

Abrió la puerta de su auto.

―Buenas noches, Jace.

―Buenas noches, Clary.

Me incliné sin pensarlo si quiera y le di un beso breve y dulce. Me sonrió de nuevo y se metió en el auto, luego yo le cerré la puerta. Vi alejarse su auto y me giré para encaminarme hacia el mío.

.

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.

―¿Todo en orden, Rubio?

Le sonreí a Speed.

―Seguro ―continué desnudándome y me metí en la ducha. Speed hizo lo mismo, metiéndose en la ducha que estaba a mi derecha. Generalmente no dejaría que alguien me llamara así pero Speed ganaba por cansancio.

―¿Sales? ―me preguntó, mirando mis manos que estaban fregando mi cabello con shampoo a un ritmo rápido.

―Sí ―sonreí―. Creo que es una cita.

Él rió.

―¿Jace Herondale en una cita? ―asentí con la cabeza y él volvió a reír. No pude menos que unirme a sus risas. ¿Quién lo hubiera dicho?―. Debes contarme quien es la que hizo el milagro, Rubio.

Me encogí de hombros.

―Se llama Clarissa.

―Lindo nombre. ¡Qué casualidad! ayer Penhallow me estaba mostrando un catálogo de ropa interior para mujer y la modelo se llamaba Clarissa Fairchild.

Apreté los dientes ante la imagen de Sebastián babeando sobre una foto de Clary.

―Es la misma ―contesté.

―¡Eres un bastardo, Rubio! ―exclamó él, casi aullando de risa―. ¡Esa mujer está para untarla en mantequilla y comérsela!

Fruncí el seño. Speed adoraba la mantequilla.

―Habla con más respeto de ella, Speed ―siseé―. Además, no quieres que Stella se entere ―le dije a modo de respuesta juguetona, mi irritación ya calmada. Speed no era un mal tipo, sólo le gustaba bromear hasta en las situaciones más límites.

―Wow, tranquilo hombre ―levantó las manos en señal de calma. Me inspeccionó el rostro y una sonrisa curvó sus labios―. Creo que te ha pegado fuerte, chico.

Saqué los últimos rastros de jabón que había en mi torso y cerré la ducha.

―Yo también ―susurré.

Envolví una toalla en mi cintura y con otra sequé mi cabello, saliendo y dirigiéndome a los vestidores.

―¿Cómo están los niños? ―le pregunté cuando lo sentí seguirme y dirigirse hacia su casillero.

―Genial. A Alexa ya se le cayó su primer diente ―rió―. Está horrorizada porque tiene una ventana en la boca, como dice Dylan.

Me reí. Alexa era un pequeño duende de cabello castaño y ojos verdes y Dylan era su hermanito pequeño que era una copia exacta de Speed, cabellos negros y ojos azules. Eran la luz de los ojos de Speed.

―Dile que yo dije que sigue siendo igual de hermosa.

―Hecho ―sonrió él.

Até mis agujetas y me levanté de mi posición sentada en el banco que estaba entre medio de los casilleros. Tomé mi bolso y cerré el casillero de un portazo.

―Te veo luego ―grité mientras salía por la puerta. Sólo escuché su risa en respuesta.

Caminé rápidamente hacia mi auto y salí al mismo ritmo, saludando a Hodge. Luke se había ido apenas terminamos de probar las armas.

Eran las cuatro y media de la tarde cuando llegué al departamento de Clary. El día había empezado soleado y la tarde seguía de igual manera, aunque la brisa fuera fresca.

Subí las escaleras y busqué el departamento para llamar a la puerta. La música sonaba baja desde el otro lado. Luego de unos veinte segundos se abrió la puerta, mostrándome a una Clary con una camiseta manga larga verde, un jean suelto y negro a la cadera, con unas zapatillas deportivas verdes. Me sonrió abiertamente. Su cabello estaba atado en una cola de pony alta y su rostro estaba libre de maquillaje salvo por el brillo labial.

―Hola ―saludé, devolviéndole la sonrisa.

―Hola. ¿Quieres entrar? ―se hizo a un lado para dejarme pasar.

―¿Estas lista? ―pregunté mientras cruzaba el umbral.

―Sí, sólo voy por mi abrigo ―dijo mientras caminaba hacia el dormitorio. Fui hacia la cocina y abrí el refrigerador, encontrando sólo zumo de naranja en una jarra. Las casas de comida rápida debían ganar fortuna con ésta muchacha, pensé. Me serví un vaso y lo vacié de dos grandes tragos.

―¿Jace? ―la voz de Clary resonó en la sala.

―Aquí ―dije, lavando el vaso en el fregadero. Caminé hacia la sala y le volví a sonreír. Tenía una campera de jean puesta―. ¿Vamos?

―Vamos ―salimos del departamento y ella cerró la puerta con llave. Nos dirigimos hacia las escaleras.

―¿No tienes elevador?

―No ―contestó ella―. El edificio es pequeño y las personas jamás reclamaron nada. Además, es más sano las escaleras.

―No si te caes por ellas.

Bajamos hacia el estacionamiento y el vigilante le sonrió a Clary en cuanto la vio.

―Buenas tardes, señorita Morgenstern ―utilizó una sonrisa de costado, observando a mi acompañante con ojos sonrientes. Apreté los dientes y le pasé un brazo por los hombros a Clary de modo posesivo, mirándolo fijamente.

―Buenas tardes ―lo saludé con voz helada.

―Buenas tardes ―saludó ella con una sonrisa cortés. No se movió de mi abrazo ni dijo nada sobre mis acciones pero agachó la cabeza y se mordió el labio inferior.

Llegamos a mi auto y le abrí la puerta como un caballero para luego subir del lado del conductor.

―¿A dónde vamos? ―explotó ella cuando encendí el auto.

―Ya lo verás.

Ella suspiró y comenzó a toquetear la radio, buscando una estación que le gustara. Normalmente, eso me molestaría; nadie tocaba mi auto sin mi permiso. Pero se veía tan tierna, porque había notado que cuando se concentraba, solía morderse la punta de su lengua, dejándola levemente a la vista en un gesto inconsciente. Era algo erótico, de veras. Fruncí el seño. No era tiempo de pensar en esas cosas en ese momento. Esa tarde disfrutaríamos nuestra primera cita.

―Me gusta tu auto ―comentó una vez que se decidió por una estación que estaban pasando algo de Aeroesmith―. Tiene personalidad.

Sonreí.

―Como la del dueño.

Bufó.

―Entonces estoy agradecida de que el auto sea un objeto inanimado porque si tuviera la boca del dueño…

Dejó la frase sin concluir.

Mi sonrisa se agrandó.

―No opinabas lo mismo la otra noche.

Me miró, abriendo y cerrando sus hermosos labios, obviamente luchando por encontrar una respuesta.

―Cállate ―terminó por decir, haciéndome reír. Media hora después llegamos a nuestro destino. Estacioné, bajé del auto y fui a la puerta de Clary para abrirla. Ella bajó y observó el lugar.

―¿Es en serio? ―preguntó con incredulidad, cerrando la puerta. Miré el lugar y luego a ella, con su mirada perdida en el mismo punto.

―Sí ―dije. Los nervios afloraron en mí. ¿Tendría que haber hecho lo típico y llevarla al cine y luego a cenar, o a bailar? Me mordí el interior del labio en espera de su respuesta. ¿Cómo podía haber sido tan tonto? ¡Obviamente ella no querría que nuestra primera cita fuera en un…!

Me interrumpieron su carcajada y su sonrisa.

―¡Eres impredecible, Herondale! ―rió, tomando mi brazo y llevándome hacia la entrada. Hicimos la cola que gracias al Ángel se movía rápidamente y llegamos hacia la mujer que vendía las entradas.

―Buenas tardes y bienvenidos al Zoológico de Nueva York ―me sonrió especialmente―. ¿Cuántas estradas quieres?

―Quiero dos que sean para todo ―tomé mi billetera del bolsillo y saqué los billetes. Le pagué y me dio las entradas junto con el mapa del lugar y el horario de las funciones.

―¿Qué quieres ver primero? ―le pregunté, desplegando el mapa para que lo observáramos juntos.

―Mmm ―murmuró―. ¡Las jirafas!

Caminamos por el mar de gente ―sobre todo niños― que habían decidido pasar su tarde entre la gran cantidad de especies de animales.

La tarde pasó rápidamente entre jirafas y leones, focas y pingüinos. Clary se enamoró de un pingüino que tenía unos pocos pelos rebeldes en su pequeña cabeza. Comimos golosinas y alimentamos a una pequeña cabra con una mamadera. Vimos todo, reímos, bromeamos y lo mejor de todo fue que mis brazos siempre estuvieron sobre sus hombros o abrazados a sus caderas. El fotógrafo del Zoológico nos sacó una foto juntos en la entrada, diciendo que si luego queríamos las copias ya estarían reveladas para la salida. Nos llevamos dos en la que salíamos abrazados y sonrientes.

―Fue una tarde maravillosa ―comentó mientras estábamos conduciendo. Su estómago rugió y me eché a reír.

―Sí, lo fue. Y creo que alguien que yo conozco tiene hambre ―como para recriminarme mi estómago sonó en cuanto terminé la frase. Fue el turno de Clary de reír.

―Mira, tengamos una tregua y vamos a comer. Muero de hambre y tú también.

―Bien, ¿a qué restaurante quieres ir?

Ella arrugó la nariz.

―¿Tiene que ser un restaurante? ―negué con la cabeza en respuesta mientras seguía conduciendo―. Bien. Conozco este lugar en el que hacen los mejores pollos y carnes asadas del mundo y tienen una ensalada rusa que es para chuparse los dedos.

Fruncí el seño.

―Nunca escuché de esa ensalada.

Ella sonrió.

―Es un barrio argentino.

Me dio la dirección y conduje hacia allí.

Para cuando llegamos, el sol ya se había escondido y la luna lo había reemplazado. La noche era calma y fresca. El lugar era un pequeño local en el que se veía como preparaban las comidas y en la parte de adelante había una gran parrilla con brazas ardientes debajo. La carne, los pollos y las achuras se cocinaban a fuego vivo. En la muy amplia vereda había varias mesas de plástico plegables y sillas cómodas del mismo material. Varias estaban ocupadas por familias o parejas cenando. La música estaba a un volumen que permitía a los clientes conversar entre ellos pero no se podía ignorar; era un ritmo alegre y contagioso.

―Buenas noches, muchachos ―saludó una mujer de mediana edad con una sonrisa, guiándonos a una mesa y dándonos los menús―. Volveré en unos minutos ―hablaba en inglés aunque tenía el acento argentino levemente marcado.

Miré le menú y vi que todo estaba en inglés, también.

―¿Qué quieres? ―le pregunté a Clary.

―Todo ―dijo ella con una sonrisa―. Quiero un poco de todo. Ensaladas, carnes, bebidas. ¡Muero de hambre!

Me reí. En realidad estaba esperando que pidiera una ensalada cesar o algo así. Aline lo hacía todo el tiempo y yo me preguntaba si ella alguna vez comía de verdad.

―Bien ―llamé a la señora con la mano y pedimos la cena.

¡Cami, hacete una rusa y una simple pa' la dieciséis! ―gritó la señora en español a medio camino hacia la parrilla. Clary rió y yo me uní a ella.

―¿Cómo conoces éste lugar? ―le pregunté, mirando a mi alrededor. Dos parejas se habían puesto de pie luego de su cena y habían comenzado a bailar.

―Un día me perdí ―contó ella, colocando los codos sobre la mesa y sosteniendo su rostro en su mano izquierda― y como te puedes imaginar, me entró hambre ―se encogió de hombros y yo sonreí―. La gente que está a cargo del negocio transmite mucha simpleza y confianza.

―Pude verlo ―resoplé y ella me miró con los ojos verdes brillantes. Estaba contenta, podía verlo. Y eso me hacía inmensamente feliz.

.

―Así que… ¿soy con el único que has venido aquí? ―habíamos terminado de cenar

Un brillo malicioso se apoderó de sus ojos.

―Oh, sí. Bueno, el primero del mes ¿eso cuenta? ―preguntó con una sonrisa.

Entrecerré los ojos.

―Vas a pagar por eso ―le dije levantándome del asiento.

―¿Qué haces? ―preguntó ella con el seño fruncido aunque su sonrisa seguía intacta.

―Vamos ―la tomé de la mano y la levanté de su asiento, guiándola hacia el pequeño lugar donde varias parejas bailaban.

―¡Espera, Jace! No sé bailar esto.

―Yo tampoco ―le dije, tomándola de las manos e imitando los movimientos de otras parejas.

.

―Y entonces ―siguió contando ella mientras subíamos las escaleras―, Simon vomitó por todos lados.

Ambos reímos,

―No lo culparía, los gusanos no deben ser tan exquisitos.

Llegamos a la puerta del departamento, la cual ella abrió en un momento y luego prendió las luces, dándose vuelta.

―¿Quieres pasar? ―miré hacia el interior pero volví a posar mis ojos en ellas. No quería entrar porque sabía que terminaríamos en su cama o en el suelo, amándonos toda la noche. Y esa no era mi intención. Bueno, sí, moría por desnudarla y besar cada porción de su piel pero, quería demostrarle que no solamente me importaba eso de ella.

―No, gracias ―decliné su oferta―. Mañana tengo que levantarme temprano y no lo haré contigo a mi lado ―le acaricié la mejilla y ella la reclinó contra mi mano.

―Está bien ―bostezó―. ¿Te veo mañana?

―Sí ―la besé suavemente en los labios.

―Fue la mejor cita del mundo ―susurró.

Me reí.

―¡Y mira que sólo fuimos al zoológico y a cenar! ―volvía a besarla y me miró con ojos dulces.

―Que descanses.

―Lo haré. Que sueñes con los angelitos y si me ves, me saludas ―le guiñé un ojo y ella me dio un último beso para luego entrar a su casa y cerrar la puerta suavemente detrás de ella.

Lancé un suspiro al aire y me di la vuelta, bajando las escaleras.

―Sueña conmigo porque yo soñaré contigo ―murmuré.


¿Merezco Review?