EL REGALO

ESPECIAL DE NAVIDAD

CLAUDIA GAZZIERO

CAPÍTULO II

I

—¿Qué te pasa, Inuyasha? Has estado pensativo toda la noche y también esta mañana —comentó un pervertido monje de coleta baja, que se había cansado de esperar a que Inuyasha saliera de su mundo.

—¿Le sucedió algo a Kagome? —Se preocupó de inmediato Sango, quien había ido a investigar también qué le pasaba al malhumorado peliplata.

—No, Kagome está bien. Es sólo que debo llevarle un presente y no sé qué demonios puede ser.

Miroku rió a carcajadas. —¿Por eso estás tan complicado, galán?

—Llévale flores, oí decir a Kagome una vez que a las mujeres de su época les encantaba recibir flores y joyas de los hombres que amaban. —Intervino la castaña.

Inuyasha ignoró el comentario de Sango, debido a la frase "Los hombres que aman". Se sentía presionado, no podía llevarle algo así a Kagome y comprometerse con ella de esa forma; al menos no hasta que todo hubiese acabado.

—¡No le llevaré flores! No es como si nos fuéramos a casar —se opuso el híbrido, molesto.

—Este será un largo día… —musitó secretamente Sango, la exterminadora, a Miroku; al ver que seguramente Inuyasha se avergonzaría de llevarle cualquier cosa a su amiga y que todas las ideas serían rechazadas por su amigo.

Inuyasha farfulló, ¿por qué demonios todos trataban de inmiscuirse en su vida? ¿Acaso era tan estúpido?

—¡Ánimo Inuyasha! Estoy seguro que la señorita Kagome será feliz con cualquier cosa que le lleves.

—¿Y si le llevas algo de su época? —Ideó Sango, de repente—. Imagino que allá deben haber cosas mucho más avanzadas que aquí.

—¿Cómo la carroza de acero?

—¡Exacto!

Así, Inuyasha emprendió su viaje a través del pozo en busca de la madre de Kagome. Después de todo, había sido ella la que lo había metido en aquel lío.

II

Kagome, a mediodía, ya había recorrido todas las tiendas del centro de Tokyo y aún no encontraba algo que se ajustara al hombre mitad bestia que había robado de una muy mala manera su corazón. Quería comprarle algo que perteneciera a su época, para que la tuviera siempre presente, pero no estaba segura de qué cosa podía ser.

Estaba segura de que a él le disgustaría vestir pantalones o playeras modernas, de hecho eran muy ajustadas si se comparaban con el haori que acostumbraba usar el hanyou. Aún así, se moría de ganas de ver a Inuyasha vestido como un hombre de su época. Probablemente, cualquier cosa que le comprara le quedaría estupenda. No por nada era condenadamente apuesto. Lo maldecía por eso, ¡lo maldecía mucho!

Se detuvo en frente a una tienda de ropa formal masculina y se enamoró de uno de los trajes. Miró el precio con regocijo: aquellas prendas eran hermosas y baratas. ¡Era su oportunidad! Entró en el recinto como una consumista sin moderación y se entretuvo imaginando al hanyou usando cada prenda.

Aquello estaba llegando demasiado lejos.

La madre de Kagome estaba, como siempre, ocupándose de las labores de aseo del templo junto al abuelo. Esperaba que todo saliera bien y que su hija no saliera lastimada otra vez a causa de su infantil e inmaduro futuro yerno. Además, Kagome iba realmente en serio con ese muchacho, no podía ocultarlo aunque tratara con todas sus fuerzas, lo veía en sus ojos cada vez que lo miraba: ella lo amaba intensamente. Él era su primer, y seguramente, su único amor.

—¿Señora? —La interrumpió el peliplata, tímidamente.

¡Sí! Había funcionado, al menos, el hombre mitad bestia ya había aparecido. Debía apresurarse con la cena. —¡Inuyasha, qué gusto que decidiste venir!

—Sí… yo… vine a preguntarle qué cosa puedo darle a Kagome. —Carraspeó nervioso. No era fácil para una persona como él admitir que quería compensar lo que había dicho la noche anterior con un presente.

—No lo sé, hijo. Cualquier cosa que le compres la hará feliz. ¡Sólo ten cuidado de no legar con una locura! —rió Sonomi.

Inuyasha la observó confundido. —¿Comprar? Pero yo no tengo cómo obtener algo aquí —explicó.

—¡Por supuesto que sí! —Agregó la madre de la chica, y sacó de su bolsillo un colorido billete—. Verás, e nuestra época el papel vale como si fuera monedas de oro. Tú entregas el papel, y la gente te da objetos a cambio. ¿Qué dices?

—No estoy muy seguro…

Sonomi lo ignoró y lo empujó hasta las escaleras del templo. Ya habría momento para las inseguridades. ¡Ese chico sólo necesitaba —literalmente— un empujoncito! —¡Vuelve al atardecer, cenaremos pollo frito! —Voceó desde lo alto del templo a un confundido y asustado hanyou. —¡Y recuerda, cuida ese papel como si fuera oro!

—Como si fuera oro… como si fuera oro… —repitió el peliplata hasta que llegó caminando, intentando parecer una persona normal hasta un grupo de tiendas. Sabía cómo llegar y regresar de ese lugar, había ido con Kagome varias veces a comprar alimentos y víveres para el viaje.

Entonces, luego de buscar arduamente por todas las calles y chocar con cientos de personas, divisó a lo lejos el regalo perfecto para Kagome. Tenía presente aún las palabras que había dicho la exterminadora: "A las mujeres de la época de Kagome les encanta que les den flores y joyas".

No quería darle algo que confundiera a Kagome sobre sus sentimientos hacia ella. Tampoco sabía si las joyas tenían el mismo significado en la época feudal y en esa época, pero ya había visto a Kagome anteriormente con joyas, y ella no era para nada una princesa o emperatriz en su época. Seguramente, todo el mundo poseía joyas en ese lugar. Miró a las mujeres a su alrededor y todas llevaban aretes, pulseras y collares de todo tipo.

No pudo evitar sentirse seducido por la cara que pondría Kagome al ver ese anillo por primera vez. Cualquier mujer lo amaría, además con ese papel que le había dado la madre de Kagome podría conseguirlo fácilmente.

Se acercó a una mujer que parecía ser la encargada de la tienda y le tendió el billete tímidamente. —Disculpa, quiero el anillo que está adelante —habló, intentando parecer tranquilo. La verdad es que estaba muy nervioso por su primera compra.

Ella tomó el papel y lo miró confundida. —¿Estás jugando conmigo?

—¿Por qué lo estaría, acaso no es suficiente con eso? —Lo que le faltaba, además de estar metido en un problema a causa del regalo de Kagome, también querían timarlo.

—¡Por supuesto que no! Necesitas quinientos de estos billetes para poder llevarte ese anillo.

¿Quinientos? Era una locura, esa chica quería aprovecharse de él porque había descubierto que era inexperto a la hora de comprar. —Escucha, ese papel es equivalente al oro, ¿cómo puede ser insuficiente? No permitiré que me times como a un niño inocente —gruñó, decidido a salir victorioso—. Me llevaré el anillo.

Entonces, dejó que la mujer se quedara con el billete y saltó el mostrador hasta alcanzar el anillo. ¡Tampoco era la gran cosa! Era liviano y simple, como unas pocas piedras insertadas. Había visto a su madre usar joyas mucho más ostentosas que esa. ¡No podía valer tantos papeles!

La mujer gritó horrorizada y se lanzó al piso cubriéndose la cabeza. —¡Es un asalto! ¡Por Dios, es un asalto!

—¡Gracias por la joya! —Bufó el peliplata, mientras salía de la tienda satisfecho con su compra. Ya podía ver cómo Kagome lo perdonaba por haberla herido el día anterior. ¡No era tan tonto como todos decían que era! Definitivamente lo subestimaban.

III

Cuando faltaba aproximadamente una hora para media noche, toda la familia se sentó alrededor de la mesa para comer el tan esperado y siempre bien ponderado pollo frito al estilo Kentucky. Obviamente, Kagome e Inuyasha aún no se reconciliaban, y Sonmi, esperaba que uno de los dos rompiera el silencio, ya que si seguían de esa manera, jamás tendría la oportunidad de conocer a sus nietos estando viva. ¿Cómo era posible que ambos fuesen tan orgullosos?

—Inuyasha, ¿te sirves otra ronda de pollo? —Invitó la mamá de Kagome.

—¡Sí que cocinaste para un ejército, mamá! —Agregó Souta, quien ya había regresado de su viaje escolar.

Sonomi rió. —No sabía cuánto querría comer Inuyasha, así que creo que exageré.

—No se preocupe, señora. —Intentó decir Inuyasha, mientras tragaba el pollo más delicioso que había probado en su vida—. Me comeré todo.

Carcajadas de la madre de Kagome y Souta inundaron la habitación, mientras el abuelo comía silenciosamente de su plato. Jamás admitiría que celebrar la Navidad comiendo pollo frito era una estupenda idea. La azabache miró a Inuyasha de reojo con molestia. ¿Cómo podía ser tan desvergonzado?

Bueno, al menos había ido a cenar. Habría sido el colmo de los colmos que hubiera rechazado la invitación de su madre. Al parecer, el hanyou tenía un mínimo de modales. Terminó su platillo y esperó que el odioso invitado terminara.

Inuyasha ignoró la mirada asesina de su compañera, mientras la señora Sonomi intentaba de alegrar el ambiente.

—Amigo orejas de perro, ¿qué le compraste a mi hermana con el dinero que te dio mi mamá? —Lanzó de repente Souta e Inuyasha quiso asesinarlo. Su madre y Kagome también quisieron acabar con su vida. La primera por haberla delatado y la segunda por que su madre e Inuyasha habían conspirado en su contra.

—¿Le diste dinero a Inuyasha para que me comprara algo, mamá? —Exclamó indignada la azabache.

—Sólo fue un detalle, no te preocupes, hija… —Le quitó importancia su sabia madre. La azabache la observó molesta y luego suspiró. Bueno, tampoco podía culparla. Sin duda se esmeraba mucho por hacerla feliz, y sabía que sólo Inuyasha podía lograrlo.

—Entonces, ¿qué le compraste? —Insistió Souta.

Inuyasha miró a Kagome tímidamente y la chica no pudo evitar apartar la mirada chocolate de aquellas orbes doradas. Descubrió su corazón palpitando fuertemente, ansioso de saber qué cosa había comprado el hanyou para ella.

—Bueno, pues… —metió la mano dentro de la manga de su haori y sacó una pequeña cajita—. Espero que te guste, Kagome.

Cuando la abrió, todo el mundo quedó en silencio y con el pollo a medio tragar, incluida la azabache.

—¡No puedo creerlo! —Rompió el ambiente la madre de Kagome, completamente emocionada.

—¿De verdad te casarás con mi hermana? —inquirió sorprendido Souta, mientras el abuelo aplaudía.

—¿Qué quieres decir? —Temió preguntar el peliplata.

Kagome, quien aún estaba en shock no supo qué hacer hasta que una horda de preguntas se abalanzó sobre el hanyou. Era obvio que él no quería pedirle matrimonio, aunque aquello hubiese sido maravilloso. De todas formas, estaba contenta de que él hubiese pensado en ella y le hubiera comprado una joya tan hermosa.

Iba a agradecer, cuando cayó en cuenta de que probablemente ese anillo era carísimo. Lo tomó nerviosa y lo examinó, efectivamente era original y muy caro.

—¿Te gusta? —musitó Inuyasha, sonrojado, con el flequillo cubriéndole los ojos.

—¿Mamá, cuánto dinero le diste a Inuyasha?

—¿Por qué lo dices, hija? —Se desentendió Sonomi—. Creo que fueron cincuenta yenes…

Kagome tragó saliva, justo en el momento en que la puerta sonó fuertemente tres veces.

—¡Abran la puerta, policía!

—¡INUYASHA! —gritó Kagome, perturbada—. ¡Te robaste el anillo!

—¿¡QUÉ!? —chillaron todos al unísono, incluido un descuidado hanyou, quien luego de obtener la joya, había saltado por la copa de los edificios hasta lo alto del templo, para llegar a tiempo a la cena.

—¡Feh! Ni que fuera la joya de las cuatro almas!

—¡SIÉNTATE!

FIN


¡Hay epílogo!


25/12/2013