PREFACIO
En el camino de los monstruos
nos encontraremos.
En la colina de los vientos de otoño
marcada por los pasos de nuestros sueños
infantiles.
No me esperes más allá de la bruma
cansada y sangrante de la memoria.
Si te quedas atrás,
si me ves derrumbarme,
no te molestes en buscar el final del camino.
No estaré allí cuando llegues,
y no te quedará más remedio
que morir.
Galiah Bronnson, 8 años.
...
Will Graham cerró los ojos con fuerza, con un nudo de angustia en el pecho.
Aun después de aquel día, largo y pesado como una carga de plomo por las horas sin dormir, no había sido su intención hacerlo; no sabiendo lo que lo esperaba detrás de los párpados cerrados. Las lágrimas le quemaban a ratos en la garganta, pero ya las conocía lo bastante para saber que no se permitiría derramarlas. Ni siquiera allí, tan lejos de todos los que pudieran verlo, tan oculto dentro de aquel faro perdido en la niebla...
El único lugar al que pertenecía.
Por desgracia, el despertador insistía en recordarle que su vida, por absurdo que fuese, tenía que seguir. Resultaba casi divertido, y le habría arrancado una carcajada histérica si a aquellas horas aún fuera capaz de reír. Tenía que dormir. La idea perdía todo el sentido después de darle tantas vueltas, convirtiéndose en poco más que un trozo de gris penumbra, otro gusano que pudiera arrastrarse por entre sus moribundos pensamientos.
La lámpara del techo del salón se mecía con un movimiento lento y pausado, casi imperceptible. La noche soplaba un viento frío sobre la casa, y se colaba por los márgenes de las ventanas gastadas, casi desvencijadas, de la fachada. Las respiraciones cruzadas de los perros habrían tapado el silencio de todas formas, impidiendo que se apoderase de la quietud nocturna.
A pesar de que él habría preferido el silencio, los peores sonidos siempre salían, también, de detrás de los párpados.
Se rindió, secándose las palmas sudorosas en las sábanas ya húmedas. Parpadeó, clavando la mirada en el vacío en un vano intento de dejar la mente en blanco. Fue consciente de la fina neblina que le nublaba los contornos de la vista, amenazando con devorarle los ojos. Aquellas noches destrozadas llevaban pasándole factura tanto tiempo que el dolor del sueño se había grabado en sus ojos. Azul cansado, siempre azul cansado...
Siempre azul roto...
Estaba demasiado agotado para sufrir, para rendirse a la desesperación y buscar consuelo en las cosas sencillas. Demasiado zarandeado por el esfuerzo de vivir en la frontera entre la vigilia y el sueño, incapaz de decidir cuál de los dos lo asustaba más.
Como una cuerda tan gastada que no podía seguir vibrando sin entrecortarse, ahogando la música sin remedio... La canción era interminable.
Pero las cuerdas terminarían por romperse.
Will Graham cerró los ojos con fuerza, con un nudo de angustia en el pecho.
Aun después de aquel día, largo y pesado como una carga de plomo por las horas sin dormir, no había sido su intención hacerlo; no sabiendo que nadie soportaría aquella carga por él cuando cerrara los ojos y dejara caer los muros que lo protegían. No sabiendo que seguiría luchando hasta romperse. No descansaría en el sueño, porque no se rendiría. Ni siquiera allí, tan lejos de la salvación, tan perdido dentro de aquellas pesadillas interminables, dentro de aquella heladora y familiar oscuridad...
El único lugar al que pertenecía.
