CAPÍTULO I
Confianza
"Es una locura que las ovejas hablen de paz con un lobo."
-Thomas Fuller
—Tiene usted que probar esta receta de sangre bávara. Las hierbas provenzales aportan firmeza; también dulzura. Un experimento afortunadamente exitoso, si escuchamos a mis amigos... Aunque, francamente, podría opinar por usted mismo si dejara de evadir mis invitaciones.
—No es necesario, estoy seguro de que es un plato magnífico... Es usted un gran cocinero.
—Suelen decírmelo, pero estoy seguro de que es mera cortesía... La cortesía no se interpone entre nosotros, espero.
Hannibal Lecter sonrió. Era un gesto minúsculo, a la vez familiar y marcadamente cordial, que lograba expresar afabilidad sin contener la más mínima traza de alegría; cierta expresión que sólo consiguen realizar plenamente los maestros de escuela, los amigos perdidos y los familiares lejanos. Y él.
—Mis problemas sociales no suelen ser tan inofensivos —Will tragó saliva, con la vista baja y un dedo golpeando rítmicamente la tapicería del sillón. Volvía a evitar el contacto visual, pero ya no era ninguna sorpresa. Estaba muy claro que había ocurrido algo. Los nervios que dirigían el tren de sus pensamientos eran casi palpables en el aire que lo rodeaba, y sus intentos de disimularlo hacían el hecho aún más notable, imposible de ignorar. Si ambos evitaban el tema con tanta soltura era sencillamente atribuible a la práctica.
—Si lo prefiere, puede salir del paso con cualquier tradicional comentario con respecto a la meteorología. Es una práctica muy aceptada, y supongo que el concepto le resultará lo suficientemente familiar —Hannibal se apoyó de espaldas en su escritorio, insoportablemente tranquilo—. Pero consideraría una lástima limitarme a hablar del tiempo en su compañía.
Will no respondió. El repiqueteo irregular de su índice sobre el brazo del sillón se había vuelto casi histérico, aunque su mirada baja pareciese impenetrable desde aquel ángulo.
A su alrededor, la luz de la estancia decaía blandamente, asfixiada sin darse cuenta por el atardecer. La oscuridad siempre se abatía de una manera particular sobre aquella sala, a través de las elegantes ventanas, como si se apagara con un respeto silencioso, deslizándose por las hileras de libros de las estanterías; por la madera de los muebles y los colores oscuros, apagados, del suelo y las paredes.
Mientras el anochecer se arrastraba por el cielo, Hannibal Lecter miró su reloj.
—Cielos. Casi es hora de cenar.
—¿Quiere que le ayude en algo? —Will se removió en el asiento, haciendo y deshaciendo un ademán de levantarse— Debería marcharme ya y dejar de hacerle perder el tiempo...
—No es necesario. Al contrario, me siento tentado de pedirle que se quede.
Will pareció alarmado de repente, y lo miró de frente por primera vez en todo el día.
—¿A- a cenar? No querría ser... una molestia —balbuceó, mordiéndose la lengua antes de arriesgarse a parecer aún más estúpido. Logró rehacerse en unos pocos segundos, a tiempo de ver como Hannibal torcía levemente el gesto.
—Por favor, Will. Creía que habíamos superado esa fase de absurda... cortesía.
Se hizo el silencio entre los dos. La aguda tensión del silencio de Will Graham chocaba con la calma grave del de Hannibal Lecter, formando una intrincada red de acordes inaudibles, compuestos de ausencias. Will desvió de nuevo la mirada e inspiró con fuerza.
—Me rindo, doctor. Ha ganado. Me quedaré —levantó las manos en un gesto de derrota—. Estoy demasiado cansado para discutir.
Una imperceptible sonrisa de triunfo iluminó el semblante del doctor y se difuminó sin llegar a desaparecer, mientras Will se preguntaba por enésima vez cómo conseguía adoptar aquellas expresiones. Echó a andar, atravesando la habitación ya prácticamente sumida en las sombras para encender las luces. La primera oscuridad de la noche, pensó Will. Una capa suave y fresca, el manto de luto de una doncella.
—¿Alguna preferencia? —le llegó al poco tiempo la voz de su anfitrión desde el interior de la cocina.
Will parpadeó, sorprendido.
—Ya sabe que no sé mucho de cocina. Cualquier cosa que haga me encantará.
Una risa corta, melódica, inundó el aire desde la cocina.
—¿Eso sigue siendo cortesía?
—Claro que no... —respondió Will, percatándose de repente del martilleo de su dedo índice contra el sillón. Paró de inmediato, cerrando la mano en un puño— ¿Algo de carne, tal vez?
La respuesta apenas tardó unos segundos en hacerse oír.
—Perfecto.
—¿Quiere que le eche una mano?
—Jamás se lo permitiría. Es un invitado.
Will se forzó a sonreír, aun sabiendo que el gesto sería inútil.
—Al menos me aseguraré de comer algo decente antes de dormir.
Se dio cuenta demasiado tarde del temblor que había invadido aquella frase al pronunciarla. Hannibal se asomó un momento hacia el salón desde la cocina, con expresión indescifrable.
—¿Le preocupa dormir?
—¿Usted qué cree? —no logró ahogar una risa mordaz— Me asusta dormir.
Lanzó una mirada incisiva hacia la puerta de la cocina, pero su interlocutor ya había vuelto a desaparecer en el interior. Se oía el tintineo sosegado de los cubiertos.
—Me aterra dormir —susurró, corrigiéndose. Cerró las manos en puños, volvió a abrirlas y las dejó caer, inseguro, sin saber qué hacer con ellas.
Cayó un silencio pesado, exigente. Will sintió al instante que debía llenarlo, y sabía que probablemente esa fuera la intención.
—Es... Es cada vez más complicado. A veces ya no distingo lo que es real de lo que no. Sueño, vigilia... Todo termina hecho un lío —terminó la frase con un amago de diversión, un intento desesperado de no sonar tan angustiado como sospechaba que lo había hecho. Salió mal, y en su lugar consiguió algo parecido a una risa histérica. Decididamente, no lo estaba mejorando—. Hay momentos aún más confusos. Tengo sensaciones... pensamientos extraños, que sé que no deberían estar ahí, pero parecen reales. Los siento reales.
—¿Cómo puede asegurar que los siente reales... implicando en el acto que no lo son, si acaba de admitir que ya no sabe lo que es real?
La pregunta había sonado con un tinte casi inhumano, y Will lo achacó a los nervios. Trató de pensar una respuesta apropiada, y el fracaso fue asfixiante.
—Sabe, Will. Hay una cuestión que distrae mi curiosidad. ¿Alguna vez he aparecido yo en sus pesadillas?
Un recuerdo afilado lo golpeó como una estaca de hierro. Tragó saliva. Se dio cuenta de que el repiqueteo de su índice sobre el brazo del sillón se había reanudado, pero mientras miraba el vaivén del temblor, los suaves golpes se transformaron en algo mucho más pesado y espeluznante. Se le erizó el vello de la nuca cuando un aliento profundo le acarició el cuello. Se agarró al sillón con las manos crispadas, cerrando los ojos con fuerza , y empleó la totalidad de sus agotadas fuerzas en despertar.
El gran ciervo negro pasó a su lado, con su paso lento e inexorable. Will clavó las uñas en la tapicería oscura hasta hacerse daño. Había descubierto que el dolor solía ayudarlo a volver a la realidad. Sin embargo, la respiración gutural del enorme animal no hizo más que difuminarse mientras se alejaba. ¿Por qué no se iba? ¿Por qué nunca se iba para siempre?
Abrió los ojos. La habitación estaba vacía. En aquel preciso instante, el doctor Lecter regresó de la cocina, con dos platos llenos en las manos. ¿Cuánto tiempo había pasado? Él se detuvo al ver su expresión.
—¿Ocurre algo? Lleva un buen rato callado.
Will no respondió, mirándolo con la respiración entrecortada y los dedos aún clavados en los brazos del sillón. Sabía que el silencio no haría más que confirmar una respuesta que Hannibal no necesitaba, y así fue. Ambos eran plenamente conscientes del acuerdo tácito que mantenían, cada vez más, en casos como aquellos. Se pasaban por alto las señales de lo que hubiera ocurrido. De hecho, no había pasado nada.
Apenas fue consciente de llegar a la mesa. Miró con ojos vidriosos el plato que tenía delante. No tenía ni idea, como de costumbre, de qué era lo que estaba a punto de comerse. En algún momento, Hannibal suspiró.
—Tal vez no sea el mejor momento para una conversación fácil sobre el mal tiempo, ¿no le parece?
—En realidad, creo que sería lo mejor —musitó Will. Al cabo de unos segundos se aventuró a levantar la mirada. El doctor tomó asiento al otro lado de la mesa y reprimió una sonrisa suave.
—De acuerdo entonces —concedió—. ¿Qué le parecen estas repentinas tormentas?
Cortó distraídamente un trozo de carne tostada e hizo girar el tenedor entre los dedos antes de llevárselo a la boca. Will se relajó en parte.
—Me gusta la lluvia... A mis perros también, ¿sabe? —añadió sin pensar.
—Curioso. Los animales suelen huir de la lluvia... Pero supongo que una vida tan extraordinaria como la suya debe de derivar en pequeños detalles extraordinarios.
Hannibal apartó la copa de vino tras paladear el primer sorbo.
—No puedo evitar notar que no ha tocado el plato. ¿Debo sentirme ofendido?
Will parpadeó, confuso, antes de recordar que la cena ya estaba servida.
—Oh —carraspeó, avergonzado, bajando la vista para coger a toda prisa los cubiertos—. Lo siento, estoy bastante... ausente.
El primer bocado se le atascó en la garganta, pero se obligó a tragar. Era cierto que ya no recordaba la última comida, y no iba a ayudar a nadie matándose de hambre. Respiró con calma por fin, destensando los músculos, y por unos instantes transcurrió un silencio sencillo, casi reconfortante.
—No me ha respondido.
Will se paró en seco, a medio masticar un pedazo de carne. Intentó decidir a toda prisa si podía fingir que no había oído nada, dolorosamente consciente de que no era así.
—¿A qué se refiere? —graznó en un susurro disonante, sin levantar la vista del plato.
—¿De verdad ha olvidado la pregunta?
Alzó la mirada y el doctor lo hizo a su vez, con el gesto demasiado rápido de un halcón o una serpiente.
—Disculpe la audacia —declaró— pero no lo creo.
El duelo de miradas se zanjó con una sonrisa temblorosa, totalmente carente de júbilo.
—Soñé que le cazaba.
Ambos trataron de mantener una expresión de piedra, estudiando las mínimas reacciones del otro, aunque pronto quedó muy patente quién estaba teniendo más éxito. Pese a todo, Will no bajó la mirada.
—Estaba en un bosque, era de noche. Estaba... cazando ciervos —continuó—. Pero le perseguía a usted. Recuerdo disparar dos veces, y correr. Recuerdo los árboles cerrándose sobre mí, y después... nada.
Hannibal siguió mirándolo, sin alterar un solo músculo.
—¿Considera usted que sigue obsesionado con Hobbs?
—Creo que nunca se ha separado de mí —susurró Will, ausente, abandonando la mirada en la ventana. Ya era noche cerrada.
Hannibal observó el lento balanceo del vino en su copa, sin mirarlo.
—Yo creo que hace tiempo que desapareció... y que todo lo que queda no es más que Will Graham con menos barreras que al principio —se llevó el cristal a los labios—. Pero quién sabe; tal vez me equivoque.
Volvió a mirarlo, esbozando paulatinamente lo que podría ser una media sonrisa.
—Es lo que usted desea , ¿verdad? Que me equivoque. Yo, la prensa, el mundo...
Will fue consciente de que tenía las manos fuertemente cerradas sobre los cubiertos. Se le habían puesto los nudillos blancos. El doctor siguió cortando metódicamente un trozo de carne, sin prestar atención a su creciente nerviosismo.
—Hobbs deshizo más barreras en usted que la señorita Bloom y todos los psiquiatras del estado de Virginia.
—Sé lo que es real, y sé que Hobbs ya no es real. Sé que estoy aquí con usted. Aún puedo discernir entre esto y otro sueño.
—Lo dudo.
—¿Cree que no soy capaz de distinguir lo que es real ahora de lo que no? —Will aventuró una sonrisa temblorosa, mezcla de sarcasmo y desconsuelo.
—Creo que es capaz de distinguir lo suficiente para que le asuste pensar en ello.
El duelo de miradas se reanudó. ¿Quién era capaz de aguantar la mejor máscara mientras se asomaba tras la contraria? No era una costumbre inusual para dos personas tan amigas de hablar con enigmas en la práctica totalidad de sus conversaciones. Los matices del silencio eran un idioma aparte, tan difícil de interpretar como las propias palabras.
—Quizás esa confusión tan recurrente no sea sólo entre lo real y lo irreal —prosiguió el doctor, sin apartar la mirada—. Sino entre la versión de usted que cree o quiere ser y otra que permanecía encerrada... Una parte de sí mismo que se niega a conocer.
—¿Una parte que se identifica con Hobbs? —Will profirió el nombre con un bufido— No tiene nada que ver con eso. No es tan simple.
—Tal vez esté luchando consigo mismo sin percatarse de ello. Eso podría herirlo más que cualquier trauma adyacente. ¿Cuántas cadenas puede soportar un animal enjaulado antes de perder el juicio?
Will lo miró un instante. Después soltó violentamente los cubiertos y se levantó para acercarse a la ventana. Respiraba entrecortadamente. A su espalda, su anfitrión se reclinó en el asiento, siempre sosegado, un contrapunto a la ansiedad creciente del invitado.
—Los animales enjaulados no pueden ser felices —constató Hannibal alzando brevemente las manos, como si señalara comprensivamente lo obvio. No había tensión en sus movimientos—. Los perros atados en sus casetas sueñan con lobos salvajes y, muy a menudo, tienen... pesadillas.
—¿Ahora soy un perro atado? —rió Will, rozando con las uñas el cristal de la ventana; estaba frío— Siento decepcionarle, pero sé perfectamente quién soy.
Apenas había pronunciado la última palabra, una sombra inesperada se movió en el exterior, al borde de su campo de visión. Movió los ojos al instante, alarmado, y no descubrió más que la quietud de la noche. Sin embargo, la adrenalina no desapareció, y un nerviosismo ansioso comenzó a crecerle en el pecho.
—¿Y quién es? —oyó la voz de Hannibal Lecter tras él.
—Soy Will Graham... —logró balbucear, mientras se le disparaba un tic en la mano izquierda — Agente especial del FBI.
—Una verdad a medias, perfectamente válida.
Will fue a replicar, pero la sombra parpadeó de nuevo en los límites de su visión. Con el corazón latiendo con una potencia casi dolorosa, retrocedió alejándose de la ventana automáticamente, y tras un momento de parálisis volvió a la puerta de la estancia con paso errático pero rápido.
—Lo siento, doctor. Creo que ya le he entretenido demasiado.
Sin levantar la vista del suelo, recogió su chaqueta de la silla e hizo lo posible por encajar los brazos en las mangas a toda prisa sin que le temblaran las manos. Hannibal arqueó las cejas, sin levantarse.
—No se marchará usted sin más, ¿verdad? Huir de estos pensamientos no le reportará ningún beneficio, a la larga. Y apenas ha probado bocado.
—No me encuentro bien. No quiero molestarle más —Will se esforzó por controlar la respiración mientras trataba de hacerse con el control de sus manos para abrocharse la chaqueta, evitando a toda costa el contacto visual.
Hannibal hizo un mohín de desdén, poniéndose en pie con un ademán distinto. Casi disgustado, casi violento... casi.
—¿Más excusas, Will? Teme enfrentarse a la verdad.
—Por favor, doctor. Ahora mismo no estoy en situación de enfrentarme a nada...
—Y nunca lo estará.
Cruzó las manos a la espalda, atravesándolo con la mirada, y Will se sintió como si el mundo entero lo juzgara con aquella misma mirada insoportable.
—Por favor, doctor —repitió con brusquedad, levantando unos ojos de acero. Una vez más, las máscaras saltaron a los rostros de ambos. Impenetrables. Buscando cualquier error en la actuación del contrario, o si era siquiera una actuación.
—¿Quién prefiere que esté cerca cuando se rompa la jaula? —inquirió Hannibal sin romper el duelo de miradas; la suya quemaba como un hierro candente, y Will no tenía fuerzas de las que estirar— ¿Sus perros? ¿La doctora Bloom? A mí no puede hacerme daño.
Will aún le aguantó la mirada durante unos segundos más. Después, vaciló, bajó la vista, murmuró una disculpa y se alejó a toda prisa hacia el salón. Después de que la puerta de la entrada se cerrara a sus espaldas, tardó varias horas en convencerse a sí mismo para olvidar las pisadas del venado negro que lo habían seguido hasta la calle.
