CAPÍTULO II
Augurio
"Si el loco persistiera en su locura, se volvería sabio."
-William Blake
—No.
—Te necesitamos, Will. Ahora más que nunca. Mira las fotos, por el amor de Dios...
—Siempre habrá otra "última vez", ¿no, Jack?
Ambos cruzaron una mirada de acero. Un duelo distinto, pero igual de agotador. Will había insistido, pero Jack Crawford sabía insistir aún más. Ambos cuidaban la inmovilidad tensa de sus posturas, con el humor de la discusión apenas presente en la presión de los nudillos cuando Jack cerraba los dedos en torno a su café para dar otro trago. La conversación parecía una repetición de protocolo, transcurriendo en voz baja junto a las puertas de oscuro hierro de aquel parque, rodeado de coches y cordones policiales. El cielo amenazaba lluvia por segunda vez aquel día. No quedaba color en la ciudad, y las calles mojadas sólo olían a frío.
—Mira, sé que es difícil —instó Jack de nuevo, gesticulando con la mayor calma posible—. Pero sé hasta dónde puedes llegar. Y de verdad que necesito tu ayuda.
Hizo una pausa, apretándole los hombros en un gesto alentador.
—No te dejaré caer, sólo necesito que hagas lo que mejor sabes hacer.
—¿Romperme? —aventuró Will con una sonrisa sarcástica y temblorosa. Jack suspiró y él desvió la mirada. Transcurrieron unos instantes de silencio.
—Respira hondo —Crawford buscó sus ojos con seriedad—. Vamos a entrar. Estaré justo al lado, todo el tiempo. Todos tenemos un día complicado.
Will asintió, aceptando su propia rendición, y cogió aire antes de abandonar el refugio de las puertas de hierro. El camino del parque crujió bajo sus pies. Grava mojada. Más adelante, agua y sangre. Sus ojos obviaron los árboles oscuros que se mecían, los bancos de piedra y las esculturas de mármol que escondían el rostro silenciosamente, más propias de un cementerio que de las afueras de una ciudad. Lo único que atraía su mirada era el estanque del centro del parque, brillando bajo el cielo lechoso. Había tres cuerpos flotando boca abajo, y el agua era roja como el fin de los tiempos. Cuando se acercaron, el ambiente inundado por el olor de la lluvia y las lilas se tiñó de la esencia fuerte de la sangre. Respiró entrecortadamente, con el pulso acelerado, y los pulmones se le llenaron de muerte.
—Tres cuerpos. No pueden llevar mucho tiempo aquí —musitó, inexpresivo—. Esta noche. Ahogados, pero con marcas de pelea. ¿Se mataron entre sí?
Sin esperar respuesta, ladeó la cabeza y comenzó a andar siguiendo la orilla del estanque. Los agentes cercanos, a los que ni siquiera había visto hasta ese preciso instante, se apresuraron a apartarse. Sus ojos buscaron las pistas que le ofrecía la escena, pero se detuvieron de repente, y con ellos sus pasos.
—Cuatro cuerpos —se corrigió, inclinándose sobre el agua. El cadáver de una chica muy joven, apenas una adolescente, se mecía semihundido en la arena y los juncos de la orilla. Frunció el ceño, repasando el cuadro. Algo no encajaba. Miró a Crawford en busca de información, pero su amigo se encogió levemente de hombros, indicándole que estaba solo.
—No parece haber heridas de armas... —una mirada inquisitiva, y la expresión de Jack le confirmó que no se equivocaba en su suposición. Devolvió su atención a los cuerpos, escudriñando cada detalle, apartando una manga destrozada, empujando suavemente una pierna hinchada y sangrienta con los dedos. Se incorporó— pero los daños, al menos en su mayoría, parecen haber sido causados por... ella.
La chica. ¿Había podido matar a tres hombres adultos? No. Absurdo. Sintió la repentina necesidad de acercarse a ella y darle la vuelta. Quería ver su rostro, hundir la mirada en sus ojos para ver si era capaz de conocerla... entender qué había ocurrido exactamente. Recordó a los agentes que aún pululaban alrededor del estanque, mirando de reojo y conformando un pequeño público. Supuso que no sería la mejor de las ideas. Se apartó de la orilla.
—¿Qué significa esto? —miró a Jack, confuso. El policía había avanzado hasta él, y contemplaba los cadáveres con expresión oscura.
—Esperaba que tú me lo dijeras.
—Y bien, señorita... Taylor —el psiquiatra tomó asiento, levantando los ojos de su libreta con una media sonrisa—. Hábleme de sus motivos para estar aquí. Nuestra charla por teléfono fue... intrigante, por así decirlo.
—Eh... sí, bueno —la chica forzó una sonrisa inquieta, balanceando las piernas con nerviosismo. El pelo, corto y castaño, estaba revuelto aunque fuera evidente que había intentado peinárselo con las manos antes de entrar—. En realidad nadie cree que sea demasiado grave, y el conjunto viene conmigo desde hace mucho tiempo —suspiró, mirando al techo—. Falta de sueño, depresión, mareos, desmayos, crisis de ansiedad y ataques de pánico... Me sé la lista de memoria. Me cuesta mucho... salir a la calle. Relacionarme. He intentado resolverlo cien mil veces —enrojeció de repente, volviendo a mirarlo—. Parece que estoy exagerándolo, ¿verdad? No sé hablar con la gente. En un rato pensará que estoy loca.
—Créame, podría ser peor —sonrió él, en tono conciliador—. He visto muchos casos como el suyo... y más preocupantes.
—¿Ah, sí? —la chica emitió una risa corta, forzada y nerviosa, retorciéndose un mechón de pelo con tensión, como si pensara salir corriendo en cualquier momento.
—Siento mucho haber tenido que hacerla esperar, por cierto. Mi cita de las seis y media se ha retrasado casi veinte minutos, y el horario se ha descolocado un poco... —le lanzó una mirada cómplice— Ni se le ocurrió disculparse. Eso sí es un problema social alarmante.
—Qué grosero, ¿no?
—¿Había alguien más? ¿Faltan pruebas, falta algo? —inquirió Will, apremiante. Jack sacudió la cabeza y levantó las manos.
—¿Crees que lo sé? Para eso te he traído a ti.
El final de su frase fue ahogado por una exclamación repentina. Una ola de murmullos rápidos y pistolas amartilladas se extendió alrededor del estanque mientras ambos daban un paso automático hacia atrás, buscando con la mirada lo que fuera que había cambiado.
—Arriba —masculló Jack, bajando el arma. Will siguió la dirección de su mirada, en silencio. Entre las ramas del enorme árbol que crecía en el centro del lago había una chica inconsciente, con los brazos balanceándose en el vacío. Apenas la vio, los ojos de Will se quedaron anclados en ella. Fue vagamente consciente de que Jack pedía a bramidos una escalera y de que los agentes se movilizaban en busca de ayuda médica. Sus pasos lo llevaron hasta el límite del agua. La pieza. ¿Era ella la pieza que faltaba? ¿Cómo encajaba?
—¡¿Cómo es posible que nadie la haya visto hasta ahora?! —la voz de Jack ahogaba el revuelo de todo el parque. Will no dejó de mirar a la chica hasta que la bajaron al suelo. Su rostro, pálido, contenía un tinte extraño, de pureza cetrina y demacrada. El cabello negro, tan largo y despeinado que la hacía parecer diminuta en comparación, estaba húmedo de rocío, y goteaba sobre la hierba. Adelantó una mano para rozar una de las suyas, enfundada en un guante con todos los dedos rotos.
—Quiero ser el primero que hable con ella —murmuró—. Avísame cuando despierte.
—La consulta de Lecter está en esta misma calle —Jack levantó la mirada del rostro pálido en el que Will tenía los ojos clavados—. Iré a buscarle.
Will asintió, distraído, sin apartar la vista de la chica mientras se la llevaban de la orilla. Después, sin decir una sola palabra, regresó junto al cadáver del estanque, se arrodilló a su lado y le dio la vuelta con infinito cuidado.
Ambas eran exactamente iguales. Aunque eso él ya lo sabía.
Algo se movió en el agua, por debajo de los cuerpos, sobresaltándolo. Se echó atrás dando tumbos, y estuvo a punto de caer sobre el barro. Oyó un chapoteo. Incorporándose a toda prisa, escudriñó con urgencia entre los árboles, y creyó ver una sombra desaparecer entre los troncos bajos, demasiado rápida para ser humana.
La puerta de la consulta se abrió de golpe, eclipsada por la entrada en tromba de Jack Crawford, que se detuvo en seco al ver el sillón ocupado. La chica levantó la mirada hacia él como un ciervo asustado, entrando en una tensión absoluta.
—Doctor Lecter —el recién llegado compuso un breve gesto de disculpa—. Pensaba que su horario terminaba a las ocho.
—Son las ocho y seis —sonrió el psiquiatra sin mirar el reloj, con un deje casi inexistente de reproche—. Y, como puede ver, estoy con una paciente. Si no le importa esperar...
—Sería de ayuda que se dieran prisa —resopló Jack , medio girándose hacia la puerta—. Perdone los modales, pero es una urgencia.
La chica se levantó de golpe.
—Y-yo... me voy si necesitan hablar —asintió, gesticulando con nerviosismo—. N-no me importa. No hay problema.
La puerta de la calle dio un portazo, sobresaltándolos. Crawford desenfundó la pistola a una velocidad sobrehumana, y ya estaba apuntando a la puerta antes de que los pasos a la carrera llegaran a la sala de espera.
—¡Jack!
—¿Will? —el policía bajó la pistola, confuso.
—No está solo —Hannibal se había puesto en pie al instante, adoptando una postura defensiva entre la joven paciente y la entrada.
Como dándole la razón, la puerta se abrió golpeando contra la pared. Antes de que el impulso volviera a entornarla, vislumbraron la silueta de Will en la sala de espera, forcejeando con alguien más pequeño pero mucho más rápido.
—¡JACK!
Antes de que pudieran reaccionar, y antes incluso de que Crawford reconociera a la chica del estanque, ella se había escabullido al interior, golpeando el marco de la puerta y trastabillando sin rumbo, como un animal atrapado. Dio con el suelo a unos pasos de la paciente del doctor, levantó la vista hacia ella apenas un instante y después se lanzó hacia ella, agarrándose a sus piernas y estando a punto de hacerla caer.
—¡G, no dejes que me cojan!
—¡¿Pero qué haces?! ¡Suéltame!
—¿Y quién es usted? —inquirió Crawford autoritariamente, atravesándola con la mirada. No había dejado el arma, y señaló con ella a la chica del estanque—. ¿De qué la conoce?
—T-Taylor. ¡Fabi Taylor! ¡No la conozco! ¡Quítenmela de encima! —la paciente intentó desasirse con insistencia, y Will, aún sumido en la parálisis de la impresión, fue el primero que se apresuró a ayudarla. Aún cuando consiguieron apartarlas, las manos cubiertas de arañazos de la chica más joven daban zarpazos al aire en busca de su objetivo. Y no dejaba de gritar, histérica, pataleando y revolviéndose, como poseída por el terror más abyecto.
—¡G, tenemos que volver a casa!
—Doctor Lecter, me temo que su paciente tendrá que acompañarnos. Si está relacionada de algún modo con el caso...
—La señorita Taylor sufre de ansiedad, Jack. No puede mezclarla en un asunto como este. No con mi beneplácito, desde luego.
—¡N-no, de verdad, quiero... ayudar! Si hace falta. Si puedo —la chica se ruborizó, trabándose, como si le costara encontrar las palabras.
—Tengo pastillas para la ansiedad —intervino de pronto Will, haciéndose torpemente con el tarro de plástico de su bolsillo. Compuso lo que pretendía ser una sonrisa de aliento—. Por si te preocupa que... te pase.
La chica forzó una sonrisa de la misma índole. Ambos parecían albergar la esperanza de poder salir corriendo y encerrarse en algún lugar despoblado. Probablemente aquella fuera la conversación más extrañamente incómoda jamás ocurrida.
—Tranquilo. Tengo las mías.
La chica desconocida, entretanto, parecía haber empezado a calmarse, o quizás a perder la consciencia. En aquel momento, con los ojos apenas entornados, dejó caer la cabeza y escupió:
—Está debajo del estanque.
Will se estremeció palpablemente, girando el rostro con una sacudida. Hannibal siguió su movimiento con la mirada desde su posición. La sombra de una sonrisa asomó a sus labios, desapercibida al resto de ocupantes de la sala, pero era mucho más que una sonrisa. Era una carcajada tan intensa, contenida en un espacio tan imperceptible, que casi se hizo sólida en el aire. Apenas un breve instante y había apartado la vista, y para cuando Will, movido por un presentimiento espeluznante, se giró, no quedaba nada. Nada salvo la mirada honesta, curiosa, cargada de apoyo y franqueza, del doctor Lecter.
