Disclaimer

Como siempre, Bleach y todos sus personajes pertenecen a Tite Kubo.


Capítulo 3: Ayer y ahora: Siempre

La conversación con la pequeña Kurosaki lo había dejado perplejo. Lo hizo meditar sobre todo lo que había creído cierto y que no lo era, que no lo sería nunca. Había vivido largos años tratando de escapar de una realidad que sólo existía en su cabeza. Llegó a su casa con una sensación extraña, se sentía idiota. ¿Y si hubiese dicho algo, cualquier cosa, hace muchos años atrás? Lo que fuera. La idea asomó a su mente pero duró nada, desapareció tan pronto como vino. ¿Qué hubiese ganado con eso? ¿Algo? ¿Poca cosa? No, nada. Absolutamente nada. El que Kurosaki no hubiese hecho nada de lo que se esperaba que hiciera no significaba que las cosas serían distintas para él ni para nadie. En ningún caso. Que Kurosaki no sintiera nada más que amistad por Inoue no significaba que ella sentiría más que amistad por él. Sin embargo, imaginó el dolor y la tristeza por la que debe haber pasado la chica y se maldijo por no haber estado a su lado, acompañándola, apoyándola, protegiéndola, como siempre. Pero sus sueños de superhéroe terminaron por esfumarse también. Sin duda había hecho lo correcto. Él no podía estar toda la vida al lado de una mujer que nunca, ni una sola vez había siquiera reparado en el inmenso amor que tenía para ella. Si se había sentido rechazada probablemente se habría fijado en él como un consuelo, un paño de lágrimas pero…no, Inoue no era así. Ella sería incapaz de utilizar a las personas para su propio beneficio. Se avergonzaba tan sólo de haber pensado de semejante forma pero es que, en su estado actual, él ya no sabía qué pensar. Estaba tan confundido. Apoyó la frente en el helado cristal de su ventana como si esperara que, de alguna forma, esta refrescara el ardiente torbellino de ideas que convulsionaban su cerebro, lo que evidentemente no sucedió.

—Inoue san— suspiró— ¿Qué será de ti?

Aunque se negara a aceptarlo, en un rincón de su corazón, siempre estaba presente el anhelo de volver a verla.

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—Ishida-san necesitamos más medicamentos para niños. Tenemos siete nuevos pacientes en la sala de pediatría.

—Ishida-san, las enfermeras no están trabajando como se espera de ellas…

—Ishida-san, tiene una llamada desde Osaka. Es el director de un importante hospital de esa ciudad. Al parecer es urgente…

—Ishida-san los trabajadores pretenden reunirse para llegar a un acuerdo sobre una petición. Un aumento de sueldo o algo por el estilo ¿Estaría dispuesto a recibirlos?

—Ishida-san, una mujer insiste en hablar con usted. Ha estado en la línea por horas y dice que no cortara hasta que usted la atienda ¿Qué respuesta le doy?

— Ishida-san ¿Sería posible que me diera una cita? ¿Hoy?

Así era. Todos los días la misma historia. Miles de palabras que apenas lograba entender y a las que debía dar una respuesta pronta y acertada, a riesgo de agrandar aún más los problemas. Muchas veces pensó en su padre y su enorme fastidio cuando llegaba a casa. Creyó comprenderlo al experimentar lo que él vivía todos los días. Ya habían pasado unos cuantos meses desde que había asumido como director del hospital y, sinceramente, se encontraba muerto de cansancio. Al paso que iba estaba seguro que colapsaría, en un futuro no muy lejano. Nuevamente comenzaba a dudar sobre lo acertado que había sido el aceptar el trabajo de su padre. Ni él mismo podía lograr entender por qué lo había hecho. Probablemente fue por la presión que su progenitor había puesto sobre él y sí, se había sentido algo presionado pero, en el fondo, siempre había tenido la oportunidad para haberse negado, si no lo había hecho no había sido precisamente por presión. Quizás era el hecho de validarse ante su padre, el hacerle sentir que no tendría que arrepentirse de haberlo elegido, de demostrarle que él también estaba para grandes desafíos en la vida, que podía confiar en él. Aunque pensándolo bien mejor no se inclinaba por esa opción. Desde el tiempo que llevaba en Karakura, las veces en las que había hablado más en profundidad con su padre sobre su nueva experiencia podían contarse con los dedos de la mano y, lamentablemente, el trato de Ryuken hacía él no se había modificado en nada: seguía tan frío como siempre. Esto ya no le hacía el menor daño: se había acostumbrado a vivir así, era parte de su existencia. Por lo tanto, asumía que a su padre no le importarían ese tipo de sentimentalismos. Entonces, sólo le quedaba una respuesta: Karakura era, después de todo, su ciudad, el lugar donde él pertenecía. Sentía que, a pesar de su duro pasado, no podía seguir escapando de todo. Volver a Karakura lo llevaba a enfrentar sus temores y esta vez les haría frente, a todos ellos. Kurosaki incluido.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del teléfono. Distraídamente contestó. Había olvidado que en la tarde no había querido recibir la llamada de Maki por miedo a que empezara con sus acosos, por lo que escuchar su voz le recordó que debía haber estado más atento y haber revisado el número antes de contestar. No era maldad de su parte, al contrario, pensaba que era la única forma para que ella lo olvidara y rehiciera su vida. Sorprendentemente, esta llamada era distinta. Maki se notaba serena y bastante animada. Sólo llamaba para avisarle que había enviado unas pocas cosas que había dejado en casa de ella antes de marcharse y, había juzgado, sería importante que las tuviera. Se supone que podría ir a buscarlas al día siguiente. Uryuu se sorprendió. No recordaba haber dejado nada de importancia en casa de ella, a lo más algunos libros, quizás a eso se refería. Se lo agradeció sinceramente y colgó el teléfono, tranquilo de notar que Maki parecía estar llevando las cosas muy bien. Se alegraba por ella.

Lo único malo de todo el incidente del paquete era que tendría que salir del hospital para ir en busca de él. Ya que Maki se había tomado la molestia de enviarlo sentía que no era justo dejarlo a la deriva por varios días hasta que se hiciera un momento para ir por él. Mejor lo hacía ya y se olvidaba del asunto por lo que, a la hora de almuerzo, avisó a sus colegas que se tardaría más de la cuenta en regresar. De todas formas, tenían total libertad de ubicarlo a su teléfono móvil si la situación así lo ameritaba. A pesar del calor de esa tarde, salió de buen humor hacia su tarea. Sin embargo, esto no duró mucho. Por alguna razón, de la que nunca se llegaría a enterar, la oficina postal estaba más concurrida que lo habitual y lentamente el caos parecía comenzar a reinar. Algunos reclamaban porque les habían dicho que su servicio estaría para hoy y parecía no ser tan cierto, otros porque quizás se habían perdido sus encargos, otros porque nadie los atendía etc. El más alterado parecía ser un señor al que miles de veces le habían dicho que su pedido no estaba en esa oficina pero él se negaba a admitirlo y estaba a punto de echar a andar su furia contra cualquiera que se atreviera a ir en contra de sus deseos. Más allá una dulce voz preguntaba riendo si no había una equivocación en la información que le daban: le habían asegurado que su encargo estaría ahí, a esa hora. A pesar de lo estresante de la situación, la voz no perdió nunca la calma y hasta sonreía a cada negativa que le daban. Todo se volvía lentamente un sueño para Uryuu, una ilusión. Esa voz, el aroma que la acompañaba parecían venir directamente desde el pasado a incrustarse en los oídos y el corazón de Uryuu, trayendo desde tiempos pretéritos una sensación extraña, de nostalgia y dolor. No supo por qué sintió unos incontrolables deseos de llorar, pero sólo las dejó en su interior. Por fuera seguía pareciendo una fría estatua de piedra que se negaba a mostrar lo que dentro de él estaba pasando. Sentía que la sangre se le congelaba y que el corazón le estallaría. Sabía que debía salir de ahí, pero la única realidad es que no podía dar siquiera un paso. Sin voltearse trató de explicar a la joven que lo atendía que volvería otro día, cuando la situación se hubiese estabilizado. Sin mirar hacia atrás comenzó a buscar la salida pero lo cierto es que estaba justo tras él. Tenía dos opciones quedarse ahí hasta que estuviera seguro que no hubiese nadie detrás de él o simplemente salir. No tuvo tiempo siquiera de plantearse el dilema, en ese mismo momento la dulce voz se dirigió hacia a él, de la manera como solía hacerlo antaño:

— ¿Eres tú, Ishida kun?

Hace tanto tiempo que nadie lo llamaba de esa manera. En realidad, ella era casi la única persona de su edad que siempre se había dirigido hacia él con tanto respeto. Probablemente la única persona entre todo el universo de personas que él conocía. Ella, la única. Pero la realidad volvió pronto a él. Uryuu quiso ignorarla, trató de hacer creer que no había oído, que hablaba con la chica del mesón, que lo confundía con otra persona. En una fracción de segundo tuvo que asumir que el momento al que por tanto tiempo había temido, acababa de llegar. De a poco se giró hasta quedar justo frente a la mujer que lo miraba con el rostro lleno de alegría.

—Ha pasado mucho tiempo, Inoue san— contestó él, con una falsa serenidad.

La joven mujer no le respondió con palabras. En un gesto muy propio de su naturaleza, se acercó a él y le dio un afectuoso abrazo. Su piel, sus cabellos, su aroma estaban intactos. Sí, efectivamente era ella, la misma de siempre. Era como si el tiempo jamás hubiese transcurrido.