3

Un tiempo después…

―Kreacher… ―su voz sonó normal, ni muy fuerte ni tan poco muy débil, pero con determinación. Tanta que pudo oírse perfectamente en toda la inmensa cueva ―. Es una orden.

El elfo doméstico, su más fiel amigo y servidor, aquel que con tanta devoción le había servido desde que el mago tenía uso de razón, se dio por vencido. Sólo había una única magia en todo el mundo a la que los elfos no se podían resistir ni negarse: aquella que poseía la obediencia a su dueño.

―Mi señor… ―no era una protesta, sino una súplica. El elfo trataba, por todos los medios, de impedirlo. Pero era imposible burlar las leyes de una Magia tan antigua.

―Tienes que irte, ya sabes lo que tienes que hacer. No quiero que te quedes aquí y lo veas ―Regulus Black hablaba rápido. Tenía poco tiempo, o era lo que creía. En cualquier momento temía ver aparecer una figura encapuchada en aquel islote. De algún modo u otro, esa cueva sería su tumba, pero antes era de vital importancia que Kreacher se marchase de allí.

―Sí, amo.

―Toma esto. Quiero que lo guardes en lugar seguro. No le digas a nadie que has estado aquí. No le digas a nadie que me he quedado aquí. Especialmente a madre y a padre. ¿Entendido? Te lo ordeno.

―Sí, amo. A nadie.

¿A nadie? ¿De verdad quería hacer eso? ¿Así era como debía acabar todo? ¿Con él muerto? ¿Con su recuerdo perdido, sólo rememorado por viejas memorias, por su padre o su madre, que algún día morirían? ¿Y Sirius? ¿Le recordaría él? ¿Dejaría a un lado todas esas rencillas, todos esos malos recuerdos y diría al mundo "Mi hermano Regulus, nunca supe cuál fue su destino")

―Kreacher. Sí hay una persona. Quiero que, llegado el momento y si es posible, le digas a una persona que me quedé aquí. ¿Podrás hacerlo?

―Sí, amo. ¿A quién debo decírselo?

―A Sirius, Kreacher. Se lo dirás a Sirius... cuando llegue el momento.

Probablemente aquel momento sólo podría llegar en una determinada ocasión, cuando Sirius tomase plena propiedad del elfo y este, nuevamente bajo aquellas curiosas leyes mágicas, tuviese que obedecer la orden. Hasta entonces, Kreacher no tenía por qué decirlo. Su amo Regulus ni siquiera había ordenado tal cosa.

―Entonces así lo haré, amo.

―Adiós, Kreacher.

El elfo, sujetando fuertemente el guardapelo que su amo le había dado, con una mano, chasqueó dos dedos de la otra y se desapareció, antes de ver por última vez a su amo, al único al que había sido más fiel que a ningún otro.

Regulus, por su parte, aquejado y dolorido por la ingesta de la poción, caminó lentamente hasta la orilla del pequeño islote situado en el centro de aquel lago subterráneo.

No había a dónde huir, ni nada más que hacer. Antes que vivir una vida escapando o esperando a la muerte a manos del Señor Tenebroso, o tal vez de alguno de sus mortífagos, porque nunca Regulus se había considerado ni lo habían considerado suficientemente apto ni importante, prefería morir ahora, sabiendo que tal vez, sólo tal vez, había ayudado en la futura muerte del Lord Oscuro.

Tal vez. Pero no iba a vivir para ello, eso ya lo había decidido.

Posó por fin un pie en el agua. Estaba fría, helada, pero no importaba. Casi esperaba que la primera mano putrefacta saliese disparada desde el interior y le arrastrase, pero al parecer era como si los inferí respetasen al menos eso, su derecho a querer morir por su propia y pura decisión, y no coartado por nada ni nadie.

Tras dar unos pasos y tener ya casi el agua hasta la cintura, los cadáveres no se hicieron de rogar y, por fin, el primero de ellos se alzó de repente sobre él, haciéndole caer completamente. Muy pronto, decenas de manos viscosas lo agarraban y tiraban de él, hacia el oscuro fondo. Pero Regulus no se defendió ni necesitó hacerlo. Simplemente dejó que aquellos cadáveres lo arrastrasen.

Y mientras lo hacían, mientras la única luz que iluminaba la cueva se iba apagando, o tal vez era que la vida se le escapaba de entre las manos, Regulus, no sabía por qué, pensó en Sirius. En la noche en que se fue, sin saberlo el propio Regulus. En el día siguiente, cuando estuvo esperando por horas a que su hermano apareciese para que pudiesen jugar al quidditch, aun a sabiendas de que no lo haría, pues sabía perfectamente que se había marchado de casa para siempre. Se acordó de después, cuando cogió su insignia de prefecto, todo furioso, y la estampó contra la pared, sintiendo por una vez que estaba cansado y harto de todo, de tener que obedecer a una familia de fanáticos, a un padre borracho y a una madre estricta. Cansado de tener que cumplir unos ideales que, y fue sólo en ese momento cuando lo pensó, eran una completa estupidez.

Y recordó los meses después, todas aquellas veces que vio a su hermano y en las que nunca le dirigió la palabra, sólo aquella vez, la última en el campo de quidditch, donde al final Sirius terminó de cumplir su promesa de volar con él, aunque no hubiese sido necesario recordarlo. Donde Regulus, sin saber que se estaba condenando a sí mismo, le reveló que planeaba unirse a los mortífagos.

Y de repente, mientras los inferis le seguían arrastrando hasta el fondo del lago, Regulus se puso a llorar. Porque nada finalmente volvió a ser como antes, porque deseaba tener a Sirius otra vez a su lado, porque quería que le abrazase de nuevo, como otras veces había hecho, porque él era el único que alguna vez había comprendido al más joven de los hermanos Black. Y ahora, muy seguramente, Sirius no sabría que, en este instante, su hermano pequeño estaba a punto de morir. No ahora, no tal vez mañana. Pero sí algún día. Al menos le quedaba eso.

Y así siguió, llorando en silencio hasta que no pudo resistir más, hasta que el último soplo de vida se escapó de su ser. Para siempre.

FIN