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Sangre sucia

—¿Estás jugando con fuego, lo sabías? —se encontraban ambos en la Sala Común, a la mañana siguiente.

—Lo sé, Rodolphus. Pero voy a conseguir lo que me propongo. Ya me conoces, no cejaré en mi empeño. Cuando quiero algo…

—No conseguirás nada hasta que pases la prueba de los Caballeros —le interrumpió él.

—¿Qué prueba? —Bellatrix se detuvo. Nadie había hablado de una prueba.

—Tortura —Rodolphus se marchó, dejando a Bella sola.

¿Torturar a alguien? Bella conocía muy las maldiciones imperdonables, sus padres y otros familiares ya le habían hablado de ellas. Estaban prohibidas por el Ministerio, su uso se penaba con multas e, incluso, una estancia en Azkaban… Pero la verdadera prueba era utilizarlas y saber hacerlo. Ante todo, tener cuerpo para empuñar una varita y controlar a alguien, torturarlo o, incluso… matarlo.

¿Tenía ella el valor o la fuerza para hacer tal cosa? No lo creía. Para empezar, ella era una Slytherin, el valor era para aquellos orgullosos Gryffindors. ¿Serían ellos capaces de conjurar maldiciones imperdonables? Tampoco lo creía, aunque cuando una persona empuñaba una varita, todo era posible. Daba igual de qué Casa eras. De repente, se dio cuenta de que había estado empuñando con fuerza su varita, la cual estaba guardada en uno de los bolsillos de su túnica.

Relajó la mano y continuó con su camino. De repente, se topó con su hermana Narcissa.

—Cissy, ¿has visto a tu hermana?

—Está con su novio.

Bella esbozó una expresión de incógnita.

—¿Novio? ¿Qué novio? ¿Andrómeda saliendo con alguien? ¿Estás segura?

—Si te besas con un chico, entonces es tu novio, ¿no?

Una lógica deducción.

—Eh… sí, claro que sí.

O puede ser simplemente algo sin compromiso, pero Bella no iba a explicarle a su hermana el complicado mundo de las relaciones sentimentales. De ahí a cómo se tenían bebés sólo había un paso, y a Bella no le apetecía ponerse a hablar de cigüeñas.

—¿Viste quién era?

—Un chico de Hufflepuff. El mismo con el que se fue tras la reunión con Slughorn.

Alerta, alerta… Quizás Bella tenía que meditar las cosas antes de lanzarse a la boca del dragón. Hufflepuff no es que fuese la mejor de las Casas de Hogwarts, vamos, si ella hubiese, hipotéticamente, acabado allí, se habría vuelto en el Expreso de Hogwarts en menos de lo que se tarda en decir quidditch, pero entre sus filas se encontraban respetables familias de magos y brujas de sangre pura, con una raigambre bastante más amplia incluso que algunos miembros de Slytherin, y eso incluía a los Lestrange o a los Carrow. Y eso ya era decir algo. A su mente, no obstante, vinieron los pomposos MacMillan.

Tranquila, tranquila, hay otros como los Abott, los Bones o los Smith. Si Hufflepuff tuviese una jerarquía, estos últimos serían los que mandasen sobre todos los demás. Tenía entendido, incluso, que los Smith estaban emparentados con Helga Hufflepuff, la fundadora de la Casa.

—¿Dónde la viste por última vez?

—En el quinto piso. Tengo que irme a clase de Slughorn —puso una cara lúgubre —. Cada día se emociona más al ver cómo puedo realizar simples pociones. Papá dice que le obedezca en todo —se encogió de hombros —. Hasta luego.

—Adiós, Cissy. Te veré en la comida.

Bella vio como su hermana se perdía de vista, pero en su mente seguía flotando la imagen de Andrómeda intercambiando fluidos con un desconocido. Perdón, posiblemente con un Smith. No sabía por qué, pero en su mente pesaba la mayor de las amenazas: fuera quien fuera aquel con quien Andrómeda se estaba enrollando, era un hijo de muggles. Y no había mayor deshonra para una sangre pura, para una Black como Andrómeda, que juntarse con un sangre sucia. Aunque, en parte, a Bella no le sorprendía. Andrómeda era la más liberal de las tres hermanas y de gran parte de la familia. Los que habían sido como ella hacía tiempo que estaban repudiados.

Lo mejor que podía hacer era ir al quinto piso. Tenía que quitarse de dudas. Afortunadamente, para cuando llegó, no tardó en encontrarlos, detrás de la estatua de Boris el Desconcertado, aunque, por lo que Bella estaba viendo, no sabía quién estaba más desconcertado, si el propio Boris o ella misma.

Allí estaba Andrómeda, sí, con sus brazos rodeando el cuello de un chico alto, rubio y fornido, de quinto año, dos más que Andrómeda. Lucía los colores de Hufflepuff, sin duda, pero fue en un segundo que Bella pudo verle la cara que supo que, más tarde o más temprano, el mundo se vendría abajo para Andrómeda. Aquel chico no era un Smith, un Abbott, un Bones o, incluso, un mísero MacMillan… Ni siquiera sabía su nombre, sólo que por sus venas no corría gota de sangre mágica alguna: era un sangre sucia, un asqueroso sangre sucia que estaba besando a su hermana.

Estuvo a punto de lanzarse sobre ellos, de apartarlos mediante algún maleficio y de encerrar a Andrómeda en la torre más alta del castillo hasta que tuviese que dejar la escuela, o hasta que un valiente Slytherin a lomos de un caballo blanco fuese a salvarla de su cautiverio, pero se detuvo en el último instante. Había gente en el pasillo y tampoco quería montar un escándalo, ella, que era prefecta de la escuela. Esperaría hasta esa noche.

Y por la noche, ya tarde, Bella esperaba sola en medio de la Sala Común. La chimenea hacía tiempo que se había apagado y la sala estaba helada, pero a Bella no le importaba.

Por fin, una luz apareció al fondo y una persona entró. Ni siquiera reparó en Bella, simplemente se dirigió a las escaleras. Pero entonces…

—Buenas noches, Andrómeda.

Una llamarada apareció en la chimenea, iluminando la estancia.

—Bella, por Merlín, qué susto me has dado.

—¿En serio? Pues eso no ha sido nada…

—¿De qué estás hablando?

—Iré directa al grano, Andrómeda. ¿Quién es ese chico?

Andrómeda puso cara de no entender lo que su hermana le estaba diciendo, aunque se notaba que estaba tensa, muy tensa.

—¿Qué chico? No sé de qué me estás hablando.

—No te hagas la inocente conmigo, Andrómeda, que soy tu hermana. ¿O prefieres que madre y padre lo sepan? Te has delatado tú misma, Cissy te vio con ese Hufflepuff tras la reunión del Club de las Eminencias, y esta mañana igual. Y luego no necesité más testimonios suyos, porque yo misma lo vi todo. Y lo vi a él… a ese sangre sucia.

Esta vez fue Andrómeda quien cruzó la cara de Bellatrix con una mano. La mayor de las Black miró alucinada a su hermana.

—Se llama Ted. Entérate. Ted Tonks. Y no es un sangre sucia.

—Es un asqueroso sangre sucia, Andrómeda. Y si sigues por ese camino lograrás que te repudien de la familia.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Se lo dirás a padre y a madre?

—No soy tan estúpida, Andrómeda. Eres mi hermana y sólo tienes trece años. Pero ten por seguro que madre y padre te echarían de la familia en cuanto lo supiesen. O tal vez no, con tal de mantener las formas ante la familia. Una hija díscola, ante tan temprana edad… un escándalo.

—No puedo…

—Sí puedes. Déjalo ahora y no destroces tu vida.

—Yo le quiero.

Cualquiera podría haberse emocionado, haber abrazado a Andrómeda y haberse rasgado las vestiduras. Y con eso ya estaría todo resuelto. Pero Bellatrix no era de esas. En su lugar, soltó una carcajada.

—¿Que tú le quieres? Sólo tienes trece años, Andrómeda. No puedes empezar a sentir esas cosas tan pronto, a tu edad.

—Pues le quiero. ¿Quieres tú a Rodolphus?

Bellatrix se quedó pensativa. ¿Quería a Rodolphus? No, definitivamente no. ¿Y por qué estaba con él? Porque era miembro de una importante familia mágica, tenía dinero, era guapo… Un buen partido, lo que se decía. Pero no, no le quería. Eran sus padres quienes le querían. Le querían como futuro esposo de Bellatrix, cosa a la que ella no se había negado. Total, era lo que quería, desde que era una niña. Un hombre con el que casarse, tener una familia y tener dinero, sobre todo eso.

¿Y dónde quedaba el amor? ¿Se podía amar a alguien con el que una se casaba por conveniencia? Puede que sí. ¿O tal vez no? Bella no lo sabía. De hecho, nunca había llegado a comprender lo que era el amor verdadero. El amor fraternal, el amor paternal, el amor por pura devoción… sabía lo que todo eso era y significaba, pero nunca había amado a alguien, tal y como Andrómeda estaba diciendo que amaba al tal Ted Tonks.

—Eso… no importa, Andrómeda. Escúchame —posó sus manos sobre los hombros de su hermana pequeña —. Esto va más allá de querer a alguien o no. No hay nada de malo, en absoluto, en querer a alguien, pero… Estás queriendo a la persona equivocada.

—Tú no lo entiendes…

—¡Me da igual si lo entiendo o no, Andrómeda! Déjalo… antes de que sea demasiado tarde.

Andrómeda corrió en dirección a las escaleras. Pero antes de subir, se dio la vuelta.

—¿Se lo dirás padre y a madre?

Bellatrix se dio la vuelta y se quedó mirando al fuego de la chimenea, mientras cruzaba los brazos.

—No, no seré yo quien se lo diga.

—¿Y Cissy?

—Ella es joven, aún es pronto para que todo este asunto le afecte como lo hace con nosotras. Vete a la cama, Andrómeda, tu secreto está a salvo conmigo, pero… piensa en lo que te he dicho.

Andrómeda se dio la vuelta y subió a su habitación. Bella se dispuso a hacer lo mismo, pero alguien más apareció aquella noche.

—Lucius, ¿qué…?

—Tenemos una reunión urgente. ¿Vienes?

Bella miró extrañada a Lucius. Aun cuando ya se estaba haciendo un hueco en los Caballeros de Walpurgis, costaba creer que el joven Slytherin se mostrase tan dispuesto a que una mujer formase parte de sus filas.

—¿Qué pasa? ¿Por qué una reunión ahora?

—Tu prueba está cerca.

—No es luna llena, creí que íbamos a esperar.

—Las cosas cambian, ¿recuerdas? Bueno, ¿vienes o no?

No se hizo de rogar y lo siguió hasta el pasillo del séptimo piso. Una vez dentro, la totalidad de los Caballeros se encontraba allí.

—¿Y bien? ¿Cuál es la prueba? ¿A quién tengo que torturar?

—Veo que Rodolphus ya te ha mantenido informado. Perfecto, perfecto… Aquí le tienes.

En mitad de la sala había un estudiante encapuchado. Estaba de rodillas, pero erguido.

—¿Ahora secuestráis alumnos? ¿Tan bajo habéis caído?

—Es sólo para tu prueba. Tienes que torturar a este alumno. Hazlo y serás una miembro de los Caballeros de Walpurgis de pleno derecho.

Bella tragó saliva.

—Adelante, pues.

Uno de los Caballeros se acercó hasta el chico y le quitó la capucha. Bella tuvo que ahogar un grito.

El chico que se encontraba arrodillado en mitad de la sala, a punto de ser torturado por ella, no era otro que Ted Tonks.