Mi esposo, no mi dueño
Entró en la habitación. La ceremonia de encamamiento había sido como se esperaba que fuera. Los hombres habían despojado de sus prendas, sin ningún pudor, a Lady Catelyn, mientras que las mujeres, vergonzosas ellas, fueron desprendiendo de sus ropajes a Lord Eddard. Y ahora, ambos, estaban en la habitación, caldeada gracias a la chimenea, mientras que fuera soplaba un gélido viento.
Lady Catelyn se encontraba encima del lecho, totalmente desnuda, esperando. Ni siquiera se había preocupado en taparse, pues su marido debía consumar el matrimonio. Ella debía consumar el matrimonio.
Y Lord Eddard estaba frente a ella, también desnudo. Sus ropas se habían perdido por el camino, incluso sus calzas, de modo que, ahora, Lady Catelyn le veía como los Siete, o sus dioses antiguos, le habían traído al mundo. Y tenía miedo de mirar ahí abajo.
―Cuando queráis, Lord Eddard.
Lord Eddard se quedó mirándola extrañado.
―Mi señora, no soy vuestro dueño. Soy vuestro marido. Me debéis fidelidad a partir de ahora, pero yo también os la deberé desde este momento. No soy, pues, vuestro señor.
―Oh… Está bien, mi… quiero decir, esposo.
Lord Eddard caminó hasta la cama y se puso encima de Lady Catelyn. Inició el proceso, el cual parecía casi una obligación. Tenía miedo de hacerle daño, de lastimarla, pero, finalmente, lo hicieron. Al rato, yacían los dos sobre la cama, tapadas con las gruesas mantas.
―Mi señora… Sé que esta no es vuestra tierra. No sois una dama del Norte, pertenecéis a las Tierras de los Ríos. Pero ahora soy mi esposa. Sólo quiero deciros que… Que contáis con todo mi apoyo.
―Gracias, mi señor.
Lady Catelyn se acurrucó con las mantas, sin mirar a su nuevo esposo.
―¿Le amabais?
―¿A quién?
―A mi hermano. A Brandon.
Catelyn se mantuvo callada un momento.
―No lo sé. Él luchó por mí.
―Lo hizo por obligación. Porque alguien más pequeño y con menos poder pidió vuestra mano. Porque alguien soñó con ser algo más, algo que no podía ser.
―¿Por qué habláis así de mi hermano? ¿Acaso él me quería?
―No. No os quería. Brandon quería muchas cosas. Y las mujeres sólo eran para él medios para satisfacer su necesidad, para desahogarse. Por eso ya había yacido con mujeres antes de tener que unirse a vos. Y por eso seguiría haciéndolo cuando estuviese casado ―Lady Catelyn siguió callada, haciendo esfuerzos por no llorar ―. Pero yo no soy mi hermano, mi señora, no soy Brandon Stark. No yaceré con ninguna otra mujer de ahora en adelante. Porque ahora sois vos mi esposa.
Lady Catelyn se dio la vuelta y le miró. Le besó en los labios y le abrazó fuertemente, como si no quisiese dejarle escapar. Quizás es que había estado equivocada todo este tiempo. Quizás es que ahora había encontrado a su Stark ideal.
―Gracias, mi señor. Gracias de verdad.
