Víbora
―Ven aquí… ¡Ahora!
Ellaria chillaba y gritaba de puro gozo. Se revolvía desnuda sobre la cama, contra las sábanas que la envolvían como serpientes, aunque sólo dos serpientes en esa cama le importaban y le preocupaban a la vez: Oberyn, desnudo frente a ella, y su miembro, que se encontraba en su máximo apogeo.
―Venid a por mí, mi señor.
Ellaria… Su esposa, su puta, aunque nunca hubiese yacido con otro hombre o vendido su cuerpo. Ellaria, aunque bastarda, era hija de Lord Harmen Uller, señor de Sotoinferno. No era una cualquiera.
Oberyn gateó hasta ella, pero Ellaria alzó sus piernas en señal de defensa. La Víbora Roja, por su parte, tomó ambas piernas y comenzó a lamerlas y besarlas. Las abrió y, aprovechando el momento, se introdujo en su esposa, quien gritó de puro placer.
Al rato, los dos yacían sobre la cama, extasiados.
―Mi señor, ¿tendréis cuidado mañana?
La Víbora se levantó y caminó hasta un lado de la habitación, donde cogió su lanza, su segunda mujer, a la que siempre llevaba consigo.
―¿Veis esto, mi señora? Es mi segunda esposa. Pero tranquila, a vos os quiero y deseo más ―Ellaria rió divertida ―. Y ella será quien mate mañana a la Montaña. Ese enano me importa poco, bien lo sabéis. Esto lo hago por Elia.
―Pero tendréis cuidado, ¿verdad?
Oberyn dejó la lanza y volvió a la cama.
―Me llaman la Víbora Roja. Conozco infinidad de venenos. Y mi lanza no será la única que dé el golpe de gracia, pues la hoja estará impregnada de un letal veneno. Nadie puede matar a la Montaña. Nadie. Por eso pienso envenenarla. Puede que sea una de las formas más ruines de matar a alguien… Pero la Montaña ya es un ser ruin de por sí. Sólo le pagaré con la misma moneda.
Ellaria, que se encontraba tumbada debajo de él, cruzó las piernas sobre la cintura de su esposo.
―Sólo quiero que vayáis con cuidado, mi señor.
Oberyn rió.
―¿Y ahora? ¿Lo tenéis ahora? ¿O queréis más?
―Mi señor…
Y es que la Ellaria y la Víbora, si eran algo, eran insaciables. Realizaron de nuevo el ritual y, de nuevo, yacieron juntos. A altas horas de la noche.
―Es mi venganza, Ellaria. Por Elia, por sus hijos y por los dornienses. Es algo que Doran y yo hemos planeado durante mucho tiempo. Pero yo sólo quiero matar a Clegane. Nada más. Quiero clavarle mi lanza, hundirle la punta hasta el fondo, que mi veneno le… consuma por dentro. Y cuando eso ocurra, volveré aquí y te haré el amor nuevamente. Porque habré logrado mi objetivo, y no habrá mejor forma de celebrarlo que yaciendo contigo. Mi esposa. Mi amor.
Ellaria sonrió y le besó. Aquellas palabras le bastaban, aun cuando no sabía qué es lo que ocurriría mañana, cuando Oberyn tuviese que luchar. Por ahora, sólo podía disfrutar del momento. Nada más.
