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Sherlock Holmes:
Sinfonía
III
Dos notas
You are the hole in my head.
You are the space in my bed.
You are the silence in between
What I thought and what I said.
Florence and the Machine "No Light, no light"
Eres el agujero en mi cabeza.
Eres el espacio en mi cama.
Eres el silencio entre medio
Lo que yo pensaba y lo que he dicho.
Florence and the Machine "No Light, no light"
Opening: No Light, No Light de Florence And The Machine
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Naoky,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
La noche se pronunciaba fría, y con cada paso que Watson daba hacia el pueblo una ventisca fresca parecía acrecentar también.
El doctor miró hacia el cielo y notó cúmulos grisáceos; nubes que parecían resueltas a permanecer sobre el campo y los alrededores. Tuvo, por la sensación que el frío le produjo en el bigote, la certeza de que esa noche llovería, o quizás nevaría. Aunque, pensó, faltaban unas semanas para que la temporada de nevadas comenzara.
No se percató del tiempo que le tomó llegar al pueblo, pero cuando arribó, se dirigió primero a un lugar donde comer algo. Algo sólo para pasarla, porque su apetito no era tanto; en realidad no tenía ganas de comer, pero su estómago demandaba algo.
Estaba verdaderamente alterado por la forma en que lo había tratado el oficial David, y por ello no pensaba con claridad, de modo que cuando llegó al establecimiento, se limitó a pedir un pan y un vaso de café y salió corriendo tras pagar con el dinero que llevaba en su maletín. El enfado y la serie de eventos que se dieron durante el día lo tenían un poco confundido, y por ello no reparó inicialmente en lo que había decidido sería su primer movimiento: localizar a Holmes.
No estaba seguro de cómo lo conseguiría, ni si lo haría. Y lo único que le vino a la mente fue enviar un telegrama. Tenía intenciones de ir hasta Londres y buscarlo él mismo, pero el viaje tan solo de ida tenía una duración de dos días; eso sin tomar en consideración que el oficial le hizo la advertencia —¿amenaza?— de que no abandonara los alrededores. ¡Como si pensara en hacerlo! Porque, aunque tuvo la ocurrencia de buscar a Holmes, no podía dejar el asunto sin resolver, sin al menos obtener una señal que le hiciera saber que Mary estaba bien.
Molesto consigo mismo, llegó a la oficina de telegramas. Había un hombre flacucho allí, que estaba ordenando todo para retirarse a casa ya; Watson lo detuvo y, después de pedirle con mucha amabilidad y de ofrecerle algunos peniques, el hombre accedió a dejarlo enviar su telegrama. Watson mismo lo envío; conocía muy bien el código.
"Mi querido Holmes:
Hace mucho que debí comunicarme con usted. Por favor, hágame saber si está en Baker Street, o venga, lo más urgente, a Cheste. Estoy en el pueblo, sé que no le será difícil encontrarme, Watson."
Tras enviarlo le preguntó al hombre por un lugar donde pudiera hospedarse, y el hombre le señaló amablemente un hostal cercano.
Watson agradeció y se dirigió directamente al hostal. Pidió una habitación y sólo una vez dentro tuvo la entereza suficiente para comerse la mitad del pan y beberse el café.
Arrastró una silla de madera hacia la ventana: tenía una vista peculiar. Frente a ella la luna resplandecía en un cuarto menguante, apenas visible por el cúmulo de nubes. Las colinas también eran visibles, y al final de la tercera se veía la estación policiaca del campo; allá donde lo había interrogado David, donde se había enterado de que no sólo Mary había desaparecido, y donde no había recibido respuesta alguna.
Trató de calmarse, en vano. Estaba demasiado alterado, furioso. Sobrepensaba las cosas, estaba seguro de ello.
"Rache, Rache, Rache, Rache…"
La palabra se aparecía cada vez que parpadeaba, e insistía cruelmente cada vez que sus ojos amenazaban con quedarse cerrados, como si esa simple palabra le estuviera prohibiendo dormir.
Ya muy entrada la noche el frío era demasiado. Quitó la cobija de la cama y se la echó sobre su cuerpo, ahí, sentado frente a la ventana, como esperando ver alguna señal de Mary, como si algo en la vista fuera a esclarecer el misterio. Entonces la pesadez fue demasiada. Comenzó a quedarse dormido, tan dormido, que lo último que vio fue la nieve caer lentamente desde el cielo.
Lo abordó algún sueño de él y Holmes en Baker Street. Su cuerpo tiritaba; ni siquiera la sábana cubriéndolo a él vestido era suficiente para apaciguar el frío. Tenía tanto. Era el frío atronador que siempre sentía tras alguna tragedia: en el ejército cuando alguna desdichada alma caía víctima del enemigo, o cuando algún paciente suyo sucumbía a la muerte, cuando Holmes se arrojó hacia la cascada con Moriarty, y ahora, cuando Mary había desaparecido.
Entonces un estruendo sacudió el sueño, y Watson despertó.
Se quedó perplejo un instante: la ventana estaba abierta, y algunos copos de nieve estaban sobre él. Por eso era el frío. Pero, ¿y la ventana? Él la había dejado cerrada, y Watson siempre había sido de sueño ligero. Entonces, ¿cómo se había abierto?
Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para pensarlo, porque en ese momento el aullido de algo muy grande rompió la quietud de las montañas y la oscuridad. Era un sonido tétrico y penetrante; los vellos de la nuca de Watson se erizaron, y tuvo la sensación de que el miedo era demasiado profundo.
¿Por qué?
Y entonces recordó el aullido de aquel enorme perro, supuesta maldición de la familia Baskerville.
Sintió como hielo corriendo a lo largo de su espalda; sus pupilas se dilataron, y en un impulso de pánico se puso de pie a toda prisa y cerró la ventana con seguro. No había nada ahí cerca; ni huellas, ni bisagras desgastadas, ni siquiera la marca dejada por las ventanas al abrirse o cerrarse. La nieve había logrado colarse hasta más de la mitad de la habitación, y Watson tuvo que limpiar con un trapeador el exceso de humedad. Lo hizo apresuradamente, y siempre con cautela; observó cada rincón del cuarto, incluyendo debajo de la cama, pero no encontró absolutamente nada. El cuarto estaba como hacía unos momentos.
Miró la hora en su reloj de bolsillo: sólo habían pasado diez minutos. Diez, desde que lo miró por última vez; considerando el par de minutos en que permaneció dormido… quizá sólo durmió seis o siete. Entonces, ¿qué había abierto la ventana? El viento, quizás… y era el viento el mismo que silbaba allá afuera con la potencia de un maldito perro. No. No podía ser tan sencillo.
Sacudió la cabeza para apartar de sí las tontas ideas, y se dirigió al cuarto de baño.
Allí no llegaba el aire, así que estaba un poco cálido adentro. Abrió la llave de agua caliente; la comprobó. Estaba algo caliente, lo suficiente; tal como a él le gustaba.
Espero que la tina se llenara y poco a poco fue desvistiéndose.
Cuando estuvo desnudo se metió en el agua, lenta pero gustosamente. El agua caliente pareció borrar cualquier acontecimiento del día. Un rato después salió, se puso sólo el pantalón, si siquiera la ropa interior, y se tiró a la cama, donde cayó dormido casi al instante.
-o-o-o-
Tock, tock.
El sonido intermitente de alguien llamando a la puerta se coló entre sus sueños, y lo sacó de éstos.
Abrió los ojos, enrojecidos. Se puso de pie y lo primero que hizo fue mirar hacia la ventana: estaba cerrada, tal como la había dejado durante la noche. Volvieron a tocar la puerta y Watson se puso la camisa encima y abrió la puerta lentamente, aún tallándose el ojo izquierdo con el puño.
Era uno de los empleados del hostal.
—Buenos días. Esta nota llegó esta mañana temprano, dirigida a usted, doctor —le dijo el chico; un joven de apariencia alegre.
Watson miró la nota y la tomó.
—Muchas gracias —dijo, y le dio dos peniques. El chico se retiró y Watson cerró la puerta.
Dio vueltas a la nota, como tratando de averiguar de dónde venía; viejos hábitos, pensó.
Abrió la nota.
"Siete ciclos:
Tick."
Era lo único que decía. No estaba escrita a mano; eran recortes del Times; lo supo por la letra, tal como Holmes le había enseñado durante algún caso. "Cada periódico usa una letra diferente."
Pero no entendió el mensaje. Tick… tick… tick tock. Su reloj hacía un sonido casi estridente; o era sólo la desesperación la que multiplicaba el sonido.
Tick, Tock. Siete ciclos. ¿Siete días? ¿Una semana? Tenía una semana para encontrar a Mary, ¿era eso?
Un temblor sacudió su pierna; la que había sido herida en el campo de batalla.
Se puso su ropa aprisa y salió corriendo en busca del muchacho. Lo encontró sentado a las afueras del hostal, tallando una pieza de madera.
—Chico, ¿quién te dio esta nota? —dijo, enseñándosela.
El chico lo miró extrañado, y después de un momento contestó:
—Una señora. Vino hace rato, y dejó indicaciones para dejarla "con el doctor Watson".
—¿Cómo era ella? ¿Preguntó si yo estaba hospedado aquí o ya lo sabía?
—Pues… yo diría que ya lo sabía porque llegó muy segura, aunque sí, preguntó. Era una señora… no muy mayor, se veía muy linda y usaba unos extraños pantalones…
¡Irene!
Echó a correr; tenía que encontrarla. Tenía que atrapar a Irene. No fue difícil adivinar que era ella: la mujer con pantalones.
O quizá demasiado fácil.
Watson se detuvo en seco ante ese pensamiento. ¿Qué estaba pasando? Por un momento tuvo la escabrosa idea de que algo o alguien estaba jugando con él. Sus pensamientos estaban todos revueltos; alguien los había metido todos en una centrífuga y estaba usándolos para jugar.
¿Demasiado fácil? Sí. No. No sabía. En realidad no sabía.
Todo era de pronto muy confuso. El frío, sus pies hundidos en la nieve. El viento fuerte que lo sacudía todo, que casi congelaba todo al tacto, como los bigotes del doctor.
La calle estaba sola; muy sola. La nieve tenía a todos dentro de sus casas.
Su mano le temblaba, y tuvo que contener la respiración para hacer el esfuerzo de detener el temblor.
—¡Doctor! —gritó de pronto la voz de alguien. Watson volteó, era el mismo muchacho que le llevó la nota, y corría en dirección a él agitando un trozo de papel—. Acaba de llegar algo para usted. Qué bueno que lo pude alcanzar.
Le tendió otra nota; un telegrama.
"Querido Watson:
Hace mucho. Cheste, Holmes"
El telegrama era bastante críptico, pero lo comprendió de inmediato "Hace mucho que debí comunicarme con usted", escribió Watson: Hace mucho, le confirmaba Holmes. Y "Cheste" indicaba que iría. Holmes iría a Cheste.
Watson tuvo un sentimiento de alivio en el pecho. Todo ahora se tornó menos oscuro: Holmes vendría a Cheste… vendría. De pronto el hambre volvió.
Ending: Charlie Brown de Coldplay
Hola!
Feliz año nuevo!
Bueno les traigo la nueva entrega de este fic, esperando que les guste. Pronto tendré a Sherlock de vuelta con John!
¡Muchísimas gracias por sus reviews! Son realmente inspiradores y siempre ayudan a impulsar la hisotoria.
Les deseo un grandioso inicio de año!
Con mucho cariño,
Gyllenhaal
