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Sherlock Holmes:
Sinfonía
VI
Serpiente venenosa
Opening: Home de Frida Sundemo
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Naoky,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
No hay frío allá adonde fue, sólo una penumbra infinita, que no abrigaba pero parecía actuar como aislante para el frío: no lo dejaba pasar.
El sonido de la nieve abriéndose al paso decidido de unas botas de cuero, y de un cuerpo al que arrastraban sin mucho cuidado.
No hay salida allá adonde uno va, cantaba la voz de una mujer; era difícil averiguar por la voz la edad que tenía, pero era fuerte. No hay troncos que cortar, ni pieles que lavar.
Era una voz melodiosa, lúgubre, pero melodiosa. Quizá el viento amortizaba la dulzura que pudiera haber en ella, y sólo dejaba pasar a los oídos un tono lastimero, de miedo, crudo, vacío. Como si el viento congelara las palabras en el aire y sólo llegara el granizo, duro.
De pronto la canción terminó, y la nieve no volvió a abrirse más.
—Hogar, dulce…
Fue lo último que escuchó antes de dejarse caer en la penumbra férrea, en el aturdimiento insano, que lo consumió, lentamente.
El miedo se apagó al mismo tiempo que sus ojos.
No hubo sueños allá adonde fue. No hubo sino la nada, inmensa, imponente. Y un susurro, un intermitente susurro de voz amortiguada. No supo quién hablaba.
Después escuchó otra voz.
—Menudas serpientes esas cabezas pardas —dijo. Era una voz femenina. Tardó en comprender que era quien lo había arrastrado—. Hijo, ¿estás bien? ¡Qué va! Tus labios se mueven un poco y yo como loca pensando que ya despertaste. ¡Santo cielo! ¡Me estás escuchando! —John vio todo muy borroso en el pequeño espacio que sus ojos habían abierto.— ¿Entiendes lo que te digo, muchacho? ¿Lo entiendes?
—Ahhhhh…
Fue un sonido extraño, cortado, el que escapó de la boca de John. Incluso al doctor le pareció extraña, como si no hubiera sido él quien lo hubiera proferido.
—Más vale que eso sea un sí. ¿Muchacho, estás loco? Cómo se te ocurre ir a un nido de cabezas pardas. Si te hubiera mordido más de una bebé estarías muerto desde hace días, y ¡santo cielo! No quiero saber qué te hubiera pasado si te hubiera mascado una adulta. ¡Huesos! Sí, eso. Justo eso es lo que serías. Puro hueso, sin carne.
¿Días?, se preguntó John. Días… Aún no podía pensar con claridad, ni procesar cada cosa que escuchaba, pero comprendía un poco, muy poco. Después de un momento sus ojos se abrieron en su totalidad.
Se percató de que estaban en una cueva, apenas cubierta de nieve. La luz cegaba los ojos de John.
—Hermosos ojos —dijo la mujer. Era mayor, apenas anciana, delgada, pero lucía fuerte—. Toma —dijo, y le acercó un odre de piel con vino, vino rojo. John deseó con todas sus fuerzas que no lo hubiera hecho porque le derramó gran parte en toda la cara—. Tiene clavo, y otras especias; comino, sí, comino fue lo que me faltó. Pero tiene azafrán, hinojo y eneldo. Son difíciles de encontrar, pero la madre de la madre de mi madre decía que sólo así se quitaba uno de encima la baba de cabeza parda… la baba… ¿cómo le dicen ustedes? El vanano, sí, vanano, aunque recuerdo una "e", creo que era vaneno, sí, algo así. Ustedes los médicos son gente rara. Se creen mejor que Dios y no son más que lacayos… Ay de ustedes si Dios se ensaña y les mata a todos… Así como murió el pequeño, ¿verdad? ¿Conoció usted al pequeño, el de la casa grande?
John no entendía por qué la mujer parloteaba tanto, estaba haciendo un enorme esfuerzo por no ahogarse con el vino en la nariz o en la boca.
—No lo bebas todo, es para la cara. La madre de la madre de mi madre nunca me explicó bien dónde debe caer el vino, así que yo lo echo todo en la cara de los enfermos. Pobrecitos… así como el niño… ¿cómo era? ¡Sí! Jim Landel… pobre muchachito, creo que tenía apenas ocho. Y hoy ya está en el cementerio. ¿Usted es el que lo atendió? ¿No? Yo creo que sí y que sólo finge. Aunque está tieso, tieso como encontraron al niño. Sí, es usted. Lo andan buscando, ¿sabe? Cuatro días hace que declararon que huyó, y el pequeño murió ese día… dice todo mundo que usted lo mató. "Le ponía vacunas que lo hacían sentir peor", "Lo enfermaba más", "Es un sádico, ese monstruo debe pagar por experimentar con niños." Esas cosas oye una, doctor. Cuando pasa como una sombra entre las calles: nadie presta atención a una vieja desvalida, a una anciana frágil y solitaria. Ellos dicen que soy frágil. Pero ellos hablan, ya ve usted. Sí, hablan de usted y de mí. No somos diferentes, ¿verdad?
En aquel momento John sentía un vértigo terrible en su cabeza, pero cada vez tenía la sensación de que sus músculos se contraían y de que retomaba fuerzas; pronto se movería, pensó.
—Oh, y aquel desdichado. ¿Es su amigo, doc? ¿O también anda detrás suyo? Preguntó y preguntó. Es avispado el hombre, supo a quién preguntar… Me puso contra la pared y me gritó, pero Susa la Vieja Susa no sabe nada. Él no sabe que yo sé dónde está usted… Él sabe que yo no sé quién es usted, o quién es él… Yo no sé ni qué es un doctor, piensa el hombre. No es tan listo como cree… Pero Susa la Vieja Susa sí que es lista: lo sentí siguiéndome al bosque y no corrí porque hubiera sospechado, caminé y canté "A Susa la Vieja Susa vienen los príncipes a ver", y él me creyó más loca. Loca, ¿cree, doc? ¿Susa la Vieja Susa loca? No. Yo no estoy loca. Tengo mis ojos bien puestos, y si yo veo el cielo morado, ¿deja de ser cielo? No, para nada. Es sólo un modo diferente de verlo. Oh, veo que ya se siente mejor.
Entendió en el momento en que la mujer comenzó a hablar de Sherlock, y de inmediato tomó fuerzas. Se sentó, pero tenía la garganta demasiado reseca como para decir algo.
—Vino, vino —dijo la mujer, y le dio a beber.
—Gracias —dijo John roncamente.
—Ah, Susa la Vieja Susa lo vende bien. El vino claro, su cuerpo no lo puede vender. Susa la Vieja Susa espera a su príncipe, ¿será usted él? ¿Quiere tocarme los pechos, doc? No, ya sé que no. Ya le vi en los ojos el amor, ¿está usted enamorado, doc?
John no contestó, se limitó a fruncir el ceño.
—¿Por qué me ayudó?
—Oh, respeto. Hay respeto en sus palabras, doc. Eso se siente raro, mejor dígame "Susa la Vieja Susa" que así me llamo.
—Señora —dijo John, sin poder hacer caso a la petición de la vieja. Estaba cansado, entumido, y apenas y podía hacer el esfuerzo para sentarse en la fría nieve—. Por favor, dígame adónde se fue ese hombre… ese que preguntó por mí a usted. El avispado… ¿a dónde?
Estaba seguro de que era Sherlock. ¿Qué otra persona podía ser tan suspicaz como para dar con la Vieja Susa? Seguramente lo estaba buscando con desesperación, también al tanto de las acusaciones que habían caído sobre él, sobre el doctor. Estaría preocupado, sin duda alguna. ¿Cuántos días, después de todo, llevaría inconsciente?
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —preguntó.
—Oh, doc, cinco días, seis noches… tal vez más. A Susa la Vieja Susa se le olvida contar los días. Pero sí, sí, más o menos eso.
—¿Y por qué me ayudó? —volvió a preguntar.
La mujer frunció el ceño, como si no entendiera la pregunta, después se acercó a John, se arrodilló y le tiró en la cara el vino que restaba.
—¡Pero qué…!
—Usted es doctor, ¿no? ¿Entonces por qué pregunta por qué se ayuda a un herido?
John reflexionó un momento, y al cabo de su reflexión no pudo evitar que una sonrisa se formara en sus labios.
—Es usted una buena mujer —dijo.
—Y usted no es malo. —La mujer se sentó al lado de John—. Es una lástima, sí, una lástima; no hay más. Es una pena… sí, también una pena… lo que le pasó a su mujer claro. Ese viejo entró a su casa como invitado y luego entraron cinco más… su señora gritó y gritó "¡John! ¡Por favor! ¡John!" Pero John no la ayudó… usted, claro, no podia, estaba lejos, ¿verdad? Después se la llevaron, sí. Susa la Vieja Susa lo vio todo. La amarraron… uno tenía una gorra vieja, verde, ¿quién usa gorras verdes, doc? En estos días poca gente…
John estaba paralizado nuevamente, esta vez por la narración que la mujer había comenzado: lo había visto. Había visto todo el momento en que secuestraron a Mary.
Se sentía impotente. Mucho. ¿Cómo había sido todo? Y Mary, oh, pobre Mary: había gritado. El nombre de su esposo, su fiel esposo. ¿Y llegó? No. John no llegó. No pudo ayudarla.
¡No pudo!
De nuevo sintió miedo, y una picazón en algún lugar que lo molestaba mucho.
Tenía que encontrar a Sherlock. Era la forma más fácil de ayudar a Mary. Pero, ¿cómo lo hallaría? No podía salir a buscarlo; si la gente lo veía, de inmediato alguien llamaría a las autoridades, y lo volverían a encerrar. Aunque no fuera justo. No harían preguntas. Los Landel eran personas muy acaudaladas y si ellos decían algo tenía que cumplirse. No habría ni siquiera juicio.
Sherlock era el único que podía resolver todo.
John se sobó la cabeza, confundido.
—¿Usted sabe dónde está el avispado? —preguntó.
—A veces pasa por aquí. Merodea, merodea mucho. Le gusta adivinar cosas… o descubrirlas. Él sabe que no le dije toda la verdad, sí, yo sé que lo sabe. ¿Quiere que lo busque, doc? Él quizá pueda ayudarle, es muy bueno resolviendo cosas…
—Por favor, tráigalo.
Susa la Vieja Susa lo miró, dubitativa.
—La madre de la madre de mi madre no me dijo cómo quedaba la gente después del vaneno de la cabeza parda, ¿piensa bien?
Le dio unos golpecitos a John en el cráneo, y lo miró con ojos desorbitados y una sonrisa sosa.
—Pienso muy bien, créame.
—Está bien, lo iré a buscar. Pero, doc, tenga mucho cuidado por favor… Cualquier cosa que escuche, esté con ojos abiertos. Los nidos de cabezas pardas no se caen al suelo sólo porque sí, y tampoco se cruzan en el camino de uno… Alguien lo quiere muerto. Le quieren hacer mucho daño, doc.
La mujer dijo eso y desapareció por la entrada de la cueva.
Ending: Major Minus de Coldplay
