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Sherlock Holmes:

Sinfonía

VII

Gato rabioso


Opening: Locked Out of Heaven de Bruno Mars


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Naoky,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


En aquel momento Sherlock recordó cuánto adoraba los gatos; eran, sin lugar a dudas, de las criaturas más apacibles que jamás pudiera haber encontrado. También regresó a su memoria aquella época gloriosa en que los señores Holmes le permitieron tener una mascota; él eligió, por supuesto, un felino. Un pequeño gato negro con botitas y pecho blanco, de nariz rosada y bigotes blancos y brillantes: Becker, había sido el nombre que eligió para él.

El detective estaba en cuclillas en un callejón oscuro, acariciaba con ternura a un viejo gato callejero que por casualidad había encontrado, era blanco completamente, pero había perdido mucho pelo a causa de la calle, el agua caliente y otras cosas que al parecer le habían arrojado; estaba famélico, delgadísimo y apenas y podía sostenerse en sus patas. El detective lo vio, el recuerdo regresó a él y entonces se acercó y le tendió la mano con un poco de alimento; no era mucho, pensó, pero sin dudas era mejor que nada. El animal se mostró agradecido y lamió un dedo de Sherlock, después tomó un gran bocado del alimento que el detective le tendía y salió corriendo a toda velocidad.

«Tiene crías», pensó Sherlock, pero no podía permitirse seguir al animal, así que dejó el resto de la comida cerca, para que el gato lo encontrara más tarde, y después salió del callejón oscuro hacia la calle y se encontró con que ya había oscurecido y los candelabros en las calles ya se habían encendido.

Por un momento un escalofrío lo sacudió involuntariamente.

«¿Dónde?», se preguntó. «¿Dónde estás, John?»

Llevaba cargando una maleta, aquella misma que el doctor había dejado en el hostal.

La llevaba consigo con la intensión de devolvérsela en cuanto lo encontrara, pero todo parecía apuntar a que no sería pronto. La mujer había sido su principal pista; había encontrado en ella un atisbo, en su mirada una señal, una tontería que le hizo pensar que ella lo sabía; y luego, cuando la vio caminar hacia el interior del bosque todo cobró sentido: ella lo sabía. Pero lo descubrió siguiéndola, y luego desvió su camino. Y al final Sherlock pensó que quizá no lo había notado, que simple y sencillamente una mujer así no tenía direcciones fijas que seguir. Y se dio golpes en la cabeza. «Tonto, tonto», se dijo, porque dejó que su preocupación por Watson lo cegara.

«¿Dónde estás, John?», se preguntó. No lo había visto en tanto tiempo, y ahora que había regresado al lado de su doctor, éste se perdía. No había huido, estaba seguro. Y temía porque algo malo le hubiera pasado.

Había interrogado a casi todos los oficiales en la estación respecto al caso.

—La señora Watson fue secuestrada, no hay duda de eso; lo que dudamos es quién lo hizo. Nadie que nosotros conozcamos tenía motivos —le dijo un oficial.

—Dicen que su esposo la maltrataba, y hay quienes dicen que quizá él le hizo algo —señalaba otro.

—Lo vieron salir en la noche y arrastrar algo —dijo uno—. El doctor debe ser un sádico, un asesino —dijo otro. Con él Sherlock tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para no lanzarle un puñetazo de lleno en la cara.

—¿Quién lo vio? —preguntó.

—Todo mundo, o nadie. Poco importa, el esposo es el único con quien la mujer tenía vínculos. La criada dice que los oyó discutir un día anterior.

—¿Dónde puedo encontrar a la criada?

—Ojalá supiéramos. Al día siguiente de declarar desapareció. Pensamos que también ella fue secuestrada, o asesinada. Hemos seguido el protocolo pero los perros no han hallado indicio alguno de qué era lo que arrastró el médico hacia el bosque…

—Es un médico, les dije —intervino otro oficial—. No es tonto. Si él es quien hizo esto debe haberlo premeditado muy meticulosamente… dicen que él era el asistente de Sherlock Holmes, así que mucho sabrá de cómo encubrir los crímenes si sabía cómo los resolvía el mismísimo Holmes…

—Enloqueció, sólo eso puede haberle pasado si él lo hizo…

—¿El doctor loco? —exclamo Holmes.

—Eso lo absuelve un poco: le quita la culpa… pero no desaparece el hecho de que él haya realizado esos actos. Bueno, es una de las teorías, pero gracias a los testigos es la que se reafirma más y más.

—¿Hay otras teorías? —preguntó Holmes, interesado.

—Muy banales: asesinos seriales, secuestradores, bandidos, o que la mujer haya huido por su cuenta. Pero como le digo, señor, los testigos confirman la teoría de que el doctor tiene la culpa.

Sherlock no aportó nada más a la conversación.

—Mis subordinados están inquietos —dijo el oficial Sean, el que llevaba ahora el caso de la desaparición de Mary—. La señora Watson era muy amable, todo mundo la quería, quizás es por ello que actúan de esa forma.

—¿Al doctor Watson no lo quieren?

—Pues… no tanto como a su señora esposa.

—Pero he escuchado que él es muy amable y atento.

—¿Ah ,sí? —el oficial parecía ligeramente incrédulo—. Bueno, el doctor que yo y el resto del pueblo conoce es algo reservado; la gente habla, a sus espaldas por supuesto, y dice que Afganistán lo dejó más lastimado que a su pierna, que desconfía de todo, y esas habladurías llevan a más habladurías, pero al final pocos las creen. Por supuesto, después de los acontecimientos que se han sucedido, mis subordinados necesitan creer en algo. Me parece que temen por la señora Watson, más que por él.

—Entiendo.

Sherlock miró con atención la oficina. Estaba un poco desordenada, lo que era normal. La ventana estaba cerrada y proporcionaba una vista singular del bosque oscuro, aunque estaba casi cubierta de nieve y no se distinguía demasiado bien hacia afuera. La luz de la vela titilaba, pero el hombre parecía demasiado absorto en su trabajo.

—Es usted un hombre muy dedicado a su trabajo —comentó Sherlock.

El oficial Sean le dirigió una mirada curiosa, después se bajó las gafas y miró fijamente al detective.

—Agradezco su halago, señor —dijo el hombre, de pronto sonrió y Sherlock se dio cuenta de que hablaba con honestidad—. Muy poca gente por aquí repara en la enorme labor que hace el cuerpo policiaco. Yo tengo problemas con mi esposa, siempre porque me quedo hasta muy tarde trabajando. "Es el caso del doctor y no puedo permitir que tenga una solución que no sea la correcta", le digo. A veces entiende, pero… Usted debe saberlo. ¿Es usted casado?

—No —contestó Sherlock de inmediato—. Nunca he tenido ese impulso de formar una familia.

—¡Oh! Un liberal. Debe pasarla maravilloso con una y otra chica, ¿no es así?

—Más o menos —Sherlock sonrió—. Regularmente uno siempre termina sintiendo un vacío en su interior. No sé si entienda lo que quiero decirle.

—Es normal. Así es el deseo del matrimonio, no es sólo un impulso por tener una familia, una mujer al lado, por despertar cada mañana mirando un hermoso rostro, sino también la necesidad de llenar el vacío existencial. Hay gente que dice que somos personas completas, pero no es así, todos somos pedazos, pedazos de una constelación, de un todo, y a veces llega alguien y nos complementa, y escúcheme bien, en el momento en que eso pase, no la deje ir. Por nada del mundo deje ir a esa chica que la complemente, que lo haga sentir completo. Ese sería el peor error de su vida.

Sherlock sonrió con un atisbo de tristeza. Cerró los ojos y después, sin pensar en algo en particular dijo:

—Hace mucho que se fue.

El oficial Sean lo miró compasivamente, y no dijo nada.

—Bueno —dijo Sherlock—. Creo que es momento de que me retire. Muchas gracias por su ayuda.

Estrecharon las manos y a continuación Sherlock salió de la estación. Caminó por las colinas nevadas hasta llegar al pueblo y al regresar a la posada fue cuando descubrió que John había desaparecido. Lo buscó toda la noche, y al día siguiente y al siguiente… no descansó; Sherlock siempre había sido impecable al momento de resolver un crimen, y aun cuando sólo hubiera dormitado un par de horas a lo largo de la semana hallaba fuerzas en cualquier lugar para inspeccionar cada rincón del pueblo. En vano.

Caminó por todos los callejones, hasta que justo en la entrada de uno encontró a la gata. Y no pudo evitar quedársele viendo.

Después de dejar el resto de la comida ahí, caminó a lo largo de la calle. John no podía haber huido, no sin él. Y no había señales de que hubiera sido raptado, ni por la fuerza ni por ningún medio. Quizá él había salido y alguien lo había interceptado. Quizás.

Se quedó sentado en la nieve, debajo de un árbol reseco a las orillas del pueblo, justo por donde había visto fugarse a la anciana sospechosa. Aún había algo en ella que la inquietaba.

—Bu —escuchó una vocecilla detrás de él.

Volteó para ver encima del hombro y se llevó un gran susto al observar sobre en él una serpiente. Se levantó a toda prisa, dando trompicones con las raíces salientes del árbol , y se quedó observando como idiota a la anciana que sostenía la piel del animal como a una de verdad.

—Bu —repitió la mujer con alegría—. A usted se le asusta con facilidad, ¿eh, detective? Susa la vieja Susa piensa que un detective debería ser de temperamento más frío. Parece un gato rabioso. ¿Usted perdió algo?

Sherlock la miró con precaución; él no había dado a entender a nadie que era un detective desde que llegó al pueblo.

—Susa la vieja Susa piensa que usted es un detective porque se la pasa merodeando por todos lados, sólo viendo y viendo por aquí y por allá. ¿Se le perdió algo? —volvió a preguntar, sonriente—. ¿O alguien?

La reacción de Sherlock fue inmediata, y seguramente lo delató de la manera más tonta que pudiera haber imaginado.

—¡¿Dónde está?! —preguntó en un arranque de sorpresa. No sintió el momento en el que se puso de pie y tomó a la anciana por los hombros.

La anciana entornó sus ojos, tan sagaces, tan ágiles, y después su sonrisa se acentúo, una que le revolvió el estómago a Sherlock.

—En el bosque, venga. Lo mordieron, varias cabezas pardas, bebés, por suerte. Está mejor… estuvo dormido una semana, venga, venga —dijo eso y lo jaló por una mano, para introducirlo al bosque.

Sherlock la siguió por donde lo guio, a través de raíces más prominentes que las que había en la entrada del bosque, aun cuando sus pies se hundieron hasta cincuenta centímetros en la nieve.

La mujer se detuvo frente a una enorme piedra superpuesta entre dos montículos más, todo cubierto de nieve; era una especie de cueva.

Sherlock entró por instrucción de ella, tuvo que encorvarse mucho, y después lo vio, tendido entre un par de sábanas o pieles. John lo miró sonriente.

—Sabía que me encontrarías —dijo.

—Siempre —contestó Sherlock—. ¿Cómo estás?

—¿Cómo luzco?

Sherlock sonrió. En otras ocasiones le hubiera respondido que apto para el matrimonio, pero en ese momento probablemente sería una respuesta terrible.

—No tan mal como te sientes, al parecer.

John rio. Al menos tuvo el gozo de arrancarle la sonrisa al doctor.

—Tenemos que irnos —dijo el detective.

—¿Encontraste algo?

—Pasé la mayor parte del tiempo buscándote a ti.

John desvió la mirada.

—Lamento mucho haber desviado tu atención.

—No te preocupes, ya resolveremos algo.

Sherlock ayudó a John a ponerse de pie; estaba débil, apenas y podía sostenerse en pie, pero Susa la vieja Susa le alcanzó su bastón, y entonces el doctor tuvo dónde apoyarse.

—Señor doctor —dijo la mujer, cuando ellos se hubieron encontrado afuera de la cueva—. Cuídese mucho, por favor.

Caminaron un poco, se alejaron de la cueva, pero aún les quedaba un trecho para poder llegar a la salida. John pidió un respiro, pero en el momento en que se detuvieron su cuerpo flaqueó y se vino abajo. Sherlock cayó con él sobre la nieve, vencido por el peso del doctor. El detective quedó de espaldas sobre la fría nieve y el doctor quedó sobre él, como si se hubiera recostado a propósito sobre su pecho.

—Quiero dormir —dijo John, apenas articulando las palabras.

Sherlock levantó una mano y acarició el pelo del doctor.

—Descansa; podemos quedarnos aquí un rato.

Y se quedaron tendidos en el suelo por un gran rato, ajenos a todos los misterios y acusaciones que los rodeaban. Por ese momento sólo eran ellos dos.


Ending: Just Give Me a Reason de P!nk


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