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Sherlock Holmes:

Sinfonía

Demonios

VIII


Opening: Demons de The National


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Naoky,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


—¡Tiene que salir de aquí! —gritó Susa la vieja Susa. Estaban en el cuarto de la posada que John había pedido. La mujer jadeaba, estaba completamente sudada; indudablemente había corrido una larga distancia para llegar ahí. En el rostro se le veía que estaba aterrada.

Sherlock miró a John, también inquieto. John miró hacia la cama; el equipaje estaba hecho, no había nada más que decir. Y la nota, la estúpida nota, estaba clavada en la puerta, donde hasta hacía un momento había estado colgado también el collar de perlas que Mary tenía puesto el día de su secuestro. El detective arrancó la nota, y después se hecho la maleta sobre la espalda.

—Detrás de ti, Johny.

Y huyeron.

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¿Qué día era ese? ¿El 10? ¿El 12? Desde que lo mordieron las serpientes Jon Watson había perdido la noción del tiempo. Recordaba haberse quedado sobre la nieve, recostado sobre el cálido pecho del detective; nada más. Supuso que el mismo Sherlock lo había cargado hasta la habitación de la posada. ¿De qué otra forma habría podido llegar ahí?

En ese momento estaba recostado en la cama, cálido. Entonces recordó que eran doce días desde que fue mordido. Casi dos semanas desde que llegó Sherlock al pueblo y poco más de que Mary fue secuestrada. Por un momento la inquietante idea de que jamás la encontraría cruzó su mente, y los vellos de la nuca se le erizaron. Si tenía que ser sincero consigo mismo, tenía que reconocer que estaba demasiado asustado.

Entonces el olor a tabaco lo abordó, venía del otro lado de la cama, donde seguramente Sherlock había dormido, y lo reconfortó la idea de saber que su amigo estaba ahí, con él, a su lado. La preocupación redujo un poco; Sherlock siempre lo había reconfortado.

Pero Sherlock no estaba. Seguramente había salido a realizar algunas pesquisas.

Se levantó, se duchó y después cambió su ropa; hacía tiempo que tenía la compulsiva necesidad de asearse.

Sherlock entró por la puerta media hora después; vestía un abrigo negro y una bufanda azul, en realidad lucía gracioso, pensó John, porque su pelo estaba humedecido por el clima y cargaba consigo una bolsa llena de comida.

—Fui a buscar un poco, no sabía si estarías despierto, pero siempre traigo en caso de que sí —dijo, se adelantó unos pasos y colocó la bolsa sobre una mesita que estaba orillada a la pared.

—¿Qué hiciste mientras no despertaba?

Sherlock sonrió malévolamente.

—Puedo ser un glotón siempre que me lo propongo.

John sonrió.

—Me refiero a la investigación. ¿Encontraste algo?

Sherlock comenzó a sacar el alimento; era un estofado de pollo con cuantiosas papas y demás verduras. También llevaba un bote lleno de café, sellado con una bolsa de plástico.

—Esperaba que tuvieras hambre —comentó el detective—. Si no te importa, sé que tienes tus preocupaciones, pero preferiría disfrutar de la comida sin hablar de trabajo. Creo que te lo mereces también.

John lo miró frívolamente, pero reconoció el gesto amable de Sherlock al llevarle la comida, así que se sentó a la mesa sin decir nada. Sherlock se encargó de servirle la comida en un plato, le dio un tenedor y un cuchillo y una hogaza de pan.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Sherlock al momento que se echaba un bocado de pollo—. Físicamente, me refiero.

John contempló las posibilidades. Siempre lo hacía fríamente: era un doctor.

—El veneno se consumió. Creo que sólo tengo adormecimientos en el cuerpo por haber estado tanto tiempo en reposo.

El detective sonrió.

—Qué bien. ¿Crees que puedas subir a un coche?

John arrugó el ceño.

—No estoy seguro, quizás me maree demasiado.

—Humm...

John notó cómo Sherlock evaluaba su manera de comer; estaba tratando de comprobar qué tan bien se sentía. Pero el doctor estaba ingiriendo sus alimentos bastante bien.

—¿Por qué la pregunta?

—Curiosidad.

Terminaron la comida, y en ese momento John le exigió a Sherlock que le dijera lo que sabía al respecto del caso.

—"Puedes correr, huir, despavorido como un cerdo que se niega a convertirse en salchichas" —recitó Sherlock a modo de respuesta—. La verdad es que aquí todo está extraño; los policías trabajan como si no hubiera mañana, el oficial Sean, asignado al caso de Mary intenta defenderte y al mismo tiempo intenta culparte… No entiendo qué clase de código los rija aquí. Por eso pedí información a Lestrade. Le mandé un telegrama hace dos días, y ayer llegó la respuesta: "No hay registros de que el oficial Sean esté incapacitado para resolver el problema, ha demostrado una extraordinaria capacidad para resolver crímenes de forma eficiente."

»Pero no me quedé contento con eso; tú más que nadie debe saberlo. He indagado un poco en el pueblo. John, estás en peligro. Se te ha acusado de asesinar al niño Landel… La gente te desconoce, se han esparcido rumores, dicen que incluso documentos en los que se te expone como un mentiroso, asesino, una persona cruel. Ahora más que nunca se sospecha de ti, de que le has hecho algo terrible a Mary.

»No debemos irnos, eso está rigurosamente prohibido, pero…

John lo miraba con inquietud.

—¿Pero?

—Pero en estos momentos se está deliberando el resultado. "El niño Landel fue atendido sólo por John Watson", "El doctor Watson suministró en persona el medicamento", "El niño estaba cada vez peor…"

»¿Quién es el niño, John?

—Es… el hijo de un hacendado de aquí cerca… Estaba enfermo, no pude identificar bien sus síntomas así que le suministré antibióticos. Al principio parecía que estaba mejorando, pero después comenzó a ponerse mal… Pensé que quizás si terminaba de suministrarle lo que le había recetado habría posibilidades de que mejorara, y en caso de que no, verificaríamos su estado. Pero el niño no estaba tan mal, siempre fue débil… Yo no…

Sherlock colocó una de sus manos en el hombro del doctor.

—Lo sé, Johnny.

»Espero que puedas tomar un tren, porque esta situación se está tornando demasiado peligrosa. Si te encierran no sé cuándo podrás salir ni si podrás ayudarme a resolver este embrollo.

—¡¿Quieres que me vaya?! —la reacción del doctor fue inmediata y enérgica. No estaba dispuesto a dejar a Sherlock solo, y mucho menos a huir de una situación en la que él era completa y enteramente inocente.

—No seas ridículo, John. Lo que te estoy preguntando es si estás listo y dispuesto a huir conmigo —Sherlock lucía serio, y sus ojos se veían inundados de una determinación brutal. Había tomado a John por el brazo y lo había jalado hacia sí hasta que sus rostros quedaron apenas a un dedo de distancias.

John se sonrojó ante la determinación de su amigo, por su reacción previa y también porque Sherlock lo intimidaba, sobre todo cuando se ponía tan serio.

Miró de un lado a otro, tratando de encontrar la respuesta. No quería huir. No quería… Pero si Sherlock se lo pedía era por algo.

—Si lo consideras conveniente.

—De no ser así no te lo estaría pidiendo.

—Está bien, pero hay un par de cosas que tengo que recoger de casa…

—John…

—Por favor…

Sherlock suspiró profundamente.

—De acuerdo.

Salieron de la posada a toda prisa, procurando no ser vistos, aunque no fue muy difícil conseguirlo: las nevadas constantes hacían que la gente se mantuviera en casa, o que se refugiara en los bares y restaurantes. En realidad se encontraron con poquísima gente de camino a la casa.

El lugar seguía acordonado, pero ya no estaba bajo vigilancia, así que no tuvieron problema alguno en entrar. Sherlock decidió inspeccionar un poco más mientras John recogía una pequeña maleta; pocas cosas de importancia.

Regresaron al hostal al poco rato. Sherlock cargaba la maleta, y John se encargó de abrir la puerta. Después de que Sherlock entró, cerró y bajó la maleta, el doctor se quedó boquiabierto. En la puerta estaba clavada una nota que no alcanzaba a leer, junto con el collar de perlas que Mary llevaba puesto el día en que desapareció.

—¡Sherlock! —gritó, y el detective se hizo cargo.

—"Huir es tu mejor aliado, doctor. Si te quedas las cenizas caerán sobre ti. Tu esposa está a salvo". —leyó Sherlock tal como aparecía en la carta; había añadido de la nada la última frase, porque no estaba escrita en la nota, en su lugar aparecía "P.d. No te preocupes, Mary está sufriendo más de lo que imaginas". Pero Sherlock no se atrevió a decírselo. Cubrió la nota con su saco y a pesar de que John le pidió verla, el detective evitó que lo hiciera argumentando que tenía que procurar la integridad de la nota lo mejor posible para ver si podía encontrar algo en ella.

»Arreglemos las maletas por favor —le pidió Sherlock. Y así lo hicieron.

Fue en ese momento cuando Susa la Vieja Susa abrió la puerta de golpe.

—¡Tiene que salir de aquí! —gritó.

Sherlock miró a John, inquieto. El doctor miró hacia la cama para asegurarse de que el equipaje estaba hecho, no había nada más que decir. El detective arrancó la nota, y después se hecho la maleta sobre la espalda.

—Detrás de ti, Johny.

Y John cargó su equipaje y salió por la puerta primero.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Sherlock a la Vieja Susa.

—"Muerte al doctor", dijo uno de los policías grandes. Y otro lo secundó, y otro, y otro… Pero habrá juicio, aunque todos están dispuestos. Ya vienen, ¡ya vienen!

Se alejaron rápido del pueblo, apenas vistos por una o dos personas. «Suficientes informadores» pensó Sherlock. Pero llegaron a donde el detective ya había rentado el coche. El chofer los esperaba ansioso.

—Señor Holmes —saludó con educación—. Los tres irán.

—Susa la Vieja Susa no sale de su pueblo.

John y Sherlock abordaron el coche y éste comenzó su marcha hacia la ciudad más cercana, ahí tomarían un tren.

—¿A dónde vamos? —quiso saber John.

—Ir a Londres sería muy peligroso, pero encontré una pista en tu casa. Cierto tabaco. Creo que lo mejor será ir a Leeds, ahí tengo un par de conocidos que quizás puedan ayudarnos. Esto es más grande de lo que parece Johnny. Si mi intuición es correcta pronto tendrás a todo el país detrás de ti.

Bajaron al cabo de media hora y abordaron el tren casi de inmediato. Tenían una cabina especial para los dos. Sherlock se aseguró de que nadie los estuviera siguiendo o vigilando.

—¿Qué quieren?

—Eso no lo sé —aseveró Sherlock—. Hay muchos demonios John. Aquí y en todo el mundo, gente viciada que sólo quiere hacer lo malo. Pero esto me parece demasiado premeditado. ¿Trajiste tus diarios?

—Sí.

—¿Estás cansado?

—Mucho.

—Acuéstate aquí —dijo Sherlock dándole una palmada a sus rodillas—. Y dame el diario en el que me conociste. Hay un par de cosas que quizás necesite rememorar.

John se recostó donde Sherlock le indicó.

—Hueles a tabaco —dijo.

—La coca está algo escasa, querido amigo.

John rio de mala gana. No le gustaba que Sherlock se drogara.

—Día uno… —leyó Sherlock, y siguió leyendo durante todo el viaje.


Ending: Demons de Imagine Dragons


¡Lloraré si no hay Iron Man 4! (Necesitaba decirlo xD)