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Sherlock Holmes:

Sinfonía

IX

Pequeño ratón


Opening: Sea of Love de The National


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Naoky,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


¿Por qué esa gente no simplemente me encerró?, se preguntó John entre sueños. Hubiera sido más fácil que lo tuvieran encerrado desde el momento en que Mary desapareció. Eso si las intenciones primordiales de esa gente era defenestrarlo. ¿O no era así?

Esperaron; lo habían encerrado una sola vez, eso después de la desaparición de Rachel. ¿Por qué? El enfado que él demostró y también la inesperada situación en que él anticipó el secuestro de Rachel. Por supuesto, eso había sido algo sospechoso.

Trampas en todos lados.

Ratoneras, saturadas de queso, queso de distintos colores y regiones. Y John estaba cayendo en cada una de ellas como un inocente ratón. Tenía que cuidarse, ser más precavido o terminaría sin cola antes de que pudiera encontrar a su esposa.

Su cola; seguramente si la tuviera ésta sería una retorcida y fracturada extremidad.

De pronto lo abordó el frío y de arremolinó aún más contra el cuerpo de Sherlock. Seguía dormido en el tren, y afuera caía una lluvia torrencial, mezcla de nieve, hielo y agua. El detective abría ligeramente la ventana de vez en vez, como si tratara de averiguar en el olor del viento en qué lugar estaban, o como si quisiera respirar algo fresco para no asfixiarse. En ese momento John tuvo el horrible sentimiento de que Sherlock estaba perdido en la investigación.

Sintió la mano de su amigo acariciando su cabello; indudablemente seguía leyendo.

John se quedó dormido poco después.

Arribaron a una estación solitaria, donde pululaban sólo cerca de una veintena de personas. Sherlock despertó a John y ambos bajaron con las dos únicas maletas que habían hecho; nada ostentoso.

El viento frío golpeó de lleno el rostro de ambos amigos, y Sherlock notó cómo John tiritaba de frío, así que lo cubrió con su propio amigo.

—No queremos un doctor enfermo, ¿verdad? —preguntó el detective sonriente.

Envolvió a John bajo su hombro y ambos descendieron de la estación caminando de la forma más natural posible. La gente los miraba con desinterés, algunos los saludaban ocasionalmente pero en ningún momento alguien prestó más atención de la normal.

—¿Dónde estamos? —quiso saber John.

Caminaban por una senda larga, llena de faroles que titilaban al ritmo del viento. Había una gran hilera de árboles altos circundando el sendero, y John era incapaz de reconocer el lugar.

—Es una ciudad pequeña, apenas florece. Se llama Farrah. Aquí podemos tomar el tren para transbordar e ir a Leeds. Queda a tres días de camino de aquí, así que hoy dormiremos cómodamente en el hotel y mañana partiremos hacia allá.

»Tomaremos tres trenes si es necesario. No creo que sea prudente mantenernos en el mismo hasta llegar; hay estaciones estratégicas donde varios destinos convergen, así que si tomamos el tren ahí podremos fácilmente despistar a los agentes.

John analizó el plan.

—Suena bien, ¿pero no crees que comiencen ya a vigilar las estaciones y los lugares por los que pudiéramos huir?

Sherlock se frotó la mejilla con el pulgar, como tratando de meditar el asunto.

—Humm —dijo—. Parece lo más natural, por supuesto. ¿Crees que la policía actúe así de fácil? Estas personas, quienes quiera que sean, te quieren en prisión, y no lo lograrán sin antes dar antecedentes o un registro convincente. Es cierto, lo pensé: pronto el país estará detrás de ti. Pero aún para lograr algo así debe de haber un sustento, una base, y creo que ellos no la tienen. ¿Cómo podrían amenazarte? ¿Con un niño muerto, con tu esposa desaparecida? Es muy poco, demasiado.

—Hay algo…

—¿Qué?

—Te conté acerca de la señorita Rachel.

Sherlock rememoró.

—Es acerca de quien hablaban los guardias, ¿no? Que había sido secuestrada.

—Sí, ella.

Sherlock se detuvo. Un aire fuerte corrió y el sombrero de John casi vuela. John pudo oír incluso el sonido del zapato de Sherlock contra el piso de tierra y hierba.

—No es suficiente, John —le dijo a los ojos—. Encontrarán algo, producirán algo… Quizás te echen encima una centena de homicidios, quizás alteren el archivo, ¡quizás simplemente vengan por ti!

El detective se había exaltado demasiado. Estaba preocupado, eso era ahora más evidente que nunca. John se sintió mal por ocasionarle tales problemas.

Bajó la cara.

—Lo siento, Sherlock —musitó.

—¿Por qué? —preguntó el detective, desconcertado.

—Tú no tienes por qué estar así… preocupado, estar cuidándome como si fuera un niño que necesita nana. Es de noche, hace frío, estamos cansados, y aun así tomas fuerzas de quién sabe dónde, me das tu abrigo, haces planes, conjeturas… Yo no podría…

—No necesito que lo hagas —lo interrumpió Sherlock.

—… no podría pedirte que continuaras ayudándome. Todo esto es mi culpa. Mary es mi esposa: yo debería buscarla. El niño Landel se veía mal y no hice caso, permanecí con lo que tenía. Sabía acerca del secuestro de la señorita Rachel y no investigué nada, como si no hubiera aprendido nada de ti en todo el tiempo en que se supone te ayudé… o te estorbé, debería decirte…

»No soy nada, Sherlock, no soy nada…

Sus rodillas flaquearon y John se vino abajo. Arrodillado contra el suelo sólo pudo apoyar sus manos para no dejarse caer totalmente, pero incluso así deseaba hacerlo. Caer, caer y caer...

Estaba desesperado.

En ese momento sintió el rostro de Sherlock frente a él: el detective se había agachado para ponerse a su altura. Eso era algo grandioso de Sherlock: siempre se ponía a la altura de uno, y jamás miraba desde arriba.

—Estás cansado —le dijo.

—No, estoy vacío… no puedo hacer nada.

—Dormiste cuatro horas en el tren, pero no descansaste. Estás pensando acerca de esto y aquello. Y te entiendo, por eso vamos a ir a un hotel, comeremos algo delicioso porque mi estómago ya me lo demanda, y apuesto a que el tuyo también a ti. Después nos bañaremos, y si quieres nos sentaremos un rato en la terraza mientras fumo mi pipa. Eso te hace falta, un poco de descanso: te lo debes.

John miró al detective con ternura; a veces podía ser demasiado comprensivo aunque él no se diera cuenta.

—Gracias.

—No seas tonto, no quiero que me agradezcas: quiero que estés bien. Sólo si lo estás podrás ayudarme, y sólo si lo estás yo me sentiré lo suficientemente bien para ayudarte, John. Ahora ven —tomó al doctor por un brazo y lo haló hacia arriba—. Camina: puedes hacerlo. Tienes piernas, tienes fuego en los ojos y más vale que te sirva para ponerte de pie tantas veces lo necesites. No decaigas por favor, porque entonces estarás sirviendo al plan de quien sea que esté haciendo esto.

John empuñó la nota que tenía en el interior de su bolsillo, aquella que el niño del hostal le había dado. "Siete ciclos, tick."

Tenía más miedo del que podía admitir, no había hablado con Sherlock de esa nota, y los siete días habían pasado hacía ya tanto. ¿Estaría Mary bien? Aunque quizás no comprendió a qué se refería la nota con los siete ciclos… Era un tanto ambigua.

Caminó.

Llegaron a un hotel nada ostentoso. Sherlock pidió una habitación para dos personas y luego subieron al cuarto piso con tranquilidad.

—Pronto conoceremos todos los hoteles de Inglaterra —comentó John en un tono irónico—. Admito que es una de las ventajas de trabajar contigo.

—Viajar mucho es sólo una de las ventajas, sí. Yo le atribuiría más el mérito a la compañía —volteó a ver a John y sonrió—. Aunque claro —siguió caminando—, para ti la compañía debe ser un tanto aburrida.

John no dijo nada.

Entraron al cuarto, era pequeño pero acogedor, y Sherlock lo había pedido con balcón para tener una vista clara de la ciudad. John se asomó y confirmó las palabras de su amigo: era una ciudad pequeña. Había máximo quince edificios y al menos cien casas pequeñas.

En el cielo la luna los observaba, inmensa y plateada, apenas maquillada con nubes grises.

—Gracias, tiene una agradable vista. Quizás logre relajarme un poco.

—¿Deseas bañarte, cambiarte? ¿O podemos ir a comer de una vez? —preguntó Sherlock, sonriente.

—Vayamos a comer.

Bajaron al restaurante del hotel; nada grande pero estaba casi lleno. Al parecer la comida era demasiado deliciosa. Sherlock pidió un roast beef y una botella de vino para que ambos la degustaran mientras comían, John se conformó con pedir algo de pasta con parmesano y varias rebanadas de pan con mantequilla.

—Esto es delicioso —comentó Sherlock cuando probó su comida, y John tuvo la oportunidad de hacerlo también cuando llegó la suya.

Después de la comida subieron a su habitación. Sherlock se quitó los zapatos y se desabrochó la camisa.

—Es bastante incómodo el tren —dijo—. Bueno, aunque es más rápido y la vista es fantástica. ¿Cómo te sientes?

John caviló las respuestas.

—Mejor —dijo al final.

»¿Has descubierto algo al respecto de la nota y el collar?

—Como si hubiera tenido tiempo de examinar… Claro que no. Pero pensaba poner mi atención en eso durante la noche.

—Perfecto —dijo John, mientras se quitaba los zapatos también—. Porque hay algo más que me gustaría que examinaras…

Le extendió la nota que aquel muchacho le había llevado en el hostal.

—¿Tick? —leyó Sherlock.

—Pensé que se refería a Siete días, pero han pasado más y no hemos encontrado nada… Salvo la nota que tienes, claro…

—¿Por qué no me dijiste que te había llegado esto? ¿Hace cuánto llegó?

—El mismo día que recibí tu telegrama.

—¡No debiste omitirlo!

—¿Qué pasa?

Sherlock lucía un poco molesto.

—Sea quien sea sabe lo que hace. "Huir es tu mejor opción", ¿recuerdas? Ahora tengo la ligera sospecha de que no debimos haber huido, nos hemos echado a todo el cuerpo policiaco como enemigo… o quizás no tanto… pero aun así. Creo que es mejor examinar esto antes de continuar. Creo que hoy no dormiré.

—Quieres que te acompañe.

—¡Por supuesto que no! —gritó, y John retrocedió un paso—. Lo que quiero decir es que lo que necesito es que estés descansado, relajado. Déjame a mí el trabajo. Si encuentro algo te lo haré saber, no dudes en eso.

—De acuerdo —aceptó el doctor. Sabía que no tenía caso iniciar una discusión.

John se recostó en la cama, y poco a poco se quedó dormido, contemplando la ventana y la lluvia que de nuevo comenzó a caer.


Ending: Little Talks de Of Monsters and Men


:)