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Sherlock Holmes:
Sinfonía
X
Aquella Mujer
Opening: Love Away de Capital Cities
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
Estaba aterrado; y no había forma de no estarlo.
La ventisca y la gruesa nieve que caía del otro lado de la ventana era un mal presagio; hacía frío, mucho frío. Sherlock tiritaba.
No era partidario de los presagios o de encontrar señales en el clima, pero en aquel momento estuvo tan seguro de que algo malo se avecinaba. Estaba en ceros. Tenía una teoría, pero era demasiado general como para resolverla tan pronto. Y el tiempo corría… corría y corría. Y "Mary está sufriendo más de lo que imaginas", se dijo, recordando la nota que le dejaron a John en la puerta.
Por supuesto su aprecio por Mary no era diferente al que pudiera tener por cualquiera, pero John necesitaba saber que su esposa estaba bien, y a pesar de todo, Sherlock no podía permitirse no ayudar a alguien, quienquiera que fuese.
Repasó la nota con sumo cuidado. Alguien había planificado muy bien su diseño; no era como aquella en la que le advertían a Sir. Henry mantenerse lejos del páramo, en el caso de los Baskerville. A diferencia de aquella nota, esta no tenía recortes de palabras completas, si no de letras, lo que dificultaba reconocerlas todas; cada una de una caligrafía diferente. Quien hubiera hecho esta nota, había premeditado muy bien las dificultades con las que se encontraría Sherlock. Las letras eran tan diversas que el detective sólo pudo resolver una cosa: los recortes eran de periódicos de varios países.
Prestó atención entonces al pegamento, lo descubrió viscoso a pesar de que estaba seco, blanco, y con un olor a resina. Admitía que su conocimiento del pegamento no tenía el nivel de su manejo de los periódicos del país, pero era una señal. Sólo debía investigar en dónde usaban resina como un compuesto del pegamento y quizás así tendría otra pista. Por otro lado, en la nota no había nada más, salvo el pergamino, que era uno corriente, uno que se podía encontrar en cualquier lugar.
Dobló la nota y se la metió en el bolsillo; John no debería verla.
Se puso de pie y se encaminó hacia la terraza. Abrió la puerta con cuidado para que el frío no se filtrara demasiado a la habitación, y para que John no se despertara. El doctor lucía tan tranquilo dormido debajo de las sábanas, que Sherlock no se atrevió a sostener la mirada sobre él.
Las calles estaban desiertas, salvo un par de bares en los que aún brillaban las velas y de las que podía verse salir, ocasionalmente, un par de tórtolos en busca de algún lugar para pasar la noche.
Sherlock suspiró. Resistía el frío, pero aun así sentía una necesidad desmedida de buscar el calor en las sábanas de John. No quería dormir, y por eso no lo hizo.
Entonces, mientras escrutaba en la oscuridad del cielo, algo en las calles llamó su atención. En un callejón de un edificio enfrente, una mujer balanceaba lentamente una lámpara de queroseno. Miraba fijamente hacia el hotel donde estaba Sherlock, y después volteó a verlo. Ladeó la cabeza, como si eso fuera a ayudarla a distinguir mejor en la oscuridad. Entonces extendió una mano y le dio una señal a Sherlock para que bajara.
El detective lo meditó un instante, pero inmediatamente entró al cuarto, se puso su gabardina y salió de la habitación y bajó las escaleras. Cuando se encontró afuera del hotel, la mujer avanzaba lentamente hacia el interior del callejón. Sherlock arrugó el ceño pero la siguió.
—Debería usted aprender a desconfiar más de la gente —comentó la mujer, deteniéndose de espaldas.
—¿Qué le hace pensar que confío?
Se escuchó el sonido de una sonrisa.
—No lo sé. Se dice que usted se ha ablandado mucho desde hace un año.
—¿Dónde se dice, y quién lo dice?
—En el bajo mundo por supuesto —contestó la mujer—. ¿Es eso cierto?
—Hace un tiempo que no estoy en casos muy profundos —comentó Sherlock, tratando de excusarse.
—¿Tiene pesadillas, señor Holmes?
El detective titubeó.
—Eso pensé —dijo la mujer—. Es algo natural, supongo. Caer por una cascada tan alta debe ser una experiencia traumatizante… Entre otras cosas. ¿Qué tal su cuerpo? ¿Le responde igual? —Esperó la respuesta pero Sherlock se negó a dársela, así que la mujer continuó:— Lamento saberlo, pero es algo natural. Verá usted, existe algo en el cuerpo humano que no podemos detener: el envejecimiento. Y usted, mi querido detective, está por sucumbir.
—Siempre hay oportunidad de aprovechar hasta el último momento.
—Tiene razón.
Se quedaron en silencio un momento. La tranquilidad que había en el pueblo era aplastante.
—¿Quién es?
—La tuberculosis es una terrible forma de fallecer, señor Holmes. Pero sus enemigos no tendrían mayores motivos para exterminar a alguien tan útil. —Entonces Sherlock entendió con quién hablaba—. Descuide, no pretendo importunarlo. Verá, desde hace un año es que estoy alejada del terreno de lo bajo: cero delincuencia. O casi cero… Usted mejor que nadie debe saber que existen personas capaces de encontrar a otras, siempre y cuando lo necesiten. Así me ocurrió a mí, y gracias a eso pude escuchar un poco de lo que las grandes mentes pretenden.
»Hay un loco suelto, es todo lo que puedo decirle. Un loco que ha tramado esto desde hace muchos años, tiene cómplices hasta en el más remoto de los lugares y usted debería de saber una cosa, una sola, y tenerla presente en todo momento: no confíe en absolutamente nadie. Su esposo, por otro lado, es digno de confianza.
Se refería a John, pero Sherlock lo pasó por alto.
Ella sonrío.
—No deje que lo venzan.
La mujer se adelantó unos pasos, dispuesta a marcharse.
Sherlock la tomó por el brazo.
—¿Qué le ocurre, señor Holmes? ¿Se ha puesto sentimental?
—No. Sólo…
Sherlock tenía atoradas varias palabras. Su mente le daba vueltas, por un lado se sentía feliz, por el otro, estaba consternado; inquieto.
El viento era demasiado frío y el ambiente extraño.
—¿Por qué va detrás de él? —preguntó Sherlock, cambiando la conversación y refiriéndose a John.
—¿Qué no es el punto débil de usted?
—Pero…
—Bueno. Simplemente por destrozarlo a él, supongo. Y si usted se destruye también, será matar dos pájaros de un tiro.
En ese momento Sherlock soltó a la mujer. Prefería verla así, de espaldas, sin mirar directamente su rostro; era como hablar con un fantasma, como no revivir lo que había ocurrido hacía un año.
—Tranquilícese, señor Holmes, usted siempre logra salir adelante.
La mujer avanzó tranquilamente, y esta vez Sherlock no hizo nada por detenerla. Miró su silueta perderse en la oscuridad del callejón, y después se sintió más frío que nunca; la nieve caía como una lluvia torrencial. Sus pues se habían hundido ya en la nieve del suelo.
Sherlock miró hacia arriba, hacia la terraza de su habitación, y descubrió, sorprendido, que John lo observaba inquisitivamente. Ninguno de los dos hizo más seña que la de mirarse a los ojos.
Después de un minuto, el detective sintió la necesidad de entrar al hotel de nuevo.
Subió lentamente las escaleras, una a una. Trataba de prolongar el encuentro con su amigo. Cuando llegó, abrió la puerta y encontró a John sentado en la cama, mirando fijamente sus pies.
—Yo… —pronunció el doctor con tranquilidad—, tenía frío y te busqué a mi lado, pero no estabas. Pensé que podrías estar trabajando pero no estabas. No te busqué porque no quería tener la certeza de que me habías abandonado… Yo…
Sherlock se adelantó unos pasos y se acercó a John. Lo abrazó con una mano, él de pie y John sentado en la cama, y después besó tiernamente su frente.
—Ya estoy aquí —dijo el detective.
John se recargó en el pecho de Sherlock y así se quedaron un rato.
Ending: My Love Took Me Down To The River To Silence Me de Little Green Cars
¡Saludos!
