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Sherlock Holmes:
Sinfonía
XI
Puño ciego
Opening: You Were a Kindness de The National
Hay una oscuridad radiante sobre nosotros,
pero no quiero que te preocupes.
Tuve cuidado, pero nada es inofensivo,
Bebé, mejor date prisa
The National "You Were a Kindness"
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
En el sueño, Sherlock Holmes era atosigado por la mujer. La Mujer.
Sus palabras reverberaban en el aire y bullían como el agua hirviendo. Todo estaba caliente. El suelo se descomponía y pronto tomaba la constitución de la lava, el aire se volvía denso, y parecía convertirse en vapor. El calor.
El abrigo del detective comenzaba a incendiarse. Sherlock corría. Sin control, sin dirección. Hacia ningún lugar. Sólo sabía que tenía que alejarse. Se quemaría. Si continuaba en el fuego, sin duda se quemaría.
El nombre de la mujer era Irene Addler.
El sudor empapaba todo su cuerpo cuando despertó. Un sudor enfriado por el clima. La camisa estaba pegada a su cuerpo, y de su cabello escurrían pequeñas gotas de sudor. Estaba agitado, y jadeaba con mucha dificultad, tratando de coger bocanadas de aire que lo hicieran mejorarse. Pero no podía.
Cuando volteó el rostro se encontró de frente con la cara de John.
—¿Qué te sucede? —preguntó el médico, consternado.
Sherlock se tomó un momento para responder; miró alrededor, todo le daba vueltas.
—No es nada. Un mal sueño.
—De acuerdo campeón —dijo John—, vuelve a dormir, aquí estoy.
Sherlock se quitó la camisa y secó con ella su cuerpo. Tomó una de las manos de John entre las suyas y la llevó a su pecho, para que el doctor lo relajara.
Todo estaba bien. Estaba bien.
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La mañana siguiente los sorprendió a ambos en la cama. Sherlock estaba demasiado cansado, a pesar de que solía tener una rutina extenuante en cuanto a la hora de levantarse y de desayunar, en ese momento no sentía ninguna intención de levantarse.
John lo hizo primero. Fue a tomar una ducha, se cambió y a continuación bajó al restaurante del hotel para pedir algo de desayunar y almorzar a la habitación. Los camareros lucían presurosos, y había una gran cantidad de comensales a esa hora de la mañana. El lugar estaba impregnado del olor del café.
John pagó en la caja, agradeció el servicio y a continuación subió las escaleras para llegar al cuarto.
Sherlock aún dormía.
John paseó por el cuarto, recogió la ropa que había en el suelo y acomodó los zapatos del detective de tal forma que fueran más accesibles. Después se asomó por la ventana y tuvo una vista panorámica de lo que era el pueblo, y más allá, las altísimas montañas que parecían aprisionar al sol. Todo estaba cubierto de escarcha.
Miró hacia abajo, al callejón donde la noche anterior había estado Sherlock, charlando con una mujer; no podía crear un juicio sobre la conversación porque no tenía bases, así que prefirió no pensar de más y esperar a que Sherlock aclarara esas circunstancias con él. En caso de que el detective no lo hiciera por iniciativa propia, sería John el encargado de someterlo a cuestionamientos.
La preocupación había mermado, pero estaba ahí, alojada en el pecho. Latente, poderosa, incapaz de diluirse en el tiempo.
En algún lugar, probablemente más allá de las montañas, estaba Mary, desesperada por ser rescatada.
—Sherlock —dijo, en voz alta. No esperaba respuesta en realidad, pero sintió la necesidad de exigirla.
Silencio.
John suspiró, y no dijo nada; había sido como si esperara despertar a Sherlock con sólo pronunciar su nombre.
Al cabo de un momento el detective se despertó. Observó a John en una mesa, apenas sirviéndose una taza de café. La comida estaba ya sobre la mesa, y al parecer John sólo lo estaba esperando a él, así que Sherlock salió de la cama, se puso una camisa limpia y se sentó a la mesa.
—Muchas gracias por tomarte la molestia —le dijo al médico. Aún estaba algo adormilado, bostezó y se dejó caer en la silla, al lado de su amigo.— ¿Qué ordenaste?
—Un panqué completo, de nuez, sin pasas, café negro, azúcar, crema, mermelada, pan tostado, huevos revueltos con un poco de brócoli y zanahoria al vapor… Y creo —dijo John, buscando en toda la mesa—… oh sí, aquí está: una botella de vino. Pensé que podrías necesitar algo fuerte.
—Gracias por anticiparte —le dijo Sherlock. Tomó la botella de vino y se sirvió una copa, a continuación se la bebió de un sorbo.
John abrió los ojos muy sorprendido.
—¿Sucede algo? —preguntó.
—No es nada. Me hacía falta algo así. Tienes una particular forma de anticiparte a lo que voy a necesitar, John. Eso siempre me ha parecido muy fascinante.
—Supongo que es por los años que vivimos juntos.
Sherlock desvió la mirada hacia la ventana.
John carraspeó.
—Puede ser —dijo el detective, sonriendo—. Bueno, hay que comer, porque tenemos un largo viaje por delante.
—Dijiste que son tres días de camino a Leeds, y que allá tienes conocidos que quizás nos puedan ayudar. ¿Qué clase de conocidos son?
—Vándalos, personas de la más baja clase social que puedas imaginar. Pero los rumores siempre corren entre ellos, y hay un par de preguntas que quizás nos puedan conducir a quien está tramando todo esto.
John separaba sus huevos revueltos con ayuda del tenedor.
—Yo… Lamento lo de anoche —dijo.
—Está bien.
—Me siento vulnerable.
—Está bien.
—No sé qué hacer.
—Tranquilo —dijo Sherlock, y puso su mano derecha sobre las de John.
»Estamos cansados, eso pasa. Y es natural.
—Sólo llevamos una noche aquí.
Serlock volvió a servirse una copa de vino, e igual que la anterior, la hizo desaparecer de un sorbo.
—Pasaron algunas cosas anoche.
—¿Qué ocurrió? —de pronto John se sintió curioso.
—Hay una gran encrucijada en la nota, no es como la del caso de los Baskerville. Esta nota está mejor premeditada… Está hecha a propósito, así que dudo que si obtengo algo de ella pueda ser una pista cien por ciento pura. ¿Qué significa esto?, bueno, que quizás las pistas sean huellas dejadas a propósito para conducirnos hacia alguna trampa.
»Estaba con estas disquisiciones cuando decidí tomar algo de aire fresco. Entonces noté que alguien me observaba y bajé de inmediato. Esta persona era una mujer, John… y no era cualquier mujer.
—¿Era Susa?
Sherlock rio.
—No, por supuesto que no. Era Irene.
John se echó hacia atrás en su silla. Estaba totalmente impactado, lo último que supo de ella lo dedujo por el pañuelo que Sherlock arrojó al mar para despedirse. Irene, había pensado, fue una de las tantas víctimas que costó detener a Moriarty.
Y jamás esperó volver a escuchar su nombre, aun cuando Sherlock estuviera vivo, no esperaba que la mencionara jamás.
—¿Qué quería?
—Ella siempre está al tanto del bajo mundo, y escuchó un par de cosas. Textualmente, me dijo esto: Hay un loco suelto, es todo lo que puedo decirle. Un loco que ha tramado esto desde hace muchos años, tiene cómplices hasta en el más remoto de los lugares y usted debería de saber una cosa, una sola, y tenerla presente en todo momento: no confíe en absolutamente nadie. Su esposo, por otro lado, es digno de confianza.
John arrugó el ceño.
—¿El loco tiene un esposo? —dijo, confundido.
Sherlock rio nuevamente, esta vez con más fuerza.
—No, me estaba hablando a mí; el esposo eres tú, eres mi esposo, según Addler. Pero dejemos esos detalles en el aire. El asunto, Johnny, es que esta es una artimaña que tiene mucho tiempo cociéndose, según Irene.
»Mi desaparición, no lo dudo, fue un detonante, y después mi reaparición, la ruptura de nuestra relación.
—¿Relación?
—No empieces… como sea, no hay mucha relación actualmente, ¿no? Tú te encargaste por completo de ello. Cortaste de tajo todo contacto conmigo, y no me creíste merecedor de nada; absolutamente nada.
—No digas esas cosas. Fuiste tú el que desapareció y me hiciste creer que habías muerto.
—Me lo estabas exigiendo. Estabas reclamando tu lugar. Uno sólo para ti y tu familia, yo no tenía cabida en tus planes. ¿Qué si moría, Johnny? ¿Quién me lloraría? ¿Quién me extrañaría? Puedo apostarte que ningún delincuente, y llegué a pensar que ni siquiera tú.
—¡Cómo te atreves! —John se puso de pie, eufórico, guiado por la ira. Golpeó la mesa y una chispa encendió llamas en su mirada—. ¡Lloré, Sherlock! Te lloré como no tienes idea. Supliqué que no estuvieras muerto, supliqué por lo menos tener la dicha de verte una vez más, sólo una. ¡Lloré!
»¡Esto no era guerra! ¡Esta no era la muerte de mis compañeros ni de mis compadres! ¡Eras tú! Y no volvería a verte. Y entonces apareció el respirador, ¿tendría la certeza de que eso te hacía estar vivo? ¡NO! Pero lo creí, lo creí fervientemente y entonces me sentí terrible por no estar a tu lado. ¡Ahora dime! —rugió, con la ira acumulada durante un año—. ¿Sabías, en el momento en el que te arrojaste a la cascada, que tenías alguna posibilidad de sobrevivir? ¿Lo sabías?
Sherlock estaba tranquilo. En sus ojos también se observaba una mar de emociones contraídas.
—Era la única forma —explicó con calma—. Si moría o no, eso era lo de menos.
—¡Me dejaste!
—¡Tú me dejaste primero! —gritó Sherlock—. Por perseguir tu sueño de una familia, una esposa… no sé qué tantas tonterías más —dijo, tratando de contener la ira—. Yo era tu familia, se supone que tenías que estar conmigo, no buscando en otro lugar lo que ya tenías en casa. ¡Éramos familia!
John se quedó callado, consternado, y lo que a continuación dijo, Sherlock lo escuchó lentamente.
—Tú no eres mi familia.
Sherlock se quedó callado, completamente sin habla. Se recargó lentamente sobre la silla y desvió la mirada; no soportaría ver a John irradiando ese sentir.
Se frotó los ojos con los dedos para desperezarse, y a continuación se sirvió una taza de café. Tomó un terrón de azúcar y lentamente lo disolvió con ayuda de una cuchara.
Dio un sorbo, y después vertió un terrón más. Hizo lo mismo que con el anterior.
Respiró hondamente para tranquilizarse.
—Ahora lo veo —admitió el detective.— Está bien. No puedo decir nada.
—Sherlock, mi familia está en peligro ahora, me necesita, y yo también la necesito. Mary necesita de mí —puso su mano sobre la de Sherlock.
—¿Y qué quieres que haga?
—¡Que me ayudes!
—¿Por qué?
—¡Por favor, Sherlock! No seas un niño mimado.
—Sólo quiero entender qué te da el derecho a exigirme que te ayude.
—Te pagaré si con eso estás contento.
—No necesito tu dinero.
—¡Sherlock!
El detective se puso de pie de un brinco.
—¿Sabes qué? Estoy harto de que me trates así, desde que tienes esta relación con Mary yo quedé completamente a un lado, y constantemente me estás acusando de hacer esto o aquello. Siempre me dices caprichoso y engreído pero, ¿acaso no lo eres tú también? ¿Acaso me tomaste en cuenta cuando decidiste casarte? ¿No fue eso el mero capricho de un niño mimado? ¡Mírate, John!
—¡¿Qué quieres de mí, Sherlock?!
—¡No: ¿qué quieres tú de mí?!
—¡Quiero que me dejes en paz!
—¡Y eso hice, ¿no?! ¡Desaparecí de tu vida y para ti no fue suficiente!
—No seas imbécil, no quería que desaparecieras.
—¿Entonces qué, Johnny? ¿A Mary? ¿Un hijo o dos? ¿El respeto de la sociedad? ¿O qué? ¿Qué carajos querías?
Dentro de John bullía la ira. Estaba incontenible. Había llegado a un callejón sin salida. Todo lo que Sherlock le había señalado era cierto, lo había querido todo, pero ¿por qué? Porque creyó que entonces se realizaría como persona, al comprometerse todo se solucionaría. El hueco en su pecho desaparecería. Pero no desapareció, entonces creyó que Sherlock era el culpable y decidió dejarlo. Y luego vivieron juntos Mary y él, quizás con ello. Pero tampoco fue la solución. Entonces pensó en la boda, pero no fue completamente feliz. Pensó que vivir en el campo era lo que le hacía falta, y tampoco lo fue. Sólo entonces, al tener a Sherlock en frente comprendió que nunca había existido el hueco en su pecho, ese espacio siempre lo había ocupado Sherlock, sólo que él fue demasiado terco como para darse cuenta.
Estaba contrariado, pero la ira predominaba sobre cualquier otra emoción, así que no pudo evitar lo que hizo a continuación. Cerró el puño con todas sus fuerzas y le asestó un golpe a Sherlock de lleno en la cara.
El impacto fue tan fuerte que provocó un sonido hueco, y Sherlock salió despedido hacia un mueble atrás, tropezó, y luego de trastabillar un poco tropezó con un sofá y cayó del otro lado.
Los destrozos dejaron a John con la boca abierta. La mano le temblaba. ¿Qué acababa de hacer? Idiota, se dijo, porque entendió que había golpeado al único hombre que podía ayudarlo en ese momento.
Sherlock se quedó en el suelo. La nariz le dolía y le escurría de ella una gran cantidad de sangre. El dolor, pensó, no es tanto.
Después de un momento se puso de pie trabajosamente. Cuando John lo vio sangrando quedó consternado, trató de acercarse pero Sherlock lo alejó a manotazos.
—Supongo que esto es lo que te hacía falta, ¿no? ¿Ya te sientes satisfecho?
John se adelantó unos pasos.
—Sherlock, yo…
—No digas nada.
—Déjame ayudarte.
Sherlock se apartó.
—Ya…, por favor.
El detective caminó hacia la puerta e intentó abrirla, pero el pomo pareció atorarse, forcejeó un poco.
—Sherlock, déjame ayudarte.
La puerta abrió, y el detective salió sin decir nada.
John se quedó solo, ahí de pie en el cuarto.
Ending: My Love de The Bird and the Bee
