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Sherlock Holmes:

Sinfonía

XIII

Kiss Kiss… (Entre besos…)


Opening:Some Kind Of Joke de Awolnation


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


John tenía una sonrisa pronunciada en el rostro. Estaba demasiado feliz, como no lo había sido desde hacía un tiempo. Veía pasar la estela de colores a través del cristal, a 80 kilómetros por hora, que era la velocidad a la que el tren avanzaba; era verdaderamente rápido. El viaje, según tenía entendido John, le llevaría alrededor de día y medio, por lo que se encontraría en Leeds en la mañana del siguiente día.

El doctor tenía un compartimiento para él solo. Se había recostado en uno de los asientos, procurando tener la vista fija en la puerta de acceso.

Alrededor de las 3 de la tarde un cochecito se hizo anunciar en los pasillos del tren; vendía toda clase de golosinas y algunos aperitivos. La vendedora era una amable viejecita que le vendió a John un par de pastelillos de nuez y un café cargado. Después de haberle pagado, la viejecita se despidió con amabilidad y siguió avanzando por el resto de los compartimientos en el vagón.

Alrededor de las 5 de la tarde pasaban por un amplio prado cuya extensión llegaba hasta donde abarcaba la vista del doctor. En determinado punto había una serie de flores muy bien sembradas en el campo, por lo que al mirar por la ventana John observó una gama de colores y combinaciones asombrosas.

El clima era frío, pero John no lo sentía.

Cuando cayó la noche la tranquilidad del traqueteo lo había adormecido. Pasaba la mirada en los diarios que había escrito, tratando de entender por qué Sherlock les había dado tanta importancia. Entonces, mientras leía el resumen del caso de los Baskerville, recordó con la piel erizada el aullido que había escuchado aquella noche en el hostal donde tuvo que quedarse por orden de los policías, la noche antes de que Sherlock llegara para ayudarlo.

En ese momento se dejó escuchar un par de aullidos, pero éstos eran normales, el sonido provocado por una jauría de lobos, a diferencia del ruido penetrante de aquella noche.

Se frotó los ojos con la yema de sus dedos, y echó la cabeza hacia atrás.

Cubrió la luz del tren con su libro, y por un breve instante se quedó dormido.

Se sintió tranquilo, relajado. Soñó, durante un tiempo que pareció una eternidad con el momento de su boda, y recordó la felicidad reflejada en el rostro de Mary y en el de todos los invitados… de todos excepto de Sherlock. Aún conservaba, en algún rincón de su memoria el recuerdo de un Sherlock adolorido, con un sentimiento de culpa y de pérdida de inagotable dolor. John había sentido el retorcijón más grande en aquél momento, cuando vio cómo Sherlock se perdía tras el umbral, tan sólo después de haber aplaudido al recién matrimonio.

Despertó casi de inmediato, como si se hubiera quedado dormido sólo durante un par de minutos. Tomó el libro entre sus manos y lo guardó en su maleta. Después permaneció viendo el paisaje a través de la ventana.

"Yo era tu familia", le había dicho Sherlock. Y John entendió que el detective tenía razón. Por eso se había molestado aún más; porque su búsqueda insípida por un matrimonio no significaba nada al lado de lo que ya tenía. Odió, en ese momento, a Sherlock por haberlo hecho toparse con la realidad de frente, con lo que John no había visto por estar tan empecinado con sus caprichos. ¡Y qué caprichos! Tuvo que casarse y perder a su amigo, y después a su esposa para darse cuenta de que lo que había hecho había estado motivado por causas tontas, las mismas por las que un niño arrogante y chillón reclama por un juguete que sabe que después dejará abandonado, o romperá al percatarse de su inutilidad.

Pero Mary no era un juguete, ni remotamente lo era. Mary era su esposa, y antes de eso una persona con derechos y obligaciones, tal como lo era John. Tal como era la obligación de John de rescatarla. ¿Y entonces qué haría? ¿Volvería a las andanzas con Sherlock? ¿Abandonaría a su esposa por Sherlock Holmes? Una sonrisa estúpida se posó en su rostro. Hacía un tiempo había pensado en lo humillante que sería crecer y responder a la pregunta "¿Tiene familia?" con un "Vivo con Sherlock Holmes." Indudablemente la gente lo miraría extraño, lo juzgarían y muy probablemente lo acusarían de grave indecencia. Pero ahora mismo no estaba tan convencido de que aquello fuera tan grave; que la gente pensara lo que quisiera. Si él quería estar con Sherlock podría estarlo, ¿no?

Mary.

Claro, su esposa.

Decidió no pensar en nada más. Comenzó a comer uno de los bocadillos que la viejecita le había vendido, y se prometió resolver sus dudas más adelante.

Tocaron a la puerta del compartimiento.

—¿Sí? —preguntó John.

—Necesitamos hablar, caballero.

El doctor arrugó el ceño y llevó la mano hacia la maleta, donde tenía un revólver reservado en caso de emergencias. Colocó el arma en la parte trasera de su pantalón.

—Adelante… —contestó, dudoso.

Frente a él apareció una figura esqueletal, un hombre sumamente delgado y pálido. Llevaba un traje oscuro y llevaba un sombrero de copa muy alto y un bastón demasiado delgado. Hasta cierto punto el hombre era caricaturesco, pero sumamente tétrico.

—Muy buenas noches, caballero —saludó, quitándose el sombrero y exhibiendo el mechón ralo que era su cabeza—. Es un placer conocer al doctor John Watson.

John se echó hacia atrás, ligeramente sorprendido.

—¿Quién es usted?

—Oh, claro, qué modales los míos. —dijo el hombre, con naturalidad. Tomó asiento enfrente de John.— Mi nombre es Gebrard, Gebrard Aluarte; sin ningún título en particular.

—Mucho gusto —respondió John, dubitativo.

—Descuide, no pretendo hacerle daño —sonrió Gebrard—. Todo lo contrario. Quisiera ser de ayuda en la medida de lo posible.

—¿A qué se refiere?

El hombre rio con sorna.

—No es un secreto que tiene a una ciudad entera detrás de usted —dijo el hombre—. Y quisiera advertirle que eso es poco en comparación a lo que se viene.

—¿Usted es quien ha tramado todo eso?

—Je, je, je —el hombre lucía jubiloso para su avanzada edad—. Claro que no. Esos méritos le conciernen a mi hermano.

—¿Su hermano?

—Ya lo conoció usted, hace poco —explicó Gebrard—. Él es todo un personaje, muy peculiar. No tanto como su buen amigo, claro. A quien por cierto sea tan cordial de extenderle mi saludo y mi admiración —se refería a Sherlock—. Pero eso no es lo que nos atañe, ¿verdad?

»Mi hermano es despiadado, y algunos lo tomarían fácilmente por un sádico, aunque claro, es una forma demasiado blanda para decir lo que es de verdad con él: está loco. Ya sabrá usted, médico de profesión, que la locura es peligrosa en mentes equivocadas; no es como que él quiera construir o inventar algo descabellado, que nos dejará a todos con las bocas abiertas y que revolucionará al mundo. Él es algo un poco más… especial.

—¿A qué se refiere?

—Su gusto está en destruir a las personas, y temo, mi querido doctor, que usted se ha convertido en su blanco favorito en los últimos años.

—¿Años? —John estaba sumamente sorprendido.

—Por supuesto, sabrá usted que esta clase de artimañas no se traman en un día o dos… Mi hermano tiene el ojo bien puesto sobre usted desde que regresó de Afganistan.

Ante esa declaración John no pudo evitar echarse hacia atrás por el temor.

—Pero de eso hace muchos años.

—Lo sé… Mi hermano en cambio es algo… terco.

»Para él el tiempo es relativo, mientras logre su cometido todo habrá valido la pena.

—¿Fue él quien secuestró a mi esposa?

—Je, je, je. No, claro que no, doctor. Él no se ensucia las manos —Gebrard se echó hacia adelante, muy cerca de John, puso una de sus manos en el pecho del doctor y se acercó hasta que sus narices quedaron totalmente juntas—. Él no toca absolutamente nada hasta que tiene entre sus manos a quien desea… se reserva para él, lo saborea, lo disfruta.

»Aunque —se echó hacia atrás, hacia su lugar—, por usted quizás haga una excepción.

—¿A qué se refiere? ¿Entrará en el juego antes de que logre… atraparme?

—Es probable. Tiene que deshacerse de una gran molestia para él.

John no tuvo que pensarlo demasiado.

—Sherlock.

—Bingo.

Se quedaron en silencio un rato.

—¿Por qué vino a decirme estas cosas?

—Él les lleva mucha ventaja, mi querido doctor, quería tratar de emparejar las cosas.

—¿Sabe cómo está Mary? ¿En dónde? ¿Está bien?

—Humm —Gebrard pareció meditarlo mucho—. No estoy seguro de que decírselo sea equilibrar el juego. ¿Recibió la nota? —John asintió—. Entonces sabrá lo mal que está pasándola la señora Watson.

—¡¿De qué habla?!

El hombre demostró su incertidumbre en el gesto.

—¿No leyó la nota?

—Sherlock la leyó.

—Oh —la forma en la que Gebrard lo dijo le hizo sentir un retorcijón a John—. En ese caso supongo que tendrá que pedirle explicaciones a él.

—¡Sherlock sabe en dónde está Mary!

—Je, je, je. Claro que no, doctor. Es sólo otra cuestión.

Volvió a hacerse un silencio entre los dos.

—¿Me dirá el nombre de su hermano?

—Quizás.

—¿Cómo sé que puedo confiar en usted? —preguntó John, desafiante.

—Je, je, je. No lo haga, se lo recomiendo. Le diré esto una vez, y gráveselo bien: no confíe en nadie. Absolutamente nadie. Todo el mundo es su enemigo, téngalo por seguro. Je, je, je. Cuando mi hermano se divierte lo hace a lo grande.

John tragó saliva. La advertencia y la amenaza implícita lo hacían dudar tremendamente.

—Dese cuenta de algo, doctor, ni siquiera Sherlock Holmes fue capaz de idear una manera de trasladarlo a salvo desde aquel pueblo hasta Leeds: yo lo encontré de una manera absurdamente fácil.

—¿Cómo?

—Exterminé a los vándalos que venían siguiéndolo. Je, je, je.

»Pero no se atemorice, porque en el momento en el que lo haga, habrá caído directo en el juego de mi hermano.

Afuera el alba se anunciaba cada vez más cerca. Las montañas comenzaban a adoptar su color verduzco y la nieve a reflejar el brillo del sol.

—Bueno, eso es todo doctor. Tenga mucho cuidado.

Gebrard se puso de pie.

—Espere —John lo detuvo por el brazo—. Dígame el nombre…, por favor. ¿Quién es su hermano?

El hombre lo miró con fijeza. Después sonrió. Se acercó un poco a John.

—Cuando lo miro entiendo por qué la obsesión de mi hermano con usted —John no dijo nada—. Tiene unos asombrosos ojos, doctor. Y unos labios suculentos. Dígame, doctor, ¿estaría interesado en hacer un trueque?

—¿Qué?

—Un intercambio.

—Ya lo sé. ¿Qué quiere?

—Le daré el nombre de mi hermano si usted hace algo por mí.

—¿Qué quiere?

El hombre se acercó de nuevo, tan cerca que John tuvo la impresión de que sus narices chocarían.

—Un beso suyo.

John abrió los ojos de par en par. Quedó completamente anonadado. Soltó el brazo de Gebrard y después desvió la mirada, ofendido, molesto, sonrojado.

—No se avergüence, doctor. Es usted un hombre muy apuesto. Ya que lo miro atentamente, envidio profundamente a Sherlock Holmes por tenerlo tan cerca… Oh, pero la esposa. Eso sí que es un desperdicio de lo que es usted. Je, je, je. Descuide, entiendo que alguien tan viejo como yo debe ser repugnante para alguien tan apuesto como usted, aunque no puedo negarle que me siento un poco decepcionado. Le daré la respuesta si me hace una promesa entonces.

John no respondió, seguía contrariado por la petición anterior. Le llevó unos segundos estabilizarse.

—¿Y qué será esta vez?

—Prométame que de aquí en adelante sólo le dará un beso a la persona que haya sacrificado todo por usted, esa que lo valga todo y a la que usted ame con todo su ser.

—Cuando recupere a mi esposa yo…

—Je, je, je —sonrió el hombre—. No dudo que su esposa lo ame mucho, doctor, pero no me refería a la clase de aprecio que usted siente por ella. No sé quién sea, pero sé que llegará, y entonces usted reparará en mis palabras.

El hombre se acercó en ese momento, mientras John estaba pensando, y le dio un beso en la mejilla, tierno, férreo.

—Su nombre es Balthazar.

Cerró la puerta después de irse.


Ending: Ready Aim Fire


El medio título del capítulo es de una película de Robert Downey Jr. El resto del título vendrá con el siguiente capítulo :)

Saludos