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Sherlock Holmes:

Sinfonía

XV

La familia Leprince-Ringuet


Opening: Imagine Dragons "Radioactive"


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


Balthazar Leprince-Ringuet era el tercer hijo de Garrel Leprince-Ringuet. Garrel Leprince-Ringuet era un inversionista bastante envidiado por los demás inversionistas. Era un inversionista envidiado por la sola razón de que en el momento en el que Garrel Leprince-Ringuet ponía un ojo en una compañía, ésta acrecentaba exponencialmente sus ingresos, y triplicaba y a veces cuadruplicaba su valor.

En total setecientas veintitrés veces Balthazar Leprince-Ringuet escuchó que los hombres le preguntaban a su padre, Garrel Leprince-Ringuet, cómo hacía para identificar a las empresas en las que invertiría, y setecientas veintitrés veces había escuchado la misma respuesta: golpes de suerte.

Así que Balthazar Leprince-Ringuet había crecido en una casa acaudalada, al lado de dos hermanos mayores que eran lo opuesto a él. Gebrard Leprince-Ringuet era inquisitivo, tenaz, apto para los deportes y con tendencia psicológica a la homosexualidad. Luis Leprince-Ringuet era el hermano mayor de los tres, era el sucesor absoluto de la compañía, según Garrel Leprince-Ringuet, porque había heredado el mismo ojo de su padre: el que le hacía saber en qué empresa tenía que invertir. Así que en manos de él, la compañía proliferaría indudablemente, además de que Luis Leprince-Ringuet tenía cientos de mujeres a sus pies y cumplía con los requisitos para ser "un gran hombre", según los términos de Garrel.

Hasta los diez años Balthazar Leprince-Ringuet creció con la idea de que tenía que satisfacer todo lo que padre le impusiera, y lo que su padre le imponía eran severas lecciones deportivas e incontables demandas paternales. A los once años, Balthazar Leprince-Ringuet decidió que cortaría cualquier lazo con su familia mediante el asesinato de su padre.

Balthazar se levantó muy temprano aquella mañana, el sol brillaba como cualquier otro día y su padre descansaba en la cama después de una noche de ajetreo con tres modelos americanas. Balthazar entró a la habitación de su padre mientras las modelos dormían, y pinchó el dedo pulgar del pie de Garrel con una aguja. Garrel era una persona de sueño ligero, así que se despertó sumamente molesto por el piquete. Buscó a lo largo de la habitación a alguien, pero sólo encontró a sus modelos, dormitando como un trío de osos que hiberna. Entonces Garrel notó la pequeña mata de pelo a sus pies e identificó a Balthazar ahí.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el hombre, molesto. Estaba desnudo y su erección matutina exhibía lo pequeño de su pene (por eso odiaba terminantemente que alguien entrara a su cuarto); su ego, sin embargo, rebasaba los límites estratosféricos—. ¿Qué hiciste? —preguntó, confundido, cuando vio la aguja en la mano de Balthazar.

—Tiene veneno —explicó el pequeño.

—¿Qué?

—Mamba negra —dijo, según había leído, su veneno podía matar en cuestión de minutos.

—¡Pero qué!

—Quiero saber qué te mata primero —dijo el niño, sonriendo ampliamente.

—Mocoso.

—Mocoso tú —dijo él niño—. Escuálido, tonto, tronco pequeño.

El último insulto fue un detonante, Balthazar había investigado demasiado bien cómo molestaban a su papá en el colegio.

—¡¿Qué demonios crees que haces?!

—Tronco pequeños.

El hombre se puso de pie, furioso, su pie estaba hinchado y morado, pero no pareció importarle.

—Tronco pequeño.

Ni cuando Garrel le dio una cachetada al niño se calló.

—¿Qué se siente? ¿Sirve para algo? —el niño se burlaba, y Garrel era sensible a la hora de hacer rabietas y corajes.

Balthazar sabía que el corazón de su padre no lo soportaría, sólo quería averiguar cuánto era capaz de soportar.

—¿Por eso te dejó, mamá? —preguntó, con fingida inocencia.

El hombre estiró sus manos para ahorcar al niño, pero la ira fue demasiada y su corazón se detuvo. Forcejeó por respirar, por aferrarse a algo, pero no lo consiguió.

Garrel Leprince-Ringuet falleció esa mañana a causa de su hijo.

Balthazar Leprince-Ringuet apreció que las modelos tuvieran el sueño tan pesado.

Ese día Balthazar Leprince-Ringuet supo que él era más peligroso que una mamba negra.

Luis Leprince-Ringuet heredó, como se tenía previsto, la compañía de su padre. La compañía Leprince, tenía en ese momento un ingreso anual de doscientos cincuenta mil millones, lo que era más o menos un ingreso de 20 mil millones de dólares al mes. Con la ayuda de Luis, la compañía se extendió hasta el oriente y pronto triplicó su ingreso. Por supuesto el ingreso neto de la empresa era distribuido entre los gastos de la misma, los sueldos, los seguros y toda clase de gastos administrativos que facilitaran la adquisición de pequeñas empresas. Luis Leprince-Ringuet escogía las empresas al azar; abandonó la escuela y se casó con siete mujeres a las que embarazó casi al instante; ninguno de sus hijos se logró, por lo que la gente adinerada comenzó a hablar de ello como de una maldición: la compañía se extinguiría con Luis Leprince-Ringuet.

Gebrard Leprince-Ringuet, el segundo hijo, continuó sus estudios en medicina, y pronto dio de qué hablar con algunos descubrimientos sobre la herbolaria y la manera en que podía hacer daño directo a los riñones. Gebrard Leprince-Ringuet jamás llevó a una mujer a casa, jamás tuvo una novia, y sostenía un amorío ilícito con su profesor de parasitología, un hombre casado, con cinco hijos, que había hallado en Gebrard a un muchacho ávido de sexo, a cualquier hora, y en cualquier lugar. Gebrard Leprince-Ringuet abandonó la universidad cuando encontró a su profesor teniendo relaciones sexuales con dos de sus compañeros de clases; nadie lo dijo, ni siquiera el joven Gebrard, pero no necesitó decirlo, él lo sabía muy en sus adentros, y se obligó a abandonar la universidad. Gebrard Leprince-Ringuet estaba enamorado. Abandonó la casa, y poco supieron sus hermanos de él.

Balthazar Leprince-Ringuet no se molestó en pedir absolutamente nada del testamento de su padre. Agradeció que Gebrard abandonara la casa, porque de otro modo hubiera tenido que matarlo: Gebrard era el único de la familia que tenía una suspicacia extraña, y era el único que sabía quién había matado a su padre, Garrel Leprince-Ringuet.

Abandonó la escuela primaria antes de terminarla, porque sabía que sería una pérdida total de tiempo. El último día de primaria, cambió la vida para Balthazar. El último día de primaria se encontraba sentado en las bancas de la cancha principal de tenis cuando notó, en una esquina, arrebujado como un niño regañado al muchacho que se convertiría en el Dr. John Watson. Lo que le llamó la atención a Balthazar de John, fue la manera en que miraba hacia ningún lugar, con los ojos extraviados pero con el ceño fruncido; había en él una determinación extraña, un brillo fuerte, valeroso, una luz que Balthazar jamás tuvo y de la que sintió una profunda necesidad de extinguirla.

Ese día John Watson se había enterado del fallecimiento de su padre, y que quedaba a cargo de su hermano mayor.

Los meses posteriores Balthazar Leprince-Ringuet intentó por todos los medios desaparecer de su cabeza el recuerdo de John, pero no pudo hacerlo; por un momento contempló la idea de que John lo hubiera impactado tanto porque algo de Gebrard se le había contagiado. Sin embargo, cuando un día de lluvia intentó masturbarse con la imagen del joven John y no le fue posible, Balthazar entendió que no había sido esa clase de impresión la que había quedado de John. Había algo más que se excitaba en su cabeza, era el lóbulo frontal, el que le había palpitado de pura emoción el día que asesinó a su propio padre, y entendió que lo que más deseaba en el mundo era extinguir esa mirada decidida del rostro de John.

En realidad Balthazar Leprince-Ringuet jamás se había masturbado. Conocía el método, conocía todo lo posible sobre la ejecución del sexo, que se necesitaba a una mujer, o en casos especiales a un hombre; sabía con mucha atención lo que debía hacer y cómo debía hacerlo, pero jamás había sentido la necesidad de hacerlo.

Sólo una vez se había excitado en toda su vida, y fue en el momento en el que vio por primera vez a John Watson. Es por ello que había sentido la curiosidad de saber si lo que el muchacho Watson le había dejado era la necesidad de tener sexo con él. Cuando no logró masturbarse, se dio cuenta de que no. Aunque aún conservaba una pequeña duda: ¿qué pasaría el día que tuviera a John Watson en sus manos?

Desde ese entonces, a sus 12 años, Balthazar Leprince-Ringuet comenzó a maquinar un estratagema que hiciera que John perdiera cualquier esperanza, determinación o fuerza, y cayera de rodillas a sus pies. Determinó el tiempo perfecto, cuando el joven Watson fuera un hombre y tuviera su vida casi realizada, cuando hubieran pasado tantos años que el recuerdo de Balthazar como un niño de la escuela hubiera desaparecido de la mente de John.

Así que mientras maquinaba todo el plan, fue practicando con incontables víctimas, a las que vio sucumbir ante él. Ninguna de esas vidas le causó placer, lo único que motivaba sus actos era el constante acertijo de cómo sería cuando destruyera a John Watson.

Entonces apareció Sherlock Holmes.

Cuando Balthazar Leprince-Ringuet pensó que ya había dado un pequeño escarmiento al ahora adulto John Watson por medio de la guerra, apareció un nuevo amigo. Cuando decididamente había acabado con cualquier amigo del doctor, apareció el que se convertiría en el mayor detective de todos los tiempos.

Y entonces la cosa se tornó divertida.

Muchos años los observó juntos; primero en la frivolidad de su amistad y después fue viendo cómo ésta se tornaba cada vez más cálida.

Pronto hubo risas, carcajadas, abrazos, miradas que de algún modo repugnaban a Balthazar.

Y cuando Balthazar había decidido acabar con Sherlock Holmes, apareció Mary, y el círculo volvió a repetirse. Después llegó Moriarty, y pensó que, lamentablemente, la muerte de Sherlock Holmes no había estado en sus manos, ni había sido tan dolorosa como le hubiera gustado.

Sin embargo, y aun independientemente de lo que hubiera representado Sherlock Holmes para John, el principal instrumento de tortura pasó a ser Mary Morstan… Mary Watson.

Para ese punto Balthazar Leprince-Ringuet había perdido por completo todo contacto con su hermano mayor; no tenía interés en él, ni siquiera en el dinero. Con Gebrard, sin embargo era otra cosa. Gebrard solía aparecerse en cualquier lugar que estuviera Balthazar. No era intromisión, era alguna clase de preocupación de familia. Constantemente quería saber cómo estaba su hermano y si podía ayudarlo en algo, porque jamás lo juzgaba.

Por eso Balthazar compartió su plan completo con Gebrard, que no hizo nada, no opinó nada, y dio rienda suelta a la imaginación de Balthazar.

Los hermanos Leprince-Ringuet eran personas verdaderamente extrañas, pero contaban con un poder casi infinito gracias a su dinero, y cualquier persona podía estar interesado en ayudar a un Leprince-Ringuet.

Por aquél entonces Balthazar había seguido a John Watson y a la señora Watson hasta el campo, y ahí había esperado el momento preciso en el que atacaría. Consiguió empleo como sirviente de la gran casa Landel, o, como él los llamaba, los gatos, de los gatos, de las ratas de Luis Leprince-Ringuet, su hermano mayor.

Y lentamente enfermó al hijo de los Landel, y sutilmente insinuó que había un doctor en el campo, uno especial, que había sido compañero de Sherlock Holmes hacía un tiempo. Sí, el Dr. John Watson.

El señor Landel era un gran admirador de Sherlock Holmes, por lo que Balthazar no tuvo que insistir demasiado para que el hombre llamara al Dr. Watson, y así, un día después de casi 25 años, el doctor apareció en la puerta de la casa Landel, y Balthazar le abrió la puerta.

En ese momento, cuando lo vio tan dichoso y con la misma mirada fuerte, Balthazar Leprince-Ringuet decidió que lo aplastaría, tan lentamente que el doctor no vería venir lo que le pasó; como a un insecto le arrancaría una a una sus antenas y sus patas, y cuando creyera que no podía hacerle más daño, lo haría, mucho más, y desaparecería de una vez por todas esa mirada brillante de la faz de la Tierra.

Entonces, un día, Gebrard apareció de la nada en la casa Landel, diciendo que los visitaba de parte de Luis, y le hizo saber a Balthazar algo sorprendente: Sherlock Holmes había reaparecido.

Y las cosas se tornaron más interesantes.


Ending:Meet me on the Equinox - Death Cab for Cutie


¡Muchas gracias por sus reviews! Es muy agradable ver más de los que normalmente hay :)

Saludos