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Sherlock Holmes:

Sinfonía

XVI

Luis


Opening: Maroon 5 "Love Somebody"


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


El plan fue que bajarían a almorzar con mucha naturalidad al restaurante del hotel, y después de reponer energías con una taza de café o un vaso de jugo de naranja, irían directo con el hombre a quien Sherlock le había acuñado el pergamino de la carta.

Ambos se bañaron, se cambiaron y después de un rato bajaron al restaurante.

Durante el almuerzo John se dedicó a decirle a Sherlock todo lo que le había sucedido en el tren. Le relató la llegada de Gebrard, la manera en la que se presentó, y la advertencia que le hizo; le dijo también el nombre del conspirador: Balthazar. Sherlock escuchó atentamente todo el relato, en el que John omitió olímpicamente el detalle del beso que Gebrard le pidió. Sherlock, sin embargo, fingió que era la primera vez que escuchaba todo eso, con la cotidiana naturalidad que era tan suya.

John le comentó a detalle que Balthazar era el hombre que lo había recibido en casa de los Landel, cuando había tenido que ir para suministrarle al pequeño Jim las vacunas de los antibióticos que él mismo había recetado.

También le platicó que Balthazar era el responsable de haber enfermado al niño, y que lo había asesinado de forma premeditada; todo por inculpar a John y por hacerlo ver como a un doctor negligente, y quizás asesino.

El resto del almuerzo sucedió de forma tranquila. Sherlock se tomó sus cinco tazas de café mientras desayunaba un delgado filete de pescado y una curiosa selección de lechugas verdes, y algunas violáceas. John, por otro lado, sólo degustó una pieza de pan y un poco de té de hierbas.

Afuera había una nube enorme de color gris, que había decidido soltar su lluvia en proporciones de llovizna.

Salieron del restaurante con paso tranquilo. Sherlock llevaba una alta sombrilla que los cubría bastante bien a ambos, de modo que los dos compañeros caminaban muy cerca uno del otro. Saludaron amablemente a todos los transeúntes con los que se toparon, y trataron de resguardarse en las salientes de las casas y de los negocios.

—¿A dónde vamos? —quiso saber John.

—Vamos al centro, si no mal recuerdo el negocio del que te hablé debe estar ahí.

John se mostró tranquilo por la actitud del detective. Sabía que estaba examinando las posibilidades en su cabeza; después de haberle dicho todo lo que sucedió en el tren con Gebrard, seguramente tenía mucho que pensar.

Las calles parecían reducir su ancho conforme ambos caminaban.

La lluvia acrecentaba, y cada vez había menos personas transitando las calles; poco a poco la gente iba buscando refugio de la lluvia en cualquier techo: un restaurante, un bar, una cafetería.

—¿Tenemos que seguir con este aguacero? —preguntó John a Sherlock, que parecía demasiado serio de pronto.

—Claro.

—Pero…

—Sujeta la sombrilla si eso te hace sentir más seguro —dijo Sherlock, sonriente, y le tendió la sombrilla al doctor. Como John era un poco más alto que Sherlock, la sombrilla los cubría mejor a ambos.

Sherlock continuó caminando, a pesar de los arroyos que comenzaban a formarse en las carreteras, y de que sus pies estaban completamente empapados hasta las pantorrillas.

Las botas de John parecían decididas a absorber la mayor cantidad de agua posible, y por eso, cada vez que el doctor daba un paso sentía como si aplastara una esponja con los pies.

Tomaron una desviación a través de un callejón a su izquierda: Sherlock dijo que era un atajo.

Entonces comenzó a fortalecerse el sonido de un chisporroteo.

Sherlock aguzó el oído y adelantó el paso. Pronto su rápido caminar se convirtió en una carrera acelerada por llegar al final del callejón, donde él sabía muy bien que estaba el centro.

John corrió detrás de él, con una débil cojera que lo hacía trastabillar de vez en vez.

Cuando John salió del callejón se detuvo casi de inmediato. Se topó con la espalda de Sherlock, y después con un panorama tétrico. Había un incendio de llamas bestiales, fulgurosas y casi de proporciones demoniacas. Las lenguas del fuego lamían un único establecimiento, y parecían engullirlo con la misma voracidad que una bestia a su presa.

Las serpientes de fuego en los extremos danzaban al ritmo de una canción silenciosa, pero detenían su danza cuando tocaban otro establecimiento, como si se ciñeran sólo a ese, al que consumían; no había, por la sola visión, posibilidad alguna de que los demás puestos se incendiaran.

La lluvia era potente.

Y algo dejó de encajar, pues aún con la lluvia torrencial el fuego había nacido y consumía con suculenta voracidad al establecimiento.

—¿Sherlock? —preguntó John.

—Es el lugar al que veníamos —dijo el detective, con voz tranquila. Pero en sus ojos el reflejo de las llamas rojas refulgían como estrellas; Sherlock parecía atemorizado. Y John no lo culpaba, el espectáculo era terrible.

La gente corría de un lado a otro a través del centro, algunos acarreaban baldes de agua y los arrojaban al establecimiento, en vano, porque no lograban apaciguar la ira de las llamas.

El fuego era imponente.

—¡Por favor ayuden! —gritó una niña de unos seis años, que tiraba de la gabardina de Sherlock.

John la miró, y de inmediato se lanzó a por un balde de agua. Sherlock se quedó ahí inmóvil. La niña estaba cubierta de gotas en la cara; no eran de la lluvia, sino lágrimas.

—Mi abuelito está adentro —dijo la niña, suplicante, con un hilo de voz.

Sherlock abrió muchos los ojos y miró hacia el establecimiento.

"Pobre hombre", pensó el detective. Fue la única idea que pasó por su cabeza antes de voltear a ver de nuevo a la niña y de verse reflejado en los ojos de dolor de la pequeña.

—Por favor —suplicó ella.

Entonces Sherlock no pensó nada más. Corrió directo hacia el establecimiento, empujó a una persona que trataba de detenerlo, y que no lo consiguió. Y después saltó a través de la ventana, rompiendo los vidrios y produciendo el mismo ruido del fuego al absorber algo.

Sherlock rodó en el suelo de madera del lugar, y pronto se descubrió rodeado de fuego. El humo y las llamas dificultaban su visión de todas las cosas.

Adentro el humo se concentraba en la parte de arriba. Era una nube interminable de color gris y blanco.

Sherlock se cubrió la cara con su gabardina.

—¡Plause! —gritó Sherlock—. ¡Plause! ¿Estás aquí?

Plause era el nombre de su amigo; un compañero más bien. Un hombre que se dedicaba a la producción de pergaminos antiguos, con una receta vieja de resina de pino. Tenían así la textura de una hoja muy delgada, pero eran bastante resistentes. Sólo él los producía porque la fórmula para su elaboración había sido heredada directamente de mano en mano.

—¡Plause! —siguió gritando Sherlock.

—Por aquí —escuchó una voz amortiguada por el sonido de una viga crujiendo.

—¿En dónde?

—Arriba —dijo Plause.

Genial, pensó Sherlock con sarcasmo, está en el segundo piso.

Se abrió paso a través del cuarto y de las llamas. Encontró las escaleras en un pasillo, pero pronto algo llamó su atención: el fuego estaba rodeando las escaleras, y pese a ello éstas no se desmoronaban ni se consumían. Si Sherlock lo pensaba bien, nada se estaba viniendo abajo. ¿Entonces qué ocurría?

Se quitó el saco de la cara y olió con mucho cuidado el humo. Apestaba a alcohol seco y a otros compuestos.

Entonces Sherlock se sintió un poco más seguro. Subió las escaleras y avanzó a través de otro pasillo.

—¡Aquí! —gritó Plause.

Sherlock siguió la dirección del ruido. No podía respirar sin dificultad, y tenía la cabeza dándole vueltas; el alcohol quemado podía ser extremadamente tóxico, él lo sabía, pero aun así avanzó a través del pasillo hasta llegar al almacén en donde Plause lo estaba esperando. Tenía en sus manos unos rollos de pergamino y huía despavorido del fuego, de un lado a otro, como un perro tratando de alcanzar su propia cola.

Sherlock entró al cuarto abriéndose paso sobre las llamas. El que corría notó a Sherlock y se quedó de pie, como llorando; algo en él lo había destrozado.

—Tú no… —dijo el hombre lastimosamente.

Sherlock arrugó el ceño, sin entender por qué había dicho eso, y entonces de entre las llamas apareció una figura esquelética que se abría paso lentamente. Las lenguas de fuego lo lamían, pero no trataban de engullirlo. El hombre era tétrico, y lucía bastante molesto.

—Señor Sherlock Holmes —dijo el hombre—. Este hombre dudó terminantemente que usted anduviera por estos lares. Debe usted agradecerme a mí mi fiel y entera confianza para adivinar que vendría a salvarlo.

Sherlock avanzó un paso. Seguía cubriéndose la boca y la nariz con el saco, y aun así estaba mareado; el hombre en cambio no lo estaba, ni remotamente afectado por el fuego o por el humo.

—¿Podría usted complementar usted esa confianza con un nombre, señor? —comentó Sherlock.

—Leprince-Ringuet es mi apellido, señor Holmes —Y a continuación hizo una inclinación pronunciada, como un verdadero caballero presentándose ante una reina—, Luis Leprince-Ringuet.

—Sherlock Holmes.

—Lo sé.

Así que el hombre que tenía enfrente era el hermano mayor de los Leprince-Ringuet, el hermano mayor de Balthazar. Alguien de quien Sherlock no conocía más que al hombre de negocios, el rico y poderoso Luis. ¿Qué hacía ahí? Sherlock ignoraba el apellido de Balthazar y de Gebrard, así que no podía hacer del todo su conclusión.

Salvo por el parecido.

—¿Eres algún familiar de Gebrard? —preguntó Holmes.

—Ju, ju, ju —rio el hombre—. Es horrible que me reconozcan por él.

—No… conozco todo de usted. Uno de los hombres más poderosos en el mundo. Sólo que ya tuve la oportunidad de conocer a su hermano en otras circunstancias, en persona; así que por su parecido yo deduje…

—¿Nuestro parentezco?

—Sí.

»Significa entonces…

—Que Balthazar es nuestro hermano… Sí. Uno muy alejado y del que poco trato hemos tenido últimamente. Pero él me mandó el aviso de que había robado mis pergaminos, ¿sabe usted que el señor Plause trabaja exclusivamente para mí en cuestión de pergaminos?

»Balthazar planeaba incriminarme… o bueno, esa es una solución bastante estúpida. Él sabía que yo tendría que encargarme de ocultar cualquier evidencia que me señalara como sospechoso.

—¿Y por eso está quemando el establecimiento?

—Sí. Mi hermanito puede ser un poco… molesto, como usted descubrirá muy pronto.

—¿Es eso una amenaza?

—Ju, ju, ju —rió el hombre—. Ni por asomo amenazaría a Sherlock Holmes. Verá usted, buen hombre que tengo muchas cosas que hacer antes de dedicarme a eso. Negocios, principalmente.

—¿Por qué vino personalmente?

—Un pajarito… o un buitre carroñero me dijo que usted aparecería. Quise cerciorarme, y mostrarle mis respetos; ju, ju, ju. Sabrá usted que la información que está obteniendo de mí es muy útil, preciada y que viene de una fuente bastante confiable: yo.

—Algo extraño viniendo de un hombre de negocios.

—Puede ser.

—¿Es todo?

—Eso depende. ¿Si yo hiciera algo cruel por petición de mi hermano, seguiría siendo mi culpa?

—Indudablemente.

—¿Incendiar este lugar con alguien adentro ya es un crimen, no?

—Lo es, sí.

—Entonces no sirve de nada que discutamos las sutilidades del crimen.

Luis sacó un revólver y apuntó a la cabeza de Plause. El sonido fue estridente, y Sherlock se quedó pasmado sin poder hacer nada. Cuando se le echó encima a Luis, ambos forcejearon con el arma entre ellos. Se acercaron al fuego, y Luis le dio la vuelta al asalto y tiró a Sherlock al fuego. El detective se levantó apresuradamente y empujó a Luis. Ambos rompieron la ventana y salieron despedidos por el aire, como una enorme bola de fuego.

Abajo todos observaron el espectáculo sin poder hacer nada. Sherlock cayó sobre un árbol seco, sintió las raspaduras por todo el cuerpo y el golpe de todas las ramas secas intentando penetrar en su espalda.

Luis cayó en unos arbustos. Rodó un poco para deshacerse de los restos del fuego, y se puso de pie como si nada. La gente lo observó, incrédulo.

—¡Ayuden al hombre!, yo estoy bien —dijo Luis, y la gente así lo hizo, sin preguntarse por qué habían caído los dos; quizás pensaron que Sherlock lo había rescatado.

John no se dejó engañar, se acercó a Luis.

—¿Quién es usted? —preguntó, suspicaz. Estaba furioso. Tanto que ni siquiera fue Sherlock el primero que llamó su atención al saltar por la ventana. Algo, pensó, andaba mal.

Alguien más golpeó a John en la nuca, y el doctor se desvaneció.


Ending: TLana del Rey "Ride"


Les dejo el siguiente capítulo. Espero que les guste mucho. :) ¡Saludos!