.

Sherlock Holmes:

Sinfonía

XVIII

El premio del juego


Opening: "Gone, gone, gone" de Phillip Phillips


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


—Tienes que procurar ese cuello, John. —Fue la recomendación del médico, como si él mismo no hubiera deducido eso; en parte para John fue una indicación irónica, porque no era la primera vez que alguien lo golpeaba en el cuello para dejarlo inconsciente. De hecho había ocurrido en más ocasiones de las que podía contar. Así que sonrió con la indicación del otro médico.

Estaba en el hospital general de Leeds. Ahí atendían a todo el pueblo, pero en ese momento sólo había una decena de pacientes en la sala; la mayoría en camillas, y otros en los sofás, recibiendo indicaciones del médico o siendo atendidos.

El sol resplandecía afuera, ya través del vidrio de la ventana podía verse el reflejo del sol sobre la nieve; después de la lluvia habían empezado a caer ligeros copos de nieve. Uno tras otro, y no se detuvieron a lo largo de dos horas.

—¿En dónde está Sherlock? —había preguntado en el momento en el que despertó.

—Tranquilícese. Dejemos que pase el shock y cualquier trauma y después podremos hablar, ¿de acuerdo?

La enfermera había sido atenta pero demasiado seca. Esas eran unas indicaciones bastante comunes entre ellas; todo fuera porque el paciente no se encontrara confundido al momento de dar una explicación… o de pedirla.

—De acuerdo —tuvo que admitir John, y se recostó sobre su cama. Ahí estaba de nuevo, tan lejos de Mary como lo había estado desde el momento en el que la raptaron. ¿O no? Quizás, se dijo, Sherlock sabía algo más. Probablemente hubiera descubierto algo que aclarara las cosas. Algo que desencadenara la serie de sucesos hasta culminar con el rescate de Mary Watson.

Durante una hora John tuvo que ver caer los copos de nieve, hasta que, pasado ese tiempo, un doctor acudió con él para examinarlo. Le dio las indicaciones finales, y después escuchó lo que John tenía que decir.

—No tenemos registros de ningún Sherlock Holmes —dijo el médico; indiferente, revisando sus notas. Él parecía ignorar por completo el nombre del detective más famoso de toda Inglaterra.

John se mordió el labio.

—¿Y del hombre que cayó en el árbol? ¿O del otro, el que iba con él?

El doctor continúo examinando las notas.

—Oh, sí. Es un hombre que llegó sin registro. Está en el sexto piso.

—¿En qué piso estamos nosotros?

—El primero.

—¿Cree que pueda subir a verlo?

El médico hizo una mueca con la boca.

—Cuídese el cuello. Ya puede irse; si desea subir, es usted libre de hacerlo —dijo, sonriente.

—Muchas gracias.

John tomó su bastón y se puso de pie. Tenía su ropa puesta, así que no tenía que pasar a recoger ninguna de sus pertenencias, pero la mujer que atendía la recepción lo llamó con mucha consternación. Salió de su oficina y alcanzó a John antes de que subiera las escaleras.

—Señor, aquí está su carta —dijo la mujer.

—John arrugó el ceño.

—¿Qué carta? —No recordaba ninguna.

La mujer desvió la mirada, tratando de encontrar una explicación que no fuera tan estúpida.

—Un hombre vino, alto, musculoso. Dijo que se le había caído durante el desmayo, que lo siguió y que quiso dejar la carta en donde supiera que le llegaría a usted.

John entonces recordó las cartas que eran los "ticks", y que Sherlock le había advertido que recibiría cinco más. Tomó la carta.

—Muchas gracias —dijo cuando la tomó. La mujer se le quedó viendo con mucha preocupación. John no entendió por qué hasta que miró el lugar donde su mano tocaba la carta en la mano de la mujer; la extremidad de John estaba temblando. Sus dedos y la muñeca, de tal forma que el sobre se vino abajo cuando la mujer lo soltó. John no fue capaz de sostenerlo.

—Yo lo ayudo —dijo la mujer, y se agachó para levantar la carta; John se sintió estúpido, vulnerable, débil.

John pensó que ni siquiera era capaz de tomar un simple papel en sus manos.

—Muchas gracias —repitió cuando la mujer le puso la carta en las manos.

—Descuide —dijo—. Es normal que después de quedar inconsciente uno no sea capaz de movilizar su cuerpo al cien por ciento a su antojo.

La mujer sonrió y regresó a su lugar. John inclinó la cabeza en un gesto de agradecimiento y después continuó caminando hacia las escaleras, y comenzó a subirlas. Agradeció el gesto de la mujer al tratar de animarlo explicándole lo normal que era no tener el dominio completo del cuerpo. Pero se sintió tonto por no poder responder adecuadamente a la amenaza de la carta.

Siguió subiendo las escaleras hasta que finalmente llegó al sexto piso. Ahí no había tanto personal como en el primero, o incluso como en el segundo y tercero. Había sólo dos médicos y tres enfermeras que parecían atenderlo todo. John pidió indicaciones a una de las enfermeras y ésta lo dirigió a la última puerta.

John agradeció la indicación y caminó hacia la puerta. Cuando llegó se detuvo estupefacto detrás del umbral. Sherlock estaba mirando hacia afuera a través de la ventana. Llevaba puesto sólo su pantalón, rasgado y raído… igual que su espalda. Toda la espalda estaba surcada por largas y profundas cicatrices, recién hechas.

La caída por la ventana del establecimiento había sido más difícil de lo que John creyó.

John atravesó el umbral y entró al cuarto. Sherlock volteó.

—Oh, Johnny —dijo, con su habitual tono alegre—. ¿Qué te trae por aquí?

—Tú.

—Lamento no poder ofrecerte un refrigerio —sonrió. A continuación se acercó a su cama y se puso la bata.

—¿Por qué te quitaste la bata? —preguntó John.

Sherlock se acercó a él con una malicia extraña.

—Quería impresionarte con mi nueva imagen —dijo, sonriente.

—Holmes…

—De acuerdo, es que esta cosa me pica las marcas… —dijo, haciendo ademán de rascarse.

—¿Estás bien? —preguntó John.

—¿Lo estás tú?

—Estoy bien, gracias.

—Entonces yo también lo estoy —Sherlock dibujó una amplia sonrisa en su cara.

John se quedó callado, ligeramente intimidado por las palabras del detective.

—Dime que no hemos perdido mucho tiempo —dijo John; pero por las heridas de Sherlock podía deducir que tan sólo habían estado ahí medio día.

Sherlock se sentó sobre su cama y se sirvió un vaso de agua de la jarra que había a un lado.

—No. Un par de horas solamente. Y bueno… no, en comparación con lo que averigüé.

—Antes de que digas algo —intervino John—. ¿Podrías leer esto por mí? Y dime todo, por favor.

John le extendió la mano y en ella la carta que le acababan de entregar. Sherlock notó el temblor en las manos del doctor; pero lo disimuló bien, a diferencia de John que cuanto más se esforzaba por ocultarlo, más violento volvía el temblor.

—Controla eso —le dijo Sherlock con suavidad.

Abrió el sobre y sacó una nota de un color azul oscuro.

Se la mostró a John, y éste pudo apreciar que la superficie de la nota era toda del mismo color.

—Está vacía —dijo.

—Eso es sólo lo que se ve, mi querido John —dijo Sherlock, y a continuación vertió el agua de su vaso en la nota, y una letras un poco más oscuras comenzaron a pronunciarse sobre el papel azulado.

"Ni G ni L están con B. B actúa solo. G y L se entrometen, o simplemente se vuelven piezas del juego."

—¿Qué significa? —preguntó John, ligeramente confundido.

—Cierto. No tuviste oportunidad de conocer a "L". Bueno, "B" es indudablemente Balthazar, a quien ya conoces; "G", es Gebrard, hermano de Balthazar. Y "L" es Luis Leprince-Ringuet… espero que el nombre y apellido te suenen familiar.

John lo pensó un momento hasta que finalmente recordó el nombre; era casi imposible no saberlo, era uno de los hombres más poderosos del país.

—Bueno, amigo —dijo Sherlock, cuando John respondió que reconocía el apellido—. El apellido de Balthazar es Leprince-Ringuet. Mismo apellido de Gebrard.

—¿Quieres decir que los tres hermanos Ringuet confabulan en mi contra?

Sherlock pareció repasar la idea por un momento. De vez en cuando hacía una mueca, como si estuviera mascando algo relativamente nuevo y tratara de identificar su sabor. Al final dijo:

—No.

—Pero… ¿No es más que claro que eso es lo que está sucediendo?

—No.

—Podrías explicarte mejor —pidió John, con cierto enfado, natural para alguien que está ansioso por conocer las respuestas.

—Humm —Sherlock se dirigió de nuevo a la ventana—. Esta vez la carta es certera; apostaría un millón de libras a que Balthazar no ha puesto más pistas en esta carta de la que nos dice: él no está asociado con sus hermanos, sin embargo puede llegar a utilizarlos. Así de sencillo, mi querido John.

John se extrañó, arrugó el ceño. Sobó su cabeza con la mano derecha y después se acercó a Sherlock.

—¿Por qué tendría que decirnos eso?

—No está dando las reglas del juego.

—¿El juego? ¿Y cuál es el premio? —preguntó John, molesto de saber que todo aquello era un juego.

Sherlock lo miró con malicia y sin embargo con mucha ternura.

—Tú.


Ending: "Go Stupid 4 U" de Robin Thicke


¡Muchas gracias por sus reviews! Es muy agradable ver más de los que normalmente hay. Recuerden que sus reviews (en cada capítulo) son motivos suficientes para seguir escribiendo.

:)

Saludos