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Sherlock Holmes:
Sinfonía
XIX
Si el hubiera y la inocencia
Opening: Glad You Came versión "Glee"
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
Sherlock lo miró con malicia y sin embargo con mucha ternura.
—Tú.
Esa había sido la respuesta, y John se sintió enteramente estúpido por no haberla deducido. ¿Así que todo era por él? El mundo se había vuelto loco porque un desquiciado, sádico y quizás muy calculador, había puesto como meta de un juego al doctor John Watson.
¡¿En qué clase de endemoniado mundo estaba?!
Por un momento John sintió mucha rabia, y con ella la necesidad de gritar y arrojar cosas y derribarlas, de golpear a la pared y gritar de impotencia. Mary y su sufrimiento sólo eran un medio para hacerlo sufrir a él.
Pero respiró hondo. Trató de relajarse y cuando Sherlock se sentó a su lado, John lo ignoró.
—Esto es estúpido, ¿sabes? —dijo John, cuando ya se había tranquilizado un poco.
—Lo sé —admitió Sherlock. Y suspiró un poco.
—¿Cómo están tus heridas? —preguntó John.
—Bien, el doctor me aplicó alcohol y un poco de aloe. Dijo que era mejor ponerme eso que una de sus pomadas porque las heridas no tenían alto riesgo de infección.
—De acuerdo —dijo John. Tomó su bastón y se puso de pie—. ¿Te duelen?
—No mucho.
—¿Podemos irnos? Ya hicimos lo que supuestamente vinimos a hacer a Leeds, ¿no? ¿Encontraste algo? ¿Sabes a dónde tenemos que ir?
Sherlock le contó a John todo lo sucedido. Le contó acerca de la niña y de que el señor Plause, el hombre que elaboraba los pergaminos había sido asesinado por Luis, el hermano mayor de Balthazar.
El detective admitió no tener ninguna pista más; la carta que le habían entregado a John no proporcionaba ningún indicio de dónde debían continuar.
—¿Y si regresamos al hotel?
—No quiero que nos quedemos ahí.
—¿Por qué? —preguntó Sherlock.
—Mary está sufriendo en este momento. Por culpa mía…
—No es tu culpa.
—¡Claro que lo es!
—No.
John golpeó su bastón contra la pared de madera, con mucha fuerza.
—No me digas esas cosas, Sherlock. No tienes idea de cómo me siento.
—Te pido una disculpa —dijo el detective.
—Está bien, dime tu plan —dijo John al cabo de un momento.
Sherlock contempló todas las posibilidades por un rato. Volvió a la ventana y pareció comenzar a abstraerse nuevamente en el color del cielo.
—Tenemos que ir por nuestras cosas, por supuesto —dijo Sherlock—. Eso implica volver al hotel. Después tenemos que movilizarnos. Iremos a… a… —el detective pareció pensarlo demasiado—… a Londres —dijo finalmente.
John se extrañó mucho.
—¿A Londres? ¿Estás loco? ¿Acaso no dijiste tú mismo que sería peligroso ir ahí?
—Precisamente —convino Sherlock—. Pero allá tenemos amigos que quizás puedan ayudarnos. Además… ponernos en peligro es lo mejor que podemos hacer para conseguir una nueva pista. De lo contrario estaremos atorados aquí, sin saber nada y con Mary sufriendo hasta que Balthazar quiera hacer algún movimiento. Y ciertamente no sabemos cuándo podría ser eso.
John examinó la explicación del detective y determinó que tenía razón. Pero se le ocurrió algo más.
—¿Y si volvemos a mi pueblo, y si volvemos a Cheste?
—No —respondió Sherlock inmediatamente.
—Por lo menos allá es seguro que toda la policía está detrás de ti. En Londres aún ignoramos los alcances de Balthazar. Por si no te habías dado cuenta ni aquí ni en el pueblo anterior te buscaron, ni te reconocieron ni nada de eso; así que supongo que la situación no está tan grave como pensé.
—Entiendo.
Sherlock y John salieron del hospital antes del atardecer, el detective pagó la cuenta y posteriormente interrogó a la joven que entregó la carta a John; sin embargo no pudo descubrir nada que pudiera interferir en su decisión de ir a Londres. Y antes del crepúsculo ambos se encontraban en la estación del tren.
El detective compró dos boletos en dirección a Londres, en un compartimiento exclusivo para ellos dos.
John tomó uno de los asientos y se recostó sobre él, mientras Sherlock tomó el de enfrente y se sentó para leer uno más de los diarios del doctor.
Afuera comenzaba a anochecer. El cielo se saturaba de estrellas titilantes y de vez en cuando un par de nubes aparecían en la ventana, bogando un cielo gris.
—Es interesante cuánto escribes de mí —comentó Sherlock a John, un rato después de que el viaje había comenzado.
—Es porque quiero que las personas entiendan cuán fascinante eres —dijo John, sin voltear a verlo. Continuaba recostado en su asiento, cubriéndose los ojos con su antebrazo.
—¿Consideras que soy fascinante?
—No tú, sino tus métodos… o tú. Ambos, supongo.
—Oh.
El traqueteo del tren se hizo más fuerte, pero ninguno de los dos le dio importancia.
—No me malentiendas —dijo John al cabo de un rato—. Para mí tú eres grandioso.
—Muchas gracias.
—¿Sherlock?
—¿Sí?
—Si yo no hubiera decidido casarme, ¿hubieras detenido de otra forma a Moriarty? —preguntó John.
Sherlock examinó la pregunta.
—Es probable.
La respuesta atrajo la atención del doctor y éste apartó el antebrazo de su rostro y le prestó atención al detective.
—¿Cómo hubiera sido?
—Por supuesto lo hubiera localizado antes. Los acontecimientos del tren supongo que no hubieran sucedido… Es interesante cuando piensas en el "hubiera". Quizás por eso las personas le prestan demasiada atención.
—¿Hubieras caído por la catarata? —preguntó John, nervioso.
—Decidí arrojarme porque era la única forma de acabarlo. Pero… si tú hubieras estado conmigo, y si hubiera sabido que al regresar de Suecia tú estarías esperándome en casa, entonces hubiera hecho todo lo humanamente posible por regresar contigo allá. Quizás habría contemplado más opciones, ¿me explico?
—Eso creo —John se sentó—. ¿Por qué entonces? ¿Por qué soy tan importante para ti?
El doctor miraba fijamente al detective. Sherlock cerró la libreta que estaba leyendo. Miró hacia la ventana y trató de perderse en la oscuridad de los pinos, en la densidad del bosque. Después volvió la mirada a John.
Sus ojos cafés se cruzaron con los azules del doctor; eran tan tibios, tan brillantes, fuertes.
—Porque me importas mucho, supongo —dijo finalmente.
Después Sherlock abrió la libreta y volvió a sus notas.
—¿Eso es todo? —preguntó John, un tanto inconforme.
Sherlock volvió a cerrar la libreta y esta vez la hizo a un lado.
—La inocencia, John, es algo impresionante. Demasiado bello y valioso como para ponerle forma. Es difícil limpiarla de la ingenuidad, que es esa posibilidad que uno tiene para ser víctima de alguien más. Siempre lo he creído así. Una persona ingenua cree ciegamente en otras personas, no importa cuánto daño hayan hecho; y sigue creyendo y creyendo. Una persona inocente cree en esa misma persona, pero entiende, con una humildad intachable que él no puede hacer nada por la otra mientras la otra no lo quiera, porque no es correcto.
»Tú para mí simbolizas eso. Dentro de este mundo existen seres crueles y despiadados, malos, ciegos por poder y por la avaricia. Tú no lo eres así, tú representas para mí a todo lo bueno; absolutamente todo.
»Yo sé lo que es correcto y lo que no lo es. Pero lo sé porque lo he aprendido, no porque tenga esa concepción personal en la que mi alma diferencia la dicotomía entre el bien y el mal. ¿Me entiendes?
—Pero tú eres bueno.
—Porque es lo correcto, y porque supongo que tengo atisbos de un alma, un espíritu…
John se extrañó.
—¡Pero los tienes!
—Atrofiados o descompuestos quizás. Tú eres esas partes mías, y por eso las atesoro tanto. Tú eres lo más importante que tengo en este mundo.
John bajó la mirada. De pronto se sentía extraño. Las lágrimas amenazaban con salírsele y en su pecho había un palpitar de incesante velocidad.
Lo que Sherlock acababa de decirle era demasiado íntimo y especial, demasiado bueno.
¿Acaso él mismo sentía algo de esa magnitud por Mary?
John se puso de pie, y después se arrodilló frente a Sherlock.
Lo abrazó.
—No sé qué decir —dijo John.
—No digas nada —dijo Sherlock, poniendo sus brazos alrededor de John—. No te lo dije para que me dijeras algo. Tú me preguntaste y yo creo que tenía que decírtelo. Había pensado mucho en esto mientras no estuviste, en lo mucho que significas para mí.
John se apretaba contra el pecho de Sherlock, que seguía sentado. El doctor sentía el palpitar del corazón del detective, tranquilo y al mismo tiempo un poco nervioso o con temor.
—Ponte de pie por favor —le dijo Sherlock.
John obedeció y se puso de pie, pero no soportó estar lejos de Sherlock cuando lo vio a los ojos.
Entonces puso una de sus rodillas al lado de Sherlock y abrió sus piernas para poner de rodillas sobre el asiento en el que estaba Sherlock, y dejarlo a él en medio; puso la otra rodilla del otro lado de Sherlock, así estaría a su altura y no estaría en el suelo. Además podría abrazar sin ningún problema al detective, y mirarlo a la cara.
Se abrazaron.
Ending: Dogs Days Are Over de Florence and the Machine
¡Muchas gracias por sus reviews!
Creo que no me tardé mucho en subir este capítulo, pero yo sentí una eternidad sin escribir.
¡Saludos! Espero les guste.
:)
Saludos
