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Sherlock Holmes:

Sinfonía

XX

De nuevo en casa


Opening: Make this Go On Forever de Snow Patrol


Oh, when I lift you up

You feel like a hundred times yourself

I wish everybody knew

What's so great about you

The National "This is the last time"


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


John Watson no era una persona tonta, y poco a poco había olvidado su paciencia; podía llegar a ser alguien voluble y también alguien impulsivo. Sin embargo, Sherlock le producía un efecto sedante que lo tranquilizaba sobremanera. Incluso cuando sabía que las cosas estaban mal y que podían ir peor.

El doctor permaneció con la cabeza sobre el hombro del detective. Y por un momento encontró la paz en sus brazos. Entonces algo atrajo su atención. En la entrepierna de Sherlock se estaba llevando a cabo un proceso natural con el contacto humano. Por un momento John se distrajo, pero luego se sintió tontamente ruborizado. Sin embargo, y aunque se sintió halagado, pronto la necesidad de apartarse se apoderó de él. No estaba en sus planes excitar a Sherlock porque eso podría llevar a situaciones incómodas y vergonzosas.

John volvió a su asiento.

—Lo siento —dijo, un tanto avergonzado.

—No te preocupes —se apresuró a decirle Sherlock, mientras cruzaba las piernas para disimular su excitación

El detective volvió su atención al libro que leía, intentó retomar la lectura, pero por un momento sintió la necesidad de bajar el libro.

—Te agradezco mucho esta demostración de cariño —le dijo a John—. Para mí es muy importante, y quiero que sepas que lo valoro mucho.

—Descuida.

Entonces Sherlock regresó a su lectura.

John se recargó sobre la ventana para volver su atención al panorama; el cielo comenzaba a aclararse, y ahora lo bogaba una docena de nubes cúmulos, que parecían mecerse lánguidamente al ritmo del viento. Ahí el clima comenzaba a aumentar su temperatura, aunque muy poco por la humedad típica de Londres.

El resto del viaje continuó de lo más normal. John volvió a recostarse y trató de dormirse a pesar del traqueteo del tren. Sherlock continuó inmerso en su lectura.

Cuando anunciaron la llegada del tren para dentro de quince minutos Sherlock despertó a John. Tomaron sus cosas y las colocaron en uno de los asientos.

El tren se detuvo poco después, y John y Sherlock salieron de su vagón.

—¿Qué pasará si sí nos están buscando? —preguntó John.

—Si te atrapan no eres culpable, ¿cierto? —dijo Sherlock con tranquilidad—. Así que no hay de qué preocuparse. Está, claro, el hecho de que huiste, y eso podría ser malinterpretado; pero vamos sobre la marcha, si intentaran usarlo contra ti, ya vería yo cómo sacarte. ¿De acuerdo? —Sherlock puso una de sus manos sobre el hombro de John—. No te preocupes —le dijo, y le dio un abrazo ligero.

Con el ánimo restablecido, John bajó del tren, decidido a recuperar a su esposa.

El arribo fue mucho más simple de lo que los dos esperaban; las multitudes cotidianas de gente pululaban de un lado a otro en la estación. La gente sólo estaba interesada en sus propios asuntos y nadie pareció siquiera reconocer al doctor o al detective. Sherlock avanzó a zancadas abriéndose paso a través de la multitud, seguido por John. Cuando salieron de la estación John se sintió más seguro que nunca.

El detective pidió un coche y éste apareció un par de minutos después. Le dio las indicaciones y al cabo de un momento Sherlock y John ya viajaban hacia el 221 B de la calle Baker.

Estar de nuevo ahí, para John, era casi como haberse ido a dormir y volver a tener esos sueños recurrentes; esos en los que Sherlock era el protagonista y Baker Street el escenario principal. John había reconocido en medio de su vida pacífica del campo, que extrañaba mucho a Sherlock Holmes y todo lo que éste implicaba. Las aventuras, sin embargo, habían llegado a su fin en el momento en el que John cedió a la vida del campo.

Llegaron a Baker Street al cabo de unos minutos; como de costumbre una nube gris se había cernido sobre la ciudad, y la gente no se veía afectada por ella.

El coche se detuvo enfrente del edificio 221.

Sherlock bajó primero, y le tendió la mano a John para ayudarlo a descender.

—Bienvenido a casa —dijo Sherlock, sonriente.

John no pudo evitar sonreír también; le daba mucha alegría estar ahí de nuevo. Además de que se sentía seguro.

Sherlock pagó al cochero y después se dio la vuelta para avanzar con John hacia la entrada. Subieron los pocos escalones y pronto se encontraron frente a la puerta.

El detective sacó la llave.

Cuando la puerta se abrió fue como volver a todo lo anterior. Como si Mary jamás hubiera aparecido y como si John y Sherlock hubieran vivido juntos todo ese tiempo.

En ese momento apareció corriendo Gladstone, con su habitual movimiento de cola. John incluso lo había olvidado debido a toda la conmoción. Había dejado a Gladstone a cargo de la señora Hudson una semana antes, cuando la casera lo había ido a visitar al campo, tal como lo hacía periódicamente tres veces al mes.

El perro no lucía contrariado, se abalanzó sobre el doctor y lo lamió en la cara cuando John lo levantó para abrazarlo.

—¿Cómo estás? —le preguntó, y en respuesta recibió la lengua de Gladstone en su cara.

—Parece feliz de verte —comentó Sherlock—. Siempre es bueno tenerlo aquí. Me acostumbré a sus visitas cuando me acostumbré a tu ausencia.

John volteó a ver a Sherlock, extrañado por las palabras que acababa de decir. Pero el detective no pareció darles tanta importancia. Avanzó y anunció que había llegado a la señora Hudson.

Casi al instante la casera se asomó por uno de los umbrales. Lucía bastante arreglada, y a pesar de ello parecía estar limpiando la mesa. La mujer dio un brinquillo de sorpresa cuando notó la presencia de John, y de inmediato avanzó hacia él, le dio a Sherlock el trapo con el que estaba limpiando y también un par de cubiertos, y sin saludarlo a él se lanzó a abrazar al doctor.

—¡Señor Watson! —exclamó—. Pero qué alegría tenerlo por aquí.

La casera lucía bastante feliz.

—Muchas gracias, señora Hudson —dijo John.

—¿Viene solo? ¿Dejó a la señora Mary en casa? —dijo ella, extrañada, al notar la ausencia de la esposa de John. Se apartó para buscarla detrás de John.

—Han ocurrido cosas… —empezó a decir John.

La señora Hudson hizo un gesto de sorpresa, una desagradable, como un niño que encuentra un par de calcetas en su regalo de navidad.

—Espero que no hayan peleado.

—No es eso —se apresuró a decir Sherlock, y le tendió las cosas de nuevo a la señora Hudson—. Otro tipo de cosas han pasado. Si no le molesta, nany, John y yo tenemos que resolver algunas cosas en mi piso.

La casera parecía contrariada.

—Sherlock no le hables así a la señora Hudson —dijo John—. En cuanto nos acomodemos bajaremos a comer, si no tiene inconveniente, y la pondremos al tanto…

Pero Sherlock no lo dejó terminar:

—Por supuesto que tiene inconveniente. ¿Qué no ves cómo está vestida? Lo más probable es que nuestra querida nany tenga una cita especial…

La señora Hudson enrojeció súbitamente.

—¡Wow! —exclamó John—. Qué alegría, señora Hudson. Espero que tenga una agradable tarde entonces. Ya mañana la pondremos al tanto, no le quiero arruinar su cita.

John estaba auténticamente feliz por la mujer. La señora Hudson lo agradeció y después los dos hombres empezaron a subir las escaleras.

Sherlock se detuvo frente a la puerta de su piso, y esperó a que John terminara de subir; a veces el doctor se cansaba un poco extra debido a su herida en la pierna. Sherlock abrió la puerta y John pudo contemplar el lugar del que se había ido hace mucho.

Había, como de costumbre, múltiples perforaciones en las paredes, causadas por los disparos que Sherlock solía hacer. Por aquí y por allá habían pesas repletas de artículos de química, morteros, tubos de ensayo, matraces, gradillas y cristalizadores, goteros y probetas; sin embargo, a diferencia de en otras ocasiones, estos instrumentos lucían muy limpios, con apenas una pequeña capa de polvo sobre ellos. No había reacciones químicas llevándose a cabo, ni desperfectos ni derrames. Todo parecía en total orden, o, quizás, más que un orden, en desuso.

John no se dejó turbar por la visión. Avanzó otro poco y descubrió el estante de los libros con todos ellos, en perfecto orden, cubiertos por un mantel largo. La mesa, las sillas, los sillones y todo en la habitación lucía como un fantasma. Como un cuarto abandonado hacía mucho tiempo.

En ese momento John comenzó a sentir extrañeza, recorrió el cuarto mientras Sherlock iba hacia el suyo propio a dejar las cosas.

Los rastros de limpieza llevaron a John hasta el sofá enfrente de la ventana. Era el único lugar sucio y desarreglado. En una mesa contigua había una jeringa, y rastros de sustancias extrañas; polvo blanco y líquidos violáceos en pequeñas botellitas. Era el lugar para pensar de Sherlock, sin dudas, y ahí era donde se suministraba las drogas.

John sintió un retorcijón en el estómago. De pronto se sintió culpable, pero trató de no hacerle caso a su sentimiento.

Sherlock apareció al cabo de un rato. Se había quitado el saco y el sombrero, y sólo llevaba su camisa, con los primeros tres botones desabrochados.

—Bienvenido a casa, doc —dijo el detective.

John pronunció una sonrisa apenas visible.

—No hay cama en tu habitación, ¿querrás dormir en la mía?

—¿Contigo? —preguntó John, pensativo.

—Pensaba en venirme al sofá, pero si no tienes inconveniente estará bien.

—Sí, no hay problema —dijo John.

El doctor no dijo nada al respecto de las drogas, ni tampoco al orden extraño en que estaban las cosas en el lugar.

Quizás por ello, en tres días, abandonaría a Sherlock para ir en busca de Mary.


Ending: This is the Last Time de The National


¡Muchas gracias por sus reviews! La verdad es que me motivan mucho.

¡Saludos! Espero les guste.

:)

Abrazos