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Sherlock Holmes:

Sinfonía

XXII

De la vida marital del John Watson


Opening: Chasing You de Capital Cities


Perseguirte a ti,

es la única cosa que quiero hacer.

Pero ahora te estoy enfrentando,

¿Qué demonios se supone que haga?

Capital Cities "Chasing You"


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


Si algo podía decirse de la vida marital de John Watson es que no había sido la vida soñada que el propio John había imaginado. Por momentos resultaba imposible imaginarla, por momentos resultaba difícil pensar en no estar con Mary.

Mucho podía decirse de la vida marital de John Watson. Y todo lo que pudiera decirse sería una marejada de emociones encontradas; por un lado estaba el cariño que la pareja se tenía, y por otro las dificultades que les impedían conectarse adecuadamente como una pareja.

Y es que todo inició de forma bastante peculiar.

Previo a la boda, cuando decidió mudarse con ella, no hubo contacto alguno; Mary era toda una dama, y debía casarse como tal. Tener una boda de ensueño y después una noche romántica y posteriormente una luna de miel y más tarde una vida pacífica y feliz. Así que la pareja —entonces feliz— decidió utilizar cuartos separados en la casa de la señorita Morstan. Que John siguiera viviendo con Sherlock Holmes podía resultar contraproducente, porque arriesgaba mucho al doctor y porque, aunque Mary no se lo dijo a su marido, en bajas aguas se murmuraba acerca de la peculiar vida que llevaban ambos compañeros.

Por eso Mary presionó sutilmente a John para que se mudara con él antes de la boda.

Todo iba bien.

John y ella no tuvieron contacto sexual durante el tiempo que vivieron juntos; un par de meses solamente, porque la fecha para la boda estaba fijada desde hacía un tiempo. Después, cuando se suponía que tendrían su noche de bodas, el profesor James Moriarty se aseguró de que no ocurriera nada al enviar a sus secuaces a atacarlos en el tren. Después Sherlock se aseguraría de separar a los recién casados y forzaría (¿así había sido? ¿O John había elegido a Sherlock por sobre Mary? John aún se hacía esas preguntas) a que John fuera con él a Paris.

Más tarde vendría el acontecimiento más trágico en la vida de John Watson: la pérdida de Sherlock.

Y este acontecimiento marcó a John a tal punto que cayó en una espantosa depresión; no fue capaz de consumar su matrimonio durante un par de meses. Ni cuando se fue de viaje con Mary para reanudar la luna de miel, ni cuando compraron la casa en el campo, ni cuando cumplieron un mes viviendo en ella.

El respirador artificial de Mycroft había llegado, sí, pero no le proveía certeza alguna a John. Y quizás provocaba más dolor del que sanaba: ¿en dónde estaba Sherlock? ¿Por qué no estaba ahí para dejarse abrazar por él, por John?

Así que aun cuando Mary lo buscaba en el calor de sus sábanas, con sus suaves besos en el cuello o cuando lo acariciaba, o cuando salía del baño en sólo una toalla… ni siquiera cuando la mano de Mary acariciaba por las mañanas el único punto más muerto de John Watson, su entrepierna, Mary no lograba despertar en él el menor atisbo de excitación o de hambre sexual.

Una mañana, sin embargo, quizás porque soñó que Sherlock estaba tan vivo que lo había visto, o porque su hombría se había fortalecido durante la noche, o quizás porque Mary había tocado algún punto exacto, John logró excitarse. Y Mary estaba ahí, tan dispuesta, tan desnuda.

John recordó aquella primera noche al lado de Mary. De cómo con tanta rapidez la penetró, como buscando en la calidez y la humedad de su sexo el desahogo que siempre había necesitado.

La avidez típica de un hombre, había pensado. Y entonces con cada embestida se daba cuenta de que algo le faltaba, de que algo estaba mal, y que por más que vertiera su semilla en esa mujer, esa sensación de vacío no iba a desaparecer.

Después pensó que quizás se tratara de un mal pensamiento, o que quizás a todos les pasaba así y que con el tiempo lo disfrutaría, y se complacería a sí mismo y lograría complacer mejor a Mary, porque al parecer sus embestidas fueron demasiado para la mujer, que de pronto le tuvo un pánico soportable al sexo de su esposo.

Con el tiempo todo mejoró, al menos en cuestiones técnicas, pero John siempre se encontró vacío.

Un día despertó agitado, sudoroso. Mary había ido a visitar a sus padres, así que estaba solo, y pensó para sí "Cometí un error al casarme." Sin embargo, después de ducharse y vestirse ese pensamiento perdió importancia alguna.

"Fue un desliz", pensó.

No es que su vida con Mary fuera tormentosa. Eso era sólo en cuestiones de intimidad; y quizás "tormentosa" fuera una palabra demasiado fuerte; difícil, sería mejor.

La vida cotidiana era más fácil, la educación de ambos y el cariño mutuo bastaba para sobrellevarlo todo.

Hasta el día que Mary hizo esa estúpida declaración en medio del acto sexual, mientras John trataba de mirar a cualquier lugar excepto al rostro de su esposa.

—Quiero tener un hijo tuyo.

Y Mary había sonreído.

Y John se había encogido, además de en su órgano sexual (que perdió toda potencia y hambre), en algún remoto punto de su pecho.

"No", pensó. Y entonces supo que las cosas estaban verdaderamente mal, porque no quería un hijo con esa mujer, por muy buena que fuera.

Al día siguiente fue a suministrar la vacuna al pequeño niño de los Landel, y por eso no había dejado de preguntarse qué sería de él de no estar ahí en el campo con Mary, y estar en el 221 de Baker Street. Cuando regresó Mary había desaparecido.

Pero ahora estaba ahí, en el 221B de Baker Street.

Y alguien masajeaba sus pies con mucha devoción.

Y entonces quien lo masajeaba le dio la vuelta a John para dejarlo boca abajo sobre la cama, pero John no abrió los ojos. Y entonces la persona que lo masajeaba comenzó a subir lentamente por las piernas del doctor, masajeándolas también. Y luego masajeó su espalda, y después el cuello.

La persona que masajeaba a John estaba por completo sobre él, pero a John no le importó porque el masaje era aliviador y se sentía tan bien.

Entonces John sintió cómo le quitaban el saco, y se lo dejó quitar, y después la camisa, y sintió en su espalda el tacto con las manos firmes y fuertes de Sherlock Holmes, porque, increíblemente, reconocía el tacto de sus manos.

Y entonces Sherlock recorrió la espalda desnuda del doctor haciendo ondulaciones con sus pulgares, y bajó hasta su cintura y luego a su cadera, y John tuvo una sensación extraña. Sherlock subió de nuevo, y entonces se recostó sobre la espalda desnuda de John. Y recargó su mejilla sobre la del doctor, y ambos se quedaron en silencio, sin esperar a que el otro dijera algo, porque no necesitaban decir nada.

No obstante, pasados unos minutos fue Sherlock el primero en hablar, al oído de John.

—Ya mandé el coche. Lestrade estará aquí en poco tiempo.

John no dijo nada, ni tampoco pensó. ¿Para qué quería a Lestrade?, ni siquiera lo recordaba.

—Creo que debería quitarme —comentó Sherlock, haciendo ademán de cumplirlo.

Pero John puso su mano sobre la espalda de Sherlock para detenerlo. Era una contorsión extraña porque John estaba boca abajo y tenía al detective sobre él.

—No te vayas —dijo el doctor—. Quédate conmigo.

Sherlock se extrañó por un momento, miró hacia el umbral cuya puerta estaba abierta y después se volvió a recostar.

—Me hiciste mucha falta, Johnny —dijo Sherlock, con tranquilidad. Una parte de él parecía estar aspirando el aroma del doctor. Era una mezcla de azafrán y de moras. Por qué, no sé lo preguntó Sherlock.

Lo único que cruzaba por la mente del detective era que por más que quisiera permanecer de ese modo, no podrían, porque Lestrade llegaría en cualquier momento, y tendrían que volver al caso de la desaparición de Mary, y también separarse porque seguramente Lestrade vería muy mal el que ellos dos estuvieran así sobre la cama; aunque seguramente no se molestaría en tratar de entender el afecto que se tenían.

Sherlock volvió a levantarse, y esta vez John no lo detuvo.

—Vamos, Lestrade no tarda en llegar —dijo.

—Estoy cansado —musitó John, o quizás el masaje lo había relajado de más.

Pero el detective no se equivocaba. Al cabo de diez minutos escuchó que llamaban a la puerta. Fue a abrir mientras John se desperezaba y volvía a ponerse su camisa, y se encontró con el investigador Lestrade.

—Vaya, pero qué sorpresa que me hayas llamado, Holmes —saludó el investigador.

—Sí, supongo que tiene que ser una sorpresa… pero es que tengo un caso especial.

—¿Un caso? —se extrañó Lestrade—. Creí que tú…

Sherlock carraspeó sonoramente porque John apareció desde el cuarto.

—No hagas demasiadas preguntas, compañero —dijo Sherlock—. Sólo pasa, toma asiento y te pondré al corriente.

Lestrade lucía un tanto desorientado, pero aceptó la invitación de Sherlock. Al pasar saludó a John estrechando su mano y diciéndole lo mucho que se le había echado de menos por ahí; según Lestrade, incluso en la prisión había escuchado a los reclusos preguntar por el buen doctor.

—Es usted muy respetado incluso ahí —comentó Lestrade—. Supongo que se debe a que aunque hayan cometido crímenes siempre supo tratarlos igual que a las demás personas, al menos como pacientes.

John sonrió, al parecer la presencia de Lestrade avivaba ciertos recuerdos en él, y lo hicieron sentirse bien.

Lestrade tomó asiento.

—¿Y bien? ¿Cuál es el caso?

John le pidió a Sherlock que pusiera al corriente a Lestrade mientras el preparaba un café para el invitado; Sherlock así lo hizo. Le comentó acerca de la carta que recibió de John en la que le pedía que fuera a Cheste, y después de todo lo que encontró en aquel lugar.

—¿Habían detenido a Watson? —preguntó incrédulo Lestrade.

Sherlock asintió y también le relató el viaje hacia el pueblo de Leeds, donde se había topado con el incendio y con el mayor de los hermanos Leprince-Ringuet. También hizo mención de que el que había tramado todo era Balthazar, y que todo apuntaba a que era alguna clase de maniaco jugando un estúpido juego cuyo premio era el más grande que Sherlock pudiera imaginar: John.

—De acuerdo —dijo Lestrade, cuando Sherlock hubo finalizado y lo dejó digerir el asunto; John apareció un momento después, cargando una charola con café, puso a Sherlock, a Lestrade y a él mismo una taza y después sirvió.— ¿Entonces para qué me necesitas?

John tomó asiento.

—Necesitamos saber todo lo que puedas de cómo ha avanzado el caso de la desaparición de mi esposa—dijo el doctor.

—Necesito saber qué hay con esa supuesta orden de aprensión en contra de John —dijo Sherlock—. Quiero saber si ha avanzado, si se ha extendido o qué pasa, porque ni aquí ni en Leeds nos encontramos en una situación en la que John pareciera una persona buscada.

—De acuerdo —dijo Lestrade de nuevo. Después dio un sorbo al café mientras veía con suma curiosidad a Sherlock y a John.— Ustedes se ven muy bien juntos —comentó. Y John se ruborizó—. Supongo que debe ser grato para los dos volver a reunirse… claro, dejando de lado las circunstancias. John, te ves muy tranquilo para estar pasando por algo como esto. Si mi esposa hubiera sido secuestrada por un maniaco yo no sé cómo estaría…

El doctor arrugó el ceño y desvió la mirada.

—Deja de darle ideas a John —saltó de pronto Sherlock, lo que lo hizo levantarse de su lugar—. Creo que ha tenido un tiempo para asimilar lo que está ocurriendo, más su preparación en el ejército, más saber que yo estoy a cargo de resolver el caso. Él sabe que sólo es cuestión de tiempo para que todo se recuelva. ¿No es así, John?

El doctor sonrió débilmente.

—Así es —dijo.

—Bueno —dijo Lestrade cuando se quedaron sin palabras—. Creo que entonces debo irme y comenzar a investigar. Enviaré un informe en cuanto tenga algo, Holmes. —Todos se pusieron de pie.

—Gracias por haber venido —le dijo Sherlock.

El detective se había detenido en el umbral de la salida, pero John pareció tener otra idea, y se ofreció para dejar a Lestrade en la puerta del edificio, y no sólo en la del piso donde vivía Sherlock. Así que Lestrade y John bajaron las escaleras y John abrió la puerta.

—Muchas gracias, Lestrade —dijo John—. En efecto no ha sido para mí algo fácil, pero Sherlock está conmigo, así que eso ayuda.

Le tendió la mano a Lestrade y ambos estrecharon las manos.

—Bueno, querido Watson, es una fortuna que Sherlock haya regresado para ayudarte —se puso el bombín.

—¿Cómo dices?

—Oh, ¿no lo sabías? Sherlock Holmes se retiró justo después de regresar a Londres, cuando volvió de Suiza. Muchos han acudido con él para resolver el caso, y Holmes siempre dio la misma respuesta: me he retirado, ya no resuelvo casos.

»Es bueno tenerte de vuelta —dijo Lestrade, poniendo una de sus manos sobre el hombro de John.

John estaba muy confundido, pero sonrió.

—Gracias.

Y vio alejarse a Lestrade hacia su coche.

Cuando John cerró la puerta estaba consternado: Sherlock se había retirado.


Ending: Run de Snow Patrol


Sígueme: Gyllenhaal1


¡Muchas gracias por sus reviews! La verdad es que me motivan mucho. Es siempre agradable encontrar que hay más personas que leen mi fic.

Como lo prometí, aquí está el capítulo que empecé anoche y terminé hoy.

¡Saludos! Espero les guste este capítulo tanto como me gustó a mí escribirlo.

:)

Abrazos